Diego de Torres Villarroel (1694–1770): El visionario satírico que desafió la Ilustración desde Salamanca
Diego de Torres Villarroel (1694–1770): El visionario satírico que desafió la Ilustración desde Salamanca
Los primeros años de Diego de Torres Villarroel: Formación, rebeldía y primeros pasos en la vida universitaria
Diego de Torres Villarroel nació el 18 de junio de 1694 en Salamanca, una ciudad que, a pesar de su fama intelectual, fue el escenario de una vida tan turbulenta y creativa como la de muchos de los grandes escritores de la época. Hijo de Pedro de Torres, un librero, y de Manuela de Villarroel, Diego se crio en un ambiente que, aunque sencillo, estaba marcado por la cercanía con el mundo de los libros. Su infancia, sin embargo, no estuvo exenta de dificultades. La Guerra de Sucesión, que se libraba en España durante sus primeros años de vida, tuvo un impacto importante en la economía de su familia, lo que hizo que su formación no fuera tan estable como la de otros jóvenes de su época.
Desde pequeño, Diego mostró un temperamento rebelde, algo que marcaría su vida tanto en lo personal como en lo académico. A los cinco años empezó a asistir a la escuela, donde aprendió a leer y escribir bajo la tutela del maestro Pedro Rico. Aunque el entorno escolar no le resultaba especialmente interesante, su habilidad para aprender lo ayudó a desarrollarse rápidamente en las primeras letras. Este carácter inquieto y poco dispuesto a someterse a las estrictas normas de la educación tradicional sería una característica que lo acompañaría a lo largo de toda su carrera. A este espíritu independiente se le sumaba una afición por las travesuras y las picardías, lo que le valió una reputación entre sus compañeros.
El primer gran punto de inflexión en su vida fue el ingreso en la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas de la época. En 1708, Diego obtuvo una beca de retórica en el Colegio Trilingüe, un lugar donde muchos jóvenes de la élite intelectual de la época se formaban en las ciencias y las humanidades. En la Universidad, el joven Torres demostró una gran inteligencia, pero también una actitud rebelde que lo llevó a desoír los consejos de sus maestros. El modelo educativo de la época, basado en la rigidez y la disciplina, no era el adecuado para un joven que prefería vivir de manera libre y espontánea, sin ataduras a los convencionalismos.
En su paso por la Universidad, Torres se destacó por su personalidad viva y, a menudo, desordenada. De esta etapa de su vida universitaria se podrían situar algunos de los episodios más pintorescos que relató más tarde en su obra Vida, una suerte de autobiografía en la que narraba, con ironía y humor, las andanzas de su juventud. En este texto, Torres rememora la fundación de un colegio burlesco en el que, junto a otros jóvenes, se dedicaba a componer poesía y a mantener una actitud irreverente hacia las autoridades académicas. Esta actitud, que se alejaba mucho de la de un estudiante ejemplar, no hizo más que reforzar la imagen de Torres como un hombre inclasificable, tanto en su vida académica como en su vida personal.
En 1713, después de completar sus estudios en Salamanca, Diego regresó a su casa en busca de un destino que le permitiera vivir alejado de las estrictas normas académicas. La influencia de su padre, que le había pedido que se ordenara sacerdote, lo llevó a ingresar en el seminario, donde fue ordenado subdiácono en 1715. Sin embargo, a pesar de su ingreso en el estado sacerdotal, Torres nunca mostró verdadero interés en la vida religiosa. Prefirió dedicarse a la literatura, la poesía y el teatro, intereses que le permitieron mantenerse lejos de las expectativas familiares y seguir una senda mucho más acorde con su personalidad.
En sus primeros años tras su regreso a Salamanca, Diego empezó a escribir poesía y a organizar actividades culturales para las familias nobles de la ciudad. Este fue el inicio de su carrera como escritor y, sobre todo, como una especie de animador social, alguien que, con sus actividades, lograba reunir a las clases altas en su círculo. A este tipo de diversiones sociales, Torres les daba un toque de sofisticación intelectual, algo que lo distinguía de otros escritores más convencionales de la época. Fue en este periodo cuando, ya siendo un joven adulto, Torres se adentró en la escritura de sus primeros almanaques, una serie de publicaciones que le proporcionaron gran notoriedad.
