Félix María Samaniego (1745–1801): El Fabulista Ilustrado que Transformó la Literatura Didáctica Española
Raíces nobles, formación ilustrada y despertar intelectual
Un entorno ilustrado en la Laguardia del siglo XVIII
Orígenes familiares y nobleza vasca
Félix María Samaniego nació en 1745 en Laguardia, pequeña villa de la provincia de Álava, en el corazón del País Vasco. Su cuna fue una familia de profunda raigambre nobiliaria, ligada tanto al poder económico como a los ideales culturales de la época. Nació como uno de los nueve hijos del matrimonio, en un hogar que combinaba la tradición conservadora con el germen de los nuevos vientos ilustrados que soplaban desde Francia. Este linaje le permitió crecer en un ambiente donde la educación humanista y el contacto con la alta sociedad vasca serían pilares esenciales en su desarrollo.
Infancia, primeras enseñanzas y tutelaje de Gaspar Calvo
La formación inicial del joven Samaniego fue confiada al cuidado de Gaspar Calvo, preceptor privado que, en el domicilio familiar, le enseñó lectura, escritura, gramática y matemáticas. Este enfoque doméstico, centrado en la instrucción básica, respondía al celo formativo de su padre, quien comprendía el valor estratégico de la educación en una familia noble. Tras esta primera etapa, el muchacho ingresó en la Escuela de Gramática de Laguardia, donde profundizó en lenguas clásicas y humanidades, sentando las bases del estilo y la cultura literaria que años más tarde caracterizarían su obra.
Estudios en Francia: Bayona y Burdeos y la influencia cultural francesa
En 1758, con tan solo trece años, Samaniego fue enviado a Bayona y posteriormente a Burdeos, siguiendo una costumbre común entre los hijos de las elites vascas: formarse en los colegios jesuitas franceses, considerados en la época como centros de excelencia académica. Aunque no alcanzó una erudición profunda, su estancia en Francia fue decisiva. Allí entró en contacto con la cultura ilustrada, el pensamiento racionalista y la literatura satírica que le marcaría de por vida. La figura de Jean de La Fontaine, cuyas fábulas conoció y admiró, se convertiría en un referente esencial. Su educación francesa le dotó de una sensibilidad particular hacia los valores del Siglo de las Luces, y también de una actitud crítica y aguda frente a la tradición española.
Regreso a Laguardia y los primeros pasos hacia la vida intelectual
Hacia el curso 1763-64, Samaniego regresó a España, concretamente a Laguardia. Aunque no asumió funciones laborales concretas—pues su padre seguía administrando las propiedades familiares—, este periodo fue clave para su consolidación como figura intelectual. Comenzó a frecuentar las tierras guipuzcoanas de Azcoitia, Azpeitia y Vergara, zonas en las que residían sus tíos maternos, entre ellos los condes de Peñaflorida, personajes decisivos en el auge de la Ilustración vasca. Fue en este entorno donde su vida dio un giro hacia el pensamiento reformista y la acción cultural colectiva.
En la órbita de la Ilustración Vascongada
La figura del conde de Peñaflorida y el círculo ilustrado
Uno de los personajes clave en la vida de Samaniego fue su tío político, Xavier María de Munibe, conde de Peñaflorida, figura central en el movimiento ilustrado español. En 1764, el conde proyectó la creación de una entidad que impulsara la educación, el progreso técnico y la modernización moral del País Vasco: la Sociedad Patriótica Bascongada de Amigos del País. Inspirada en modelos europeos como las academias francesas o los círculos reformistas italianos, la Sociedad pretendía ser un laboratorio de ideas para una nueva España. Samaniego colaboró activamente en su fundación, aportando su entusiasmo juvenil, su formación francesa y su compromiso con la pedagogía.
