Tello de Trastámara (ca. 1337–1370): El Señor de Vizcaya que Desafió Reyes y Forjó Intrigas en la Castilla Medieval

Tello de Trastámara (ca. 1337–1370): El Señor de Vizcaya que Desafió Reyes y Forjó Intrigas en la Castilla Medieval

Los Primeros Años y la Tensión con Pedro I

Tello de Trastámara nació alrededor del año 1337, siendo uno de los numerosos hijos ilegítimos que el rey Alfonso XI de Castilla tuvo con su amante Leonor de Guzmán. Este origen bastardo marcó el destino de Tello, situándolo en un contexto de luchas dinásticas e intrigas políticas que definirían gran parte de su vida. Aunque Alfonso XI había designado a su hijo legítimo, Pedro I, como su sucesor, destinó significativas riquezas y señoríos a sus hijos ilegítimos, creando una red de intereses nobiliarios que pondría en jaque la estabilidad de la monarquía castellana. Tello, junto con sus hermanos Enrique de Trastámara y Fadrique de Trastámara, se vio envuelto en estos conflictos, que rápidamente evolucionaron hacia una guerra civil fratricida en la que la rivalidad entre hermanos, la lucha por el poder y la ambición por los dominios se entrelazaron.

El nacimiento de Tello en este contexto no solo lo vinculó con la casa de Trastámara, sino que también lo colocó en el centro de los enfrentamientos entre las facciones del reino. A pesar de ser hijo ilegítimo, su influencia fue considerable, y se vio involucrado en los conflictos que giraban en torno al control de los señoríos castellanos. La muerte de Alfonso XI en 1350 y la ascensión de su hijo Pedro I, conocido como Pedro el Cruel, generó una situación aún más compleja. La relación entre Pedro I y los hijos ilegítimos de Alfonso XI, incluido Tello, pasó por diversos altibajos, alimentados por la ambición de poder y las disputas familiares.

La muerte de la madre de Tello, Leonor de Guzmán, en 1351, marcó un punto de inflexión en las relaciones entre los Trastámara y Pedro I. Leonor había sido una figura clave en la vida de Tello y de sus hermanos, y su asesinato a manos de Pedro I generó un profundo resentimiento y desconfianza entre ellos. La purga que Pedro I llevó a cabo en la corte, acabando con varios de los allegados de su madre, convirtió a Tello en un hombre cauteloso, pero también en uno de los principales opositores al reinado de su hermano. Fue en este contexto en el que Tello comenzó a mostrar su astucia política, maniobrando para asegurar su propio bienestar en un reino lleno de tensiones.

Cuando Pedro I supo del asesinato de su madre, Tello fue informado por sus hombres de confianza, pero, en lugar de tomar represalias inmediatas, adoptó una actitud de prudencia. Según relatan las crónicas, Tello se presentó ante su hermano Pedro con una actitud sumisa, expresando que no tenía otra madre ni otro padre más que el rey. Esta respuesta, aunque vista como una manifestación de lealtad, reflejaba la astucia de Tello, quien, consciente de la peligrosa naturaleza de su hermano, optó por no mostrar abiertamente su descontento. No obstante, sus movimientos tras este episodio indican que Tello no estaba dispuesto a aceptar pasivamente el dominio de Pedro sobre los destinos de la casa de Trastámara.

A pesar de sus esfuerzos por mantener la calma, Tello comenzó a distanciarse del reino centralizado de su hermano Pedro. En 1352, Tello cambió su residencia de Palenzuela, en Castilla, por la villa de Aranda de Duero, un paso que, aunque aparentemente inofensivo, reflejaba su creciente desconfianza hacia Pedro. Cuando Pedro I se dirigió a Aguilar de Campoó, uno de los señoríos de Tello, este prefirió evitar el encuentro con su hermano y optó por refugiarse en su otro dominio, Monteagudo. Esta maniobra fue, sin duda, un intento de evitar un posible enfrentamiento directo con Pedro I, pero también muestra la astucia de Tello para mantener su influencia y territorio sin incurrir en un conflicto abierto.

