Antonio Bonet (1913–1989): Arquitecto de la Modernidad entre Europa y América
Infancia, contexto cultural y primeras influencias
Antonio Bonet Castellana nació el 20 de octubre de 1913 en Barcelona, una ciudad que, en ese momento, vibraba con las últimas expresiones del modernismo catalán. La influencia de arquitectos como Antoni Gaudí y Josep Maria Jujol impregnaba el ambiente artístico e intelectual de la ciudad, proporcionando una atmósfera única que sin duda moldeó la sensibilidad temprana del joven Bonet. Su afinidad con el colorido, la geometría orgánica y la dimensión expresiva de la arquitectura encontró eco en ese entorno cultural.
Desde sus primeros años de formación, Bonet demostró una inclinación no sólo hacia el aspecto técnico de la arquitectura, sino también hacia sus dimensiones plásticas, simbólicas y sociales. Esta visión integral del arte de construir se convertiría más adelante en una de sus marcas distintivas.
La doble formación académica y práctica junto a J. Ll. Sert
Bonet estudió arquitectura en la Universidad de Barcelona, pero su formación no se limitó a lo académico. De manera simultánea, fue discípulo y colaborador de Josep Lluís Sert, figura clave del Movimiento Moderno en España. Sert era uno de los fundadores del GATPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea), una entidad esencial en la renovación del pensamiento arquitectónico español durante los años 30.
La implicación de Bonet en el GATPAC le permitió estar en contacto directo con los debates y propuestas más avanzadas del momento. No era un mero estudiante pasivo: participaba activamente en las reuniones, proyectos y actividades, lo que le permitió asimilar de primera mano los valores de la arquitectura funcionalista y socialmente comprometida.
Participación temprana en el GATPAC y experiencias formativas
En 1933, Bonet participó en el histórico crucero a bordo del Patris II, un evento organizado por el Congrès International d’Architecture Moderne (CIAM). Allí se elaboró la célebre Carta de Atenas, que redefinió el urbanismo moderno al identificar cuatro funciones esenciales: habitar, trabajar, descansar y circular. Durante este viaje, Bonet tuvo contacto directo con figuras icónicas como Le Corbusier y Alvar Aalto, quienes ejercerían una profunda influencia sobre su pensamiento arquitectónico.
Esta experiencia fue decisiva: la exposición a debates internacionales y a una perspectiva global de la arquitectura marcó su rumbo profesional. A partir de entonces, Bonet se enfocaría no solo en el diseño de edificaciones singulares, sino también en la organización racional del espacio urbano.
El crucero del Patris II y la Carta de Atenas
El impacto del crucero del Patris II fue doble. Por un lado, Bonet vivió de cerca la creación de un manifiesto fundamental del urbanismo moderno; por otro, estableció vínculos personales con arquitectos de todo el mundo. Esta red de relaciones internacionales le permitió proyectarse más allá del contexto español, algo que resultaría vital poco después, cuando la guerra civil forzaría a muchos intelectuales a exiliarse.
Además, la Carta de Atenas supuso una revalorización del papel del arquitecto como planificador social. Bonet adoptó esa noción y la mantendría durante toda su trayectoria, combinando preocupaciones estéticas, técnicas y sociales en cada uno de sus proyectos.
Aprendizaje con Le Corbusier y primeras obras internacionales
En 1936, Bonet se trasladó a París para trabajar en el estudio de Le Corbusier, uno de los maestros indiscutibles de la arquitectura moderna. Allí participó en el diseño de proyectos emblemáticos como la Maison Jaoul, una obra que, aunque finalmente fue construida en los años 50, ya entonces permitía a Bonet explorar la materialidad del ladrillo, las formas curvas y el juego de texturas.
Otro proyecto relevante en esta etapa fue el diseño del Pabellón del Agua para la Exposición Internacional de Lieja. En esta obra, Bonet combinó los principios racionalistas de Le Corbusier con una sensibilidad surrealista que comenzaba a manifestarse en su estilo. El resultado fue una propuesta arquitectónica audaz, simbólica y plenamente funcional.
La experiencia parisina y la Maison Jaoul
La Maison Jaoul, a pesar de ser una obra del estudio de Le Corbusier, fue diseñada con amplia libertad por Bonet. Su autoría parcial es testimonio de la confianza que Le Corbusier depositaba en él. Esta experiencia le permitió consolidar su dominio técnico y reforzar su identidad estética, que empezaba a separarse del estricto funcionalismo.
Bonet experimentó con la distribución espacial, los volúmenes complejos y los efectos de luz natural, anticipando recursos que utilizaría con gran madurez en sus obras posteriores en América Latina y España.
El Pabellón del Agua y la Exposición de Lieja
El Pabellón del Agua, presentado en 1936, marcó uno de los primeros intentos de Bonet por insertar elementos poéticos y simbólicos en la arquitectura moderna. Incorporó referencias al mundo onírico del surrealismo, movimiento artístico con el que siempre simpatizó, sin renunciar por ello a las estructuras racionales y la eficiencia espacial.