El primer almanaque de Torres, Ramillete de los astros (1718), fue una de sus primeras incursiones en la producción escrita, aunque ya desde ese momento mostraba su habilidad para mezclar lo erudito con lo popular. En estos almanaques no solo recogía datos astronómicos y eventos religiosos, sino que también incorporaba predicciones astrológicas y comentarios sobre la vida cotidiana. La manera en que Torres combinaba estos elementos reflejaba su enfoque irreverente y su desdén por las convenciones académicas tradicionales. A pesar de la originalidad de sus publicaciones, su fama como astrólogo y escritor era aún incipiente.
En 1718 también se produjo un incidente que marcaría el rumbo de su vida en los años siguientes. Torres fue acusado de haber escrito coplas satíricas en las que ridiculizaba a los votantes en la disputa por las cátedras teológicas de la Universidad de Salamanca. Este escarceo con la autoridad le costó varios meses de prisión en el convento dominico de San Esteban, una experiencia que, aunque dolorosa, no hizo sino reafirmar su inclinación por el enfrentamiento con las instituciones y su carácter irreverente. A pesar de su encarcelamiento, Torres salió libre al poco tiempo, y como desagravio, el Real Consejo lo nombró vicerrector interino, aunque el cargo fue efímero y le trajo más disgustos que ventajas.
Este primer enfrentamiento con las autoridades académicas no hizo más que reforzar la actitud de Torres frente a la vida. Él mismo se veía como un hombre que, a pesar de estar insertado en el seno de la Universidad, se sentía ajeno a las rígidas estructuras académicas y, en muchos casos, como un escritor y pensador que debía desafiar las convenciones establecidas. En lugar de seguir una carrera religiosa o académica tradicional, Torres optó por convertirse en un escritor que se alimentaba de su propia visión del mundo, algo que se reflejaría más tarde en su obra literaria.
A lo largo de estos primeros años de vida en Salamanca, Torres fue desarrollando una serie de ideas y un estilo que lo harían único en su época. Su visión del mundo se distanciaba tanto del modelo neoclásico que emergía en España como de las rígidas normas académicas. Aunque vivió en un período de transición entre el Barroco y el Neoclasicismo, Torres no participó de las corrientes neoclásicas de la época; por el contrario, se vio como un heredero directo de la tradición literaria del Siglo de Oro. Esta influencia, que venía de autores como Quevedo, quien fue una de sus principales inspiraciones, se dejó ver en la forma de ironía y burla con la que Torres criticaba tanto a las autoridades como a las estructuras de poder de su tiempo.
La publicación de los almanaques y su ascenso como escritor en Salamanca y Madrid
Diego de Torres Villarroel inició una etapa de gran importancia en su carrera literaria con la publicación de sus almanaques, comenzando con el Ramillete de los astros en 1718. Estos almanaques, que combinaban datos astronómicos con predicciones astrológicas, noticias sobre celebraciones civiles y religiosas, y algunos toques de humor y sátira, marcaron el inicio de su popularidad. Este tipo de publicaciones no solo eran útiles para el lector que deseaba información sobre el año entrante, sino que además ofrecían una visión irónica de los acontecimientos que Torres describía. El escritor no solo recogía hechos de la vida cotidiana, sino que también reflexionaba sobre las costumbres sociales y las creencias populares, con un estilo mordaz que reflejaba su visión crítica del mundo.
Sin embargo, la publicación de estos almanaques no fue del agrado de todos. En especial, la crítica dirigida a ciertos aspectos de la vida cotidiana y la trivialización de algunos eventos civiles y religiosos provocó que sus escritos fueran vistos por muchos como poco respetuosos. Esto se intensificó con la publicación de sus trabajos más polémicos, como El embajador de Apolo y volante de Mercurio (1721) y Melodrama astrológica (1723), en los que adoptó una postura aún más irreverente. El hecho de que adoptara el seudónimo de El Gran Piscator de Salamanca a partir de 1723 también hizo que su figura fuera objeto de perplejidad, especialmente entre los intelectuales más serios de la época, que veían en él un escritor excéntrico y poco fiable.
