Ángel Teruel Peñalver (1950–VVVV): Un Torero de Elegancia y Resiliencia en la Tauromaquia Española
Ángel Teruel Peñalver (1950–VVVV): Un Torero de Elegancia y Resiliencia en la Tauromaquia Española
La vida de Ángel Teruel Peñalver, nacido el 20 de febrero de 1950 en el madrileño barrio de Embajadores, es una de las narrativas más singulares y sorprendentes de la historia del toreo español. A pesar de una carrera llena de altibajos, su nombre quedó inscrito en la memoria de la afición por su estilo distintivo, su imponente presencia ante los toros y su capacidad para lidiar con reses complicadas. Desde su temprana adolescencia, la afición taurina que lo caracterizó se reveló como el motor de su destino, llevando al joven Ángel a enfrentarse con el exigente mundo de la tauromaquia de forma precoz y con una seriedad que en muchos casos presagiaba su futuro como figura del toreo.
Primeros Pasos y Ascenso Acelerado
Desde su infancia en Embajadores, un barrio de gran tradición taurina, Ángel Teruel mostró una vocación temprana por el toreo. Influenciado por la cercanía de la plaza de toros de Vista Alegre y el entorno cultural de Madrid, el joven Teruel comenzó a formarse en el mundo del toreo, participando en las llamadas «Corridas de la Oportunidad», un ciclo de festejos destinados a impulsar a los novilleros. Fue en estos eventos, celebrados en la plaza madrileña, donde Teruel se dio a conocer por su estilo pulido y su capacidad para lidiar con las reses más difíciles.
A los 16 años, el joven matador ya estaba mostrando habilidades que no pasaron desapercibidas en los círculos taurinos, lo que permitió que su carrera tomara un despegue meteórico. Ángel Teruel hizo su debut en la plaza de Vista Alegre el 19 de mayo de 1966, en una novillada sin picadores, y en la temporada de 1967, con tan solo 17 años, ya estaba actuando en una veintena de novilladas. Su precoz debut con picadores, el 22 de enero de 1967 en la plaza de Fuengirola, marcó el inicio de su carrera profesional, y antes de que terminara ese año ya había debutado con una alternativa en la plaza de Burgos el 30 de julio de 1967.
La Confirmación y Ascenso
A pesar de su meteórica progresión, el éxito de Ángel Teruel estuvo lejos de ser inmediato y sin problemas. Tras su alternativa, los años siguientes fueron de constante esfuerzo y dedicación, en los que se enfrentó a diversos obstáculos, tanto en el plano personal como en el profesional. En 1969, Teruel logró el reconocimiento al cortar orejas en su debut en la Plaza de Las Ventas de Madrid, un hito importante en su carrera. Aquel 12 de mayo de 1969, hizo una brillante actuación, cortando una oreja a su primer toro y dos a su segundo, lo que le permitió salir por la Puerta Grande de la Plaza de Toros de Madrid, un logro que consolidó su presencia en la élite del toreo español.
A partir de ese momento, su carrera despegó aún más. En 1970, tras sufrir una herida importante por una vaquilla, su trayectoria profesional se desaceleró, lo que se reflejó en una reducción de contratos. Sin embargo, la temporada de 1974 marcó un regreso triunfal a los ruedos. Fue entonces cuando Ángel Teruel comenzó a mostrarse más sereno y maduro en su toreo, lo que le permitió consolidarse como uno de los matadores más completos de su época. El cambio en su estilo fue evidente: su toreo pasó a ser más profundo y sólido, ganando reconocimiento en plazas de prestigio, como las de Vitoria, Gijón, Bilbao y Zaragoza.
El Reconocimiento y la Consagración
La verdadera consagración de Ángel Teruel llegó en 1976, durante el ciclo isidril en Madrid. Ese año, no solo cortó una oreja a un toro de Miura, sino que, en su segunda visita a Las Ventas, cortó tres orejas en una tarde memorable, donde rivalizó con otro gran torero de la época, Paco Camino. Estos triunfos fueron el punto culminante de una temporada de ensueño que incluyó 75 corridas en las principales plazas de España. En este período, Ángel Teruel alcanzó su madurez como torero, y su estilo sereno y profundo lo convirtió en uno de los matadores más aclamados del momento.
