Agustina de Aragón (1786–1857): Heroína del Pueblo Español frente al Imperio Napoleónico

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España a fines del siglo XVIII: un país en transformación

El entorno político-social de la monarquía borbónica

A finales del siglo XVIII, España vivía un periodo de profundas tensiones internas bajo el reinado de Carlos IV, cuya figura débil y dependiente del valido Manuel Godoy contribuyó a una creciente impopularidad del régimen. La política exterior oscilaba entre la alianza con Francia y enfrentamientos con Inglaterra, lo que impactaba en la economía y la estabilidad del reino. En este contexto, el país estaba lejos de la modernidad ilustrada que pretendía emular. La monarquía borbónica promovía reformas limitadas, mientras se consolidaban una estructura estamental rígida, altos niveles de analfabetismo y desigualdades sociales pronunciadas.

Cataluña y Aragón en la segunda mitad del siglo XVIII

La región catalana, donde nacería Agustina, estaba marcada por un activo comercio mediterráneo y una incipiente industrialización, especialmente en Barcelona, ciudad en la que se había asentado una población proveniente de zonas rurales como Lérida. Por su parte, Aragón, y particularmente Zaragoza, mantenía un carácter más tradicional, aunque no por ello ajeno a las dinámicas del poder central. Ambas regiones serían clave en la resistencia contra la invasión napoleónica, gestándose allí algunos de los capítulos más memorables de la Guerra de la Independencia.

Infancia y orígenes familiares

Nacimiento en Barcelona y ascendencia leridana

Agustina Raimunda María Saragossa Doménech, más conocida como Agustina de Aragón, nació el 4 de marzo de 1786 en la parroquia de Santa María del Mar, en Barcelona. Sus padres, Pedro Juan Francisco Ramón Saragossa Labastida y Raimunda Doménech Gasull, eran originarios del pequeño pueblo de Fulleda, en la provincia de Lérida, y habían emigrado a Barcelona en busca de mejores condiciones de vida. El padre trabajaba como obrero, y la familia vivía con estrecheces, situación habitual entre los sectores populares urbanos de la época.

El acta de bautismo de Agustina, que se conserva hasta hoy, refleja no sólo su origen humilde, sino también la religiosidad de la familia y el entorno social que la rodeaba. Fue apadrinada por un armero y su esposa, testimonio del ambiente de oficios manuales y militares en el que creció.

Vida familiar, entorno humilde y primeras influencias

La infancia de Agustina transcurrió en un entorno modesto, donde el acceso a la educación formal era escaso, especialmente para las mujeres. Es probable que su formación se limitara a rudimentos religiosos y domésticos, aunque su posterior desenvolvimiento sugiere una notable inteligencia práctica y capacidad de liderazgo.

Desde joven estuvo rodeada de la presencia militar, primero en su entorno familiar y luego de manera más directa con su matrimonio. La experiencia de las mujeres en este periodo era profundamente condicionada por su posición de esposas y madres, pero Agustina rompería con esos límites tradicionales al ingresar por derecho propio en la historia nacional.

Juventud y primer matrimonio

La vida como esposa de un militar: Juan Roca Vilaseca

A los 17 años, Agustina contrajo matrimonio con Juan Roca Vilaseca, un joven militar del Real Cuerpo de Artillería, originario de Masanet de Cabrenys. Su unión se celebró el 16 de abril de 1803, y pronto se vieron envueltos en las exigencias de la vida militar, marcada por frecuentes desplazamientos y la amenaza constante de conflictos armados. Juan Roca, que entonces era cabo segundo, fue destinado en varias ocasiones, y su familia lo acompañaba conforme a la costumbre de la época.

El matrimonio tuvo al menos un hijo en estos primeros años, quien jugaría un papel trágico durante el sitio de Zaragoza. La joven pareja vivía en un contexto inestable, caracterizado por el inicio de la crisis de la monarquía española y la creciente amenaza que suponía la expansión napoleónica.

