José Joaquín Fernández de Lizardi (1776–1827): El Pensador Mexicano que Forjó la Conciencia Crítica de una Nación
A finales del siglo XVIII, la Nueva España vivía un periodo de contrastes marcados por la opulencia de las clases altas y la miseria de las grandes mayorías. La estructura colonial impuesta desde el siglo XVI mantenía férreos controles sociales, económicos y culturales, respaldados por la Iglesia católica y la burocracia virreinal. Sin embargo, al calor de los cambios intelectuales europeos y el auge del pensamiento ilustrado, comenzaron a agrietarse los pilares ideológicos del dominio colonial. Las obras de pensadores como Voltaire, Montesquieu y, especialmente, Rousseau, llegaban a América gracias a las redes clandestinas de libros y al esfuerzo de autodidactas que hallaban en estos textos una vía hacia la libertad política y la emancipación moral.
La imprenta, aunque vigilada estrechamente por la censura, se convirtió en una herramienta vital para propagar ideas. En este escenario, la figura del escritor-periodista emergía como una fuerza social relevante. Las tensiones sociales y la necesidad de reforma se volvieron temas cada vez más frecuentes en los espacios de discusión pública, preludio del estallido insurgente que tendría lugar en 1810. En este contexto profundamente agitado nació José Joaquín Fernández de Lizardi, un hombre que haría de la palabra escrita su arma principal.
Nacido en Ciudad de México en 1776, Fernández de Lizardi creció en el seno de una familia de posición económica relativamente estable, aunque no aristocrática. Su padre, funcionario de la administración virreinal, desempeñó un papel importante en su formación inicial, transmitiéndole valores de disciplina, estudio y vocación pública. Este entorno familiar, vinculado al aparato administrativo colonial, ofrecía al joven José Joaquín ciertas ventajas en cuanto al acceso a la educación y la cultura, pero no lo libraría de experimentar la fragilidad económica que acechaba a las clases medias de su tiempo.
El súbito fallecimiento del padre marcó un antes y un después en su vida. Con la familia sumida en la precariedad, el joven debió abandonar sus estudios formales para trabajar y contribuir al sostenimiento del hogar. Este revés, sin embargo, no lo alejaría del mundo intelectual, sino que lo empujaría hacia una formación autodidacta que sería clave para el desarrollo de su pensamiento.
Formación académica, espiritual e intelectual
Los primeros estudios de Fernández de Lizardi tuvieron lugar en Tepoztlán, en el actual estado de Morelos, donde recibió instrucción básica. Más tarde, regresó a la capital para continuar su formación en gramática latina y filosofía en el Colegio de San Ildefonso, una de las instituciones educativas más prestigiosas de la Nueva España. En este espacio, se despertaron en él las primeras inquietudes por las humanidades y la reflexión crítica, pero su trayectoria académica se truncó abruptamente con la muerte de su padre.
A pesar de haber interrumpido los estudios regulares, su pasión por el saber no disminuyó. Se volcó a la lectura de los clásicos españoles, como Cervantes, Quevedo y el Arcipreste de Hita, y a los filósofos ilustrados franceses, cuyos textos lo impresionaron profundamente. Estas lecturas fueron el germen de una conciencia crítica aguda, unida a un ideal humanista que lo llevó a considerar la educación como herramienta esencial de transformación social. Su autodidactismo, lejos de ser una limitación, fue la base de una formación intelectual sólida y libre, alejada del dogmatismo.
Primeros intereses y compromisos ideológicos
La vocación de Fernández de Lizardi se manifestó pronto en la enseñanza. En sus años juveniles comenzó a trabajar como maestro, tarea que ejercería durante gran parte de su vida, incluso cuando ya era un autor reconocido. Desde el inicio, entendió la educación no solo como un medio de subsistencia, sino como una misión cívica y moral, en la que el saber debía estar al servicio del bien común.