El conflicto entre Pedro I y sus hermanos ilegítimos no se limitó únicamente a disputas personales, sino que también estuvo vinculado a la lucha por el control de importantes territorios, como el señorío de Vizcaya. Desde tiempos de Alfonso XI, la incorporación de Vizcaya a la corona castellana había sido un objetivo de la monarquía, y Tello fue designado para llevar a cabo este plan. Sin embargo, el camino hacia el control total de Vizcaya no sería fácil, ya que este territorio estaba bajo el dominio de los poderosos señores de Vizcaya, como la familia de Juan de Haro el Tuerto, y estaba profundamente vinculado con la nobleza vasca, que tenía su propia agenda política.

En 1353, Tello logró concretar su matrimonio con Juana Núñez de Lara, hija del señor de Vizcaya, Juan Núñez de Lara IV, lo que le permitió acceder oficialmente al señorío vizcaíno. Este matrimonio fue un hito importante en la carrera de Tello, ya que le otorgó un considerable poder territorial y le permitió consolidar sus ambiciones políticas. A partir de este momento, el señorío de Vizcaya se convirtió en un factor clave en las tensiones entre Tello y Pedro I. Mientras que el rey legítimo Pedro I buscaba mantener el control de Vizcaya, Tello, a través de su matrimonio, se aseguró un papel central en las luchas por el poder en el norte de Castilla.

A pesar de su nuevo estatus como señor de Vizcaya, las relaciones entre Tello y su hermano Pedro I continuaron siendo complicadas. En 1354, durante la celebración de las bodas de Pedro I con Blanca de Borbón, Tello y su hermano Enrique de Trastámara fueron invitados a la corte. Sin embargo, ambos llegaron con un numeroso séquito armado, ya que temían una posible emboscada por parte de Juan Alfonso de Alburquerque, uno de los enemigos más acérrimos de los Trastámara en la corte de Pedro I. La desconfianza entre los hermanos era evidente, y aunque la reunión transcurrió sin incidentes, el ambiente político seguía siendo extremadamente tenso.

A lo largo de este período, Tello jugó un juego político complejo, a menudo actuando como un aliado de Pedro I, pero sin dejar de lado sus intereses personales. Sus alianzas con Enrique de Trastámara, quien en ese momento ya mostraba claras aspiraciones al trono, fueron cruciales para sus ambiciones. A pesar de las tensiones con Pedro I, Tello siguió siendo una figura importante en la corte castellana, y sus movimientos fueron seguidos de cerca por los observadores de la época.

Así, en los primeros años de la década de 1350, Tello de Trastámara se encontraba en una posición delicada. Si bien no era un enemigo abierto de su hermano Pedro I, su lealtad estaba en constante cuestión debido a sus ambiciones personales y la tensión con el régimen autoritario de Pedro. Las intrigas políticas, las luchas territoriales y las rivalidades familiares definirían el rumbo de la vida de Tello en los años venideros, mientras se acercaba inevitablemente a la guerra civil que desgarraría a Castilla en las siguientes décadas.

El Señorío de Vizcaya y el Matrimonio con Juana Núñez de Lara

Tras el turbulento inicio de su relación con Pedro I, Tello de Trastámara comenzó a forjar una base de poder más sólida al asegurar el señorío de Vizcaya, un territorio codiciado y de gran importancia en la política castellana. La incorporación de Vizcaya a la corona de Castilla había sido uno de los proyectos más ambiciosos de la monarquía desde los tiempos de Alfonso XI, quien había intentado en diversas ocasiones someter este señorío al control de la corona. Sin embargo, las difíciles relaciones con la nobleza vizcaína y las luchas internas complicaron estos planes, lo que dejó a Tello en una posición única para desempeñar un papel clave en este proceso.

El principal objetivo de Tello era conseguir la completa integración de Vizcaya a la corona, y para ello, el matrimonio con Juana Núñez de Lara, heredera de los señores de Vizcaya, fue crucial. El matrimonio fue pactado en 1353, cuando Tello, ya consolidado como señor de varios territorios gracias a las rentas y bienes heredados de su padre, se unió a Juana en un enlace que aseguraba su influencia sobre Vizcaya. Este matrimonio no solo le otorgó poder sobre un vasto territorio, sino que también lo posicionó como una de las principales figuras de la nobleza castellana. La unión con Juana Núñez de Lara le permitió acceder a un territorio estratégico en el norte de la península, con una posición privilegiada para jugar un papel importante en las intrincadas luchas entre las facciones nobiliarias de Castilla.