Desplazamientos con el ejército y maternidad temprana

Agustina se incorporó a la rutina del ejército como muchas esposas de soldados: atendía las necesidades domésticas, cuidaba del hijo pequeño, ayudaba en los traslados logísticos y prestaba socorro a los heridos. Esta experiencia temprana la familiarizó con los rigores del campo de batalla y las responsabilidades que más tarde asumiría con heroísmo. El seguimiento del ejército la llevó a recorrer diversos territorios, hasta arribar a la plaza fuerte de Zaragoza, epicentro de su gesta histórica.

El estallido de la Guerra de la Independencia

Contexto del conflicto napoleónico en la península

En 1808, España fue sacudida por la invasión de las tropas napoleónicas, tras el fracaso del Tratado de Fontainebleau y el conflicto sucesorio propiciado por la abdicación de Carlos IV y Fernando VII. Napoleón colocó en el trono a su hermano José Bonaparte, desatando un alzamiento popular sin precedentes que iniciaría la llamada Guerra de la Independencia Española. Este conflicto marcó la irrupción del pueblo como protagonista de la historia nacional, en oposición tanto al invasor extranjero como a la vieja estructura del Antiguo Régimen.

La resistencia fue especialmente activa en ciudades como Madrid, Valencia, Gerona y Zaragoza, donde la ciudadanía se organizó espontáneamente para defender sus territorios. Fue precisamente en Zaragoza donde Agustina alcanzó la inmortalidad como figura del patriotismo popular.

Primeras experiencias en campaña: camino a Zaragoza

Juan Roca fue destinado a Zaragoza en 1808, como sargento del cuerpo de artillería. Agustina lo acompañó, junto a su hijo pequeño. La ciudad se preparaba entonces para resistir el asedio francés, liderado por el general Lefebvre, bajo las órdenes del mariscal Murat, representante de Napoleón. El general José de Palafox, gobernador de Zaragoza, organizó una defensa desesperada con la participación directa de la población civil, incluyendo mujeres y niños.

El 15 de junio de 1808 comenzó el primer sitio de Zaragoza, y la intensidad del ataque francés aumentó progresivamente. Las defensas se centraron en puntos clave como la puerta del Portillo, Santa Engracia y el Carmen. Fue en el Portillo donde Agustina realizaría el acto que definiría su leyenda: la carga del cañón ante el avance enemigo, cuando los artilleros habían muerto. Este suceso marcaría no sólo un hito bélico, sino también el inicio de una transformación simbólica, al convertir a una mujer del pueblo en protagonista indiscutible de la resistencia.

El primer sitio de Zaragoza y el nacimiento de la leyenda

Defensa del Portillo: la acción que cambió su destino

El momento decisivo en la vida de Agustina de Aragón ocurrió el 2 de julio de 1808, durante el primer sitio de Zaragoza, en plena ofensiva francesa. En aquel día, las defensas de la puerta del Portillo comenzaron a ceder bajo la presión de los ataques dirigidos por Lefebvre, quien intentaba forzar una entrada por los flancos más débiles de la ciudad. Agustina, como muchas otras mujeres, colaboraba en labores auxiliares: transporte de municiones, asistencia a heridos y aprovisionamiento de los artilleros. La escena que cambiaría su vida transcurrió en segundos: una batería de cañones quedó desatendida tras la muerte de todos sus operadores por el impacto de una granada y el estallido de cartuchos.

Sin dudarlo, Agustina atravesó el campo lleno de cadáveres y, tomando el botafuego de manos de un artillero caído, disparó un cañón de 24 libras, cargado con metralla, sobre la columna francesa que se disponía a aprovechar la brecha. Su acción detuvo el avance enemigo, permitió reorganizar la defensa y se convirtió en un acto emblemático de valentía espontánea. Como narraría más tarde la propia Agustina en su memorial a Fernando VII (1810), ella gritó: “¡Ánimo, artilleros, que aquí hay mujeres cuando no podáis más!” antes de realizar el disparo crucial.

