Pedro Chicote (1899–1977): El Barman Castizo que Revolucionó la Noche Madrileña

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Madrid a finales del siglo XIX e inicios del XX: el escenario de un cambio social

El auge urbano y la transformación del ocio en la capital española

La vida de Pedro Chicote comenzó en un momento crucial para Madrid y para España. La capital española, a fines del siglo XIX, experimentaba un proceso de transformación acelerada, en medio de tensiones sociales derivadas del crecimiento urbano y la industrialización. La ciudad era un hervidero de contrastes: los barrios humildes como el de la calle del Limón, donde nació Chicote, convivían con los espacios señoriales del ensanche. En este entorno, el ocio urbano se redefinía. Los tradicionales cafés decimonónicos empezaban a ceder terreno ante nuevos espacios más acordes con la modernidad cosmopolita: los bares americanos.

La noción de bar americano, importada de Estados Unidos y reinterpretada en Europa, implicaba no sólo un lugar para consumir bebidas, sino también un ambiente de intimidad y sofisticación. A diferencia del bullicio del café popular, estos locales ofrecían penumbra, conversación más pausada y una experiencia sensorial donde el barman jugaba un papel protagonista. Pedro Chicote no sólo sería pionero en introducir este modelo en España, sino que lo convertiría en todo un arte y símbolo cultural.

La aparición de nuevos espacios de sociabilidad urbana

A medida que el siglo XX avanzaba, el auge del gran hotel, el casino y el club privado transformó las costumbres de la burguesía y de la aristocracia. Estos espacios no sólo ofrecían lujo, sino también anonimato, libertad y posibilidades de interacción transnacional. Es en ese contexto donde Chicote hallaría su verdadera vocación, al entrar en contacto con una clientela que le permitiría afinar su instinto social y profesional. El ocio se convertía en una forma de diplomacia informal, y Chicote supo aprovecharlo.

Infancia en una familia humilde y castiza

Orígenes familiares: de Huete a la calle del Limón

Pedro Chicote nació el 13 de mayo de 1899 en el castizo barrio madrileño de la calle del Limón. Su familia procedía de Huete (Cuenca), y llegó a Madrid en busca de mejores oportunidades laborales. Su padre fue empleado del servicio del gas gracias a un tío que ya trabajaba en la capital. Sin embargo, la temprana muerte de su progenitor dejó a Pedro, el mayor de dos hermanos, como principal sostén económico del hogar cuando apenas tenía ocho años.

La precariedad familiar marcó de forma indeleble su carácter. Desde pequeño, Chicote comprendió el valor del esfuerzo y la necesidad de adaptarse a diferentes oficios para sobrevivir. Esta versatilidad inicial, lejos de ser una debilidad, se convirtió en una base sólida para su futura carrera en el mundo del bar y la hostelería.

La temprana orfandad y el trabajo precoz

La infancia de Chicote estuvo alejada de juegos y escuelas continuadas. Desde muy joven se integró en el mercado laboral madrileño. Uno de sus primeros trabajos fue en el Mercado de los Mostenses, donde regentaba un quiosco vendiendo tazas de té y aguardientes de diversos sabores, incluso antes del amanecer. Aquellos años le proporcionaron una familiaridad temprana con los hábitos de consumo, con los clientes madrugadores y con las dinámicas del comercio urbano.

Tras acabar sus turnos en el mercado hacia las nueve de la mañana, acudía a clases en la escuela de la calle Pizarro, lo que refleja un temprano compromiso con la formación autodidacta. A pesar de las limitaciones, Chicote se las arregló para combinar trabajo y estudio, perfilando así una personalidad tenaz, disciplinada y curiosa.

Primeros oficios y contacto temprano con el mundo de las bebidas

Además del quiosco, Chicote pasó por diversos empleos: repartidor de telegramas, botones, camarero en cervecerías como Mahou o los novedosos Tupinambas, donde se servía café en barra. Estos lugares eran una vanguardia dentro del mundo hostelero madrileño y Pedro, aún adolescente, empezó a formarse instintivamente en los gestos, tiempos y códigos del servicio. En esos años fue cuando escuchó sobre una vacante de ayudante de barman en el Hotel Ritz, una oportunidad que cambiaría su destino para siempre.