A pesar de la recepción ambigua de su trabajo, el escritor salmantino consiguió mantener una gran popularidad en ciertos círculos. Durante los primeros años de su carrera, sus almanaques se distribuían ampliamente, y muchos consideraban sus predicciones con una mezcla de fascinación y escepticismo. Su habilidad para predecir ciertos sucesos históricos, como la muerte de Luis I, hijo de Felipe V, quien subió al trono por un corto periodo en 1724, aumentó la fama de Torres. Este pronóstico, realizado en su almanaque de 1724, fue interpretado por muchos como un indicio de que Torres poseía un don sobrenatural para predecir el futuro, lo que le dio un aura mística que no hizo más que reforzar su popularidad. Sin embargo, fue esta misma fama la que también le valió la crítica y el rechazo de quienes lo veían como un charlatán.
El impacto de las predicciones de Torres no solo fue evidente en el ámbito literario, sino también en el social y político. Su habilidad para leer los astros y hacer afirmaciones sobre el destino de los reyes y los políticos le otorgó una relevancia que le permitió acceder a algunos círculos de la aristocracia y la corte. En Madrid, donde se trasladó en 1723, Diego de Torres logró entablar relaciones con figuras de la nobleza, como la condesa de los Arcos, quien lo introdujo en las tertulias literarias de la corte. Durante su estancia en la capital, se convirtió en un frecuente animador de estas tertulias, donde su presencia era imprescindible, no solo por su conocimiento en astrología, sino también por su habilidad para entretener a los asistentes con historias extravagantes y charlas entretenidas.
Aunque su vida en Madrid estuvo marcada por una notable precariedad económica en los primeros meses, pronto comenzó a establecerse en la capital gracias a su creciente reputación. Fue en este contexto cuando Torres volvió a dar a conocer su figura como un escritor prolífico, publicando una serie de folletos que cubrían desde el terreno de la astrología hasta temas más ligeros y de carácter popular. Entre estos se encuentran Viaje fantástico (1724), Correo del otro mundo (1725) y El gallo español (1725). Cada uno de estos trabajos añadía una capa más a su creciente fama, y se mantenían en la misma línea de sus almanaques, combinando la ciencia y el humor, la crítica social y la ironía.
El éxito de sus almanaques y otros escritos generó una notable controversia en los círculos intelectuales de la época. En 1726, el P. Feijoo publicó en su Teatro crítico una feroz crítica contra la astrología judicial y los almanaques, aludiendo al peligro de las supersticiones que, según él, solo alimentaban el miedo y la ignorancia del pueblo. Aunque Feijoo no mencionó específicamente a Torres, el escritor salmantino se sintió aludido y respondió a las críticas de manera enérgica y satírica. En Posdatas de Torres a Martínez (1726), Torres se dedicó a polemizar con Feijoo y otros intelectuales que criticaban la astrología, utilizando un tono mordaz y burlón para desmontar los argumentos de sus detractores.
A este intercambio de críticas se unieron otras figuras intelectuales, como el médico Martín Martínez, que respaldó a Feijoo en su lucha contra las supersticiones, y el P. Isla, quien también intervino en el debate. Sin embargo, Torres no solo se limitó a defender su obra, sino que llevó la discusión al terreno de la sátira, con lo que se convirtió en uno de los personajes más controvertidos de su tiempo. A pesar de las críticas, Torres continuó escribiendo y publicando, sin permitir que las voces disidentes frenaran su producción literaria. La controversia en torno a su figura lo colocó en el centro de la atención pública, y aunque no siempre fue tomado en serio por los intelectuales más importantes de su tiempo, se ganó el cariño y la admiración de muchos lectores populares.
Al mismo tiempo, Torres continuó trabajando en otros proyectos literarios más ambiciosos, que fueron reflejando la evolución de su pensamiento y su visión del mundo. Entre 1727 y 1728, publicó su obra más importante, Visiones y visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte, un texto en el que se retrataba la vida cortesana de Madrid y las figuras que habitaban en ella, utilizando el formato de un “sueño” para ofrecer una crítica feroz y divertida de la sociedad de la época. Esta obra representó un cambio en su enfoque literario, ya que, aunque mantenía su estilo irónico y satírico, también mostraba una mayor profundidad en la crítica social y política.
El impacto de esta obra fue inmediato, y pronto se convirtió en uno de los textos más leídos y discutidos en los círculos literarios. Torres, al igual que su admirado Quevedo, ofreció una visión desencantada de la vida cortesana, subrayando las contradicciones y las miserias de la sociedad de su tiempo. A través de su mirada crítica, Torres no solo expuso las debilidades de la clase alta, sino que también cuestionó las estructuras de poder y las normas sociales que dominaban la vida cotidiana.