El relato de Agustina y la construcción del mito

El episodio fue inmediatamente recogido y magnificado. El propio general Palafox, al recibir informes del incidente, acudió al campo de batalla y la condecoró allí mismo con el título de “artillera”, otorgándole un sueldo diario de seis reales. Este reconocimiento, insólito para una mujer en un contexto militar, fue el punto de partida para que su figura comenzara a proyectarse más allá de los límites de Zaragoza.

En 1810, Agustina presentó al rey un informe donde detallaba lo ocurrido, adornado por elementos de exaltación patriótica y dramatismo épico. En paralelo, Palafox envió a la corte su propia versión, donde aumentaba la carga romántica al relatar que Agustina actuó impulsada por la muerte de su “prometido”, cayendo este ante sus ojos. Si bien el relato oficial resulta inexacto en varios aspectos, contribuyó decisivamente a la mitificación del personaje y a su conversión en símbolo del heroísmo femenino y popular.

Reconocimiento y ascenso simbólico

Condecoraciones, rangos y apoyo de Palafox

A raíz de su acción en el Portillo, Agustina fue condecorada con dos escudos: uno con la inscripción “Defensora de Zaragoza” y otro con “Recompensa del valor y patriotismo”. Posteriormente, fue ascendida a subteniente en el campo de batalla, una distinción extraordinaria, otorgada no sólo por su valentía, sino como gesto de inspiración para las demás tropas y la población civil.

Tras la retirada del enemigo en este primer asedio, Agustina continuó en la ciudad, participando activamente en la reorganización defensiva. Su reputación crecía con cada jornada, y los relatos de su actuación circulaban entre soldados, civiles y simpatizantes de la causa patriótica. Convertida ya en emblema nacional, su nombre resonaba más allá del frente aragonés.

Segunda defensa de Zaragoza y caída en manos francesas

El segundo sitio de Zaragoza comenzó el 20 de diciembre de 1808, con nuevos ataques dirigidos por los generales Moncey y Mortier. Agustina volvió a participar activamente en la defensa, recibiendo una nueva distinción el 31 de diciembre por sus méritos. Sin embargo, las condiciones sanitarias y logísticas se deterioraron rápidamente: las epidemias se extendieron, el hambre azotaba la ciudad, y la resistencia se volvió insostenible.

Agustina enfermó gravemente, probablemente de peste, y tuvo que ser hospitalizada en el convento de San Agustín. Allí, postrada en cama, recibió la noticia de la entrada de los franceses en Zaragoza. Pese a su estado, fue hecha prisionera junto con su hijo, quien murió poco después víctima de la epidemia y la desnutrición. La ciudad finalmente cayó el 20 de febrero de 1809, tras una heroica pero infructuosa resistencia.

Prisión, fuga y reincorporación al conflicto

Pérdidas personales y penurias en Casablanca

Agustina fue trasladada al depósito de Casablanca, donde por casualidad se reencontró con su esposo, Juan Roca, también prisionero. La familia, debilitada por la enfermedad, el hambre y la muerte del hijo, intentó escapar aprovechando una distracción de la guardia. Su fuga fue exitosa: cruzaron el Puente la Reina y lograron reincorporarse a las fuerzas patriotas en 1809.

Ese mismo año, Fernando VII, informado de su gesta, le otorgó oficialmente el rango y sueldo de alférez de Infantería, lo cual la convertía en oficial del ejército español, una distinción única para una mujer de su tiempo. Este gesto tenía un claro valor simbólico: premiar el heroísmo popular como forma de reforzar la legitimidad monárquica en tiempos de guerra.

Reincorporación al frente: Tortosa y la guerrilla

Pese a sus pérdidas, Agustina no se retiró del conflicto. Se trasladó a Sevilla, donde recibió el reconocimiento del general Blake y del marqués de Lazán, quienes le ofrecieron hospitalidad. Sin embargo, Agustina decidió volver al frente catalán, donde su esposo aún combatía. Participó en la defensa de Tortosa, y al caer esta ciudad, se integró en la guerrilla dirigida por Francisco Abad, conocido como Chaleco.