Sin embargo, este matrimonio también lo involucró en un juego de poder que no estaba exento de desafíos. Por un lado, el matrimonio con Juana le daba legitimidad ante los vizcaínos, que aceptaron su posición como señor de Vizcaya, pero por otro lado, lo situaba en el centro de la lucha de poder entre las casas de Trastámara y la monarquía de Pedro I. El control de Vizcaya era clave para ambos bandos, y la tensión por esta posesión no tardó en aflorar. Si bien Pedro I validó el matrimonio y la cesión del señorío a Tello, esta acción también estuvo motivada por sus propios intereses, ya que le permitió mantener un control indirecto sobre el territorio mediante la alianza con Tello.

El contexto político de la época complicaba aún más la situación de Tello. En los primeros años del reinado de Pedro I, la corte estaba dividida en diversas facciones, algunas de las cuales apoyaban la causa de los Trastámara. Además, Tello no estaba solo en su lucha por el control de Vizcaya. Juan Alfonso de Alburquerque, uno de los hombres más cercanos a Pedro I y un antiguo servidor de Alfonso XI, también tenía ambiciones sobre este territorio. De hecho, Juan Alfonso intentó hacerse con el señorío de Vizcaya, y sus esfuerzos para lograrlo chocaron con las aspiraciones de los Trastámara. En 1353, Juan Alfonso de Alburquerque fue uno de los principales opositores a la integración de Vizcaya a la casa de Trastámara, lo que sumió a la corte castellana en una serie de intrigas y maniobras políticas. A lo largo de esta lucha por el poder, Tello jugó un papel clave en la defensa de los intereses de su familia, enfrentándose no solo a Alburquerque, sino también a los propios designios de Pedro I.

El conflicto con Alburquerque reflejó las tensiones subyacentes en la corte castellana, donde las luchas por el poder no se limitaban solo a los monarcas, sino también a la nobleza, cuyos intereses variaban según las alianzas y los intereses territoriales. Mientras tanto, Tello consolidaba su poder en Vizcaya y continuaba haciendo frente a las presiones tanto de su hermano Pedro como de los demás miembros de la corte. La lucha por Vizcaya se convirtió en un símbolo de la lucha por el poder en Castilla, y Tello, al ser designado señor del territorio, representaba no solo una amenaza para Pedro I, sino también un desafío a la autoridad de los grupos que deseaban mantener el control sobre este importante enclave vasco.

El matrimonio de Tello con Juana Núñez de Lara fue, por tanto, más que una simple unión política; representaba una herramienta estratégica dentro de la intrincada red de alianzas y oposiciones que marcaron la política castellana de la época. Además, el enlace con Juana le permitió consolidar su posición dentro de la nobleza vasca, la cual desempeñaba un papel fundamental en las disputas políticas y territoriales de la región. A pesar de las tensiones que surgieron en torno al matrimonio, la alianza fue inicialmente exitosa, ya que Tello fue reconocido como el legítimo señor de Vizcaya por los hidalgos vizcaínos, quienes aceptaron su autoridad en el territorio. Sin embargo, los intereses políticos de Pedro I pronto entrarían en conflicto con los de Tello, y la lucha por Vizcaya se intensificaría aún más en los años siguientes.

En 1354, Pedro I, preocupado por la creciente influencia de los Trastámara en el reino, decidió intervenir de manera más directa en el control de Vizcaya. A pesar de haber validado el matrimonio de Tello con Juana, Pedro I comenzó a cuestionar la legitimidad del control de los Trastámara sobre el territorio vasco. De hecho, la relación entre Pedro I y Tello se volvió cada vez más tensa, ya que el rey temía que los Trastámara se consolidaran como una amenaza para su propio poder. En 1356, Pedro I despojó a Tello de la posesión de los señoríos de Lara y Vizcaya, y decidió otorgar estos dominios a su primo, Juan de Aragón, como parte de sus intentos por reforzar la lealtad de la nobleza en su reino.

La decisión de Pedro I de despojar a Tello de sus tierras provocó un conflicto directo entre los dos hermanos. Tello, al verse privado de uno de sus principales dominios, no dudó en tomar las armas para defender sus intereses. A partir de este momento, su relación con Pedro I se deterioró aún más, y la guerra civil castellana comenzó a ser inevitable. La situación se complicó aún más cuando Juan Alfonso de Alburquerque, antiguo aliado de Pedro I, comenzó a movilizarse para arrebatarle el señorío de Vizcaya. En este escenario de tensiones políticas, Tello se alió con su hermano Enrique de Trastámara, quien también estaba en desacuerdo con las políticas autoritarias de Pedro I.

