Juan Prim y Prats (1814–1870): El Militar Liberal que Quiso Reinventar España con una Monarquía Parlamentaria
Un hijo de Reus en el turbulento siglo XIX
El entorno familiar y la herencia militar
Juan Prim y Prats nació el 6 de diciembre de 1814 en la ciudad de Reus, una de las más activas del sur de Cataluña, en el seno de una familia de fuerte tradición militar. Su padre, Pere Prim i Estapé, ostentaba el rango de teniente y fue uno de los principales referentes iniciales de su vocación castrense. Este entorno marcó al joven Juan desde una edad temprana, imprimiéndole una concepción del honor, la disciplina y la lealtad que se mantendría constante a lo largo de su vida, incluso en sus períodos más contradictorios.
La Cataluña de su niñez era una región profundamente afectada por los ecos de las Guerras Napoleónicas y la crisis de la monarquía borbónica. En un país que oscilaba entre el absolutismo y los embriones del liberalismo, el joven Prim se crió en un ambiente de tensiones ideológicas y sociales que determinarían tanto su visión política como su voluntad de actuar como agente de cambio. La presencia del conflicto y la inestabilidad como fondo cotidiano lo predispusieron a asumir, desde muy temprano, el papel de protagonista en escenarios de confrontación.
Cataluña y el liberalismo en los años de su infancia
Durante los primeros años del siglo XIX, Cataluña vivía un proceso de transformación económica y cultural. Reus, en particular, era un centro de actividad comercial vinculado a la exportación de aguardiente, con una burguesía en ascenso que demandaba estabilidad política y apertura de mercados. Sin embargo, esa dinámica chocaba con los intereses del absolutismo y la resistencia de sectores rurales, lo cual convertía la región en un campo de disputa ideológica.
Este contexto alimentó en Prim una identidad compleja: profundamente catalán y defensor del progreso, pero también firmemente españolista y centralista en lo político-militar. A pesar de sus posteriores roces con los catalanes por su papel represivo como general, su juventud estuvo marcada por un cierto apego a las ideas ilustradas y una visión nacional basada en el liberalismo como eje vertebrador.
Juventud en armas: la forja de un soldado liberal
Participación en la Primera Guerra Carlista
Con apenas 17 años, en 1833, Juan Prim se alistó como voluntario en el Cuerpo Real de Tiradores de Isabel II, al estallar la Primera Guerra Carlista. Esta guerra civil, nacida de la disputa sucesoria entre los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón y los de Isabel II, fue también un enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo. Prim, con su fervor juvenil, abrazó la causa liberal isabelina no solo por convicción política sino también como vía de ascenso y acción directa.
Su participación fue intensa: en apenas ocho años de conflicto, se le atribuyen intervenciones en 35 hechos de armas. En uno de ellos, el combate de Casa Llovera, su valentía le valió el ascenso a coronel a los 25 años, un hito que marcó su trayectoria militar. La rapidez de su ascenso no solo hablaba de su eficacia en combate, sino también de una habilidad precoz para captar el favor de sus superiores y construir una imagen heroica de sí mismo.
Ascenso meteórico: de voluntario a coronel a los 25 años
La Guerra Carlista fue el gran teatro de formación de Prim. La violencia del conflicto, la dureza de la lucha en terreno montañoso, y la fragmentación del frente lo convirtieron en un experto en guerra irregular, anticipando en muchos aspectos el tipo de militar moderno que se necesitaría en los conflictos coloniales y civiles del siglo XIX. Su fama como líder valiente y decidido se forjó a la vez que su imagen pública crecía en los círculos liberales.
Este temprano éxito le dio acceso a los círculos políticos del liberalismo progresista, en especial al entorno del general Baldomero Espartero, líder indiscutible del liberalismo español de la época. Espartero, convertido en regente del reino tras la renuncia de María Cristina, sirvió como modelo inicial para Prim, quien en 1841 fue elegido diputado por Tarragona, dando así su primer paso formal en la política nacional.
