Clara Campoamor (1888–1972): La Jurista que Conquistó el Derecho al Voto para las Mujeres en España

Contexto social y formación de una pionera feminista

Infancia en el Madrid obrero y primeros desafíos

Clara Campoamor Rodríguez nació el 12 de febrero de 1888 en el barrio de Maravillas, un enclave obrero del centro de Madrid donde la precariedad y el esfuerzo marcaban el pulso cotidiano de la vida. Hija de Manuel Campoamor Martínez, un contable nacido en Santoña (Cantabria) y empleado en un periódico local, y de Pilar Rodríguez Martínez, una modista madrileña, Clara creció en un hogar modesto, alejado de los privilegios sociales de la época. Fue la segunda de tres hijos, aunque solo ella y su hermano Ignacio sobrevivieron a la infancia, una realidad habitual en las clases populares de finales del siglo XIX.

La muerte prematura de su padre supuso un punto de inflexión doloroso y determinante: Clara abandonó los estudios para contribuir económicamente al hogar, una renuncia que nunca significó resignación. Aquella niña madrileña, obligada por las circunstancias a renunciar a su educación formal, desarrolló desde temprana edad una férrea voluntad que sería la constante de toda su trayectoria.

A los 21 años, su tenacidad la condujo a ganar unas oposiciones para el Cuerpo de Correos y Telégrafos, uno de los pocos empleos estables disponibles para las mujeres de su clase en aquel tiempo. Fue destinada primero a Zaragoza y luego a San Sebastián, ciudades donde, pese a las limitaciones del cargo, continuó formándose de manera autodidacta. El esfuerzo por construir una vida independiente fue para ella no solo una necesidad personal, sino una declaración de principios.

Ascenso académico y vocación política

En 1914, ya con una firme determinación de retomar su educación, Clara se trasladó nuevamente a Madrid. Ese mismo año obtuvo el número uno en las oposiciones al Ministerio de Instrucción Pública, accediendo al cuerpo de magisterio. Sin embargo, las normas vigentes le impedían enseñar asignaturas académicas por no contar aún con el título de Bachiller. Solo se le permitió impartir taquigrafía y mecanografía, una limitación que la impulsó a seguir luchando por una formación completa.

Al tiempo que trabajaba en el Ministerio, también comenzó a desempeñarse como secretaria del director del diario “La Tribuna”, Cánovas Cervantes, experiencia que le permitió adentrarse en los círculos políticos e intelectuales de la capital. Fue un período crucial: en contacto con periodistas, políticos y pensadores, Campoamor descubrió el poder de la palabra pública y la importancia de la acción política para transformar la sociedad.

En 1920, con 32 años, se matriculó como alumna libre de Bachillerato. Apenas dos años después, ya convertida en una estudiante universitaria, ingresó en la Facultad de Derecho de Madrid, una decisión insólita en un país donde las mujeres licenciadas en leyes eran una rareza. Su paso por la universidad no solo le proporcionó las herramientas jurídicas que luego usaría en su lucha por los derechos civiles, sino que la consolidó como una de las voces más firmes del incipiente feminismo español.

Fue en este contexto académico donde fundó la Asociación Femenina Universitaria, de orientación progresista y socialista, que serviría como plataforma para promover los derechos de la mujer y fomentar su acceso a la cultura superior. Campoamor ofreció su primera conferencia pública en 1923, un evento que marcó su nacimiento como intelectual feminista, y en 1924, a los 36 años, se convirtió en una de las pocas abogadas en ejercicio del país. Ingresó al Colegio de Abogados y comenzó una carrera profesional y pública que la llevaría muy lejos.

Primeras batallas ideológicas y afirmación ética

Aunque simpatizante del PSOE, Clara nunca se afilió al partido, manteniendo una independencia que le permitió denunciar sin ambages tanto los abusos del poder como los errores de sus propios aliados ideológicos. Esa ética inflexible se manifestó tempranamente cuando rechazó la Gran Cruz de Alfonso XII, que le había concedido la Academia de Jurisprudencia como reconocimiento a su brillante expediente académico. Lo hizo, según sus propias palabras, por coherencia con sus ideales republicanos y como protesta contra un sistema que premiaba méritos sin atender a la justicia social.