A medida que las luchas por el control de Vizcaya se intensificaron, Tello de Trastámara se vio cada vez más involucrado en la guerra civil que enfrentaba a los partidarios de Pedro I contra los de Enrique. A pesar de la tensión creciente entre los Trastámara y Pedro I, Tello continuó defendiendo su señorío de Vizcaya, mientras se enfrentaba a los intentos de despojarlo de sus dominios. El territorio de Vizcaya se convirtió en el epicentro de una lucha más amplia por el control del reino de Castilla, y Tello se consolidó como una de las figuras más relevantes en los años previos a la guerra civil.

El conflicto con Pedro I y la lucha por el señorío de Vizcaya marcarían los años decisivos de la vida de Tello, llevando finalmente a la guerra abierta entre las facciones de los Trastámara y el monarca legítimo. Esta guerra, que se extendería por varias décadas, cambiaría el curso de la historia de Castilla y marcaría el fin del gobierno autoritario de Pedro I. Tello, por su parte, seguiría siendo una figura clave en este conflicto, y su lucha por el control de Vizcaya sería uno de los principales motores de la guerra civil castellana.

La Guerra Civil Castellana y la Alianza con Enrique de Trastámara

La situación política de Castilla en la segunda mitad del siglo XIV se convirtió en un hervidero de conflictos internos, donde los intereses de los Trastámara, particularmente los de Tello de Trastámara, se enfrentaron frontalmente con los de su hermano Pedro I, también conocido como Pedro el Cruel. La lucha por el control de las tierras, las disputas por la legitimidad del trono y las ambiciones de poder condujeron al reino a un conflicto bélico abierto, que desembocó en lo que conocemos como la guerra civil castellana, la cual se extendió durante varios años. Este enfrentamiento no solo fue una lucha entre hermanos, sino también una lucha entre facciones, nobleza y reinos, donde Tello se convirtió en una pieza clave dentro del tablero de ajedrez político.

En 1354, tras la consolidación de su poder en Vizcaya gracias al matrimonio con Juana Núñez de Lara, Tello de Trastámara comenzó a mostrar un claro desdén por la autoridad de Pedro I. Aunque en un principio había adoptado una postura de aparente lealtad hacia su hermano, sus intereses y ambiciones personales lo empujaron a buscar una alianza con su hermano Enrique de Trastámara, quien ya mostraba claras intenciones de disputarle el trono a Pedro I. Tello, al igual que Enrique, veía en la debilidad de Pedro I una oportunidad para afianzar su propia influencia en el reino. Así, el vínculo entre los dos hermanos ilegítimos comenzó a fortalecerse, y Tello se convirtió en uno de los principales seguidores de Enrique en sus aspiraciones al trono.

La alianza de Tello con Enrique fue crucial para el inicio de la guerra civil. Si bien Pedro I se mantenía como rey legítimo, las disputas por el control del trono y la creciente insatisfacción de los nobles con su gobierno autoritario abrieron la puerta a los Trastámara, quienes no dudaron en aprovechar la oportunidad. Mientras Pedro I se mantenía firme en su poder, rodeado de sus leales y de los recursos que le proporcionaba el reino, Enrique de Trastámara y sus seguidores comenzaron a organizarse con el fin de derrocarlo.

El papel de Tello en este proceso fue fundamental. No solo proporcionó a Enrique apoyo militar en la lucha por el trono, sino que también utilizó su poder sobre Vizcaya para movilizar a las fuerzas locales, convenciendo a los hidalgos y caballeros vizcaínos de la causa de los Trastámara. De hecho, su influencia en Vizcaya fue uno de los factores que permitió que Enrique tuviera una base sólida de apoyo en el norte del reino. Al mismo tiempo, Tello utilizó su capacidad diplomática para formar alianzas con otros nobles, como los de Aragón, que también tenían interés en debilitar a Pedro I.

El conflicto entre Pedro I y Enrique de Trastámara se extendió más allá de las fronteras de Castilla, involucrando a otros reinos, como el de Aragón. Durante este período, Enrique estableció relaciones con el rey Pedro IV de Aragón, quien, como parte de la lucha contra Pedro I, prestó su apoyo a Enrique. Tello, en su afán por consolidar la causa de su hermano, también se unió a las fuerzas de Aragón y fue uno de los comandantes principales de las huestes aragonesas, que en su mayoría estaban formadas por mercenarios extranjeros conocidos como las Compañías Blancas. Estos mercenarios, provenientes de diversas partes de Europa, como Bretaña, Normandía y Gasconia, jugaron un papel esencial en el desarrollo de las batallas y escaramuzas que marcaron esta fase de la guerra civil.