Formación autodidacta y primeros pasos en la hostelería

Estudios nocturnos y vocación por el oficio del servicio

Tras ser admitido en el Hotel Ritz, Chicote se encontró en un entorno exigente y lujoso, donde comenzó su aprendizaje de la mano del reputado Pedro Sarralta. En un ambiente cargado de etiquetas sociales, normas estrictas y expectativas altísimas, Chicote no sólo aprendió a preparar bebidas, sino a observar, interpretar y anticipar los deseos de una clientela selecta. Su memoria visual, su sentido del humor discreto y su capacidad de establecer conversación con figuras políticas y aristocráticas lo distinguieron rápidamente.

Durante esta etapa, aprovechaba sus tiempos libres para asistir a academias nocturnas, y durante los veranos trabajaba como ayudante de barman en casinos de renombre como los de San Sebastián y Biarritz. Esta experiencia estacional le permitió conocer nuevas fórmulas, clientelas y estilos de coctelería, lo cual amplió su repertorio profesional.

El ingreso en el Hotel Ritz: aprendizaje con Pedro Sarralta

En 1921, Pedro Chicote fue ascendido a commis (encargado) en el Ritz, lo que consolidó su estatus profesional. Este ascenso fue fruto no solo de su pericia técnica, sino también de su habilidad social. El Ritz era el epicentro del poder y la elegancia: entre sus clientes figuraban personalidades como Eduardo Dato, Santiago Alba, el conde de Romanones y el ministro Bugallal. Estas interacciones no solo aumentaron su confianza, sino que también le proporcionaron contactos valiosos para su carrera futura.

Primeras experiencias internacionales y servicio militar en África

Durante sus años como ayudante de barman, Chicote aprovechaba sus descansos semanales para cruzar la frontera con Francia, donde adquiría botellas de licor que no se conseguían en España. Esta actividad, lejos de ser un simple pasatiempo, se convirtió en el germen de su futura colección internacional de bebidas.

En paralelo, cumplió con el servicio militar en la campaña de África, donde participó en varias batallas duras como Tasarú, Dar-Accoba y Zocod del Jemis. Sin embargo, gracias a su fama previa y a una gestión del periodista Gregorio Corrochano, fue asignado a la atención de los oficiales del Alto Estado Mayor. Allí sirvió, entre otros, al general Sanjurjo. Esta experiencia no solo reforzó su perfil de barman de élite, sino que también le proporcionó habilidades diplomáticas y de trato con jerarquías estrictas.

Consolidación de su carrera como barman de élite

Del Palacio del Hielo al Gran Kursaal: el ascenso profesional

A su regreso del servicio militar en 1923, Pedro Chicote encontró trabajo como barman en el recién inaugurado Palacio del Hielo, un lugar de moda ubicado detrás del Hotel Palace de Madrid. Este espacio, destinado a la alta sociedad, organizaba comidas de gala y contaba con la presencia habitual de figuras como la reina Victoria Eugenia. La presencia de Chicote en este ambiente reafirmó su imagen como barman sofisticado y eficiente.

Un año después, fue contratado como barman jefe del Hotel Savoy, frente al Museo del Prado, y ese mismo verano se trasladó a San Sebastián para participar en la apertura del Gran Kursaal, epicentro del veraneo aristocrático. Su habilidad para preparar cócteles innovadores y su natural carisma le hicieron popular entre la juventud acomodada, que ya comenzaba a alejarse del champán para interesarse por las mezclas sofisticadas.

La fundación del Cook-bar y la adquisición del Victoria Palace

A finales de los años veinte, Chicote fue contratado como barman jefe del Cook-bar, un elegante establecimiento situado detrás de la Gran Vía madrileña. Inicialmente propiedad de Emilio Saracho, el bar fue adquirido por el propio Chicote al cabo de un año, marcando su transición de empleado a empresario.

Casi simultáneamente, compró el Victoria Palace Hotel en San Sebastián, consolidando una estrategia dual: durante el verano atendía a la clientela norteña y en otoño regresaba a Madrid. Su participación en estos dos centros de prestigio le permitió diversificar su experiencia, aumentar su capital y ampliar su red de contactos.

La creación del Bar Chicote: un emblema de la modernidad

De local de copas a icono cultural en la Gran Vía

El año 1930 fue un punto de inflexión: Chicote fundó su propio bar homónimo, Chicote, en la Gran Vía madrileña. El local fue diseñado por el reconocido arquitecto Luis Gutiérrez Soto, quien creó un espacio moderno, funcional y atractivo. Chicote convirtió este lugar en un auténtico símbolo de la vida nocturna madrileña, uniendo estética, confort y exclusividad.

