Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón (1722–1803): Un Ilustre Eclesiástico y Reformador

Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón (1722–1803): Un Ilustre Eclesiástico y Reformador

Los Primeros Años y su Formación

Contexto histórico y social de su nacimiento

Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón nació en un contexto marcado por la dinámica política y social del siglo XVIII en España, una época que vivió grandes transformaciones. España atravesaba un proceso de consolidación de su absolutismo bajo la figura del rey Carlos III, quien promovía una serie de reformas ilustradas que buscaban modernizar el Estado y la Iglesia. Estas reformas, conocidas como el Despotismo Ilustrado, se dieron en un contexto de centralización del poder, impulsando cambios significativos en el ámbito eclesiástico y administrativo.

La Ilustración en España vivió un auge durante este periodo, y figuras como Carlos III fomentaban el avance de las ciencias y las artes, así como la reforma de las instituciones religiosas y políticas. Sin embargo, este proceso también encontró resistencia entre sectores más tradicionales del clero, lo que resultó en una tensión constante entre el impulso modernizador y las viejas estructuras de poder.

Fue en este contexto donde Francisco Antonio de Lorenzana, nacido el 22 de septiembre de 1722 en la ciudad de León, comenzó su vida. Su familia, de tradición noble, jugaría un papel importante en su formación y en su posterior carrera eclesiástica.

Orígenes familiares, clase social e influencias tempranas

Francisco Antonio nació en el seno de una familia distinguida de la nobleza leonesa. Era hijo de Jacinto de Lorenzana y Varela, regidor perpetuo de León, y María Josefa de Salazar Taranco, perteneciente a una familia de reconocida ascendencia. Su familia era profundamente católica, y desde su nacimiento, se esperaba que el joven Francisco Antonio siguiera una carrera eclesiástica. Esta educación religiosa y social sería fundamental en la formación de su visión del mundo y sus valores.

Su madre y su tío materno, Atanasio de Lorenzana, canónigo de la catedral de León, fueron figuras cruciales en su formación. De hecho, fue su tío quien lo introdujo en el estudio de la gramática en el colegio de los Jesuitas de León. Esta primera etapa educativa fue determinante para su futuro, pues marcó el inicio de su dedicación a los estudios y a la vida religiosa.

La familia Lorenzana ya había demostrado un fuerte compromiso con la vida eclesiástica, y el hermano de Francisco, Tomás de Lorenzana, llegaría a ser deán de la catedral de Zaragoza y obispo de Gerona, siguiendo así la tradición familiar. En este ambiente de elevada espiritualidad y vocación eclesiástica, el joven Francisco Antonio comenzó a formarse para desempeñar roles importantes dentro de la Iglesia española.

Formación académica y académicos influyentes

La educación de Francisco Antonio fue integral, pasando por diferentes centros educativos de prestigio. A los nueve años, cuando quedó huérfano de padre, fue inscrito en el convictorio del priorato benedictino de San Andrés de Espinareda, un centro de formación ubicado en el Bierzo leonés, donde recibió la tonsura, el primer grado preparatorio para las órdenes menores.

En 1739, Francisco Antonio obtuvo el grado de bachiller en artes en la universidad de Valladolid y comenzó a estudiar derecho en el Gimnasio Canónigo-Civil de Santo Tomás en la misma ciudad. Fue en este centro educativo donde tuvo contacto con Juan Antonio Sáenz de Santa María, un influyente catedrático y futuro vicario general de la catedral de Toledo, quien se convertiría en su tutor y una de sus principales influencias en el campo del derecho y la administración eclesiástica.

Sin embargo, el entorno académico más trascendental para Lorenzana fue sin duda su paso por Salamanca, donde se licenció en leyes. En esta ciudad, que se destacaba por su ambiente intelectual, Lorenzana residió en el Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo, un centro elitista que se convirtió en el punto de encuentro de varias figuras destacadas, entre ellas José Nicolás de Azara, futuro embajador en Roma y gran amigo de Lorenzana.

A lo largo de estos años de formación, Lorenzana no solo cultivó sus estudios legales y eclesiásticos, sino que también mostró un interés particular por la historia y la lengua. Este interés lo llevaría a colaborar con otros eruditos de la época, como su amigo Francisco Fabián y Fueros, en la edición de importantes documentos históricos que más tarde marcarían su legado.