A medida que pasaban los años, Torres continuó su carrera literaria en Madrid y Salamanca, donde publicó nuevas obras que siguieron en la misma línea de su estilo. No obstante, su vida seguía marcada por la controversia y la polarización. A pesar de que su figura fue objeto de críticas tanto por parte de los intelectuales como de las autoridades religiosas, Torres supo mantener su popularidad y su lugar en la historia literaria española.
La controversia y las críticas intelectuales: enfrentamientos con Feijoo y otros pensadores
La vida de Diego de Torres Villarroel estuvo marcada por una constante tensión entre su faceta de escritor innovador y las críticas que recibía, tanto de autoridades académicas como de intelectuales contemporáneos. A lo largo de los años, su figura se fue perfilando como la de un hombre que no solo desafiaba las convenciones literarias de su época, sino que también cuestionaba abiertamente las creencias populares, la astrología y las instituciones del poder, lo que lo colocó en una posición complicada ante los círculos más conservadores y académicos. En especial, sus enfrentamientos con figuras como el P. Feijoo y Martín Martínez marcaron un hito en su carrera y en la historia de la literatura española del siglo XVIII.
A medida que Torres continuaba con su producción literaria, que abarcaba desde los almanaques y las visiones astrológicas hasta las sátiras y los folletos, su figura se hizo más polémica. Aunque en un principio las críticas a sus escritos se centraron en la astrología y la superstición, pronto los intelectuales más importantes de la época, especialmente los miembros de la corriente ilustrada, comenzaron a ver en él un obstáculo para el progreso racionalista que estaban promoviendo. El más destacado de estos pensadores fue Fray Benito Jerónimo Feijoo, quien en su Teatro crítico (1726) atacó duramente las supersticiones y pseudociencias, incluyendo los almanaques y la astrología judicial, en la que Torres era un defensor.
Feijoo, como uno de los máximos exponentes de la Ilustración en España, veía en la astrología un vestigio de la ignorancia medieval que debía ser erradicado en aras de la razón y el conocimiento científico. En su obra Teatro crítico, en el octavo discurso titulado «Astrología judiciaria y almanaques», Feijoo criticaba de forma indirecta a Torres, quien había ganado notoriedad gracias a sus predicciones astrológicas en los almanaques. Feijoo, de manera mesurada pero incisiva, denunciaba el daño que causaban estas prácticas a la mente de los lectores y a la moral pública. A pesar de que no mencionaba a Torres directamente, todos los ojos apuntaban hacia él como el mayor exponente de la astrología popular que había logrado un gran éxito con sus obras.
Frente a esta crítica, Torres no tardó en responder. En lugar de optar por una defensa convencional, decidió llevar la controversia al terreno de la sátira, lo que le permitió, una vez más, mantener su estilo irreverente y su capacidad para deslegitimar a sus críticos con humor y astucia. En su Posdatas de Torres a Martínez (1726), Torres abordó de manera directa las acusaciones de Feijoo y otros pensadores ilustrados. A través de un tono burlesco y mordaz, Torres defendió la astrología como una ciencia legítima, al menos en la forma en que él la entendía, y convirtió la crítica a sus obras en un nuevo campo para exponer sus ideas.
Este enfrentamiento no solo se limitó a Feijoo, sino que también involucró a otras figuras de la época que se sintieron aludidas por las afirmaciones de Torres. El médico Martín Martínez, defensor de las tesis científicas y racionalistas de Feijoo, se unió al ataque contra la astrología judicial, considerando que esta práctica era contraria a los avances científicos que se estaban logrando en el ámbito médico y filosófico. Sin embargo, Torres no solo contestó a estos ataques, sino que también se mostró desafiante, considerando a sus críticos como personas que no comprendían la verdadera naturaleza de su obra, que era, más que una práctica supersticiosa, un ejercicio de crítica social y de humor.
Por otro lado, El Padre Isla, otro influyente pensador y miembro de la corriente ilustrada, también intervino en la polémica, posicionándose en contra de la astrología y las creencias populares defendidas por Torres. Isla, al igual que Feijoo, veía en las creencias astrológicas una forma de atraso intelectual que debía ser erradicada en favor del progreso del pensamiento crítico y científico. El escritor salmantino, sin embargo, se mostró indomable ante estos ataques, desafiando a los pensadores con su aguda ironía y convirtiendo la controversia en una oportunidad para fortalecer su postura.