Este bar americano rápidamente atrajo a una clientela compuesta por toreros, escritores, artistas, diplomáticos y políticos. Se convirtió en un crisol de lo nacional y lo cosmopolita, un lugar donde lo tradicional y lo moderno se fusionaban en cada copa. Durante seis años de trabajo con el empresario Hipólito Pidoux, Chicote viajó con frecuencia al extranjero para descubrir nuevos ingredientes, técnicas y tendencias, lo que elevó la calidad de su oferta.

El impacto de la Guerra Civil y la expansión de la marca Chicote

El estallido de la Guerra Civil Española en 1936 sorprendió a Chicote en Londres, donde se encontraba comprando suministros. Desde allí, se trasladó a Sevilla y San Sebastián, ciudades menos afectadas por el conflicto. En la capital guipuzcoana, ante la presencia de numerosos madrileños refugiados, organizó un nuevo bar Chicote, que tuvo una buena acogida.

Mientras tanto, su local original en la Gran Vía fue incautado por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que lo mantuvo en funcionamiento. Tras la finalización de la guerra en 1939, Chicote recuperó el control del bar madrileño y expandió su negocio, regentando también los bares de Las Cortes y la Gran Peña, con lo que consolidó un pequeño imperio hostelero.

El coleccionista y el nacimiento del Museo de Bebidas

Origen y evolución de la colección

Chicote no era sólo un barman: era un apasionado coleccionista de bebidas. Su afición comenzó en 1917, cuando el embajador de Brasil le regaló una botella de aguardiente de caña llamado Paraty, tras una recepción en el Ritz. A partir de entonces, Chicote comenzó a reunir botellas únicas, que almacenaba en su domicilio. Cada botella era distinta, ya fuera por su contenido, su país de origen o su envase singular.

Con el tiempo, su colección creció tanto que en 1940 decidió inaugurar el Museo de Bebidas, ubicado junto al ascensor del bar de la Gran Vía. A este espacio se accedía por una escalera discreta, y pronto se convirtió en un lugar de peregrinación para amantes de la coctelería y coleccionistas.

Características del museo: rarezas y apoyo internacional

El Museo de Bebidas era un auténtico gabinete de maravillas etílicas. En 1958, la colección alcanzaba las 18.312 botellas, clasificadas por país y acompañadas por sus respectivas banderas. Entre ellas había envases exóticos, licores desaparecidos, recipientes pintorescos y auténticas rarezas que hoy tendrían un incalculable valor histórico.

Chicote contaba con una franquicia aduanera especial que le permitía importar estas bebidas sin trabas burocráticas. Además, mantenía contacto con embajadas españolas en el extranjero, y recibía aportaciones de barmans, diplomáticos y amigos viajeros, quienes contribuían al enriquecimiento del museo. Esta dimensión internacional subrayaba su ambición global y su deseo de elevar el arte del cóctel al nivel del patrimonio cultural.

El Bar Chicote en la postguerra y su edad dorada

Punto de encuentro del franquismo liberal y figuras internacionales

Durante los años de la postguerra, el bar Chicote se consolidó como un espacio excepcionalmente tolerado en un país sumido en la represión. A pesar de la severidad del régimen franquista, el local supo mantener una atmósfera permisiva y elegante, lo cual atrajo a la élite política, económica y cultural de la época. Era el lugar idóneo para cerrar tratos, hablar en voz baja de política, intercambiar influencias o conseguir productos prohibidos como la penicilina de estraperlo.

A partir de la segunda mitad de los años cincuenta, con la apertura internacional del régimen, Chicote vivió su segunda edad de oro. Las figuras del franquismo se entremezclaban con las nuevas celebridades internacionales que visitaban la capital. El bar se convirtió en escenario de una fascinante convivencia entre el folclore nacional y el glamour hollywoodense, reuniendo a toreros como Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, con artistas del calibre de Lola Flores, Ava Gardner, Ernest Hemingway o Frank Sinatra.

La atmósfera sofisticada: clientela, cócteles y rituales sociales

Lo que diferenciaba al bar Chicote de otros establecimientos no era sólo su carta de bebidas, sino la experiencia completa que ofrecía: iluminación tenue, servicio personalizado, ambiente cuidado y la figura carismática de su fundador al frente. Chicote era capaz de recordar los nombres, rostros y preferencias de sus clientes habituales, generando una fidelidad incomparable.

Muchos de los cócteles llevaban nombres de personajes célebres, convirtiendo la carta en un retrato líquido del star system hispano e internacional. Entre ellos se encontraban creaciones como Bella Aurora, Corazón de Indio, Miss Santander, Conde Marone o Ojos Azules. Cada bebida era un homenaje y, a la vez, un acto de diplomacia cultural.