De discípulo de Espartero a enemigo político
Espartero y la decepción del autoritarismo liberal
A pesar de que inicialmente Prim apoyó a Espartero con entusiasmo, la relación entre ambos se deterioró rápidamente. El estilo de gobierno del regente, autoritario y centralista, pronto chocó con la idea de Prim sobre lo que debía ser un liderazgo liberal. En 1843, tan solo dos años después de haber entrado al Parlamento, Prim se alió con Francisco Serrano para organizar la caída de Espartero, liderando una insurrección parlamentaria que provocó la renuncia del regente y su posterior exilio.
Este episodio fue el primero de muchos en los que Prim demostraría su independencia de criterio y audacia política. Su participación en esta revuelta le valió el ascenso a general el 30 de mayo de 1843 y su nombramiento como gobernador militar de Barcelona, una responsabilidad de enorme peso simbólico y estratégico.
Golpe parlamentario de 1843 y su nombramiento como general
El nombramiento no estuvo exento de polémica. En agosto de ese año, tuvo que sofocar una sublevación de la Junta de Barcelona contra la reina Isabel II. Lo hizo con tal dureza que provocó el rechazo generalizado de los catalanes. El 17 de agosto, la insurrección fue aplastada sin contemplaciones, y la represión dejó una mancha imborrable en la relación entre Prim y su tierra natal. Sin embargo, la Corona premió su lealtad con los títulos de conde de Reus y vizconde del Bruch.
Estos títulos nobiliarios sellaron su ingreso definitivo en la élite del poder isabelino, pero al mismo tiempo pusieron de relieve las contradicciones internas de su figura: liberal reformista, pero dispuesto a usar métodos autoritarios para sostener el orden; catalán, pero enemigo momentáneo de su propia región. Así comenzaba una carrera llena de tensiones, alianzas cambiantes y decisiones de alto riesgo, que lo convertirían en una de las figuras más complejas y determinantes de la historia contemporánea de España.
Consolidación, exilios y gloria internacional
Marginalización, exilio y retorno
Ruptura con los moderados y viaje a Puerto Rico
Tras su ascenso político y militar, Juan Prim pronto se convirtió en un personaje incómodo para los distintos gobiernos que se alternaban en el poder. Aunque fue recompensado con títulos y honores, el Gobierno de Narváez, uno de los más representativos del sector moderado, intentó neutralizarlo enviándolo a un destino periférico: la gobernación militar de Ceuta en 1845. Prim rechazó el cargo, lo que motivó su arresto bajo sospecha de conspiración. Fue encarcelado brevemente y luego indultado, pero ya había quedado fuera del círculo de influencia inmediata del régimen.
Desde entonces, optó por un autoexilio político que lo llevó a Francia, Inglaterra e Italia, donde tomó contacto con diversas corrientes progresistas europeas. No fue sino hasta 1847 cuando Fernando Fernández de Córdoba, entonces ministro de la Gobernación, decidió rescatar su figura política y proponer su nombramiento como gobernador de Puerto Rico, en un intento de mantenerlo lejos de la península pero aún dentro de la maquinaria del Estado.
Su breve paso por la isla caribeña fue profundamente controvertido. En un contexto colonial complejo y racializado, Prim impuso el «Código Negro», una legislación particularmente represiva contra la población afrodescendiente. Su actuación se caracterizó por una combinación de medidas arbitrarias y castigos crueles, lo cual desató un amplio rechazo entre los sectores locales y terminó forzando su destitución en junio de 1848. Este episodio marcó un punto oscuro en su carrera, aunque no menos significativo para comprender su talante autoritario.
Rechazo y escándalo del Código Negro
El escándalo de Puerto Rico mostró una faceta menos romántica de Prim: su pragmatismo podía convertirse en intransigencia, y su liberalismo mostraba límites marcados por la lógica del orden imperial. A su regreso a España, no tuvo más remedio que replegarse temporalmente en la vida parlamentaria, mientras los moderados mantenían un control férreo del aparato estatal.