Su negativa a colaborar con el régimen dictatorial de Miguel Primo de Rivera fue otro gesto de integridad que la distanció de muchos de sus contemporáneos. En 1927, se opuso públicamente a su inclusión en la Junta del Ateneo impuesta por decreto gubernamental y renunció, en consecuencia, a su cargo en Instrucción Pública, lo que supuso una pérdida de cien puestos en el escalafón y un costo personal irreversible. También rechazó cargos ofrecidos por el Ministerio de Trabajo de la Dictadura, entre ellos un puesto como asesora en los Comités paritarios, que aceptaron otras mujeres de renombre como Victoria Kent.

A finales de los años veinte, Clara intensificó su actividad como conferenciante y articulista, colaborando en medios como La Tribuna, Nuevo Heraldo, El Sol o El Tiempo. Su prologación del libro Feminismo Socialista, de María Cambrils, supuso un hito simbólico: la obra, dedicada a Pablo Iglesias, fundador del PSOE, contaba ahora con la voz de una jurista que, sin ser militante, se convertía en una referente ideológica del feminismo obrero.

Por esos años también fundó la Agrupación Liberal Socialista, un intento de articular un espacio político desde la izquierda moderada, republicana y reformista. Fue allí donde maduró la idea de un republicanismo de centro, integrador y moderno, que sumara tanto a Azaña como a Lerroux, aunque ese proyecto nunca llegó a consolidarse.

En una entrevista concedida en 1930, Clara resumió su ideario político con una afirmación que, más que una consigna, era una convicción vital:
«República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos».

Ese mismo año, el país estaba a las puertas de una transformación radical. En diciembre, Clara Campoamor asumió la defensa legal de Fermín Galán y Ángel García Hernández, capitanes implicados en la Sublevación de Jaca. Su hermano Ignacio también participó en aquel fallido levantamiento militar, cuyo desenlace trágico —el fusilamiento de los capitanes— generó un fuerte sentimiento republicano en toda España. La Monarquía, desprestigiada por su apoyo a la dictadura y su alejamiento de las clases populares, comenzaba a tambalearse. Y Campoamor, desde los tribunales y la prensa, se consolidaba como una figura central del republicanismo civil que aspiraba a un país más justo y moderno.

Activismo político y conquista del voto femenino

Militancia republicana y oposición a la dictadura

La consolidación de Clara Campoamor como figura política se dio en un periodo de profundas tensiones sociales y cambios de régimen. Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923–1930), Clara se mantuvo como una opositora firme y coherente, negándose a colaborar con el sistema. Este posicionamiento no solo le generó pérdidas laborales, sino también un claro aislamiento institucional. Fue una postura de gran valentía en un contexto en que muchos profesionales e intelectuales buscaban acomodo dentro del aparato dictatorial.

Hacia 1925, Campoamor inició una relación de colaboración política con Manuel Azaña, participando en la creación del partido Acción Republicana, del cual llegó a formar parte de su consejo nacional. Azaña y Campoamor compartían una visión de un Estado laico, democrático y modernizador, aunque su alianza fue más pragmática que ideológica. La jurista madrileña seguía aspirando a la creación de un gran partido de centro republicano que superara los personalismos y polarizaciones de la política española, un proyecto en el que deseaba integrar tanto a Azaña como a Alejandro Lerroux, aunque esta coalición nunca se materializó.

El paso definitivo hacia su notoriedad pública se produjo en 1930, cuando asumió la defensa de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, protagonistas de la Sublevación de Jaca, una intentona fallida de proclamar la República por medios militares. Clara ejerció como abogada defensora en un juicio sumario que culminó con el fusilamiento de ambos oficiales. Este episodio se convirtió en una causa nacional que aceleró el desprestigio del régimen monárquico. Los capitanes ejecutados fueron elevados al rango de mártires republicanos, y su abogada, Clara Campoamor, pasó a ser identificada como una heroína cívica.