En 1805 contrajo matrimonio con María Dolores Orendián, con quien tuvo una hija en 1813. Este período coincidió con el florecimiento de su vocación literaria y periodística. En 1809 publicó su primer texto impreso, un poema laudatorio a Fernando VII, aún bajo la estética del neoclasicismo oficial. Sin embargo, esta obra temprana no anunciaba el contenido radical que adoptaría su producción posterior.
Convencido de que el escritor debía “enseñar deleitando”, adoptó un estilo directo, didáctico e irónico. Inspirado por Rousseau, defendió ideas revolucionarias para su tiempo: la educación mixta entre niños y niñas, la igualdad social, y la implementación del método lancasteriano, que permitía educar a grandes grupos de niños pobres con recursos mínimos. En su casa llegó a hospedar hasta nueve pupilos, en un intento de practicar lo que predicaba, aun cuando ello implicaba sacrificar su ya precaria estabilidad económica.
Primeras decisiones y conflictos
En 1811, en plena agitación independentista, Fernández de Lizardi fundó su primer periódico, titulado significativamente El Pensador Mexicano, nombre que adoptó también como seudónimo. Este medio no solo le dio notoriedad, sino que lo posicionó como una de las voces más influyentes del México insurgente. A diferencia de otros escritores de su tiempo, que temían la censura, Lizardi se atrevía a tocar temas espinosos como la corrupción, el abuso del poder, la necesidad de una Constitución, y el rol de la Iglesia en la perpetuación de las desigualdades.
Los periódicos y folletos que publicó desde entonces—más de 275 a lo largo de su vida—fueron una mezcla de géneros: desde la sátira política hasta la fábula poética, el diálogo dramático, el editorial y el ensayo pedagógico. Su estilo era tan ingenioso como accesible, y encontró en los formatos económicos y portátiles un vehículo ideal para llegar al pueblo llano.
Sin embargo, su éxito editorial vino acompañado de persecuciones, presiones y arrestos. Para evitar ser encarcelado o ejecutado, debió hacer concesiones ocasionales al discurso oficial, como elogios al virrey o a la Iglesia, lo que ha generado debate entre historiadores sobre la autenticidad de sus posturas. Él mismo dejó testimonio de estos equilibrios forzados, que describía como necesarios para “no morir en el patíbulo”. Aun así, fue encarcelado varias veces y vivió en una constante penuria económica, sostenido únicamente por las ventas de sus obras y, en sus últimos años, por un modesto sueldo gubernamental.
Este periodo inicial de su carrera marca la configuración de un intelectual comprometido, que no solo analizaba su tiempo, sino que actuaba con coherencia respecto a sus ideales. La formación humanista, el contacto directo con el pueblo, y su experiencia vital de la pobreza moldearon un pensamiento radical que luchaba, incansablemente, por un México libre, educado y justo.
Consolidación como escritor y periodista
A partir de 1811, José Joaquín Fernández de Lizardi se convirtió en una figura central del periodismo político en la Nueva España y, posteriormente, en el México independiente. El éxito de El Pensador Mexicano lo impulsó a fundar una serie de periódicos con formatos similares: breves, económicos y fácilmente reproducibles, lo que facilitaba su circulación entre las clases populares. Estas publicaciones no solo informaban sobre la actualidad, sino que también incluían ensayos filosóficos, cuentos alegóricos, fábulas morales, críticas sociales, e incluso diálogos teatrales, demostrando la versatilidad literaria del autor.
Entre 1811 y 1827, editó al menos nueve periódicos diferentes, todos marcados por su vocación crítica y su compromiso con la educación del lector. Su capacidad para mezclar la erudición con un lenguaje popular lo convirtió en un autor accesible, con una retórica que apelaba tanto a los ilustrados como al pueblo llano. A través de estos escritos, denunció las injusticias de la sociedad colonial, la ineficacia del gobierno, la hipocresía de las élites y la opresión del sistema eclesiástico.
Su seudónimo, El Pensador Mexicano, se volvió sinónimo de resistencia intelectual. Aunque adoptaba una voz razonada y didáctica, sus escritos a menudo desafiaban los límites de lo permitido, por lo que sufrió múltiples arrestos, confiscaciones de sus textos y advertencias de censura. En respuesta, perfeccionó el uso de alusiones, sátiras, y dobles sentidos, manteniendo así su mensaje sin exponerse directamente a la persecución.