En la temporada de 1977, Teruel sufrió una grave cogida en Lima, pero su regreso a España no estuvo exento de más desgracias. En esa temporada, sufrió varias cogidas que amenazaron su salud y su carrera. No obstante, su espíritu luchador y su afición al toreo lo llevaron a seguir toreando, incluso después de sufrir graves lesiones. En 1978, logró otra gran recuperación, toreadando en 57 ocasiones, y en 1979, alcanzó la misma cifra, destacando en festividades importantes como las Fallas de Valencia.
La Tragedia y la Retirada
A lo largo de los años, la suerte no fue siempre favorable para Ángel Teruel. En 1981, sufrió una grave cornada en un festival benéfico en Segovia, lo que afectó notablemente su carrera. A pesar de la adversidad, Teruel continuó con su compromiso profesional, y ese mismo año volvió a demostrar su habilidad en Madrid, participando en las festividades de San Isidro y en el festejo del 50º aniversario de la Plaza de Las Ventas. Sin embargo, tras un nuevo parón en su carrera, el 22 de marzo de 1983, reapareció en Almendralejo donde cortó una oreja, pero la fatiga y las heridas acumuladas en su carrera lo llevaron a anunciar su retirada definitiva en 1984.
Ángel Teruel se retiró a los 34 años, tras una carrera que duró 17 años, en los cuales vivió los altibajos más intensos que un matador puede experimentar. Sin embargo, dejó un legado importante en la afición taurina, especialmente en Madrid, donde fue reconocido como uno de los matadores más destacados de su generación.
En el Madrid de la década de los 50 y 60, el ambiente taurino era vibrante, cargado de historia y de una tradición que se transmitía de generación en generación. La ciudad era un hervidero de aficionados al toreo, y las calles de barrios como Embajadores se impregnaban de esa atmósfera. Madrid, la capital de España, vivía con pasión la tradición de la tauromaquia, y las plazas de toros no solo eran lugares de espectáculo, sino también de conversación, de cultura y de encuentro. En este contexto nació Ángel Teruel, un niño cuya vocación por los toros fue evidente desde muy temprana edad.
Las corridas de toros en esos años estaban dominadas por grandes figuras como Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, que consolidaban el toreo como un arte en constante evolución. Sin embargo, la llegada de nuevos valores como Palomo Linares o Niño de la Capea iba a marcar un cambio en la escena taurina, y Ángel Teruel, desde su barrio madrileño, sería parte de esa transformación. El joven, que creció escuchando historias de toreros y viendo el bullicio de las plazas, encontró en el toreo no solo un juego, sino una vocación firme y decidida.
Ángel Teruel Peñalver nació en un entorno humilde en el barrio de Embajadores, una zona popular y castiza de Madrid, el 20 de febrero de 1950. El ambiente de este barrio era, como muchos otros en Madrid, muy cercano al mundo de los toros. Aunque la familia de Teruel no tenía una tradición taurina en su linaje, el entorno en el que creció estaba imbuido de la cultura de la fiesta brava. En aquellos años, el toreo era uno de los elementos más significativos de la identidad madrileña, y la proximidad a las plazas de toros, como la de Vista Alegre, hizo que el joven Ángel sintiera una fascinación por el mundo taurino desde sus primeros años.
Creciendo en una familia modesta, Ángel Teruel no contó con grandes recursos, pero sí con una fuerte pasión por los toros que le permitió superar las dificultades de su entorno. En lugar de alejarse de la tradición, se acercó a ella con la determinación de los grandes. A los pocos años de nacer, el pequeño Ángel ya estaba mostrando interés por los toros, acompañado de la influencia del ambiente circundante. Los primeros pasos hacia su carrera profesional fueron dados en una ciudad que, además de su ambiente taurino, ofrecía las posibilidades para que los jóvenes pudieran formarse en la dura y selectiva práctica del toreo.
Formación académica, intelectual o espiritual
A pesar de las limitadas posibilidades económicas, el joven Ángel Teruel tenía una clara vocación por el mundo del toreo, y su formación no solo fue taurina, sino también espiritual y mental. Durante su adolescencia, comenzó a tomar lecciones en el Escuela Taurina de Madrid, uno de los semilleros más destacados de la época, donde no solo se formaban los jóvenes en la técnica del toreo, sino que también se les inculcaba la disciplina y la paciencia necesarias para llegar a ser matadores de toros. La Escuela Taurina de Madrid se convirtió en un paso esencial en su formación, proporcionando un espacio donde Teruel pudiera aprender de los más experimentados y desarrollar su estilo, que sería definido por su elegancia y temple.