Primeros intereses, talentos y decisiones importantes

Desde temprana edad, Lorenzana mostró un profundo interés por la investigación histórica y religiosa. Fue precisamente este interés el que lo llevó a involucrarse en la creación de una academia de historia eclesiástica junto a Francisco Fabián y Fueros. En esta academia, ambos comenzaron a realizar investigaciones históricas, especialmente sobre los concilios toledanos, y publicaron obras clave para la historia eclesiástica española. En 1770, Lorenzana editó la famosa Missa Gótica seu Mozarabica, un misal mozárabe que se publicó en Puebla de Los Ángeles, México, una de las primeras pruebas de su dedicación a la preservación y promoción de la historia religiosa.

En 1755, Lorenzana fue nombrado canónigo de la catedral de Sigüenza, donde comenzó a realizar una serie de trabajos fundamentales, como el inventario de los libros y documentos antiguos de la catedral. Esta labor de conservación de los bienes eclesiásticos continuaría a lo largo de su vida, tanto en su paso por Toledo como en su actividad en México, donde su compromiso con el patrimonio cultural y religioso fue uno de sus grandes legados.

De esta manera, Francisco Antonio de Lorenzana comenzó a perfilarse como una figura fundamental dentro de la Iglesia española, combinando su vocación religiosa con una pasión por la historia y la conservación del patrimonio. A través de sus estudios y colaboraciones, Lorenzana no solo formó una sólida base intelectual, sino que también se rodeó de algunos de los intelectuales más destacados de su tiempo, quienes jugarían un papel esencial en su carrera posterior.

Ascenso Eclesiástico y Actividades en México

Desarrollo de su carrera eclesiástica

A medida que Francisco Antonio de Lorenzana avanzaba en su formación y ganaba notoriedad en el ámbito académico, su carrera eclesiástica comenzó a despegar. En 1751, tras haber completado su educación y con un enfoque definido hacia los estudios eclesiásticos y jurídicos, obtuvo una canongía en la catedral de Sigüenza, un primer paso en su ascendente carrera dentro del clero. En este puesto, Lorenzana comenzó a profundizar en el estudio de los documentos antiguos y las reliquias de la diócesis, contribuyendo significativamente a la conservación del patrimonio religioso.

En 1755, fue trasladado a Toledo, donde asumió importantes responsabilidades dentro de la catedral de Toledo. Entre sus cargos, destacan el de vicario general, vicetesorero y deán, que le dieron una notable influencia en la administración eclesiástica de la región. Durante este tiempo, Lorenzana también se dedicó a la investigación histórica junto a su amigo Francisco Fabián y Fueros. Juntos fundaron una academia de historia eclesiástica y realizaron varias investigaciones que resultaron en la edición de obras fundamentales sobre los primeros concilios de Toledo y la famosa Missa Gótica seu Mozarabica, que sería publicada en Puebla de Los Ángeles en 1770, durante su etapa en México.

Logros y reformas en México como arzobispo

En 1765, el rey Carlos III, como parte de su programa de reformas eclesiásticas, nombró a Lorenzana obispo de Plasencia, aunque apenas permaneció en esta ciudad unos meses antes de ser designado arzobispo de México en 1766. La elección de Lorenzana para este cargo no fue casual; el rey confiaba en su capacidad para llevar a cabo reformas profundas dentro del clero mexicano, que ya comenzaba a sentir la presión de la Ilustración y las reformas borbónicas.

Lorenzana llegó a México el 23 de julio de 1766 y tomó posesión de su cargo en la capital del virreinato el 22 de agosto de ese mismo año. Junto con él, también arribó el nuevo virrey, el marqués de Croix, con quien establecería una colaboración que marcaría el rumbo de diversas reformas en el virreinato. Una de las medidas más significativas que tuvieron que enfrentar fue la expulsión de los jesuitas en 1767, un evento que no solo sacudió la estructura eclesiástica, sino también la sociedad de Nueva España.