Esta tensión entre racionalidad y emoción, entre técnica y expresión, sería una de las constantes de su trayectoria y le permitiría destacarse entre sus contemporáneos.
La Exposición Internacional de París (1937) y el Pabellón Español
En 1937, Bonet participó en la construcción del Pabellón Español en la Exposición Internacional de París, junto a Sert y otros colegas. Este pabellón se convirtió en un símbolo del compromiso cultural y político de la arquitectura española republicana. En su interior se exhibieron obras de Joan Miró, Alexander Calder y Pablo Picasso, entre ellas el célebre Guernica.
La arquitectura del pabellón no fue un simple contenedor de arte; fue diseñada para dialogar con las obras y amplificar su mensaje. Bonet comprendió la necesidad de una arquitectura simbólica, cargada de significados políticos y culturales, capaz de convertirse en herramienta de comunicación en tiempos convulsos.
Una obra de síntesis entre arte, política y arquitectura
El Pabellón Español fue mucho más que una propuesta estética: era un acto de resistencia, una muestra de unidad y modernidad frente al ascenso del fascismo en Europa. Bonet, como muchos intelectuales de su tiempo, estaba profundamente involucrado en esta lucha cultural. Esta experiencia reforzó su creencia en una arquitectura socialmente comprometida y estéticamente rigurosa.
Emigración a Argentina y fundación del Grupo Austral
En 1938, debido al clima político europeo, Bonet decidió emigrar a Argentina, donde se reunió con los arquitectos Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy, a quienes había conocido en París. Juntos fundaron el Grupo Austral, una de las primeras organizaciones dedicadas a difundir el Movimiento Moderno en América Latina, aunque desde una perspectiva crítica y localista.
El Grupo Austral no solo tradujo los principios del CIAM al contexto argentino, sino que propuso soluciones originales para los problemas del urbanismo en el continente. Su actividad fue clave para la renovación de la arquitectura rioplatense y convirtió a Bonet en una figura influyente a ambos lados del Atlántico.
Difusión crítica del Movimiento Moderno en América del Sur
A diferencia de la simple adopción estilística, Bonet y sus colegas buscaron una reinterpretación de los principios modernos. Adaptaron las formas, materiales y funciones al clima, cultura y necesidades sociales de Argentina y Uruguay. Así surgieron obras como las terrazas del Sel, el edificio Solana o los espacios urbanos de Punta Ballena, donde Bonet comenzó a definir un estilo propio que combinaba racionalidad estructural, emoción surrealista y sensibilidad mediterránea.
Arquitectura surrealista y mediterránea: integración y emoción
Obras en el Río de la Plata y el lenguaje de las bóvedas
La estancia de Antonio Bonet en América del Sur consolidó una arquitectura de fuerte impronta personal, donde los principios del Movimiento Moderno se fundían con una estética surrealista y una sensibilidad mediterránea. Su obra de esta etapa no solo destacó por su funcionalidad y racionalidad, sino también por su capacidad de evocar lo imaginativo y lo emocional.
En proyectos como las bóvedas del remate del Paraguay y Suipache (1938), o el edificio Solana, Bonet propuso soluciones arquitectónicas que buscaban estimular la percepción del espacio. El uso de bóvedas no solo respondía a exigencias técnicas, sino que ofrecía una solución poética al problema de cubrir grandes superficies. Estas formas abovedadas evocaban lo ancestral y lo onírico, en una clara alusión al surrealismo que siempre lo inspiró.
Sensaciones espaciales: casa Oks, la Ricarda y Castanera
Uno de los aspectos más notables del lenguaje de Bonet fue su búsqueda constante de sensaciones espaciales intensas. Esto se refleja en obras como la casa Oks (1955), la Ricarda (1953) y la casa Castanera (1964). En estos proyectos, Bonet manipuló la relación entre masa y vacío, peso y ligereza, mediante recursos como la sustentación aparente: estructuras masivas que parecían flotar sobre columnas estilizadas, generando una sensación de irrealidad.
Estas casas no solo fueron experimentos formales, sino también estudios de cómo la arquitectura puede interactuar con el usuario a un nivel psicológico profundo. El espacio se convierte en un lugar de experiencia, no solo de uso.
Regreso a España y obras escultóricas urbanas
Las torres catalanas: Cervantes, Urquinaona y Rosas
En su regreso definitivo a España, Bonet trasladó su lenguaje maduro a un contexto urbano más complejo. En Barcelona, diseñó algunas de las obras más monumentales de su carrera, como la Torre Cervantes (1955), la Torre Urquinaona (1971) y la Torre Rosas (1967). Estas construcciones se alejaban del racionalismo ortodoxo al proponer volúmenes escultóricos, expresivos, que dialogaban con la trama urbana desde su singularidad.
Estas torres no fueron simples edificios funcionales, sino auténticas piezas escultóricas que introdujeron nuevas formas en el skyline de la ciudad, con una clara voluntad de romper la monotonía de la repetición urbana.
Proyectos madrileños: Plaza de Castilla y la integración urbana
En Madrid, Bonet proyectó la Plaza de Castilla (1964), una propuesta que combinaba funcionalidad y monumentalidad. Allí, su preocupación por la integración urbana se manifestó en la organización jerárquica de los espacios, la combinación de niveles peatonales y vehiculares, y el tratamiento cuidadoso del espacio público.