Las Compañías Blancas, aunque inicialmente luchaban por el botín y no por lealtades políticas, se alinearon con Enrique debido a los intereses comunes que compartían con los Trastámara. Tello de Trastámara se convirtió en uno de los principales responsables de coordinar las fuerzas de las Compañías Blancas, que se convirtieron en un ejército formidable que ayudó a Enrique a enfrentar las huestes de Pedro I. De hecho, las batallas en las que participaron los Trastámara durante esta etapa fueron esenciales para el curso de la guerra civil, marcando el principio de un largo conflicto que dividiría a Castilla.

Uno de los momentos clave de la guerra civil fue la Batalla de Araviana, que tuvo lugar en 1359 en las cercanías del Moncayo, un punto estratégico en la frontera entre Castilla y Aragón. La batalla enfrentó a las fuerzas de Pedro I contra las tropas combinadas de Enrique de Trastámara, que contaban con el apoyo de las fuerzas aragonesas y las Compañías Blancas. Aunque Pedro I logró la victoria en esta batalla, la guerra entre los dos bandos se prolongó aún más, y el conflicto se convirtió en un tira y afloja sin una resolución clara. No obstante, la batalla de Araviana fue solo una de las muchas confrontaciones que se sucedieron a lo largo de la guerra civil, durante las cuales Tello de Trastámara jugó un papel activo en la organización de las tropas y en la toma de decisiones estratégicas.

A medida que la guerra avanzaba, Pedro I comenzó a perder el control de sus territorios, especialmente en el norte del reino, donde las fuerzas de Enrique y Tello estaban tomando ventaja. En 1360, tras una serie de victorias parciales, Tello y Enrique se unieron a las fuerzas del rey Pedro IV de Aragón para lanzar una ofensiva más directa contra el reino de Castilla. La participación de Tello en esta campaña marcó un punto crucial en el conflicto, ya que su influencia en la región del norte de Castilla y su control sobre Vizcaya proporcionaron a Enrique una base sólida desde la cual avanzar hacia el sur. A pesar de las tensiones internas y los constantes cambios de lealtades, Tello seguía siendo un aliado crucial de Enrique, que veía en él una figura importante para consolidar su causa.

Durante este período, Tello también jugó un papel destacado en las negociaciones diplomáticas que se llevaron a cabo entre los distintos reinos. A menudo se encontraba entre dos frentes: por un lado, luchando en el campo de batalla contra las fuerzas de su hermano Pedro, y por otro, negociando alianzas y buscando el apoyo de otros nobles y monarcas. En particular, su relación con los aragoneses y su alianza con el rey Pedro IV fueron cruciales para mantener la lucha activa contra Pedro I, quien se encontraba rodeado por enemigos tanto dentro como fuera de su reino.

La guerra civil castellana continuó durante varios años, y Tello de Trastámara se mantuvo como uno de los principales líderes de las tropas de Enrique. Aunque el conflicto no se resolvió de inmediato, las victorias en las batallas y el creciente apoyo a la causa de los Trastámara fueron debilitando la posición de Pedro I. Los eventos de esta guerra fratricida, que enfrentó a los Trastámara con Pedro I y sus seguidores, definieron la estructura política de Castilla en los años venideros.

A pesar de las victorias que Tello y Enrique consiguieron en diversas batallas, las tensiones dentro de las filas de los Trastámara también comenzaron a aflorar. La relación entre los hermanos se veía amenazada por la ambición personal y las diferencias de intereses dentro del propio bando de los Trastámara. Tello, siempre intrigante y oportunista, no se limitaba a ser un simple seguidor de Enrique; él también estaba buscando consolidar su propio poder y asegurar el futuro de sus dominios, especialmente el de Vizcaya.

La Traición y la Inestabilidad del Último Período

A medida que la guerra civil castellana avanzaba, las intrigas y traiciones se multiplicaban dentro de las filas de los Trastámara. Tello de Trastámara, un hombre conocido por su astucia política y su habilidad para navegar en un mar de alianzas y enemistades, no escapó a las tensiones internas que se desataron entre los miembros de su propia familia. Aunque al principio su lealtad a su hermano Enrique parecía sólida, los eventos de los años posteriores demostrarían que Tello no dudaba en cambiar de bando cuando lo consideraba conveniente para sus propios intereses.