Durante este período, ejerció como diputado y senador, pero su actitud combativa en las sesiones parlamentarias lo convirtió nuevamente en un blanco para sus adversarios políticos. Esto derivó en un nuevo exilio voluntario hasta el año 1853, momento en el que surgió una nueva oportunidad para redimirse como militar.
El prestigio militar en Crimea y África
Campañas exteriores y diplomacia de campo
En 1853, Prim fue enviado como jefe de la Comisión Militar española que debía integrarse al ejército otomano en la Guerra de Crimea, un conflicto geopolítico crucial entre el Imperio ruso y una coalición compuesta por el Imperio otomano, Francia, Gran Bretaña y otras potencias. Aunque la participación española fue modesta, Prim aprovechó la ocasión para profundizar su conocimiento sobre las culturas islámicas y ganar experiencia diplomática en un entorno internacional complejo.
Más que una campaña bélica convencional, su paso por Crimea se transformó en una etapa de maduración ideológica y estratégica. Comprendió mejor el equilibrio de poder europeo, la importancia de las alianzas y la fragilidad de los regímenes autoritarios frente al nacionalismo emergente. Su experiencia en este conflicto se convirtió en uno de sus activos más valiosos en los años posteriores.
Las victorias en Castillejos y Wad-Ras: mito y medallas
En 1859, el estallido de la Guerra de África le permitió regresar a la primera línea del frente militar. Bajo el mando de O’Donnell, Prim se destacó en las batallas de Castillejos y Wad-Ras, obteniendo resonantes victorias frente a las fuerzas del sultán de Marruecos. Estas acciones le valieron no solo el ascenso a teniente general, sino también la condecoración con el título de duque de Castillejos, otorgado por la propia reina Isabel II.
Estos triunfos consolidaron su imagen de militar heroico y enérgico, capaz de vencer en escenarios difíciles y poco convencionales. La prensa de la época exaltó su figura como paradigma del patriotismo moderno, combinando el valor de campo con la vocación reformista. Aunque sus métodos siguieron siendo severos, el éxito militar reforzó su popularidad tanto en la opinión pública como entre las élites políticas.
El experimento mexicano y la ruptura con Europa
La Convención de Londres y el documento de La Soledad
En 1861, fue designado para liderar la expedición española a México, en el marco de una alianza tripartita junto a Francia e Inglaterra para exigir el pago de la deuda externa mexicana. Aunque el objetivo era inicialmente económico, el proyecto se transformó rápidamente en una operación imperialista por parte de Napoleón III, que pretendía instaurar una monarquía afín en México encabezada por Maximiliano de Austria.
Prim, al enterarse de estas intenciones, rompió abiertamente con Napoleón III. Consideraba inaceptable la manipulación del conflicto para instalar una dinastía extranjera contraria al principio de autodeterminación. El 19 de febrero de 1862, firmó con el ministro mexicano Manuel Doblado el Tratado de La Soledad, mediante el cual España se comprometía a retirar sus tropas a cambio de garantías de pago. Esta decisión fue adoptada de forma personal e independiente, sin consultar con el resto del mando aliado.
Enfrentamiento con Napoleón III y retirada estratégica
La ruptura con Francia fue total. Mientras los franceses avanzaban hacia Ciudad de México, Prim ordenó la retirada inmediata de las fuerzas españolas, una decisión seguida por la delegación británica. Esta acción, aunque arriesgada, fue posteriormente respaldada por el Parlamento español y por el propio Palacio Real, aunque generó tensiones con O’Donnell, que no compartía su iniciativa.
A su regreso a España, en 1863, fue recibido con frialdad por los sectores conservadores. Su independencia de criterio y sus decisiones unilaterales en México fueron interpretadas como síntomas de insubordinación. Este nuevo revés político lo empujó hacia una posición más radical dentro del progresismo, alineándose cada vez más con los sectores antidinásticos.
