Pedro Froilaz de Traba (ca. 1070–ca. 1129): El Conde Gallego que Forjó el Destino deAlfonso VII
En la segunda mitad del siglo XI, la Península Ibérica se encontraba inmersa en un complejo entramado de poderes enfrentados, tanto cristianos como musulmanes. En el norte, el Reino de León y Castilla, bajo el dominio de Alfonso VI, vivía una época de expansión territorial y de consolidación monárquica. Sin embargo, el sistema político se sostenía en un equilibrio precario entre el poder regio y la creciente autonomía de la nobleza. Este equilibrio era especialmente inestable en Galicia, donde la tradición feudal había enraizado profundamente y el control real se veía constantemente desafiado por los intereses de los señores locales.
Galicia, región con una fuerte identidad territorial y cultural, se organizaba en torno a tenencias, jurisdicciones temporales confiadas por el rey a nobles para administrar justicia, recaudar impuestos y organizar la defensa militar. En la práctica, estos condes actuaban con gran independencia, y en ocasiones como auténticos señores feudales. En este contexto, surgió la figura de Pedro Froilaz de Traba, quien no solo encarnó la autoridad nobiliaria en Galicia, sino que la elevó a su máxima expresión, convirtiéndose en una figura determinante durante uno de los momentos más críticos de la monarquía castellano-leonesa: la minoría de edad de Alfonso VII.
Orígenes familiares y linaje de Pedro Froilaz
Pedro Froilaz pertenecía a la casa de Traba, una de las familias más influyentes del noroeste peninsular. Su ascendencia combinaba elementos de la nobleza gallega tradicional con vínculos con otras casas condales de la región. Hijo de Froila Bermúdez y sobrino de Munio Rodríguez, se inscribía en una red de parentescos que le permitió acumular poder territorial desde una edad temprana. A finales del siglo XI, ya era reconocido como conde de Traba y de Galicia, títulos que implicaban no solo una designación oficial por parte del rey, sino también un prestigio político y social inigualable entre los aristócratas gallegos.
Su matrimonio con doña Mayor Guntroda Rodríguez fortaleció aún más su posición, generando una descendencia numerosa y estratégicamente emparentada con las casas nobles más poderosas de Galicia y Portugal. Estos lazos familiares jugarían un papel crucial en las décadas siguientes, cuando la nobleza regional se convertiría en un actor esencial en las luchas de poder que sacudieron la península.
Formación, entorno e influencias tempranas
La educación y formación de Pedro Froilaz debieron estar profundamente marcadas por el ambiente político y eclesiástico del Reino de León. Aunque no se conservan detalles concretos sobre su instrucción, su desenvolvimiento en los círculos cortesanos y su relación estrecha con destacados prelados, como Diego Gelmírez, sugieren una sólida formación intelectual y religiosa. Desde joven, mostró habilidades diplomáticas, liderazgo militar y un agudo sentido de las alianzas políticas.
Su ascenso como figura clave en Galicia coincidió con el auge del influyente matrimonio entre Ramón de Borgoña y doña Urraca, hija de Alfonso VI. Pedro Froilaz entabló una estrecha relación con ambos, particularmente con Ramón, con quien compartía una visión sobre el papel de Galicia como centro político autónomo dentro del reino. Esta cercanía le valdría años después el encargo de una responsabilidad clave: convertirse en ayo —tutor y protector— del joven Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII.
Inicio de su protagonismo político en Galicia
La muerte de Ramón de Borgoña en 1107 dejó a Alfonso Raimúndez con apenas tres años de edad. Dos años después, en 1109, fallecía Alfonso VI, lo que provocó una grave crisis sucesoria. En su testamento, el monarca había dispuesto que su hija Urraca heredara el trono con la condición de no volver a casarse, advirtiendo que en caso contrario el reino pasaría a su nieto Alfonso. Sin embargo, Urraca contrajo matrimonio con Alfonso I de Aragón, uniendo dos coronas pero desencadenando una serie de conflictos que dividirían el reino.