La reacción popular fue tal que las elecciones municipales de abril de 1931 se transformaron, de hecho, en un plebiscito sobre la Monarquía o la República. El triunfo arrollador de las candidaturas republicano-socialistas en las grandes ciudades provocó la caída de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República Española. Clara Campoamor no solo celebró con fervor aquel nuevo régimen, sino que se preparó para actuar desde el Parlamento en su defensa.

Parlamentaria en tiempos de cambio

En las elecciones a Cortes Constituyentes de 1931, que permitían que las mujeres fueran elegidas aunque no votar, Campoamor obtuvo un escaño por el Partido Radical, convirtiéndose en una de las tres únicas mujeres diputadas, junto a Victoria Kent y Margarita Nelken. Su presencia en un Congreso compuesto casi íntegramente por hombres fue un acontecimiento histórico que supo aprovechar desde el primer momento.

Fue designada miembro de la Comisión Constitucional, donde comenzó su más ardua y trascendente batalla: la inclusión del sufragio femenino en la nueva Constitución republicana. Campoamor abogaba no solo por el derecho de las mujeres a votar, sino por una igualdad legal plena: el reconocimiento del divorcio, la equiparación de derechos de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, y el fin de la discriminación legal de género.

Pero el debate sobre el sufragio femenino se convirtió en el núcleo del conflicto político y personal que marcaría su carrera. La mayor parte de los sectores conservadores se oponía abiertamente a conceder el voto a las mujeres, pero lo más duro para Campoamor fue la resistencia dentro de la izquierda, su propio campo ideológico. Alegaban que las mujeres, todavía muy influenciadas por la Iglesia católica y por estructuras patriarcales, votarían masivamente por partidos conservadores, debilitando el proceso reformista.

El sufragio femenino: enfrentamiento con Kent y conquista legislativa

La oposición más dolorosa para Campoamor provino de Victoria Kent, compañera en el Congreso y también defensora de los derechos femeninos, pero que consideraba prematuro el voto femenino. Kent defendía que las mujeres debían primero alcanzar un grado de independencia y formación que las hiciera políticamente autónomas. En su discurso, alertaba del riesgo de entregar el destino de la República a un electorado dominado por prejuicios religiosos.

Campoamor, en cambio, sostenía que la igualdad no podía esperar a condiciones ideales. Su intervención en el Congreso el 1 de octubre de 1931 fue una pieza magistral de oratoria parlamentaria:

«Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el Derecho Natural, el Derecho fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano (…). Dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.»

A pesar de las resistencias y de estar prácticamente sola en su defensa, logró el apoyo parcial de los socialistas, algunos republicanos y parte de la derecha. La votación fue ajustada, pero el sufragio femenino fue aprobado e incluido en el artículo 36 de la Constitución de 1931, que establecía:
“Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales.”

Este fue el mayor triunfo político de Clara Campoamor, pero también el comienzo de su caída. El mismo día de la aprobación, Indalecio Prieto —uno de los líderes socialistas— abandonó el Congreso exclamando:
«Es una puñalada trapera para la República.»

Consecuencias políticas y el inicio del aislamiento

En las elecciones de 1933, las primeras en las que las mujeres españolas pudieron votar, el resultado fue adverso para las fuerzas republicano-socialistas. La victoria fue para la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), y Lerroux —líder del Partido Radical— se convirtió en jefe del gobierno con el apoyo de los sectores conservadores.

Muchos dentro de la izquierda culparon a Clara Campoamor por la derrota, acusándola de haber entregado el país a la derecha al anticipar el voto femenino. El precio fue alto: perdió su escaño en el Parlamento y fue aislada políticamente incluso dentro de su partido. En 1934, renunció al Partido Radical en protesta por su subordinación a la CEDA y por la represión brutal de la Revolución de Asturias, un levantamiento obrero duramente sofocado por el gobierno.