En este contexto, el vínculo entre Tello y Enrique se fue erosionando. Si bien ambos compartían un objetivo común: derrocar a Pedro I, las diferencias personales y las disputas sobre el control de los territorios adquiridos comenzaron a minar su relación. En 1364, Tello de Trastámara dio un paso decisivo que marcaría el rumbo de los acontecimientos: empezó a mostrarse menos comprometido con la causa de Enrique, y su actitud vacilante generó una creciente desconfianza entre los miembros de la facción de los Trastámara. Este cambio en la postura de Tello no pasó desapercibido, y pronto surgieron rumores sobre su posible traición a su hermano.

Tello, como siempre, jugaba a dos bandas. Mientras mantenía su apoyo público a Enrique, sus movimientos privados indicaban que estaba dispuesto a cambiar de bando si las circunstancias lo exigían. En 1364, estando en Valencia con las tropas de Enrique y las del rey Pedro IV de Aragón, Tello envió un mensajero a Pedro I para advertirle de las maniobras de su hermano. Este acto de traición fue uno de los momentos más oscuros de la vida de Tello, quien parecía no tener lealtades fijas y se movía constantemente en función de lo que más le convenía. La ambición de Tello de Trastámara no conocía límites, y su deseo de consolidar su poder sobre Vizcaya y otros territorios lo llevó a actuar de manera impredecible.

El hecho de que Tello intentara jugar ambos lados de la guerra no solo debilitó su relación con Enrique, sino que también lo convirtió en un personaje incómodo para los demás miembros de la facción Trastámara. A pesar de su naturaleza intrigante, Tello tenía un talento indiscutible para la política, y su capacidad para manipular a sus aliados y enemigos era legendaria. Esta habilidad le permitió mantenerse en el centro del poder durante gran parte de la guerra civil, a pesar de los continuos cambios en sus alianzas.

En 1366, Tello adoptó una de las maniobras más sorprendentes de su carrera: hizo pasar a una mujer por su esposa, Juana Núñez de Lara, quien había muerto hacía ya algunos años por orden de Pedro I. Tello, al parecer, pensó que al presentar a otra mujer como su esposa, podría reclamar el control sobre los dominios de Lara y Vizcaya, manteniendo así su poder sobre estos territorios. Esta acción fue un ejemplo más de su carácter ambicioso y manipulador, dispuesto a recurrir a cualquier artimaña para conseguir lo que quería. Sin embargo, la falsificación de su matrimonio no duró mucho tiempo, y Tello pronto tuvo que negar públicamente la identidad de la mujer que había presentado como su esposa. Este episodio refleja no solo su disposición a recurrir a engaños, sino también su creciente inestabilidad emocional y política.

Este episodio de la «mujer falsa» fue uno de los momentos más surrealistas de la vida de Tello, quien no dudó en actuar de forma desesperada para mantener su control sobre los territorios de su esposa fallecida. Sin embargo, la jugada no le salió bien. La manipulación de Tello y sus intentos de mantener el dominio de Vizcaya no lograron engañar a sus contemporáneos, y el escándalo que sus acciones provocaron solo sirvió para fortalecer la posición de sus enemigos dentro de la facción Trastámara. La intriga política que Tello cultivó a lo largo de su vida se volvió en su contra, y su falta de lealtad a sus propios aliados terminó socavando su posición.

A medida que la guerra civil castellana se acercaba a su fin, Tello se encontró en una situación aún más precaria. Enrique II de Trastámara había logrado finalmente conquistar el trono de Castilla, y Pedro I había sido derrocado y asesinado en 1369, pero la posición de Tello dentro del nuevo régimen era incierta. A pesar de que Enrique II le otorgó varios señoríos como recompensa por su apoyo durante la guerra, la relación entre ambos hermanos seguía siendo tensa y marcada por la desconfianza. Tello, como siempre, se encontraba en una situación de inestabilidad política, ya que su carácter intrigante y su falta de compromiso con una causa fija lo habían convertido en un personaje incómodo dentro del círculo de confianza de Enrique II.