La expulsión de los jesuitas generó gran resistencia entre muchos sectores del clero y la sociedad, y Lorenzana fue uno de los principales defensores de esta medida, aunque a un alto costo. Su postura provocó varias críticas, y su figura se vio atacada por aquellos que se oponían al destierro de los jesuitas. Durante los meses posteriores, Lorenzana redactó tres cartas pastorales para justificar la decisión y calmar el descontento popular, un esfuerzo que no logró eximirlo de las críticas y los ataques a su figura. Sin embargo, estas dificultades no impidieron que Lorenzana continuara con sus reformas dentro de la diócesis mexicana.

Relaciones claves y apoyo en las reformas

La colaboración con figuras clave del virreinato como el virrey marqués de Croix y el visitador general José de Gálvez fue esencial para el éxito de Lorenzana en su labor. Juntos trabajaron en la modernización de la administración eclesiástica en Nueva España, y, de la mano del obispo de Puebla, Francisco Fabián y Fueros, realizaron varias reformas que impactaron directamente en la organización religiosa y social del virreinato.

Una de las principales acciones de Lorenzana fue la reorganización de la diócesis de México, que abarcaba una vasta extensión geográfica. En este proceso, mandó realizar un nuevo atlas de la diócesis, que comprendía más de 200 curatos y misiones. Además, estableció una nueva división de las parroquias y mejoró la administración de la Iglesia en las zonas rurales, con el objetivo de fomentar una mejor organización pastoral.

Obstáculos y crisis

Sin embargo, el mandato de Lorenzana en México no estuvo exento de conflictos. Una de las principales dificultades que enfrentó fue la resistencia de las monjas y los conventos femeninos, quienes se opusieron a las reformas que pretendían restaurar la vida común en sus conventos, con el fin de reducir la influencia de las criadas y restablecer la disciplina religiosa. En varias ocasiones, Lorenzana tuvo que enfrentarse a las monjas «apasionadas», como se les conocía, quienes rechazaban la implementación de las reformas que Lorenzana consideraba esenciales para el bienestar y la moralidad de la comunidad religiosa.

Otro de los grandes desafíos para Lorenzana fue la secularización de los curatos, un tema que había preocupado a varios de sus predecesores en el cargo. La secularización buscaba que los clérigos se alejaran de la política y la administración temporal de los bienes eclesiásticos, pero también generaba tensiones con los miembros del clero que se veían amenazados por este cambio.

Finalmente, uno de los mayores logros de Lorenzana en México fue la convocatoria y celebración del IV Concilio Mexicano en 1771, un evento crucial que permitió debatir y legislar sobre una serie de cuestiones religiosas y sociales, como la evangelización de los indígenas, la reforma de los tribunales eclesiásticos, la mejora de la disciplina religiosa y la beatificación de figuras clave como Juan de Palafox. Aunque Lorenzana contó con la colaboración de las autoridades locales, no todas las relaciones con el virrey fueron fáciles, y surgieron distensiones, sobre todo por cuestiones de protocolo y la gestión de ciertos cargos eclesiásticos.

Últimos Años, Reconocimiento y Legado

Últimos años en Toledo y su impacto cultural

En 1772, tras años de trabajo y reformas en México, Francisco Antonio de Lorenzana fue llamado a Toledo para asumir la sede arzobispal de esta histórica ciudad, un cambio significativo en su carrera. Su llegada a Toledo fue un nuevo desafío, pues, a pesar de su fama y las reformas que había implementado en México, la ciudad aún mantenía una fuerte tradición eclesiástica y cultural que lo obligó a adaptar sus políticas a un contexto diferente.

Al igual que en su anterior puesto en México, Lorenzana no solo se dedicó a las tareas pastorales, sino que también impulsó numerosas reformas en la ciudad y en la catedral de Toledo, que reflejaban su profundo interés por la modernización del clero y la mejora de la infraestructura religiosa. Adoptando los principios neoclásicos, Lorenzana impulsó la construcción de varias capillas en la catedral, la restauración de las tres principales puertas del templo, y la compra de obras de arte de pintores de renombre como Francisco Bayeu y Mariano Maella.

Además, Lorenzana se dedicó a varias iniciativas artísticas y culturales en Toledo, reflejando su amor por las artes y las ciencias. De entre sus proyectos, uno de los más destacados fue el Nuevo Hospital de Dementes, iniciado en 1790, y la Real Casa de Caridad, destinada a acoger y educar a los pobres. Estas instituciones eran ejemplos del modelo ilustrado que Lorenzana promovió en España, en consonancia con las reformas sociales que también se estaban llevando a cabo en otros lugares de Europa y América. Para estos trabajos, Lorenzana contó con artistas y arquitectos de renombre como Ventura Rodríguez, quien se encargó de las reformas del alcázar de Toledo.