El resultado de este enfrentamiento fue el auge de la figura de Torres, que, lejos de amedrentarse ante la presión de los intelectuales ilustrados, continuó escribiendo y publicando nuevas obras que seguían una línea similar a la de sus almanaques y visiones. Su actitud desafiante ante la crítica, sumada a su indiscutible habilidad para crear obras que combinaban la crítica social, la sátira y la poesía, le permitió consolidar su lugar como uno de los personajes más originales y excéntricos de la literatura española del siglo XVIII.
El P. Feijoo y sus seguidores, aunque ganaron la batalla en términos de la hegemonía intelectual de la Ilustración en España, nunca lograron silenciar la voz de Torres. Más bien, la controversia contribuyó a hacer de él una figura más visible, tanto para los detractores como para los admiradores. A pesar de ser etiquetado como un escritor periférico y fuera de la corriente principal, Torres continuó siendo una figura de gran relevancia para ciertos sectores de la sociedad, especialmente aquellos más dispuestos a desafiar las normas establecidas y a cuestionar la rigidez de las instituciones intelectuales y religiosas.
Es importante resaltar que la obra de Torres no solo se limitaba a la astrología y la sátira social, sino que también se extendía a otros géneros literarios. Uno de los más destacados fue su trabajo en el campo de la poesía. En sus escritos, Torres adoptó una visión burlesca de la vida y de la política, influenciado por la tradición de la sátira del Siglo de Oro, especialmente por su admiración por Francisco de Quevedo. Este escritor fue, sin duda, uno de los modelos más importantes para Torres, tanto en términos de estilo como en cuanto a su enfoque crítico y mordaz hacia la sociedad.
En 1727, Torres publicó su obra Visiones y visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte, que se convirtió en una de las más influyentes de su carrera. Esta obra es un claro ejemplo de su capacidad para mezclar la crítica social con la fantasía, al retratar, a través de un “sueño” o visión, la vida en la Corte madrileña. En ella, Torres y Quevedo recorren las calles de Madrid, donde se encuentran con personajes que representan los vicios de la sociedad. La obra está llena de descripciones grotescas y diálogos en los que se critica no solo la corrupción de la nobleza, sino también la hipocresía de las instituciones eclesiásticas.
El éxito de esta obra no solo consolidó la figura de Torres como escritor, sino que también permitió que su crítica al orden establecido fuera comprendida en un contexto más amplio. A pesar de que sus escritos seguían siendo polémicos y, en algunos círculos, considerados marginales, la influencia de Torres se hizo cada vez más evidente. Los debates sobre la validez de sus predicciones astrológicas y sus visiones satíricas sobre la sociedad española contribuyeron a que su nombre se asociara tanto con el humor irreverente como con la crítica más profunda y compleja de la realidad.
La vuelta a Salamanca, los viajes y la búsqueda de una vida tranquila
Después de sus intensas controversias literarias y su consolidación como escritor en Madrid, Diego de Torres Villarroel regresó a Salamanca en 1726, una ciudad que había marcado los primeros pasos de su carrera intelectual. A pesar de que había alcanzado cierto reconocimiento en Madrid y había disfrutado de las tertulias y la vida cortesana, Salamanca seguía siendo su lugar de referencia y su anhelo de una vida más tranquila lo llevó a regresar a su ciudad natal. Sin embargo, a pesar de su deseo de abandonar las agitadas disputas públicas y las tensiones con los círculos ilustrados, la tranquilidad que buscaba no fue fácil de alcanzar.
En los primeros años tras su regreso a Salamanca, Torres se dedicó principalmente a su carrera académica, intentando recuperar la cátedra de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, una de las metas que había abandonado en 1720. A pesar de los obstáculos, en 1726 logró lo que había buscado: el Claustro Pleno de la Universidad lo eligió para ocupar la cátedra de Matemáticas. Este logro, sin embargo, no estuvo exento de controversia. El catedrático jubilado, fray Antonio Navarro, había muerto, y Torres, con su nuevo estatus, parecía por fin encontrar la estabilidad académica que siempre había deseado. No obstante, la falta de entusiasmo por el campo de las ciencias exactas, y su continuada fascinación por la literatura y las artes, hicieron que la docencia no fuera su verdadera pasión.