La narrativa de Lizardi y su dimensión crítica
La obra cumbre de Fernández de Lizardi es, sin duda, El Periquillo Sarniento (1816), considerada por muchos como la primera novela moderna de América Latina. Esta novela de carácter picaresco, inspirada en clásicos como Lazarillo de Tormes, constituye un retrato vívido de la sociedad novohispana en crisis. En ella, el protagonista narra su vida llena de peripecias, errores y aprendizajes, lo que permite a Lizardi desplegar una crítica mordaz contra los vicios de su tiempo: la corrupción, la ignorancia, la avaricia y la hipocresía.
El Periquillo no solo entretiene, sino que educa. Su estructura permite intercalar lecciones morales, reflexiones filosóficas, y propuestas reformistas, lo que hace de la novela un híbrido entre literatura y tratado social. El estilo de Lizardi en esta obra es deliberadamente sencillo, recurriendo a modismos, refranes y un lenguaje coloquial para llegar a un público amplio. Aun así, el texto está plagado de referencias cultas, en latín y castellano clásico, que revelan su sólida formación humanística.
La recepción de la novela fue ambivalente: mientras que el público la celebró por su frescura y relevancia, las autoridades coloniales intentaron prohibirla por su carga subversiva. La obra fue censurada y publicada por entregas, lo que no impidió que circulara ampliamente. Hoy es considerada una obra fundacional de la narrativa mexicana y latinoamericana.
Junto a El Periquillo Sarniento, Lizardi publicó otras novelas significativas como La Quijotita y su prima (1818), que explora la educación femenina y los prejuicios sociales; Noches tristes y días alegres (1818), inspirada en las Noches lúgubres de José Cadalso, y Don Catrín de la Fachenda (1825), una sátira contra la nobleza ociosa. Estas obras, aunque menos conocidas, completan el panorama de un autor preocupado por reflejar la complejidad de su sociedad y proponer caminos de mejora.
Aliados, rivales e influencias intelectuales
El pensamiento de Fernández de Lizardi se nutrió de múltiples fuentes. En el ámbito literario, su estilo bebía de autores como Cervantes, Quevedo, el Arcipreste de Hita y José Cadalso, cuyas ironías y denuncias morales tradujo al contexto novohispano. De la tradición francesa adoptó los postulados de Rousseau, sobre todo en cuanto a la educación y la libertad individual, y de los enciclopedistas la vocación pedagógica y crítica.
En el campo político, simpatizó inicialmente con el modelo monárquico constitucional, como el de las Cortes de Cádiz, al cual dedicó el folleto El Conductor Eléctrico. Sin embargo, con el paso del tiempo, y ante la inestabilidad del nuevo régimen mexicano, se inclinó hacia el federalismo republicano, como queda patente en textos como El Payaso de los Periódicos.
Tuvo también enemigos poderosos. Sus ataques contra la Iglesia conservadora, el ejército español, y las élites criollas, le granjearon numerosas enemistades. Su defensa de la francmasonería y su crítica a la infalibilidad papal provocaron incluso su excomunión. No obstante, Fernández de Lizardi nunca se presentó como enemigo de la religión; por el contrario, defendía una espiritualidad humanista, crítica de los abusos, pero comprometida con los valores morales del cristianismo.
Censura, persecuciones y prisión
El compromiso de Fernández de Lizardi con la verdad y la libertad de prensa le valió una constante vigilancia. Vivió frecuentes arrestos, fue encarcelado varias veces y sus obras sufrieron censura sistemática. Aun así, no dejó de escribir ni de publicar. Para sortear las restricciones, ideó fórmulas ingeniosas: uso de seudónimos, diálogos ficticios, parodias religiosas, y críticas indirectas que el lector podía descifrar fácilmente.
