Fermín EspinosaSaucedo (1911–1978): «Armillita Chico», El Arte Taurino Heredado
Orígenes y primeras influencias familiares
Fermín Espinosa Saucedo, conocido en el mundo del toreo como «Armillita Chico», nació en Saltillo, Coahuila, el 3 de mayo de 1911, en el seno de una familia profundamente vinculada al arte taurino. Su padre, Fermín Espinosa, fue un novillero y banderillero originario de Zacatecas, que, aunque no alcanzó la fama de otros grandes matadores de su tiempo, fue una pieza clave en la formación de sus hijos dentro del mundo del toro. Además, Fermín tuvo una fuerte influencia de sus hermanos, quienes también se dedicaron al toreo: su hermano Juan Espinosa Saucedo, conocido como «Armillita», fue uno de los toreros más reconocidos en la historia del toreo mexicano, mientras que Cenaido y José también dejaron su huella como banderilleros.
Desde temprana edad, Fermín estuvo rodeado de la magia y el misterio del toreo, lo que despertó en él una vocación tan natural como arrolladora. Sin embargo, no fue solo el ejemplo de su familia lo que lo motivó a seguir este camino, sino también la fuerza de la tradición taurina en su región, una tradición que se transmitía de generación en generación y que marcaba el destino de aquellos que nacían en ella.
Los primeros pasos en el ruedo
La carrera taurina de Fermín Espinosa comenzó cuando aún era un niño. A la edad de 13 años, el 1 de agosto de 1924, dio su primer paso hacia la eternidad del toreo al enfrentarse a un becerro en la prestigiosa Plaza de El Toreo, en la Ciudad de México. Este debut no pasó desapercibido para el público ni para los aficionados, que, sorprendidos por el arte y el valor de tan joven torero, le otorgaron las dos orejas y el rabo del animal como muestra de su aprobación. La hazaña de un niño de tan solo 13 años en un coso tan importante dejó una marca indeleble en el público y en la historia del toreo mexicano.
Ese primer triunfo fue solo el comienzo de una carrera prometedora. La respuesta del público y el respaldo de su familia motivaron a Fermín a continuar su camino en el mundo taurino. Su padre y sus hermanos mayores no solo le ofrecieron apoyo moral, sino también formación técnica, ayudándole a perfeccionar su estilo y a consolidar su vocación. La valentía y la destreza con las que Fermín enfrentaba a los animales le dieron rápidamente un lugar destacado en el mundo del toreo.
La formación y sus primeros triunfos
En 1926, solo dos años después de su debut, Fermín Espinosa se presentó en una novillada con picadores en la misma plaza de El Toreo. Este paso marcó el inicio de una exitosa carrera novilleril que lo catapultó a la cima de los toreros jóvenes de México. A medida que avanzaba en su formación, su talento y su capacidad para conectar con el público lo convirtieron en uno de los novilleros más prometedores de la época, participando en numerosas corridas en las principales plazas del país.
La despedida de su etapa como novillero, en octubre de 1927, fue una verdadera muestra de su capacidad. En la misma Plaza de El Toreo, Fermín se enfrentó en solitario a seis reses bravas, dejando al público completamente maravillado con su destreza, arte y temple. Esta actuación fue un preludio de lo que estaba por venir: el 23 de octubre de 1927, con tan solo 16 años, Fermín Espinosa recibió la alternativa en la misma plaza, en una ceremonia que lo catapultó al firmamento de los grandes toreros.
La toma de alternativa en México
La ceremonia de su alternativa se celebró bajo la mirada de dos grandes figuras del toreo: el sevillano Antonio Posada Carnerero, quien fue su padrino, y el torero mexicano José Ortiz, que actuó como testigo. Ese día, Fermín Espinosa mató un toro criado en las dehesas de los señores Barbosa, de San Diego de los Padres, y el público no dudó en premiar su actuación con numerosas orejas y ovaciones, un reconocimiento a su maestría y valentía.
A partir de ese momento, Fermín se consolidó como una de las grandes figuras del toreo mexicano, y su popularidad creció tanto dentro de su país como en el extranjero. Su dominio del arte de lidiar los toros lo situó como un referente para los jóvenes que se iniciaban en el toreo en México, pero también como una figura que necesitaba dar el siguiente paso: la consagración en España.
El primer viaje a España
Movido por la ambición de alcanzar el reconocimiento mundial, Fermín decidió viajar a España, la cuna del toreo, con la esperanza de seguir los pasos de su hermano Juan Espinosa, quien ya se encontraba en la península y tenía una destacada carrera en el toreo. En marzo de 1928, Fermín tomó su segunda alternativa en España, en la Plaza Monumental de Barcelona, apadrinado por su hermano Juan y con Vicente Barrera y Cambra como testigo. Aunque los toros no fueron los más destacados, la capacidad de Fermín para conectar con el público y su destreza frente a los animales fueron suficientes para que su nombre empezara a resonar con fuerza.
Poco después, el 10 de mayo de 1928, Fermín confirmó su alternativa en Madrid, de la mano del torero sevillano Manuel Jiménez Moreno, «Chicuelo», con un toro de doña Carmen de Federico. La afición madrileña, conocida por su exigencia y conocimiento, se rindió ante la destreza y el arte de Fermín, lo que significó su consolidación en el circuito taurino internacional.