Fundación y espíritu de la Sociedad Bascongada de Amigos del País
La Sociedad Bascongada, fundada oficialmente en 1765, fue una de las primeras organizaciones ilustradas españolas que promovía el saber útil, el cultivo de las ciencias y el perfeccionamiento de la agricultura, el comercio y la educación. En este contexto, Samaniego encontró una plataforma ideal para desarrollar sus inquietudes. No era un teórico, sino un hombre práctico: creía en la educación como herramienta de transformación social. Desde sus primeros escritos hasta sus acciones en instituciones educativas, su trabajo reflejaría ese ideal ilustrado de unir placer y conocimiento, razón y emoción, belleza y utilidad.
Matrimonio con Manuela Salcedo y vida rural en La Escobosa
En 1767, contrajo matrimonio con Manuela Salcedo, joven bilbaína con la que compartió una vida sin descendencia pero marcada por la estabilidad doméstica. Vivieron principalmente en Laguardia, aunque pasaban largas temporadas en la finca familiar de La Escobosa, lugar de retiro donde Samaniego hallaba inspiración, tranquilidad y el contacto directo con la naturaleza que tanto apreciaba. Este estilo de vida, alejado de los centros de poder pero no exento de inquietudes intelectuales, le permitió concentrarse en la escritura y en sus relaciones epistolares con otros ilustrados.
Activismo ilustrado y cargo como alcalde de Tolosa
Pese a su carácter más bien retraído y amante del sosiego, Samaniego no se desentendió del servicio público. En 1775, fue nombrado alcalde de Tolosa, localidad en la que había heredado diversas propiedades. Aunque el cargo tenía un carácter más simbólico que ejecutivo, le permitió continuar colaborando con la Sociedad Bascongada desde una posición más institucional. Su principal contribución fue su participación activa en la creación del Real Seminario Bascongado de Vergara, fundado en 1776, proyecto educativo ambicioso que aspiraba a formar a la juventud vasca bajo los principios del reformismo ilustrado. Samaniego fue director del Seminario en dos ocasiones (1780 y 1782), y fue precisamente en este entorno educativo donde nacerían sus célebres Fábulas, pensadas originalmente como herramienta didáctica para los alumnos del centro.
Entre fábulas, controversias y crítica neoclásica
El fabulista y su vocación pedagógica
El Colegio de Vergara y el impulso educativo
El Real Seminario Bascongado de Vergara, inaugurado en 1776, representaba un ideal ilustrado: combinar saberes científicos y humanísticos en un espacio educativo moderno. Félix María Samaniego, en su rol de director del centro en dos etapas (1780 y 1782), se convirtió en un pilar de este proyecto pedagógico. Su objetivo era formar jóvenes no solo en conocimientos, sino en valores morales y estéticos acordes con la razón ilustrada. En este contexto, sintió la necesidad de dotar a los estudiantes de una herramienta literaria eficaz para transmitir enseñanzas éticas de forma amena. De esa aspiración surgiría su obra más célebre: las Fábulas en verso castellano.
Publicación de las Fábulas y su estética neoclásica
En 1781, publicó el primer volumen de sus Fábulas, seguido de un segundo en 1784, organizados en nueve libros con un total de 157 composiciones. Estas piezas, aunque breves, condensaban la esencia del pensamiento neoclásico: la enseñanza mediante el arte. Inspirado en el principio horaciano de docere et delectare (“enseñar deleitando”), Samaniego logró lo que pocos autores de su tiempo: popularizar la poesía didáctica sin perder profundidad ni elegancia.
El uso del verso fue esencial: la musicalidad de la silva (combinación de heptasílabos y endecasílabos) y otras formas métricas como serventesios o décimas dotaban al texto de una cadencia rítmica accesible, apta para ser memorizada por jóvenes. Pero más allá del aspecto formal, las fábulas ofrecían diálogos animados, personajes animales con rasgos humanos, y moralejas contundentes, que reflejaban tanto la moral ilustrada como una lectura aguda de la sociedad de su tiempo.
Influencias de Esopo, Fedro y La Fontaine
Samaniego no inventó el género, pero lo revitalizó con estilo propio. Bebió de las fuentes clásicas como Esopo y Fedro, y encontró en Jean de La Fontaine un modelo moderno a seguir. Sin embargo, no se limitó a imitar: sus fábulas están imbuidas de un lenguaje más próximo, con referencias locales, dichos populares y una gracia expresiva que lo alejaban del tono elevado o distante de otros fabulistas. Su intención era clara: no escribir para la élite culta, sino para un público más amplio, incluidos los niños, que eran el blanco directo de su pedagogía.