El temor al patíbulo lo llevó, en ocasiones, a realizar concesiones estratégicas. En algunos escritos elogió a ciertos gobernantes o hizo guiños al clero, no por convicción, sino como medio de autoprotección. Estas maniobras le permitieron sobrevivir y seguir escribiendo, aunque no lo libraron de la miseria. La venta de sus periódicos apenas cubría sus gastos, agravados por la manutención de varios pupilos en su hogar.
En su obra, denunció estas dificultades con ironía. En textos como Si dura más el Congreso, nos quedamos sin camisa o Por los gachupines malos han de perecer los buenos, reveló el nivel de desesperación que alcanzaba ante la hipocresía de los diputados y la traición de las élites al proyecto nacional. Su pluma, sin embargo, no perdió la agudeza ni el humor, convirtiéndose en un ejemplo de resistencia intelectual ante la adversidad.
Transformaciones ideológicas
Durante su vida, Fernández de Lizardi pasó por diversas posiciones políticas. Al principio, como muchos criollos ilustrados, defendió la idea de una monarquía constitucional que respetara las libertades civiles. Esta postura está presente en textos como El amigo de la paz y de la patria o Segundo sueño. Sin embargo, la experiencia de los regímenes autoritarios y la caída de Agustín de Iturbide lo empujaron a abrazar el modelo republicano federalista, con mayores garantías para las libertades individuales.
En su vejez, publicó escritos cada vez más radicales, como El Hermano del Perico que contaba la Victoria, en los que alertaba sobre una posible reconquista española, o Conversaciones del Payo y el Sacristán, donde satirizaba la corrupción del clero. A pesar de estas posturas, nunca renunció a su catolicismo personal, sino que lo reinterpretó a la luz de los nuevos tiempos: una religión sin privilegios, adaptada a la modernidad.
En materia social, abogó por la igualdad legal, la eliminación de monopolios, la redistribución de la tierra, y el uso de la lengua castellana como elemento de unidad nacional. Exigió respeto por los derechos civiles de indígenas y afrodescendientes, denunció el juego, la hipocresía, y el egoísmo como males sociales, y propuso medidas concretas para la reforma educativa, agrícola e industrial.
Su obra, en suma, es la de un pensador en evolución, cuya trayectoria refleja las tensiones ideológicas de una nación en formación. A pesar de la adversidad, nunca claudicó en su empeño de educar y formar ciudadanos críticos, libres y responsables.
Últimos años y reconocimiento oficial
Hacia los años finales de su vida, José Joaquín Fernández de Lizardi arrastraba las consecuencias de una existencia entregada al ejercicio constante del pensamiento crítico, a menudo en condiciones de extrema precariedad. A pesar de su renombre como escritor y periodista, su situación económica seguía siendo frágil. Durante casi dos décadas vivió de la venta directa de sus escritos, sin apoyo institucional ni seguridad económica. La tuberculosis, una enfermedad común entre los sectores más empobrecidos, comenzó a debilitarlo físicamente, mientras persistía en su labor editorial y literaria.
En 1824, durante el gobierno de Guadalupe Victoria, primer presidente de México, recibió una modesta pensión con grado de capitán retirado, como forma de reconocimiento oficial a su labor en favor de la nación. Esta medida fue un acto simbólico de reivindicación hacia su figura, y representó una legitimación del papel de los intelectuales y periodistas como actores clave en la construcción del nuevo orden republicano. Un año después, fue designado redactor de la Gaceta del Gobierno, lo que le permitió mejorar ligeramente su situación económica. Sin embargo, estos apoyos llegaron demasiado tarde para cambiar el destino de quien ya estaba gravemente enfermo.
El 21 de junio de 1827, falleció en su ciudad natal, víctima de la tuberculosis. Murió en la pobreza, rodeado de los pupilos que había acogido, sin haber logrado una verdadera estabilidad material, pero con la certeza de haber dejado una obra monumental. Su muerte marcó el fin de una época, pero el inicio de su consagración como figura central en la historia intelectual y literaria de México.