De conspirador romántico a arquitecto de La Gloriosa
Ostende, San Gil y los pactos con independentistas cubanos
Durante los años siguientes, Prim se convirtió en uno de los principales arquitectos de la oposición al régimen de Isabel II. Su ideología evolucionó hacia un progresismo radical, abiertamente enfrentado a los moderados y a los conservadores. Desde su nueva posición política, colaboró en la preparación de la fallida sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil en 1866, un episodio sangriento que le obligó a exiliarse nuevamente.
En el exilio, organizó la célebre Reunión de Ostende, en la que se consolidó un frente común entre republicanos y progresistas para derrocar a Isabel II. Viajó disfrazado por Francia, Italia y Suiza, contactando con figuras del exilio como Sagasta, Ruiz Zorrilla, Olózaga y Carlos Manuel de Céspedes, líder de la independencia cubana. Con este último firmó un convenio que contemplaba la participación de Cuba en una revolución simultánea con la promesa de una futura autonomía insular, un compromiso que nunca se materializó plenamente.
Revolución de 1868 y la caída de Isabel II
El 19 de septiembre de 1868, Juan Prim desembarcó en Cádiz junto a Topete. Al mismo tiempo, Serrano marchaba sobre Madrid y vencía a las tropas isabelinas en la batalla de Alcolea. Aunque Prim no participó directamente en esa batalla, su trayectoria revolucionaria y su liderazgo militar lo convirtieron en el símbolo triunfante de la revolución. El 2 de octubre, Prim llegó a Valencia, desde donde se dirigió a Barcelona, lanzando un manifiesto antiborbónico. Finalmente, el 7 de octubre, hizo su entrada en Madrid entre multitudes eufóricas.
Prim se había convertido en un mito viviente del liberalismo revolucionario, asociado tanto al combate en el campo de batalla como a la transformación política del Estado. La figura romántica del general insurrecto alcanzó su apogeo, justo en el momento en que España parecía dispuesta a reinventarse desde sus cimientos.
Revolución, gobierno y asesinato
El sueño frustrado de una monarquía parlamentaria
Gobierno con Serrano y formación del nuevo régimen
Tras el triunfo de la Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa, Prim alcanzó el punto culminante de su carrera política. El 8 de octubre de ese año se formó el primer Gobierno progresista, presidido por el general Serrano, en el que Juan Prim ocupó la crucial cartera de Guerra. Era el reconocimiento institucional de su liderazgo, pero también el inicio de una etapa de enormes desafíos políticos y personales.
El 11 de febrero de 1869, se reunieron las Cortes Constituyentes para redactar una nueva Constitución, que fue promulgada el 6 de junio de ese mismo año. En ella se establecía el principio de monarquía parlamentaria, bajo soberanía nacional y sufragio. Se trataba de una apuesta ambiciosa por modernizar España, alejándola del absolutismo borbónico sin caer en la república, que aún se consideraba una opción inestable y radical.
El general Serrano fue nombrado regente, y encargó a Prim la formación de un nuevo gabinete, colocándolo al frente del Gobierno y del Ministerio de la Guerra. Desde esta doble posición, Prim tuvo que enfrentar la reconstrucción del país, profundamente dañado por décadas de autoritarismo, conflictos civiles y atraso económico. El nuevo régimen se encontraba cercado por múltiples frentes: republicanos, carlistas, anarquistas y federalistas.
Búsqueda de un rey y el ascenso de Amadeo de Saboya
Uno de los desafíos más urgentes era la elección de un nuevo monarca. Prim, convencido de que solo una figura real extranjera, sin vínculos con las facciones españolas, podría garantizar la estabilidad, inició una búsqueda frenética por las cortes europeas. Entre los candidatos propuestos figuraron nombres como Baldomero Espartero, el príncipe Leopoldo Hohenzollern —cuya candidatura desató la Guerra Franco-Prusiana— y el duque de Montpensier, quien incluso se enfrentó en duelo con don Enrique, hermano de Isabel II, con trágico resultado.