Ese mismo año, intentó ingresar en Izquierda Republicana, el nuevo partido de Azaña, pero fue rechazada. Su figura, incómoda tanto para conservadores como para progresistas, quedó marginada del panorama político, a pesar de que sus ideales seguían firmes. Como símbolo de ese ostracismo, en 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones con un apoyo incluso mayor que el de la CEDA, nadie le ofreció disculpas ni reconoció su papel pionero.

Herida pero no vencida, Clara publicó ese mismo año su libro más íntimo y revelador:
“El voto femenino y yo. Mi pecado mortal”, una obra en la que narra su batalla por el sufragio, su soledad parlamentaria y el costo personal de su victoria. En sus páginas, se puede leer el lamento de una mujer consciente de su valor y, a la vez, víctima del olvido:

“Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo (…), que proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre quien se han acumulado las pasiones y la injusticia.”

A pesar de la marginación, Campoamor no abandonó la acción social. En 1934 fue nombrada Presidenta de la Organización Pro-Infancia Obrera, desde donde impulsó campañas para asistir a la niñez damnificada por los acontecimientos de Asturias. Su vida pública, sin embargo, entraba en una fase descendente, en paralelo con la creciente polarización política que desembocaría, pronto, en la tragedia de la Guerra Civil.

Exilio, legado intelectual y vindicación histórica

Marginación política y exilio

Cuando estalló la Guerra Civil Española en julio de 1936, Clara Campoamor se encontraba en Madrid. Ante el caos político y el peligro real de represalias —en especial por parte de sectores radicalizados que la acusaban de haber facilitado la victoria de la derecha en 1933—, decidió huir a Francia. Temía, con razón, que su independencia ideológica y su pasado de enfrentamientos con la izquierda y la derecha la convirtieran en objetivo de ambos bandos. Aquella salida forzada supuso el inicio de un exilio prolongado que, salvo por intentos infructuosos, sería definitivo.

En 1937, establecida en París, publicó en francés la obra La revolución española vista por una republicana, donde defendía los principios democráticos republicanos y denunciaba la deriva extremista que había llevado a la guerra. Este libro, que nunca se editó en España, representa una visión lúcida, crítica y a la vez esperanzada del papel que aún podía desempeñar la democracia.

Sin embargo, la situación en Europa empeoraba. La inminencia de la Segunda Guerra Mundial forzó a Clara a abandonar Francia y trasladarse en 1938 a Buenos Aires, ciudad que se convirtió en su nuevo refugio durante más de una década. En Argentina desarrolló una intensa labor intelectual como traductora, conferenciante y ensayista, alejándose del activismo político pero sin renunciar a sus ideales. En esos años escribió biografías de figuras femeninas como Concepción Arenal o Sor Juana Inés de la Cruz, y también del poeta Francisco de Quevedo, una selección que demuestra su interés por el pensamiento crítico, la libertad de conciencia y la lucha contra los prejuicios de género.

Durante el exilio argentino, Campoamor no dejó de pensar en el regreso a España, especialmente tras la conclusión de la guerra civil y la consolidación del régimen franquista. A comienzos de los años cincuenta, ya con más de sesenta años, trató de volver al país, pero se encontró con un nuevo obstáculo: su pertenencia a la logia masónica Reivindicación. En la España franquista, la masonería estaba proscrita y demonizada. Las autoridades exigieron que explicara su vinculación, pero Clara Campoamor se negó rotundamente a colaborar con el aparato represivo del régimen.

Para ella, la libertad de pensamiento era innegociable. Prefirió el exilio permanente antes que renunciar a sus principios o facilitar una farsa de arrepentimiento. Así, en 1955, se estableció en Lausana (Suiza), donde comenzó a trabajar en un bufete jurídico, prolongando su vida profesional hasta bien entrada la vejez, hasta que la pérdida de la vista la obligó a retirarse.