En este nuevo orden, Tello fue asignado a vigilar la frontera con Portugal, una tarea que, si bien le otorgaba un cierto poder y responsabilidad, también lo mantenía alejado de la corte y de los círculos de decisión de Castilla. La asignación de este puesto no fue una simple coincidencia; Enrique II, consciente de la naturaleza volátil de Tello, prefería mantenerlo alejado de los centros de poder, donde su influencia podría ser peligrosa para su propio reinado. De hecho, algunos cronistas sugieren que la muerte de Tello en 1370 no fue un simple accidente, sino un acto deliberado dentro de las maniobras de Enrique para eliminar a una figura potencialmente peligrosa. Se rumoró que Tello había sido envenenado por orden de Enrique II, quien había llegado a la conclusión de que Tello era un obstáculo para su consolidación definitiva en el trono.

La muerte de Tello dejó un vacío de poder en el norte de Castilla, particularmente en Vizcaya, donde su ausencia creó incertidumbre sobre el futuro del territorio. A pesar de haber sido uno de los personajes más influyentes durante la guerra civil, Tello no dejó un legado dinástico legítimo, ya que no dejó descendencia legítima de su matrimonio con Juana Núñez de Lara. La cuestión de Vizcaya se resolvió finalmente mediante un acuerdo con la monarquía castellana: el señorío pasó a ser administrado por su cuñada, Juana Manuel, reina de Castilla y esposa de Enrique II, hasta que su hijo, Juan de Trastámara, alcanzara la mayoría de edad.

La muerte de Tello en 1370 marcó el fin de una era en la historia de los Trastámara, y su figura, a pesar de sus traiciones, intrigas y falta de lealtad fija, dejó una huella profunda en la historia de Castilla. Tello de Trastámara, con su carácter intrigante y su ambición desmesurada, personificó los tumultuosos años de la guerra civil castellana, y su destino, lleno de traiciones y conflictos, subraya las tensiones que dominaron la política castellana de la época.

Los Últimos Años y la Muerte de Tello de Trastámara

Los últimos años de Tello de Trastámara estuvieron marcados por la consolidación del poder de su hermano Enrique II en el trono de Castilla, lo que puso fin a las luchas fratricidas que habían desgarrado al reino durante años. Sin embargo, a pesar de que Enrique II ascendió al trono en 1369, la figura de Tello siguió siendo una presencia incómoda y relevante en el contexto político de la época. A lo largo de su vida, Tello había jugado un juego peligroso entre alianzas y traiciones, pero en sus últimos años, la situación se volvió aún más compleja y opaca, envuelta en sospechas y dudas sobre su muerte.

Enrique II, después de su victoria sobre Pedro I, hizo esfuerzos por consolidar su poder, pero también sabía que debía lidiar con los miembros más problemáticos de la familia Trastámara. Tello de Trastámara, a pesar de haber sido un aliado fundamental en la lucha por el trono, ya no era considerado completamente confiable. A lo largo de la guerra civil, Tello había demostrado ser un hombre oportunista, dispuesto a cambiar de bando según sus intereses, lo que generó una creciente desconfianza en la corte de Enrique II. Tello, quien durante muchos años había sido una pieza clave en las luchas políticas, parecía haber quedado relegado a un papel secundario tras la victoria de su hermano.

A pesar de este aparente exilio político, Enrique II, consciente de la importancia de mantener la cohesión de la familia Trastámara, le otorgó a Tello varios señoríos como recompensa por su apoyo durante la guerra. Tello, quien había sido despojado de sus dominios anteriormente por Pedro I, recibió de vuelta algunos de sus territorios, como Berlanga, Aguilar, Castañeda y Vizcaya, lo que le permitió recuperar cierta influencia en la región. No obstante, el entorno político había cambiado significativamente. El reino estaba marcado por la consolidación del poder de Enrique II, quien, con sus decisiones, estaba afianzando la nueva dinastía Trastámara en el trono de Castilla.

A pesar de su restitución territorial, la situación de Tello no fue fácil. Aunque Enrique II lo recompensó con tierras, también lo envió a vigilar la frontera con Portugal, una asignación que, lejos de ser un honor, era un intento de mantenerlo alejado de los centros de poder y de las intrigas de la corte. Enrique II, conocedor de las capacidades manipuladoras de su hermano, no podía permitirse que Tello representara una amenaza para su propio reinado. La vigilancia de la frontera con Portugal implicaba que Tello estuviera apartado de los asuntos clave del reino, pero al mismo tiempo, le mantenía en una posición donde aún podía desempeñar un papel, aunque más alejado de la política central.