La moraleja, estilo y recepción de su obra moralizante
La estructura tradicional de las fábulas de Samaniego es clara: se presenta un conflicto entre animales-personajes con valores contrapuestos (astucia frente a ingenuidad, laboriosidad frente a holgazanería), se desarrolla el episodio narrativo y, al final, se extrae una moraleja. Esta última parte, sin embargo, ha sido objeto de crítica. A diferencia de La Fontaine, quien insinuaba la enseñanza, Samaniego a menudo la expone con demasiada claridad y extensión, lo que le resta lirismo y fuerza poética.
Aun así, su estilo es eficaz. Recurre a un lenguaje coloquial, expresiones vivas, ironía y refranes, con un tono que oscila entre lo amable y lo mordaz. Su moral no es exclusivamente cristiana ni ingenua: es naturalista, basada en la supervivencia, la astucia, la observación social. Por eso, sus enseñanzas siguen vigentes, al revelar las tensiones humanas a través de los animales. La reacción del público fue extraordinaria: sus Fábulas se convirtieron en uno de los libros más reeditados en lengua española, y su nombre pasó a ser sinónimo del género en España.
Un ilustrado en la Corte y los debates culturales
Misiones diplomáticas y representación de Álava en Madrid
En 1783, la situación política del País Vasco se complicó debido al centralismo borbónico, que amenazaba las instituciones forales. Samaniego fue designado por la provincia de Álava como comisionado en la Corte, una tarea para la que parecía dotado, por su formación y su contacto con los círculos ilustrados. En Madrid, se sumergió en una intensa actividad diplomática y cultural. Aunque sus gestiones políticas no obtuvieron grandes éxitos—como el fallido proyecto de un Seminario para señoritas en Vitoria—, su paso por la capital le permitió entrar en contacto con escritores, nobles y reformistas, consolidando su figura como autor y pensador.
Reuniones literarias y polémicas teatrales
Durante su estancia madrileña, Samaniego frecuentó tertulias y reuniones intelectuales, donde pudo confrontar sus ideas con las de otros autores del momento. Su vocación crítica se manifestó especialmente en su intervención en las polémicas teatrales que agitaban el ambiente cultural de la época. Enfrentado al gusto barroco decadente que todavía imperaba en muchos escenarios, Samaniego defendía un modelo neoclásico, racional, didáctico y bien estructurado. Su fidelidad a la Ilustración le llevó a escribir varios artículos y ensayos en defensa de este nuevo teatro, como su participación en El Censor (1786), donde, bajo el seudónimo de Cosme Damián, analizó con detalle las deficiencias del teatro español y propuso una reforma estética.
Defensa del teatro neoclásico y crítica a Guzmán el Bueno
Uno de los momentos más álgidos de su intervención crítica fue su enfrentamiento con el poeta Tomás de Iriarte, en torno al melólogo Guzmán el Bueno (1789). Samaniego, contrario al género dramático-lírico por considerarlo efectista y vacío, escribió una crítica burlesca, que iba más allá del análisis literario: era un ataque a la superficialidad y al exceso sentimental que, según él, debilitaban la racionalidad estética. Esta controversia tensó su relación con Iriarte, y los roces entre ambos se intensificaron en los años siguientes.
Confrontación con Tomás de Iriarte y la Carta apologética
La disputa con Iriarte alcanzó su punto álgido con la publicación de la Carta apologética al señor Masson, donde, aprovechando una polémica sobre un autor francés, Samaniego realizaba una crítica mordaz de la obra de Iriarte. Aunque evitó entrar directamente en polémica personal, el contenido era lo suficientemente explícito como para que Iriarte respondiera airadamente, acusándole incluso ante la Inquisición, lo que derivó en la retirada del impreso. Este incidente marca un punto clave en la carrera literaria de Samaniego: su compromiso con la crítica racional y su valentía al defender sus ideas, incluso cuando estas lo enfrentaban con figuras influyentes.