Aunque no hay pruebas definitivas, se considera probable que estuviera presente en la batalla de Vitoria (1813), donde las fuerzas aliadas derrotaron decisivamente a los franceses. La participación de Agustina en estas campañas guerrilleras refuerza su perfil como combatiente real, no meramente simbólica.

Audiencia con el rey y recompensa vitalicia

La entrevista con Fernando VII

En agosto de 1814, Agustina regresó a Zaragoza, donde recibió una carta del propio Palafox indicándole que el rey deseaba conocerla. El 25 de agosto, fue recibida en audiencia por Fernando VII, a quien expuso la precaria situación económica en la que se encontraba su familia. El rey, conmovido por sus méritos y respaldado por los informes favorables de Palafox, accedió a su solicitud.

El 5 de septiembre de 1814, se le concedió una pensión vitalicia de 100 reales mensuales, además del haber correspondiente a su rango militar. Esta pensión la acompañaría el resto de su vida y consolidaría su posición como figura reconocida por el Estado, aunque sin alcanzar un protagonismo oficial comparable al de otros militares varones.

Pensiones, distinciones y regreso a la vida familiar

Tras la audiencia real, Agustina regresó a Barcelona junto a su esposo, donde nació el segundo hijo del matrimonio. En 1817, la familia se trasladó a Segovia por motivos de salud, y Juan Roca fue ascendido a teniente de artillería. Sin embargo, en 1823, él falleció en Barcelona, dejando a Agustina viuda por primera vez.

En 1824, Agustina contrajo segundas nupcias con Juan Cobos Mesperuza, un médico con quien se estableció en Valencia, donde nacería su hija Carlota. Aunque su vida entró entonces en una etapa más privada, su nombre seguía siendo venerado como símbolo de la resistencia popular. El recuerdo de su gesta era transmitido oralmente, recogido por cronistas y celebrado por un pueblo que nunca olvidó el estruendo de aquel cañón disparado por una mujer.

Últimos años: entre la vida privada y los homenajes

Segundo matrimonio y vida en Valencia, Sevilla y Ceuta

Tras la muerte de su primer esposo, Juan Roca Vilaseca, en 1823, Agustina decidió rehacer su vida junto al médico Juan Cobos Mesperuza, con quien contrajo matrimonio en marzo de 1824. Se establecieron primero en Valencia, ciudad donde nació su hija Carlota ese mismo año. Agustina, que había vivido episodios de extrema violencia, privaciones y pérdidas, encontró en esta nueva etapa una vida más tranquila, centrada en su familia y alejada del frente militar.

La familia se trasladó posteriormente a Sevilla, una ciudad que ofrecía mejores oportunidades sociales y médicas. Allí vivieron durante más de dos décadas, hasta que en 1847, su hija Carlota contrajo matrimonio con un oficial administrativo del Ejército destinado en Ceuta. Agustina, ya viuda nuevamente, decidió acompañar a la joven pareja a la ciudad norteafricana, mientras su esposo y su otro hijo permanecían en Sevilla. Este gesto refleja el carácter protector y afectuoso que también marcó su existencia, contrapunto de su imagen pública como guerrera.

Muerte y traslado de sus restos a Zaragoza

Agustina falleció en Ceuta el 29 de mayo de 1857, a los 71 años, a causa de una afección pulmonar. Su partida de defunción, conservada en los archivos ceutíes, menciona expresamente su condición de “Oficial del Ejército Vivo y Efectivo”, además de estar condecorada con varias cruces de distinción por hechos heroicos durante la Guerra de la Independencia. El testimonio destaca también su vida como modelo de moral cristiana, lo que revela el profundo respeto que aún inspiraba.

Inicialmente, fue sepultada en el Cementerio General de Santa Catalina, en Ceuta, y su tumba contenía una inscripción elocuente: “Aquí yacen los restos de la ilustre Heroína, cuyos hechos de valor y virtud […] llenaron al mundo de admiración”. Sin embargo, en 1870, sus restos fueron trasladados a Zaragoza, en un acto de homenaje oficial que buscaba vincular definitivamente su memoria a la ciudad que la vio convertirse en leyenda.