Escritora, jurista y figura ignorada

Pese a su creciente aislamiento físico, Campoamor continuó escribiendo hasta sus últimos años, contribuyendo con artículos a la prensa internacional y manteniendo correspondencia con antiguos aliados. Su voz, aunque silenciada en España, seguía presente en los círculos republicanos del exilio.

Sus obras más relevantes en esta etapa fueron El derecho femenino en España (1936) y La situación jurídica de la mujer española (1938), dos ensayos en los que desmenuzaba las profundas desigualdades legales entre hombres y mujeres, denunciando tanto la discriminación jurídica como la falta de voluntad política para reformarla. En estas publicaciones se aprecia una visión jurídica moderna, anticipadora del feminismo institucional que décadas más tarde se consolidaría.

Durante el franquismo, el nombre de Clara Campoamor fue borrado del discurso oficial, tanto por su papel en la República como por su identidad feminista y masónica. Su lucha fue deliberadamente ignorada, y ni siquiera fue reivindicada por sectores de izquierda que aún guardaban rencores por su firmeza en el tema del voto femenino.

En abril de 1972, Clara Campoamor falleció en Lausana, víctima de un cáncer, a los 84 años. Había perdido la vista, vivía en soledad y apenas mantenía contacto con el país por el que tanto había luchado. Su último deseo fue que sus restos fueran incinerados en San Sebastián, ciudad que ocupaba un lugar simbólico en su vida por haber sido uno de los escenarios tempranos de su carrera y donde residía cuando se proclamó la Segunda República.

Redescubrimiento y homenajes en democracia

No fue hasta la restauración democrática tras la muerte de Franco que el nombre de Clara Campoamor comenzó a ocupar el lugar que merecía en la memoria colectiva española. Durante décadas, su legado fue rescatado progresivamente por historiadoras, feministas, juristas y movimientos civiles que encontraron en su figura un ejemplo de integridad, coherencia y lucha por los derechos humanos.

A partir de los años ochenta y noventa, numerosos centros educativos, calles y espacios públicos en toda España comenzaron a llevar su nombre. En 1994, la Secretaría de Igualdad del PSOE de Sevilla instauró los Premios Clara Campoamor, entregados el 8 de marzo —Día Internacional de la Mujer—, para reconocer a personas e instituciones que trabajan por la igualdad. Esta fue una de las primeras acciones institucionales en honrar su figura de manera oficial.

En 2006, con motivo del 75 aniversario de la aprobación del sufragio femenino, se celebraron diversos actos conmemorativos. Entre ellos destacó la solicitud formal de colocar un busto de Clara Campoamor en el Congreso de los Diputados, el mismo lugar donde casi ocho décadas antes había protagonizado un discurso decisivo para la democracia española. Aquello no era solo un homenaje simbólico, sino también un acto de reparación histórica.

Desde entonces, su figura se ha consolidado como símbolo esencial del feminismo español. Es habitual que su imagen y sus frases se citen en manifestaciones, debates parlamentarios, obras académicas y campañas educativas. El movimiento feminista contemporáneo la reconoce como una de sus precursoras más importantes, tanto por su pensamiento como por su acción política.

El impacto de su lucha se mide no solo en la conquista del voto femenino, sino también en haber abierto camino a una visión jurídica de la igualdad, centrada en la ley como instrumento de emancipación. Clara Campoamor demostró que el feminismo no es una moda ni una concesión ideológica, sino un proceso de justicia social basado en el principio de igual dignidad de todos los seres humanos.

Su legado trasciende lo político y se inscribe en una ética universal. En palabras suyas, pronunciadas con rotundidad desde la tribuna parlamentaria:

“No hay más que un sexo: el ser humano.”

Esa afirmación, que en su momento fue subversiva, hoy resume la vigencia de su pensamiento.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Clara Campoamor (1888–1972): La Jurista que Conquistó el Derecho al Voto para las Mujeres en España". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/campoamor-clara [consulta: 5 de febrero de 2026].