Además de su técnica, Ángel Teruel mostró una gran capacidad de adaptación frente a las diversas circunstancias que la tauromaquia le deparaba, lo que lo definió como un torero con una madurez precoz. Su formación no fue solo técnica, sino también emocional y espiritual, ya que la tauromaquia exige no solo habilidad, sino también control emocional ante la vida y la muerte, el peligro constante y la presión del público. La sensibilidad de Teruel frente al toro y su capacidad para dominar sus emociones frente a la bestia marcaron una de las características que lo hicieron destacar como torero.
Primeras decisiones, experiencias o conflictos que marcaron su camino
Ángel Teruel dio el primer paso hacia su carrera taurina cuando, aún en plena adolescencia, comenzó a participar en las conocidas «Corridas de la Oportunidad». Estos festejos, celebrados principalmente en el coso de Vista Alegre, eran una plataforma para los novilleros jóvenes que intentaban hacerse un nombre en el mundo del toreo. Era el escenario ideal para aquellos que buscaban demostrar su valía, y Teruel no pasó desapercibido. La afición comenzó a hablar de su nombre, pues a tan corta edad, ya mostraba una gran madurez y destreza en el ruedo.
Teruel comenzó a cosechar triunfos en estas novilladas, lo que le permitió adquirir una considerable notoriedad en el mundillo taurino. Sin embargo, esta rapidez en su ascenso trajo consigo ciertos riesgos. Algunos expertos en la tauromaquia consideraban que la exposición tan temprana de Teruel podía resultar contraproducente, ya que la presión del éxito podría haber sido demasiado grande para un joven de su edad. No obstante, Ángel Teruel no se dejó deslumbrar por la fama y siguió su camino con una disciplina y un compromiso inquebrantables.
A los 16 años, Teruel debutó oficialmente con novillos en Vista Alegre, lo que abrió las puertas a una nueva etapa de su carrera, esta vez, ya con los picadores en los ruedos. Su debut en 1966 fue una señal clara de que el joven madrileño tenía un futuro brillante en el toreo, aunque también sería un camino lleno de altibajos y retos. Ángel Teruel comenzó a hacerse un nombre entre los novilleros y su apoderado, Luis Dominguín, decidió apurar los tiempos para lanzar a Teruel a la arena más grande: la alternativa.
Desarrollo profesional y primeros logros
Con su alternativa tomada en la plaza de Burgos en 1967, Ángel Teruel se enfrentaba a la tarea de consolidarse como matador de toros en un momento de su vida en el que ya había logrado una exposición significativa, pero también se encontraba ante el desafío de mantener el nivel de éxito en un mundo tan competitivo como el de la tauromaquia. Para ello, Teruel no solo contaba con su técnica y su temple ante el toro, sino también con una gran ambición y una capacidad para adaptarse a los retos del toreo, lo que le permitió brillar desde sus primeras actuaciones como matador.
El 30 de julio de 1967, en la plaza de Burgos, Ángel Teruel dio el primer paso para consagrarse en la élite del toreo. En una jornada que quedaría en la memoria de los aficionados, Teruel lidió a su primer toro de alternativa con una destreza impresionante. El toro, llamado Cazuela, de la ganadería de Agustina López Flores, fue enfrentado por Teruel en una faena que se destacó por su seguridad, su temple y su capacidad para enfrentarse con una res de gran envergadura. Pero fue en el segundo toro de la tarde, marcado con el hierro de la ganadería de Amelia Pérez Tabernero, donde Teruel realmente hizo estallar la plaza con una faena de alto nivel, consiguiendo cortar las dos orejas y el rabo. Este triunfo en Burgos consolidó a Ángel Teruel como una de las promesas más firmes del toreo español.
Con una carrera en auge, los años posteriores fueron clave para que Ángel Teruel se estableciera como figura dentro del circuito taurino. En 1969, con solo 19 años, Teruel hizo su debut en la Plaza de Las Ventas, el escenario más prestigioso de España. El 12 de mayo de 1969, la plaza de Madrid vivió una jornada histórica cuando Ángel Teruel salió por la Puerta Grande, un símbolo de éxito que todo torero ansía alcanzar. Tras cortar una oreja al primero y dos orejas al segundo toro, la afición de Madrid se rindió ante su toreo elegante y temerario al mismo tiempo. Esta actuación significó el verdadero comienzo de su consolidación en el ámbito taurino y le permitió entrar en el círculo de los matadores más destacados de la época.