El retiro, la literatura oculta y el legado ilustrado
Retiro en Laguardia y últimos años
Repliegue vital e ideales del hombre ilustrado
En 1792, Félix María Samaniego, con casi medio siglo de vida a sus espaldas, decidió retirarse definitivamente a su villa natal de Laguardia. Esta etapa final de su existencia fue, más que un abandono, una culminación de su ideal de vida: la del hombre ilustrado que, tras haber servido a la educación, la literatura y la política, se reencuentra con la naturaleza, la contemplación y la administración tranquila de su hacienda. Esta retirada también respondía a un cierto cansancio vital, producto de los desencuentros institucionales y de las polémicas que lo habían salpicado en la década anterior.
En Laguardia pudo por fin llevar la vida serena que deseaba: escribir sin presiones, cultivar la tierra, leer con libertad y mantener relaciones epistolares con sus amistades ilustradas. Sin embargo, no todo fue calma en su retiro.
Invasión francesa de 1793 y el proceso inquisitorial
La invasión francesa de 1793, en el marco de las guerras revolucionarias, alteró la tranquilidad de la región. Samaniego vio afectadas sus propiedades guipuzcoanas, que sufrieron saqueos y deterioros. A esto se sumó un episodio aún más perturbador: fue objeto de una investigación por parte de la Inquisición por la posesión de libros prohibidos, un hecho que pone de relieve su afinidad con el pensamiento ilustrado europeo y su postura crítica frente a los dogmas.
Aunque el proceso no tuvo consecuencias fatales, sí afectó su salud y su ánimo. En sus últimos años, Samaniego vivió aquejado por dolencias físicas que fueron minando su energía. Finalmente, murió en Laguardia en 1801, a los 56 años, dejando tras de sí una obra variada, aguda y representativa de las tensiones culturales de su tiempo.
Entre lo culto y lo clandestino: otras facetas de su obra
El Jardín de Venus: erotismo ilustrado y tradición libertina
Si las Fábulas consolidaron a Samaniego como un autor pedagógico, El Jardín de Venus reveló su faceta más audaz y secreta. Se trata de una colección de cuentos eróticos en verso, que permaneció inédita durante su vida, y cuyo contenido escandalizó a muchos cuando fue editado de forma fragmentaria en siglos posteriores.
Inspirado en los Contes et nouvelles de La Fontaine, y en una larga tradición de literatura amatoria desde el Boccaccio medieval, Samaniego adapta con gracia y picardía historias licenciosas al contexto español. Sus personajes, desde frailes a seglares, gallegos o andaluces, hablan con lengua popular, y sus historias transcurren en escenarios tan reconocibles como la Puerta del Sol o el campo vasco. No hay espacio para la alegoría animal: aquí, los cuerpos humanos son los protagonistas, y la sensualidad se presenta con naturalidad, humor y desenfado.
La habilidad de Samaniego para manejar el doble sentido, el lenguaje regional y la métrica ligera convierte estos cuentos en auténticas joyas de la literatura libertina. Sin embargo, su publicación póstuma y fragmentada, bajo títulos como Cuentos y poesías más que picantes o Cancionero de amor y de risa, dificultó durante mucho tiempo su reconocimiento como parte integral de su producción.
Otras poesías satíricas, amatorias y circunstanciales
Junto a las fábulas y los cuentos eróticos, Samaniego cultivó una tercera línea poética más dispersa pero no menos significativa: la de los versos circunstanciales, satíricos o humorísticos. Muchas de estas composiciones no fueron publicadas, y otras se perdieron con el tiempo, bien por el descuido del autor o por la censura de sus herederos. Entre las más destacadas figuran:
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Descripción del convento de Carmelitas de Bilbao, sátira de la vida monástica escrita hacia 1791.
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Los huevos moles, una silva burlesca y erótica contra la poesía pretenciosa de fray Diego Tadeo González.
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El Dios Escamandro, variante amatoria inspirada en La Fontaine y Boccaccio, donde el erotismo está más velado, pero presente.