En este clima de incertidumbre, Pedro Froilaz fue nombrado conde de Galicia por la reina, un título que reflejaba tanto su poder regional como la necesidad urgente de proteger al heredero Alfonso Raimúndez. Sin embargo, cuando el matrimonio entre Urraca y Alfonso I comenzó a mostrar su verdadera naturaleza política —con el aragonés intentando proclamarse rey de Castilla—, Froilaz reaccionó de inmediato. En 1109, inició una revuelta en Galicia en defensa de los derechos dinásticos de su pupilo. Su objetivo era claro: proteger la herencia de Alfonso Raimúndez y reafirmar la autonomía gallega frente a la injerencia aragonesa.
Gracias a su influencia, Froilaz consiguió dominar todo el norte de Galicia a comienzos de 1110. Sin embargo, su ascenso fue contestado por los seguidores del obispo Diego Gelmírez, que por entonces mantenía una postura ambigua, y por los partidarios de la reina y del rey aragonés, quienes controlaban Compostela. Este conflicto interno entre facciones nobiliarias y eclesiásticas evidenciaba la fragmentación del poder en Galicia y la dificultad de construir una unidad política estable.
Primeros conflictos con Compostela y las tensiones con Gelmírez
La respuesta de Alfonso I de Aragón a la revuelta de Froilaz fue inmediata. Inició una campaña militar en Galicia con el objetivo de someter al conde y pacificar la región. No obstante, su estrategia resultó contraproducente: la brutalidad de las tropas aragonesas generó el rechazo de muchas comunidades locales, conocidas como hermandades o comuneros, que originalmente habían apoyado la causa real. Este desencanto generalizado provocó que muchos de ellos abandonaran a Alfonso I, aunque finalmente serían vencidos y reprimidos con dureza.
Estos episodios de violencia aceleraron el deterioro del matrimonio entre Urraca y Alfonso I, mientras Froilaz fortalecía su posición como protector legítimo del infante. En el verano de 1110, el conde trasladó al joven Alfonso a León, acompañado por Gelmírez, con la esperanza de proclamarlo rey. Sin embargo, la maniobra no tuvo éxito. El trono seguía oficialmente en manos de doña Urraca, aunque cada vez más debilitada en su autoridad, y Galicia continuaba siendo un hervidero de tensiones entre las distintas facciones.
Mientras tanto, desde Roma, la Santa Sede anulaba el matrimonio entre Urraca y Alfonso I por consanguinidad, declarando ilegítimo su enlace. Este hecho dio nuevos bríos a la causa del conde Froilaz. En una carta desesperada, doña Urraca solicitó al conde la inmediata coronación de su hijo como rey de Galicia, intentando salvar su trono de la excomunión. Pero en un giro inesperado, la reina acudió poco después a Sahagún, donde se humilló ante su esposo para evitar el castigo papal, lo que fue visto por Froilaz como una traición.
En represalia, el conde encerró al infante en la fortaleza de Castrelo, junto a su esposa y a Diego Gelmírez, quien había acudido a mediar. Este acto desencadenó un episodio tenso: los comuneros, encabezados por Arias Pérez, irrumpieron en la fortaleza, se apoderaron del infante y trasladaron a los prisioneros por varias fortalezas. Finalmente, la mediación de Gelmírez logró reconciliar a las facciones y preparar el terreno para un acto trascendental: la proclamación de Alfonso Raimúndez como rey de Galicia en Santiago, el 17 de septiembre de 1111.
Este hito representó la culminación de años de intrigas, alianzas y luchas encabezadas por Pedro Froilaz. No obstante, el conflicto distaba mucho de haber terminado. La reina Urraca permitió la coronación, pero los peligros acechaban. El conde de Traba, al frente de un pequeño ejército, emprendió el traslado de Alfonso a León, con la intención de completar su reconocimiento como monarca. Sin embargo, antes de alcanzar su destino, fueron sorprendidos por las tropas de Alfonso el Batallador en Viandangos, cerca de Astorga. La derrota fue catastrófica: la guarnición gallega fue destruida, y Froilaz capturado. Solo Gelmírez logró escapar con el infante.