La temporada de 1970: El primer frenazo
A pesar de sus éxitos, la carrera de Ángel Teruel experimentó un parón inesperado en 1970. Después de haber sido herido por una vaquilla el 11 de julio de ese año, su temporada se vio reducida a solo 48 actuaciones. Esta lesión, aunque menos grave que otras que vendrían más tarde, marcó el inicio de una serie de altibajos que afectarían la continuidad de su carrera. En gran medida, los problemas de Teruel en esta etapa fueron el resultado de una mala gestión de su apoderamiento, que no supo manejar correctamente los compromisos y las oportunidades del joven torero.
El apoderamiento de Ángel Teruel pasó a estar bajo la dirección de los Dominguín, una familia influyente dentro del mundo taurino, que intentó llevar al matador madrileño a las primeras plazas del país. Sin embargo, los desacuerdos con los empresarios taurinos y la falta de una estrategia a largo plazo ocasionaron que, a pesar de su evidente talento, Teruel no pudiera acceder a los escenarios más prestigiosos del momento. En 1971, su participación en las corridas se limitó a apenas 18 festejos, lo que subrayó la dificultad para que el torero de Madrid se abriera paso en un circuito tan cerrado y competitivo.
La reapertura de la carrera: 1974
Sin embargo, la afición taurina nunca dejó de mirar con interés el nombre de Ángel Teruel. El torero no dejó que los obstáculos de la vida lo desanimaran y, con el paso del tiempo, fue capaz de adaptarse a las circunstancias de su profesión. En 1974, tras un tiempo de reflexión y reposo, Ángel Teruel regresó a los ruedos con un estilo renovado. Esta nueva fase de su carrera se caracterizó por un toreo más reposado, más meditativo, que mostraba una madurez nacida de las dificultades que había enfrentado.
Ese año, Ángel Teruel sumó 23 corridas a su calendario, destacando en plazas del norte de España como Vitoria, Gijón, Bilbao y Zaragoza, donde logró grandes triunfos. Lo que parecía ser una carrera en declive, se transformó en una segunda oportunidad, en la que Teruel demostró que el tiempo de inactividad le había servido para adquirir una profundidad en su toreo que le permitió enfrentar a reses difíciles con una técnica más madura y serena. Esta nueva faceta le permitió ganarse un reconocimiento renovado por parte de la crítica y el público, que valoraron su capacidad para lidiar con los toros más ásperos.
El giro hacia la madurez: 1975
La temporada de 1975 marcó el regreso definitivo de Ángel Teruel a la cima del toreo español. En este año, su toreo alcanzó la perfección. Su faena en la Real Maestranza de Sevilla, donde cortó una oreja el 12 de abril, fue una muestra de su dominio del arte taurino. Ángel Teruel encontró, en su madurez, la serenidad que su carrera necesitaba para consolidarse como un torero de primera línea. A su regreso a la Plaza de Las Ventas en Madrid, el 22 de mayo, cortó nuevamente una oreja, lo que le permitió afianzarse como una de las figuras más destacadas de la temporada.
Su toreo en este período se distinguió por un estilo sólido y profundo, lo que le permitió brillar en un año en el que las comparaciones con otros toreros de su misma generación, como Francisco Camino Sánchez («Paco Camino»), eran inevitables. Teruel fue considerado un verdadero maestro con el capote y la muleta, logrando una simbiosis perfecta con el toro. Esta transformación de su toreo marcó un hito importante en su carrera y cimentó su posición entre los grandes del toreo.
Etapa de consolidación: 1976-1977
A mediados de la década de 1970, Ángel Teruel se encontraba en la cúspide de su carrera, consolidado como uno de los grandes matadores de toros de su época. La temporada de 1976 fue un año clave para su trayectoria, en la que no solo alcanzó el reconocimiento absoluto de la crítica, sino que también se afianzó como una de las figuras más relevantes del toreo en Madrid, la plaza más exigente del mundo. El ciclo isidril de ese año representó el clímax de su carrera, con dos triunfos rotundos en la Plaza de Las Ventas.
El 24 de mayo de 1976, Ángel Teruel vivió una de las tardes más gloriosas de su carrera. Ese día, en su segunda aparición de la temporada en la feria de San Isidro, Teruel deslumbró a la afición madrileña con una actuación que le valió cortar tres orejas. Su faena fue destacada por su temple, su serenidad y una profunda conexión con el toro. Ese mismo día, el torero sevillano Paco Camino obtuvo una actuación igualmente sobresaliente, lo que generó una competencia sana entre los dos matadores, pero al final, fue Ángel Teruel quien se llevó la ovación más fuerte de la tarde. Este éxito consolidó su figura y le permitió seguir en la élite del toreo español.