Periodismo, libros y difusión del arte del cóctel

Columnista en «Ahora» y publicaciones especializadas

Pedro Chicote no limitó su legado al bar. Su habilidad comunicativa y su deseo de dignificar el oficio lo llevaron a cultivar una faceta periodística notable. En 1927, comenzó a colaborar en la revista Estampa de Madrid, y apenas tres años después logró un hito insólito: publicar una columna diaria en el diario Ahora, donde ofrecía cada día la fórmula alquimiada de un nuevo cóctel, ilustrada por una caricatura del dibujante Sirio. Este espacio no sólo promocionaba su nombre, sino que divulgaba el arte del cóctel entre el gran público.

En 1957, recibió el carnet oficial de colaborador de prensa, y los reporteros gráficos lo distinguieron como socio de honor, reconociendo su papel como divulgador y cronista de la vida nocturna madrileña.

Su producción editorial: una enciclopedia líquida de la coctelería

Chicote también fue un autor prolífico, publicando numerosos libros donde volcó su experiencia, creatividad y saber técnico. Su primer título, El bar americano en España (1927), fue el pionero en su género en el país. Le siguieron obras fundamentales como Vinos españoles y sus mezclas (1942), Cocktails, la ley mojada, Mis 500 cocktails, Cocktails mundiales, El bar en el mundo y El mundo bebe.

A lo largo de su vida, llegó a documentar 873 cócteles distintos, muchos de ellos originales, con ingredientes y combinaciones exóticas. Estas publicaciones no sólo codificaron una práctica profesional, sino que también establecieron los estándares técnicos y éticos del barman como figura central de la cultura urbana.

Legado, estilo personal e influencia duradera

Reconocimientos oficiales y condecoraciones

Pedro Chicote no fue ignorado por las instituciones. A lo largo de su vida, recibió la Medalla del Trabajo, la Encomienda del Mérito Civil, así como la medalla de oro y plata de la Cruz Roja y una medalla militar colectiva. Fue nombrado barman honorario en países como Francia, Italia, Suiza, Cuba, Uruguay, Argentina, Estados Unidos y Reino Unido, lo que demuestra el impacto internacional de su figura.

Estos reconocimientos reflejaban tanto su excelencia profesional como su contribución al prestigio de la hostelería española, en un momento en que el turismo empezaba a convertirse en una prioridad estratégica para el país.

Su imagen pública: un dandy de la Gran Vía

El estilo personal de Chicote fue también un elemento esencial de su marca. Siempre impecable, con gafas de montura gruesa, tirantes, zapatos bicolor y cigarrillos emboquillados negros o mentolados rubios, encarnaba una estética de dandy castizo. Su domicilio en la calle de la Princesa estaba decorado como un pequeño museo personal, repleto de regalos sin usar: encendedores, estilográficas, gemelos de oro, condecoraciones, relojes, todo cuidadosamente conservado detrás de vitrinas.

Este cuidado en su apariencia y entorno simbolizaba no sólo su amor por el detalle, sino también su concepción del barman como artista y anfitrión, más que como simple servidor.

La pervivencia del mito y el bar como símbolo cultural

La muerte de Pedro Chicote, ocurrida el 24 de diciembre de 1977, coincidió con el inicio de una nueva etapa para España: la Transición. Con su desaparición también terminó una época dorada de la Gran Vía madrileña, que había sido el centro simbólico de la cultura urbana del franquismo tardío.

Pese a su fallecimiento, el bar Chicote siguió en funcionamiento, pasando a formar parte del grupo Rumasa, que fue nacionalizado en 1983. A pesar de los cambios de propiedad y de una progresiva pérdida de exclusividad, el local mantuvo su aura legendaria y sigue siendo un ícono cultural de Madrid.

Su influencia se extiende hasta hoy. Chicote no sólo transformó la forma de entender el consumo de alcohol, sino que dignificó el bar como espacio de civilización, conversación y creación artística. Como escribió José María Salaverría, gracias a él, “la borrachera se viste de smoking”.

Recordar a Chicote es también recordar una forma de estar en el mundo, donde el detalle, la cortesía y el arte de mezclar no eran gestos frívolos, sino una celebración de la vida urbana. Su cóctel homónimo resume ese legado: hielo picado, café con Grand Marnier, vermut francés, ginebra seca y corteza de naranja. Una mezcla audaz, sofisticada y castiza. Como su creador.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Pedro Chicote (1899–1977): El Barman Castizo que Revolucionó la Noche Madrileña". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/chicote-pedro [consulta: 5 de febrero de 2026].