Bonet concebía la ciudad no como un agregado de edificios aislados, sino como una estructura viva, donde cada elemento debía contribuir al equilibrio general. Su obra urbana siempre buscó articular lo individual con lo colectivo, lo privado con lo público.
Arquitectura adaptada al entorno y climas intermedios
Casas en Martínez y Berlingieri: tradición y modernidad
Durante su periodo sudamericano, Bonet desarrolló una arquitectura profundamente adaptada al clima y a la cultura del lugar. Ejemplo de ello son las casas en Martínez (1940) y la casa Berlingieri (1947), ambas en Argentina. En estas obras, se observa el uso de materiales tradicionales, como el ladrillo y el adobe, y soluciones constructivas heredadas de la arquitectura vernácula, como las bóvedas.
Sin embargo, estas referencias tradicionales fueron reinterpretadas desde una perspectiva moderna. Las bóvedas no solo eran elementos portantes, sino también organizadores del espacio y dispositivos climáticos, que permitían controlar la temperatura y la ventilación natural.
Casa Cruylles y la integración paisajística
Una de las obras más representativas de su arquitectura paisajística es la casa Cruylles (1967), situada en la Costa Brava. Allí, Bonet empleó la pendiente natural del terreno para ocultar la fachada y lograr una integración casi invisible con el paisaje.
Esta estrategia revela su intención de borrar las fronteras entre arquitectura y naturaleza, entre lo construido y lo dado. En lugar de imponer el edificio al entorno, lo hace emergente y discreto, respetando la topografía y potenciando las vistas.
Urbanismo humanista y diseño modular
Separación de flujos peatonales y vehiculares
Bonet también incursionó en el urbanismo, con propuestas que desafiaban las convenciones de la planificación moderna. En Punta Ballena (Uruguay), ideó una estructura urbana basada en la separación de flujos peatonales y vehiculares. Construyó puentes ligeros que cruzaban las calles, permitiendo el desplazamiento peatonal sin interrupciones y facilitando el acceso al mar.
Este enfoque humanista, centrado en la experiencia del peatón, anticipaba preocupaciones que serían comunes en el urbanismo contemporáneo: accesibilidad, sostenibilidad y calidad del espacio público.
Conjunto habitacional TOSA y producción en serie flexible
En proyectos como el conjunto habitacional TOSA (1945) o la casa amarilla (1943), Bonet exploró las posibilidades de la producción en serie sin caer en la monotonía. Utilizó módulos repetibles que permitían distintas combinaciones, favoreciendo la personalización y la identidad de cada unidad de vivienda.
Esta flexibilidad en el diseño evitaba el fanatismo de la estandarización, tan criticado en otros modelos del Movimiento Moderno. Bonet logró que cada conjunto tuviera unidad sin uniformidad, algo difícil de alcanzar en arquitectura social.
Síntesis estética: surrealismo, funcionalismo y diseño total
Simplicidad de líneas y pureza formal
En sus obras de madurez, Bonet buscó una síntesis entre claridad estructural y libertad formal. Esta combinación se aprecia en la casa Oks, el Pabellón de Cristal Plano (1958), o en la fachada de la Terraza Palace. En todos ellos, la simplicidad de líneas no era sinónimo de rigidez, sino de depuración: una búsqueda de la forma esencial, donde cada elemento tiene su razón de ser.
Bonet evitó lo ornamental superfluo, pero no renunció a la expresividad. Su lenguaje arquitectónico estaba cargado de significados, aunque sus trazos fueran mínimos.
Unidad arquitectónica: del mobiliario al paisaje
Una de las características más notables del trabajo de Bonet fue su afán por alcanzar una unidad arquitectónica total. Diseñaba no solo el edificio, sino también los muebles, cerramientos, barandillas, revestimientos y todos los elementos que participaban en la experiencia del espacio.
Este enfoque integral lo emparenta con figuras como Frank Lloyd Wright y el propio Le Corbusier. Bonet entendía la arquitectura como un arte total, donde todo debía estar articulado en un mismo discurso.
Además, su preocupación por el entorno se extendía más allá de los límites del edificio. Buscó siempre establecer una continuidad con el paisaje, ya fuera urbano o natural, y con las técnicas y materiales del lugar. Así logró una arquitectura enraizada, coherente y sensible.
Con su obra, Antonio Bonet tejió un puente entre Europa y América, entre el racionalismo funcionalista y la poesía surrealista, entre la tradición mediterránea y la innovación técnica. Fue un arquitecto que supo mirar al futuro sin olvidar sus raíces, y que dejó un legado tan diverso como coherente, tan audaz como sensible. Su nombre resuena no solo por los edificios que diseñó, sino por la forma en que pensó la arquitectura: como un arte capaz de transformar la vida.
MCN Biografías, 2025. "Antonio Bonet (1913–1989): Arquitecto de la Modernidad entre Europa y América". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/bonet-antonio [consulta: 28 de febrero de 2026].