Éxitos en España y la consolidación de su estilo
Con su confirmación en Madrid y la aceptación que recibió del público en la Plaza Monumental de Barcelona, Fermín Espinosa «Armillita Chico» se afianzó como un torero de gran relevancia dentro del circuito taurino español. La temporada de 1928 fue crucial para su carrera, ya que, tras su exitosa participación en Madrid, comenzaron a lloverle contratos para torear en las principales plazas de España, incluida la siempre exigente Madrid, y otras de gran prestigio en el país. La técnica y el arte que desplegaba cada tarde lo posicionaron como uno de los toreros más destacados de la época.
Fermín no solo impresionó por su habilidad técnica, sino también por su profundo conocimiento de los toros y la manera en que manejaba el capote y la muleta con una gracia que recordaba a los grandes maestros del toreo. Su dominio de todas las suertes del toreo —como el pase natural, el muletazo, y la manera de ligar las series de muletazos— lo hizo compararse favorablemente con algunos de los toreros más grandes de la historia del toreo, como José Gómez Ortega, «Joselito». La crítica española elogió su capacidad para enfrentarse a los toros con un estilo elegante y calculado, lo que contribuyó a su rápida consagración en las plazas españolas.
Los años dorados de su carrera
Entre 1929 y 1933, Fermín Espinosa vivió una de las etapas más brillantes de su carrera, consiguiendo una popularidad y un prestigio que lo posicionaron como uno de los toreros más admirados y solicitados tanto en España como en América. Su arte fue aclamado por las más importantes plazas de la península, y su nombre se convirtió en sinónimo de éxito.
La campaña de 1933 fue, sin duda, la más exitosa de todas. Durante ese año, Fermín toreó en un gran número de festejos y dejó una huella imborrable en la afición taurina. Fue tal el impacto de su presencia en los ruedos que los aficionados españoles comenzaron a compararlo con los más grandes, reconociendo su habilidad, su estilo depurado y su dominio absoluto de las faenas. La crítica se deshizo en elogios, destacando especialmente su elegancia al lidiar los toros y la serenidad con la que se enfrentaba a los astados más difíciles.
Este fue el momento en el que Fermín Espinosa alcanzó su cúspide como torero internacional. La comparación con figuras históricas del toreo, como «Joselito», no solo fue un reconocimiento a su destreza técnica, sino también a la manera en que transmitía un arte cargado de emoción y expresividad. En el ruedo, Fermín no solo toreaba con técnica, sino que su toreo irradiaba una belleza innata que cautivaba a los públicos más exigentes.
La retirada de los ruedos y la reaparición
Tras varios años de éxitos continuos en España, Fermín Espinosa enfrentó una serie de complicaciones fuera de los ruedos que alteraron su carrera. En 1936, la ruptura de relaciones taurinas entre España y México lo obligó a centrarse exclusivamente en las plazas de América, lo que le impidió seguir consolidando su puesto en España. A pesar de esto, «Armillita Chico» siguió siendo un referente en América Latina, toreando en plazas de gran renombre en su país natal y en otras naciones hispanoamericanas. Sin embargo, la separación de las dos grandes aficiones del mundo taurino —la española y la mexicana— hizo que Fermín perdiera algo de la relevancia que había adquirido en la península Ibérica.
En 1949, decidido a retirarse de manera definitiva de los ruedos, Fermín Espinosa realizó su última corrida en la Plaza de La Punta, en México, el 3 de abril. En este festejo, enfrentó en solitario seis reses bravas, un acto que mostró la grandeza de su carrera y su carácter indomable. Esa tarde marcó su despedida formal de la vida taurina, aunque su nombre siguió siendo recordado como uno de los más grandes toreros de su tiempo.
A pesar de haber colgado los hábitos de torero, Fermín no pudo resistir el llamado de la plaza. En 1953, decidió hacer una reaparición, en medio de una gran expectación por parte de los aficionados. Sin embargo, esta segunda etapa en su carrera no cumplió con las expectativas de su público, y pronto Fermín se dio cuenta de que su tiempo en los ruedos había llegado a su fin. Con el paso del tiempo, y tras algunas participaciones esporádicas, Fermín Espinosa Saucedo «Armillita Chico» se retiró definitivamente del toreo, sabiendo que su legado estaba consolidado.
Los últimos años y su fallecimiento
A partir de su retirada, Fermín Espinosa dedicó el resto de su vida a disfrutar de su familia y a alejarse de los ruedos, aunque su nombre siguió siendo un símbolo de lo mejor del toreo mexicano y español. Estaba rodeado del cariño de su familia, muchos de los cuales también hicieron carrera en el mundo taurino, como sus hijos Fermín, Manuel y Miguel Espinosa Menéndez, quienes siguieron el legado de su padre y se convirtieron en matadores de toros de renombre.
El 6 de septiembre de 1978, Fermín Espinosa Saucedo falleció en la Ciudad de México a los 67 años, víctima de una peritonitis aguda. Su muerte marcó el final de una era dorada para el toreo mexicano y español, pero dejó un legado que perdura en la memoria de los aficionados y en la historia del arte taurino. Su nombre, «Armillita Chico», sigue siendo un símbolo de técnica, valentía, arte y elegancia en los ruedos, recordado por todos los que tuvieron la fortuna de presenciar su maestría.
Fermín Espinosa Saucedo no solo será recordado como un gran torero, sino como una de las figuras más importantes de la historia del toreo, cuyo legado sigue vivo en las generaciones futuras de matadores que continúan su tradición.
MCN Biografías, 2025. "Fermín EspinosaSaucedo (1911–1978): «Armillita Chico», El Arte Taurino Heredado". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/espinosa-saucedo-fermin [consulta: 7 de febrero de 2026].