Gracias a estos triunfos, Ángel Teruel se vio respaldado por una agenda profesional impresionante, y en 1976 toreó un total de 75 corridas. Este éxito también se extendió al ámbito internacional, pues, tras su temporada en España, Teruel se trasladó a Hispanoamérica, donde su nombre ya era sinónimo de éxito y respeto. Sin embargo, en noviembre de 1976, durante una corrida en Lima, Perú, Ángel Teruel sufrió una grave cornada que lo apartó de los ruedos por un tiempo. Esta herida, que fue una de las muchas que marcaron su carrera, retrasó su regreso, pero no logró frenar su determinación.
El regreso y las complicaciones: 1977
A pesar de los reveses de salud, Ángel Teruel regresó a los ruedos en 1977, año en el que su carrera experimentó una nueva serie de altibajos. En su regreso a España, tras haberse recuperado de la cogida en Lima, Teruel tuvo una temporada de pocos festejos. El año comenzó con fuerza en Sevilla y Madrid, donde volvió a medirse con los temidos toros de Miura, conocidos por su peligrosidad y su dificultad para ser dominados. Sin embargo, la fatalidad volvió a acechar al torero de Embajadores. El 29 de junio de 1977, en Burgos, sufrió una nueva cornada que, aunque no lo dejó fuera de los ruedos de forma definitiva, marcó un punto de inflexión en su carrera.
Las lesiones se acumularon, y el mismo destino le jugó una mala pasada cuando, el 19 de julio de 1977, Ángel Teruel volvió a caer herido en Mont-de-Marsan, Francia, y más tarde en Aranda de Duero el 11 de septiembre. La gravedad de sus heridas hizo que el torero de Embajadores se viera obligado a interrumpir su temporada de manera definitiva. Este periodo de lesiones graves dejó huella en su físico y en su moral, y aunque Teruel nunca abandonó su pasión por el toreo, su salud ya no le permitía mantener el ritmo de las temporadas anteriores.
La madurez y el desgaste: 1978-1980
A pesar de los reveses que sufrió, Ángel Teruel nunca dejó de luchar por mantenerse en la cima del toreo español. En 1978, aunque sus actuaciones se redujeron, logró torear 57 corridas, cifra que se repitió en 1979. En esos años, su estilo se maduró aún más, alcanzando una perfección técnica que lo convirtió en uno de los toreros más respetados de la época. Carlos Abella, un crítico taurino de renombre, destacó el toreo de Ángel Teruel en términos elogiosos, describiéndolo como un «torero fino, elegante» con un «trincherazo maestro» y un «natural largo y templado», convirtiéndolo en uno de los grandes exponentes de la tauromaquia de su tiempo.
Sin embargo, las secuelas físicas de las numerosas cornadas sufridas comenzaron a pesar sobre su cuerpo y su mente. En 1980, la cifra de corridas descendió a 41, y aunque continuó obteniendo elogios de la crítica especializada, su ritmo de actividad ya no era el mismo que en sus años de mayor apogeo. Ángel Teruel había alcanzado una madurez en su toreo que le permitió disfrutar de un estilo más profundo y controlado, pero también comenzó a sentir el desgaste de una vida dedicada al toreo.
El principio del fin: 1981
El año 1981 representó el último gran obstáculo en la carrera de Ángel Teruel. En abril de ese año, un novillo le asestó una grave cornada en el festival benéfico celebrado en Segovia, lo que marcó el principio de su retirada. A pesar de ello, Ángel Teruel luchó por seguir en activo y toreó en algunas plazas de renombre, como en el ciclo de San Isidro en Madrid. Sin embargo, las secuelas de las lesiones anteriores se hicieron cada vez más evidentes, y la fatiga acumulada se hizo insostenible para un torero de su categoría.
Últimos años y retirada definitiva: 1982-1984
La temporada de 1982 fue el preludio de la despedida de Ángel Teruel de los ruedos. Tras un año de inactividad que ya dejaba entrever su agotamiento físico y emocional, el torero madrileño decidió hacer un último intento por mantener viva su carrera. El 22 de marzo de 1983, volvió a enfundarse el traje de luces en Almendralejo, Badajoz, donde, con su estilo elegante y profundo, cortó una oreja a un toro de la ganadería de Diego Garrido. Sin embargo, su reaparición fue fugaz, y solo toreó dieciséis tardes a lo largo de ese año, marcando ya un descenso en su participación en la temporada taurina.