Sus restos descansan hoy en la parroquia de Nuestra Señora del Portillo, símbolo absoluto de la resistencia zaragozana, donde comparte espacio con otras heroínas de la defensa de la ciudad.

La heroína en la memoria colectiva

Reconocimientos oficiales y culto cívico

Desde el momento de su acción en 1808, Agustina fue objeto de múltiples homenajes, tanto en vida como póstumos. Durante el siglo XIX, su figura fue evocada por el romanticismo patriótico español, alimentando un culto cívico centrado en los valores de coraje, honor y patriotismo popular. Su imagen fue reproducida en grabados, esculturas y relatos populares, y su historia fue incluida en los manuales escolares como modelo de virtud cívica y femenina.

El acto de trasladar sus restos a Zaragoza en 1870, bajo el reinado de Amadeo I, no fue solo un tributo funerario, sino una reafirmación del mito patriótico de la Guerra de la Independencia, en un contexto de inestabilidad política y búsqueda de referentes heroicos. La ciudad, que ya la consideraba su hija adoptiva, la integró plenamente en su pantheon civil, junto con otras figuras destacadas de la resistencia local.

Literatura, historia y reinterpretaciones del personaje

La historia de Agustina trascendió los documentos militares y las crónicas de guerra. Benito Pérez Galdós, en sus célebres Episodios Nacionales, la inmortalizó como ejemplo del heroísmo civil, definiéndola como una figura “numantina” frente al enemigo invasor. Galdós, como otros escritores de su tiempo, encontró en su historia un símbolo de dignidad popular, un arquetipo que encarnaba tanto la valentía como la tragedia.

Sin embargo, la construcción de su mito también fue objeto de revisión crítica. Historiadores contemporáneos han señalado cómo su figura fue adornada y deformada por el discurso oficial, al punto de atribuirle acciones y diálogos de dudosa autenticidad. Aun así, incluso bajo la lupa del análisis moderno, su actuación real —la carga del cañón— permanece como un hecho probado y extraordinario, que por sí solo justificaría su lugar en la historia.

Símbolo eterno de la resistencia popular

El legado de Agustina en el imaginario nacional

La figura de Agustina de Aragón se ha mantenido como un referente histórico ineludible dentro del imaginario español. Su historia representa la síntesis de la resistencia del pueblo llano, especialmente de las mujeres, frente a un ejército invasor considerado técnicamente superior. En un país marcado por guerras, fracturas sociales y cambios políticos, Agustina ofrece una figura unificadora, ajena a banderías y reconocida tanto por liberales como conservadores.

Su ejemplo ha sido recuperado en diversos contextos: desde la enseñanza escolar hasta el discurso feminista, pasando por conmemoraciones cívicas y militares. La leyenda que la rodea, lejos de restarle mérito, ha contribuido a su permanencia, adaptando su figura a las necesidades simbólicas de cada época.

De la historia a la leyenda: vigencia de su ejemplo

Agustina de Aragón es más que una figura histórica. Representa la irrupción de la mujer como sujeto activo en un campo —el militar— del que tradicionalmente había sido excluida. Su gesto no fue sólo un acto de valentía, sino también de ruptura de roles sociales, al tomar el lugar de los caídos y enfrentarse directamente al enemigo con determinación.

Su legado no se limita a lo militar. Es, ante todo, una expresión del espíritu colectivo, del coraje nacido del amor por la tierra, de la desesperación transformada en acción, del dolor convertido en resistencia. En tiempos de crisis o incertidumbre, su nombre sigue evocando la fuerza inquebrantable de quienes, sin buscarlo, se ven llamados a hacer historia.

Así, Agustina de Aragón, aquella joven de Barcelona que disparó un cañón en el Portillo, continúa viva en la memoria de España como el rostro de una gesta que sobrevive no por sus laureles oficiales, sino por su resonancia emocional, ética y profundamente humana.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Agustina de Aragón (1786–1857): Heroína del Pueblo Español frente al Imperio Napoleónico". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/agustina-de-aragon [consulta: 8 de febrero de 2026].