Estas piezas muestran a un Samaniego irónico, lúcido, festivo, que no se limita al adoctrinamiento moral, sino que también sabe reírse de los excesos religiosos, de los clichés literarios y de las pasiones humanas. Es en estos textos donde su versatilidad estilística se hace más patente.
Crítica teatral y defensa del rigor neoclásico
Aunque menos conocida, la faceta de Samaniego como crítico teatral merece atención. Su participación en los debates sobre el teatro del siglo XVIII fue coherente con su militancia ilustrada. Criticó tanto el gusto barroco como el exceso sentimental, y defendió la necesidad de un teatro racional, educativo y armónico, en línea con los principios de la Poética de Aristóteles y el neoclasicismo francés.
Entre sus contribuciones más importantes figuran:
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La Continuación de las Memorias críticas de Cosme Damián, donde atacaba la antología sesgada del Theatro Español de Vicente García de la Huerta.
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El extenso artículo en El Censor (1786), donde abordaba el estado del teatro español desde una perspectiva tanto estética como escénica.
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La parodia crítica del Guzmán el Bueno de Iriarte, que constituyó uno de los últimos enfrentamientos con su eterno rival.
Samaniego supo criticar sin insultar, ofrecer soluciones en lugar de burla, y mantener siempre un tono civilizado que contrasta con la virulencia de otros polemistas de su tiempo.
Legado duradero de un fabulista ilustrado
El impacto pedagógico y literario de sus Fábulas
El principal legado de Samaniego reside en sus Fábulas, que transformaron el género en lengua española. Con ellas, no solo popularizó una forma de poesía moralizante, sino que consiguió integrarla en el sistema educativo español durante generaciones. A través de animales parlantes, niños y adultos aprendieron a discernir entre el bien y el mal, entre la astucia y la ingenuidad, entre la reflexión y el impulso. Su lenguaje claro, su estilo vivaz y su tono ameno convirtieron el aprendizaje en placer.
La popularidad de estas piezas fue tal que su lectura trascendió el aula: se recitaron en hogares, se editaron en múltiples formatos y se convirtieron en parte del patrimonio literario de España. Incluso hoy, muchas de sus moralejas siguen vivas en el imaginario colectivo.
Reinterpretaciones modernas y su figura en la historiografía
Durante mucho tiempo, Samaniego fue visto exclusivamente como un fabulista moralizante, una figura casi escolar. Sin embargo, a partir del siglo XX, estudios críticos como los de Emilio Palacios Fernández o Salvador Velilla han redescubierto su complejidad intelectual, su vocación crítica y su lado transgresor. Su obra erótica, sus sátiras y su papel como ilustrado comprometido lo colocan en una posición más rica y ambigua de lo que su canonización escolar había permitido ver.
Los historiadores modernos han revalorizado su figura como un puente entre tradición y modernidad, un hombre que supo escribir para su época, pero que también anticipó preocupaciones futuras: la educación pública, la libertad de pensamiento, la crítica a la hipocresía moral.
Contradicciones de un ilustrado entre razón, deseo y tradición
Félix María Samaniego encarna muchas de las tensiones del siglo XVIII español: entre el racionalismo ilustrado y las estructuras tradicionales; entre el deber pedagógico y la libertad erótica; entre el espíritu de reforma y la nostalgia aristocrática. Fue un hombre de su tiempo, pero también un autor inclasificable, que combinó con soltura la poesía didáctica, la sátira libertina y la crítica cultural.
Su figura se mueve entre la autoridad escolar y el placer de la transgresión, entre la reforma y la risa, entre el deseo de mejorar el mundo y la conciencia de sus límites. Por eso, más que un simple fabulista, fue un escritor total, cuya obra —como la mejor literatura— sigue dialogando con nosotros, siglos después de su muerte.
MCN Biografías, 2025. "Félix María Samaniego (1745–1801): El Fabulista Ilustrado que Transformó la Literatura Didáctica Española". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/samaniego-felix-maria [consulta: 15 de febrero de 2026].