En lugar de dedicarse por completo a la enseñanza, Torres aprovechó su posición en la Universidad para continuar con su labor literaria. Durante este período, publicó nuevas obras que seguían en la línea de su estilo irónico y satírico, como Visiones y visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte, una obra que había comenzado en Madrid y que continuó desarrollando tras su regreso a Salamanca. En esta obra, se combina la crítica social, la reflexión filosófica y la sátira política, elementos que caracterizaron la mayor parte de su producción literaria. De hecho, la obra fue tan influyente que algunos de los relatos de su vida personal se entrelazaron con las situaciones y personajes descritos en ella, dejando claro que Torres se veía a sí mismo como parte de un todo más grande, una crítica cósmica a los vicios y las injusticias del mundo.
Sin embargo, a pesar de su éxito literario, Torres no encontró la paz que buscaba en Salamanca. La vida académica resultó ser solo una parte de su vida, y, al igual que en Madrid, no tardó en verse envuelto en nuevos conflictos. En 1732, un evento que marcaría un giro significativo en su vida le obligó a huir de España: fue acusado de un suceso que no quedó claro en los registros históricos, pero que tuvo el suficiente peso como para que fuera desterrado. Este acontecimiento provocó su marcha a Francia, donde permaneció brevemente antes de ser enviado a Portugal, según el Real Decreto de 29 de mayo de 1732.
El destierro fue una etapa difícil para Torres. En Portugal, donde residió hasta noviembre de 1734, el escritor no pudo llevar a cabo su labor literaria con la misma libertad que en España. Sin embargo, este período no fue completamente estéril. Torres aprovechó el tiempo para continuar con sus publicaciones y mantener contacto con la corte española, buscando siempre restaurar su reputación y conseguir que se le permitiera regresar a su tierra natal. Durante estos años, mantuvo un estrecho vínculo con la nobleza, incluso enviando un memorial al rey para exponer su caso y conseguir el perdón por su destierro. El deseo de volver a España y recuperar su posición lo motivó a seguir escribiendo y defendiendo su obra, incluso en medio de la adversidad.
A pesar de las dificultades, Torres fue perdonado en 1735, lo que le permitió regresar a Salamanca. Su retorno marcó una nueva etapa en su vida, pero no fue completamente exento de nuevos retos. Tras ser restituido en su cátedra, el escritor se dedicó de lleno a su obra literaria y a las tareas académicas, pero en lugar de disfrutar de una tranquilidad duradera, la Universidad se convirtió nuevamente en un lugar de confrontación para él. En 1736, mientras continuaba publicando sus visiones y realizando nuevos trabajos, Torres vivió una de las etapas más difíciles de su vida, marcada por las tensiones personales y la pérdida de su sobrino Isidoro Ortiz Gallardo, a quien había querido convertir en su sucesor y quien era su gran apoyo en Salamanca.
La muerte de Isidoro afectó profundamente a Torres, quien se sintió desbordado tanto emocionalmente como en términos de su salud. En los años siguientes, su físico comenzó a deteriorarse, lo que le impidió continuar con su frenética actividad literaria y académica. La pérdida de su sobrino y la falta de apoyo cercano marcaron una profunda crisis en la vida del escritor. Si bien en la década de 1740 continuó publicando obras y realizando ciertas actividades académicas, su salud no mejoró, lo que lo llevó a pedir la jubilación en 1750, un deseo que fue finalmente concedido al año siguiente.
La jubilación de Torres no significó, sin embargo, el fin de su actividad intelectual. En su retiro, se dedicó a la recopilación y publicación de sus obras completas, un proyecto ambicioso que tenía la intención de llevar a cabo a través de la suscripción pública. El escritor se volcó en la edición de sus trabajos, que serían recogidos en una serie de volúmenes con el título de Libros en que están relatados diferentes cuadernos físicos, médicos, astrológicos, poéticos, morales y místicos, que años pasados dio al público en producciones pequeñas. La obra, publicada en 1752, recogió gran parte de su producción literaria y se convirtió en una forma de preservar su legado, aunque no sin controversia. A través de este proyecto, Torres buscaba consolidarse como un autor de renombre, capaz de defender su obra y ofrecer al público una visión completa de su vida y pensamiento.