Fue en este contexto en el que Tello pasó sus últimos días, entre las responsabilidades militares en la frontera y su creciente marginación de la vida cortesana. A pesar de que todavía mantenía el control sobre algunos de sus señoríos, la relación con Enrique II seguía siendo tensa, marcada por la desconfianza y la falta de lealtad total de Tello hacia su hermano. Esta distancia política y la creciente sospecha sobre la lealtad de Tello envalentonaron a quienes veían en él una figura incómoda para el reinado de Enrique II.

El año 1370 fue crucial para Tello. A pesar de los intentos de mantener una posición dentro del orden establecido por su hermano Enrique, la muerte de Tello de Trastámara en ese mismo año fue un evento que generó dudas y especulaciones. A lo largo de la vida de Tello, los rumores de intrigas y conspiraciones fueron constantes, y su muerte no fue la excepción. De hecho, algunos cronistas contemporáneos, como Pedro López de Ayala, sugieren que la muerte de Tello no fue natural, sino que fue provocada por envenenamiento, orquestado por órdenes de Enrique II. Este tipo de rumores alimentó aún más la idea de que Tello de Trastámara era un personaje problemático para el régimen de Enrique II.

Según las crónicas de la época, algunos aseguraban que el rey Enrique II había ordenado la muerte de su hermano debido a la preocupación de que Tello aún representara una amenaza para su poder, dadas sus habilidades políticas y su naturaleza intrigante. Se decía que Tello había sido envenenado por un médico cercano al rey, llamado Maestre Romano, quien era físico de la corte de Enrique. Aunque no hay pruebas definitivas que confirmen que Tello fue envenenado, la sospecha sobre las circunstancias de su muerte es una parte importante del legado de su figura.

La muerte de Tello dejó a la familia Trastámara con un vacío en la región del norte de Castilla, especialmente en Vizcaya. Tello, aunque no había dejado sucesión legítima, había tenido dos hijos ilegítimos, Alfonso Téllez y Juan Téllez de Trastámara, quienes, aunque no heredaron el poder de su padre de manera formal, se convirtieron en figuras relevantes en la historia de la nobleza castellana. Juan Téllez, en particular, sería conocido por su matrimonio con Leonor de la Vega, la famosa Ricahembra, quien más tarde se casaría con el almirante Diego Hurtado de Mendoza. De esta manera, la descendencia de Tello pasó a formar parte de una nueva generación de nobles, algunos de los cuales jugarían papeles importantes en la historia de Castilla en los siglos siguientes.

Tras la muerte de Tello, el señorío de Vizcaya fue administrado por su cuñada, Juana Manuel, reina de Castilla y esposa de Enrique II, hasta que su hijo, Juan de Trastámara, heredero del trono, alcanzó la mayoría de edad. Con la muerte de Tello y la desaparición de la rama Trastámara originada por él, Vizcaya pasó a formar parte de los dominios de la corona, lo que significó el fin del gobierno señorial que Tello había mantenido en la región durante tantos años. Este hecho fue significativo en la historia de la nobleza vasca, ya que supuso el fin de una época en la que los grandes señoríos eran gobernados por figuras poderosas, pero a menudo impredecibles como Tello.

El legado de Tello de Trastámara fue, en última instancia, una mezcla de ambición, traición y habilidad política. A lo largo de su vida, Tello fue un hombre de contrastes: un líder militar capaz, un intrigante astuto y un hombre profundamente marcado por la inestabilidad política de su tiempo. Su participación en las luchas fratricidas que definieron la historia de la Castilla medieval le aseguraron un lugar en la historia, pero su falta de lealtad, su disposición para traicionar y sus constantes maniobras en la oscuridad lo convirtieron también en una figura controvertida y, en muchos aspectos, un símbolo de la turbulenta política de su época.

Tras su muerte, los descendientes de Tello fueron absorbidos por la corriente principal de la historia, y su linaje se desvaneció poco a poco. La historia de Tello de Trastámara, marcada por su ambición desmesurada y sus constantes cambios de lealtad, es un reflejo de la lucha por el poder en la Edad Media, donde los intereses personales y las traiciones familiares a menudo determinaron el destino de los reinos.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Tello de Trastámara (ca. 1337–1370): El Señor de Vizcaya que Desafió Reyes y Forjó Intrigas en la Castilla Medieval". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/trastamara-tello-de [consulta: 14 de febrero de 2026].