La Real Casa de Caridad, inaugurada en 1776, se convirtió en una institución modelo de beneficencia y un ejemplo de las políticas ilustradas que intentaban combinar el cuidado de los pobres con la enseñanza de oficios. Esta obra se convirtió en un símbolo del pensamiento reformista de Lorenzana y su compromiso con los más necesitados.

Retiro a Roma y su legado espiritual e intelectual

A pesar de su éxito en Toledo, Lorenzana continuó siendo fiel al proyecto reformista impulsado por Carlos III y Carlos IV, lo que lo llevó a un aislamiento progresivo con el paso de los años. A medida que se adentraba en la vejez, Lorenzana vivió momentos de distanciamiento y aislamiento, tanto en España como en el ámbito eclesiástico. Sin embargo, la fidelidad a sus principios no se desvaneció, y en 1789 fue nombrado cardenal por el papa Pío VI, un reconocimiento a su labor eclesiástica y cultural.

El nombramiento como cardenal llevó a Lorenzana a trasladarse a Roma, donde residió hasta su muerte. En Italia, vivió en el palacio de la plaza de Venecia, dedicándose principalmente a estudios literarios, a la beneficencia y a cumplir con los preceptos religiosos que lo habían guiado toda su vida. Su retiro en Roma fue tranquilo, pero estuvo marcado por una serie de proyectos literarios y el cuidado de su legado intelectual, como la adquisición de manuscritos importantes, incluida parte de la colección del cardenal Zelada.

Impacto duradero y legado histórico

El legado de Francisco Antonio de Lorenzana es extenso y abarca tanto su labor como reformador eclesiástico como su contribución al pensamiento histórico y a la conservación del patrimonio cultural. Durante su tiempo en México, Lorenzana se destacó como una figura clave en la preservación de la historia y las tradiciones del país, realizando una edición de las cartas de Hernán Cortés que fue publicada en 1770 bajo el título de «Historia de Nueva España». Este trabajo, además de ser una obra importante para la historiografía de la Nueva España, refleja el interés de Lorenzana por la historia indígena y la geografía del territorio.

En Toledo, su impulso a la educación, las artes y la beneficencia ilustrada dejó huella. La Real Casa de Caridad y otras instituciones creadas bajo su mandato se convirtieron en símbolos del reformismo social promovido por los monarcas borbónicos en España. Su trabajo en la catedral y sus reformas urbanísticas también fueron clave para darle a Toledo un aire más moderno, al mismo tiempo que preservaba su patrimonio histórico y cultural.

A lo largo de su vida, Lorenzana fue una figura de gran importancia en el campo religioso e intelectual, defendiendo la moralidad del clero, la autonomía episcopal y el refuerzo de las jurisdicciones locales frente a la autoridad romana. Aunque algunos de sus puntos de vista, como su simpatía por el jansenismo, lo aislaban de ciertos sectores de la Iglesia, su legado perdura en las instituciones que fundó y en las obras que dejó.

Muerte y posterior reconocimiento

Francisco Antonio de Lorenzana falleció en Roma el 17 de abril de 1804 a los 82 años, tras haber vivido en la ciudad durante varios años dedicados a la reflexión y la caridad. Tres días después de su muerte, su cuerpo fue enterrado en el corredor de la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma. Posteriormente, en 1956, sus restos fueron trasladados a la cripta de arzobispos de la catedral de México, donde sigue siendo recordado como uno de los principales eclesiásticos e historiadores de su tiempo.

Hoy en día, su trabajo histórico sigue siendo objeto de estudio y admiración, y su legado reformista continúa siendo una referencia clave para comprender el impulso de la Ilustración en España y América. Lorenzana no solo dejó una marca en la Iglesia y en las artes, sino también en el campo de la historiografía, en el que sus ediciones y escritos continúan siendo valiosas fuentes de conocimiento sobre el México colonial y el contexto de su tiempo.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón (1722–1803): Un Ilustre Eclesiástico y Reformador". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/lorenzana-y-buitron-francisco-antonio-de [consulta: 5 de febrero de 2026].