No obstante, sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad y las tensiones con la Universidad, especialmente durante los intentos de su sobrino por establecer una academia de Matemáticas en Salamanca. Este proyecto, que Torres había impulsado con entusiasmo, se enfrentó a la oposición de diversas autoridades académicas y políticas. Durante este proceso, Torres apeló al rey para lograr la autorización para su propuesta, pero las tensiones resultantes de esta lucha contribuyeron aún más al desgaste de su salud.
Finalmente, Diego de Torres Villarroel vivió sus últimos años como administrador del palacio de Monterrey, bajo la protección del Duque de Alba. La muerte repentina de su sobrino, Isidoro Ortiz Gallardo, en 1761, marcó el fin de una era en su vida. Este evento tuvo un impacto profundo en su salud, y a partir de ese momento, Torres redujo considerablemente su actividad literaria. En 1770, después de una larga vida llena de altibajos, murió el 19 de junio, dejando un legado literario que, aunque no estuvo exento de polémicas y controversias, le aseguraba un lugar destacado en la historia de la literatura española.
Su muerte no significó el olvido, sino una revalorización de su figura, aunque esta revalorización tardó en llegar. Torres fue visto, por muchos, como un personaje que vivió fuera de su tiempo, a menudo confundido con una figura anacrónica, como un rezagado de la tradición barroca que no logró adaptarse completamente a los nuevos ideales de la Ilustración. Sin embargo, más allá de esta interpretación distorsionada, su vida y su obra revelan a un escritor inquieto y apasionado, cuyo afán por desafiar las convenciones sociales y literarias lo convirtió en un autor único y relevante en su época.
Los últimos años: su legado y el fin de una era literaria
Los últimos años de la vida de Diego de Torres Villarroel estuvieron marcados por un progresivo retiro de la vida literaria activa y un enfoque hacia la conservación y organización de su obra. Tras su jubilación en 1751, el escritor salmantino dedicó sus esfuerzos a completar y consolidar su legado literario, un proyecto que, si bien nunca alcanzó el éxito inmediato que él habría deseado, terminaría asegurando su lugar en la historia literaria de España. A lo largo de estos años, Torres experimentó tanto una crisis personal como una revalorización de su figura, que estaba envuelta en tensiones entre su popularidad y la crítica intelectual.
Una de las principales preocupaciones de Torres en sus últimos años fue la recopilación de su vasta obra, que ya abarcaba diversos géneros, desde la sátira y la poesía hasta los escritos autobiográficos y los trabajos más científicos. En 1752, Torres publicó su Obras completas, una colección de sus escritos que pretendía consolidar su figura como escritor. Esta publicación se realizó por suscripción pública, un proceso innovador en la época en España, y la obra incluía desde sus almanaques y predicciones astrológicas hasta sus trabajos más complejos en el campo de la literatura satírica y filosófica. Esta ambiciosa edición de 14 tomos, bajo el título Libros en que están relatados diferentes cuadernos físicos, médicos, astrológicos, poéticos, morales y místicos, que años pasados dio al público en producciones pequeñas, se convirtió en uno de los puntos culminantes de su carrera editorial. El apoyo del rey Fernando VI, quien fue uno de los primeros suscriptores, otorgó al proyecto una importante visibilidad y destacó la relevancia que había alcanzado el escritor, tanto entre sus seguidores como entre aquellos que veían en él una figura marginal.
Sin embargo, la publicación de estas obras no se acompañó de una revalorización inmediata de la figura de Torres, cuya imagen se encontraba aún en disputa. Mientras algunos consideraban sus escritos como piezas cómicas y populares, otros los veían como obras menores y a menudo superficiales, carentes de la profundidad que los nuevos movimientos intelectuales de la Ilustración exigían. En este contexto, el escritor salmantino se encontraba atrapado entre la defensa de su obra, que estaba plagada de sátiras y visiones irónicas de la sociedad, y la crítica de los intelectuales de la Ilustración, que lo acusaban de no haberse adaptado a los nuevos principios del pensamiento racional y científico.