Finalmente, la opción que Prim consideró más viable fue la del príncipe italiano Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II de Italia. Amadeo aceptó el ofrecimiento con entusiasmo, y las Cortes españolas lo eligieron rey por 191 votos a favor, legitimando así la apuesta de Prim por una monarquía constitucional al estilo británico.
Sin embargo, esta decisión no unificó al país. Los carlistas denunciaron la elección de un monarca extranjero, los republicanos vieron en ella una traición al pueblo, y los sectores federalistas y proletarios interpretaron el nuevo régimen como una imposición. En este clima de hostilidad creciente, Prim fue blanco de críticas feroces y amenazas constantes.
Un crimen sin resolver y un legado ambiguo
El atentado de la calle del Turco
El 27 de diciembre de 1870, Prim salió del Congreso de los Diputados para dirigirse a una cena de su logia masónica en la calle Arenal. Lo acompañaban sus ayudantes Nandín y Moya. Al pasar por la calle del Turco (actual Marqués de Cubas), su carruaje fue interceptado y tiroteado a corta distancia. Prim recibió disparos en el hombro y el pecho, pero logró llegar por su propio pie al Palacio de Buenavista, donde se encontraba su residencia oficial.
Durante tres días luchó por su vida en medio de fuertes dolores, hemorragias internas y una infección creciente. Finalmente, murió el 30 de diciembre de 1870. La noticia conmocionó a la nación. Se trataba no solo del asesinato de un jefe de Gobierno, sino del hombre que había encarnado la esperanza de una España moderna. A su muerte, el proyecto monárquico quedó herido de muerte.
El atentado ha sido, desde entonces, objeto de teorías conspirativas, investigaciones frustradas y especulaciones históricas. A lo largo del proceso judicial se redactaron más de 18.000 folios, sin que se llegara a identificar nunca a los culpables ni a los inductores. La calle del crimen quedó como símbolo del misterio irresuelto que rodea a su figura.
Mito, misterio y la dinastía abortada
El rey Amadeo de Saboya, nada más llegar a España en enero de 1871, exigió visitar la tumba de Prim en la basílica de Nuestra Señora de Atocha. Era un gesto simbólico que reconocía la deuda moral y política con el hombre que había hecho posible su reinado. Sin embargo, sin el apoyo y la autoridad de Prim, Amadeo se encontró completamente solo ante una nación fragmentada, y su reinado se desmoronó en apenas dos años.
La muerte de Prim supuso el fracaso definitivo de la monarquía constitucional impulsada por el progresismo, y abrió la puerta al Sexenio Democrático, una etapa convulsa en la que España experimentaría efímeramente con la república, para después volver al dominio borbónico. El general de Reus no solo fue asesinado físicamente, sino que su proyecto político integral fue destruido con él.
Con el paso de las décadas, Juan Prim ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones. Para algunos, fue el último gran liberal romántico, defensor de un sistema parlamentario basado en el equilibrio entre monarquía y soberanía popular. Para otros, fue un militar autoritario y contradictorio, incapaz de construir consensos duraderos. Sin embargo, pocos dudan de su importancia crucial en el proceso de transición entre el absolutismo y los modelos modernos de Estado en España.
El misterio de su asesinato, el brillo de sus campañas militares y su determinación política han hecho de él una figura legendaria, comparable a otros grandes reformadores europeos del siglo XIX. Su aura de héroe malogrado sigue viva, envuelta en la bruma de la historia, como un recordato
MCN Biografías, 2025. "Juan Prim y Prats (1814–1870): El Militar Liberal que Quiso Reinventar España con una Monarquía Parlamentaria". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/prim-y-prats-juan [consulta: 28 de febrero de 2026].