Recepción e impacto en su tiempo
Durante su vida, Fernández de Lizardi fue un personaje controvertido pero influyente. Su estilo accesible y su voluntad de formar lectores críticos le valieron una recepción entusiasta entre los sectores ilustrados y el pueblo lector. Sus periódicos circulaban en plazas, mercados y calles, leídos en voz alta para quienes no sabían leer. Esta estrategia amplificó su impacto social y lo convirtió en una voz reconocida y temida.
Para las autoridades virreinales, tanto coloniales como eclesiásticas, Lizardi era un personaje incómodo. No solo por sus críticas explícitas, sino por su capacidad para llegar a grandes audiencias con ideas que cuestionaban el orden establecido. Fue tachado de subversivo, hereje y traidor, aunque también encontró respaldo entre ciertos sectores reformistas que veían en él a un defensor de los valores republicanos y cristianos más nobles.
En sus escritos más polémicos, como Defensa de los francmasones o El Unipersonal del arcabuceado, atacó los dogmas más férreos de su época, proponiendo alternativas modernizadoras. Estos textos generaron respuestas airadas desde la Iglesia y los grupos conservadores, pero también consolidaron su estatus como intelectual comprometido.
Sin embargo, su figura también generó recelos entre algunos sectores liberales. Su tendencia a realizar concesiones estratégicas, y sus cambios de postura en algunos temas, han sido interpretados por algunos críticos como signos de ambigüedad ideológica. No obstante, la mayoría de los estudiosos coinciden en que tales cambios respondieron más a las circunstancias adversas que a una falta de coherencia personal. En última instancia, su vida fue una constante lucha por equilibrar la supervivencia con el idealismo reformador.
Revalorizaciones posteriores
Durante el siglo XIX, la figura de Lizardi fue en gran medida eclipsada por el auge del romanticismo y las narrativas heroicas de la independencia. Sin embargo, a partir del siglo XX, comenzaron a surgir estudios críticos y ediciones académicas que permitieron revalorar su legado. La obra pionera de Jefferson Rea Spell, The Life and Works of José Joaquín Fernández de Lizardi (1931), fue clave para posicionarlo como precursor de la novela moderna en América Latina.
A partir de la década de 1960, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) emprendió un ambicioso proyecto editorial para recopilar toda su obra. El resultado fue la publicación de doce volúmenes que incluyen sus novelas, periódicos, folletos, poemas y piezas teatrales. Esta colección, a cargo de destacados académicos como Jacobo Chencinsky, Luis Mario Schneider y M. Rosa Palazón Mayoral, permitió al público y a la comunidad académica acceder a la riqueza de un pensamiento multifacético, agudo y profundamente arraigado en la realidad social de su tiempo.
Hoy, su obra es objeto de análisis en universidades de todo el mundo, y su novela El Periquillo Sarniento se estudia como texto fundacional no solo por su forma, sino por su contenido pedagógico y transformador. Críticos como James Mackegney han destacado el carácter polémico de su producción, en la que el humor sirve como herramienta de desobediencia y resistencia. El enfoque intertextual y el uso de múltiples géneros convierten su obra en una fuente inagotable de estudio.
Legado duradero y temas centrales de su pensamiento
La herencia intelectual de Fernández de Lizardi se proyecta en múltiples campos. En primer lugar, su defensa de la educación popular como eje de desarrollo nacional sentó las bases para las reformas educativas posteriores. Sus propuestas sobre el sistema lancasteriano, la igualdad educativa entre sexos, y la formación de ciudadanos críticos anticiparon debates pedagógicos que continuarían durante el siglo XIX y más allá.
En el ámbito político, fue un defensor temprano de la igualdad ante la ley, la libertad de prensa, y la limitación de los privilegios clericales y aristocráticos. Su visión de una república laica, federal y productiva colocó al ciudadano como sujeto central de la vida política. A la vez, propuso reformas económicas que abogaban por el impulso de la industria local, la redistribución del capital, y el aprovechamiento de los recursos naturales para el bien común.
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MCN Biografías, 2025. "José Joaquín Fernández de Lizardi (1776–1827): El Pensador Mexicano que Forjó la Conciencia Crítica de una Nación". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/fernandez-lizardi-jose-joaquin [consulta: 18 de febrero de 2026].