La relación de Torres con la Universidad de Salamanca durante sus últimos años fue otra fuente de tensiones. A pesar de su jubilación, Torres no pudo liberarse completamente de las disputas académicas que había tenido en el pasado. En particular, su intento por fomentar el estudio práctico de las Matemáticas, a través de la creación de una academia que enseñara la fabricación y el manejo de instrumentos científicos, fue uno de los últimos proyectos que intentó desarrollar. Este esfuerzo por modernizar la enseñanza en Salamanca, sin embargo, encontró una feroz oposición por parte de las autoridades académicas, que veían en esta iniciativa una amenaza a su autoridad. A pesar de que se otorgó inicialmente el permiso para establecer la academia, las dificultades económicas y la falta de apoyo institucional hicieron que el proyecto se estancara, y Torres tuvo que apelar al rey para que se reanudaran las actividades. Sin embargo, la academia nunca llegó a ser un éxito duradero, y Torres, a pesar de sus esfuerzos, no logró conseguir el reconocimiento que esperaba.
En sus últimos años, Diego de Torres Villarroel también experimentó una profunda crisis personal, marcada por el sufrimiento físico y la pérdida emocional. La muerte de su sobrino Isidoro Ortiz Gallardo en 1761 fue un golpe devastador para él. Isidoro había sido su principal apoyo en Salamanca, y su fallecimiento no solo representó la pérdida de un ser querido, sino también el fin de sus esperanzas de ver su legado continuado a través de su sobrino. La salud de Torres comenzó a deteriorarse después de esta pérdida, y sus últimos años fueron marcados por una creciente debilidad física que le impidió participar activamente en la vida pública y literaria. Aunque continuó con algunas actividades menores, como la edición de sus obras y la correspondencia con viejos amigos, la pérdida de Isidoro y el deterioro de su salud lo llevaron a un retiro definitivo de la vida literaria.
A pesar de las dificultades personales y de la controversia en torno a su figura, Torres vivió los últimos años de su vida en una relativa tranquilidad, aunque en un aislamiento cada vez más profundo. En sus últimos años, se estableció como administrador del palacio de Monterrey, bajo la protección del Duque de Alba. Este cargo, aunque más relacionado con la gestión administrativa que con su vida intelectual, le permitió mantener una cierta estabilidad financiera y retirarse de las tensiones académicas que lo habían acompañado durante gran parte de su vida. Sin embargo, la tristeza y el cansancio acumulados a lo largo de los años lo hicieron cada vez más vulnerable, y su salud continuó empeorando.
En la madrugada del 19 de junio de 1770, Diego de Torres Villarroel falleció a los 76 años en Salamanca. Su muerte fue el cierre de una vida llena de altibajos, de confrontaciones y reconciliaciones con las autoridades, de éxitos literarios y de fracasos personales. A pesar de las dificultades que enfrentó durante sus últimos años, Torres dejó un legado que perduraría más allá de su muerte, aunque no en los términos que él había deseado. Su vida y su obra fueron objeto de una revalorización tardía, en la que, con el paso del tiempo, se reconocería su importancia como escritor y pensador original.
A lo largo de su carrera, Torres logró mantenerse fiel a su visión del mundo, un mundo que él veía lleno de contradicciones, vicios y corrupciones, pero también de humor y sabiduría. Su estilo, en muchos aspectos heredero de la tradición barroca, no encajaba fácilmente con los nuevos ideales ilustrados, y fue por ello que su figura se vio a menudo malinterpretada y desfigurada. Muchos lo consideraron un hombre fuera de lugar, anacrónico y pegado a una tradición que ya no tenía cabida en su tiempo, pero su verdadera fuerza radicaba en su capacidad para desafiar los límites de la literatura de su época, al mismo tiempo que satirizaba y reflexionaba sobre las instituciones y los valores sociales.
Aunque en su época no alcanzó el estatus de otros escritores de su generación, con el tiempo se le reconoció como uno de los más grandes exponentes de la literatura española del siglo XVIII. Su legado es, en muchos aspectos, el de un escritor incómodo, cuya crítica de la sociedad y de las estructuras de poder sigue siendo relevante para la comprensión de su época. En este sentido, la figura de Torres Villarroel se erige como la de un hombre que, a pesar de ser considerado un «rezagado» por sus contemporáneos, supo mantenerse fiel a sus principios y a su visión del mundo.
MCN Biografías, 2025. "Diego de Torres Villarroel (1694–1770): El visionario satírico que desafió la Ilustración desde Salamanca". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/torres-y-villarroel-diego-de [consulta: 24 de marzo de 2026].