La retirada definitiva de Ángel Teruel fue consecuencia de su constante lucha contra las lesiones que marcaron su vida profesional. Durante la campaña de 1984, Teruel volvió a enfrentarse con el toro en Las Ventas, en Madrid, pero sufrió una nueva cornada en el glúteo que, sumada a las ya sufridas anteriormente, lo hizo reflexionar sobre su futuro. A pesar de seguir siendo un torero de gran calidad y respeto, las secuelas físicas, junto con el desgaste mental y emocional, lo llevaron a tomar la decisión de retirarse de manera definitiva del toreo a la edad de 34 años.
Aunque su retirada fue prematura, ya que muchos pensaban que aún tenía mucho que ofrecer, Ángel Teruel sabía que era el momento de abandonar la arena antes de que sus limitaciones lo forzaran a dejar de ser el torero que había sido. En su adiós a los ruedos, dejó un legado muy significativo en la historia de la tauromaquia española.
Percepciones contemporáneas y recepción histórica
A lo largo de su carrera, Ángel Teruel siempre fue un torero admirado por su elegancia, su capacidad para torear con temple y su habilidad para enfrentarse a reses complicadas, algo que pocos toreros de su generación lograron con tanta maestría. A pesar de los vaivenes de su carrera, los aficionados siempre lo consideraron un torero muy completo. Teruel fue elogiado por su capacidad para conectar con el público madrileño, especialmente en la Plaza de Las Ventas, donde logró grandes triunfos que marcaron su carrera y solidificaron su lugar entre los grandes matadores de la época.
Su estilo, considerado por algunos como «fino» y «elegante», fue una de sus características más distintivas. Aunque hubo quien lo tildó de amanerado en sus primeras etapas, el paso del tiempo permitió a la crítica reconocer su evolución hacia un toreo más profundo y asentado. En particular, su manejo del capote, su dominio del trincherazo y su natural largo y templado fueron aspectos que lo hicieron destacar y que fueron apreciados por la crítica especializada.
En cuanto a su legado, Ángel Teruel es recordado como uno de los toreros de su generación que, a pesar de no tener una trayectoria ininterrumpida llena de éxitos rotundos, supo dejar una huella importante en el toreo. Su paso por Madrid, su capacidad para enfrentarse a los toros más difíciles y su madurez a lo largo de su carrera lo convierten en un personaje que siempre será recordado con cariño y respeto por los aficionados.
Reinterpretaciones posteriores y legado duradero
Aunque la carrera de Ángel Teruel no fue tan prolífica como la de otras grandes figuras del toreo, su impacto en el mundo taurino ha sido duradero. Su estilo refinado y su capacidad para torear con profundidad lo hicieron muy querido por los aficionados que lo vieron actuar. En Madrid, donde siempre fue muy apreciado, Teruel dejó una marca indeleble. Su paso por la Puerta Grande de Las Ventas, especialmente en su confirmación de alternativa y sus triunfos posteriores, quedará para siempre en la memoria de los aficionados como uno de los momentos más representativos de la tauromaquia en la segunda mitad del siglo XX.
El retiro de Ángel Teruel a una edad temprana dejó un sabor agridulce en muchos de sus seguidores, que lamentaron que su carrera se viera truncada por las lesiones. Sin embargo, en su retirada, el torero dejó un legado de serenidad, temple y elegancia que pocos en el toreo lograron transmitir con tanta naturalidad. Además, su paso por el toreo fue testimonio de la lucha constante contra las adversidades, tanto personales como profesionales, lo que convierte su historia en un ejemplo de perseverancia y pasión por el arte del toreo.
El cierre de su carrera, aunque breve, fue definitivo, y Ángel Teruel se retiró con la satisfacción de haber sido un torero admirado por su capacidad técnica, su profundo conocimiento del toro y su elegancia en la plaza. A pesar de los obstáculos que sufrió, el nombre de Ángel Teruel permanece como una figura clave en la historia de la tauromaquia española.
MCN Biografías, 2025. "Ángel Teruel Peñalver (1950–VVVV): Un Torero de Elegancia y Resiliencia en la Tauromaquia Española". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/teruel-pennalver-angel [consulta: 7 de febrero de 2026].