La lucha por la coronación de Alfonso Raimúndez
El fracaso de Viandangos marcó un punto de inflexión en la trayectoria política de Pedro Froilaz de Traba. A pesar de la dura derrota y de haber sido capturado, su influencia no decayó por completo. Su liberación no se hizo esperar y, a finales de 1111, el conde retomó la actividad política con nuevos aliados. La viuda del conde de Portugal, Teresa de León, gobernaba en nombre de su hijo, el futuro Alfonso Enríquez. La nobleza gallega, enfrentada a la inestabilidad en Castilla, encontró en Portugal un refugio y una posible alianza estratégica.
Durante este período, Teresa se acercó a los Traba y acogió a muchos nobles gallegos, entre ellos a los hijos de Pedro Froilaz. El fortalecimiento de estos vínculos se tradujo no solo en pactos políticos, sino en alianzas matrimoniales: su hijo Fernando se convirtió en amante de Teresa y obtuvo el control de plazas clave como Oporto y Coimbra, mientras que su hermano Vermudo se casó con una hija de la condesa portuguesa. Estas conexiones consolidaban un frente de resistencia al poder castellano y un nuevo eje de influencia nobiliaria entre Galicia y el naciente poder lusitano.
Consecuencias de su prisión y nuevas alianzas nobiliarias
Al recuperar la libertad, Froilaz aceptó la autoridad nominal de Urraca, siempre que esta defendiese los intereses de su hijo Alfonso. En señal de buena voluntad, la reina le otorgó generosas donaciones, aunque al mismo tiempo designó como gobernador de Galicia al arzobispo Diego Gelmírez, un movimiento que evidenciaba su intención de limitar el poder del conde. Esta decisión molestó profundamente a Froilaz, quien se sintió desplazado del centro de poder que tanto había contribuido a configurar.
Mientras tanto, los comuneros —resistencia popular organizada en hermandades urbanas— rechazaban el dominio de Urraca y promovieron una nueva revuelta en Galicia. Esta vez, la reina recurrió tanto a Gelmírez como a Froilaz para sofocar el conflicto. Las tropas de ambos consiguieron una victoria decisiva, lo que permitió consolidar, al menos temporalmente, la autoridad de Urraca en la región.
Pero la estabilidad duró poco. En 1113, estalló una nueva guerra con Alfonso I el Batallador, y el conde de Traba, junto con Gelmírez, volvió a tomar partido por la reina. La ofensiva de los gallegos logró frenar momentáneamente al ejército aragonés, obligándolo a replegarse. Sin embargo, una nueva reconciliación entre Urraca y Alfonso I volvió a desestabilizar las alianzas internas. Urraca, en un intento de dividir a sus aliados gallegos, ofreció a Froilaz la mitad del señorío de Gelmírez. El conde, fiel a sus convicciones, rechazó el soborno, al igual que lo hizo el arzobispo, reforzando la unidad temporal entre ambos.
El conflicto permanente con la reina Urraca
En 1116, Pedro Froilaz volvió a tomar la iniciativa política al reclamar nuevamente los derechos de Alfonso Raimúndez. El ambiente en Galicia era tenso. La reina, en una jugada audaz, ocupó Compostela y respaldó a un grupo de insurrectos que exigían la destitución de Gelmírez. El conde, que se encontraba en la frontera, regresó con premura a la ciudad para restablecer el orden, pero se encontró con un entorno hostil y dividido. Su esposa y el infante Alfonso tuvieron que abandonar la ciudad ante la presión de los rebeldes, mientras Gelmírez, presionado por la reina, atacaba las tierras de los Traba en un sorprendente giro de alianzas.
La situación dio un nuevo vuelco cuando el obispo, recuperando el control de Compostela, se reconcilió con Froilaz. A esta alianza se sumó nuevamente la reina, en una nueva y efímera unidad de intereses. Pero esta convergencia de poderes provocó una reacción furiosa entre los sectores populares. La multitud enfurecida asaltó la catedral de Santiago, y tanto el conde como la reina fueron cercados en una torre. Solo una intervención rápida evitó un baño de sangre. La crisis se estabilizó antes de finalizar el año, sellando una frágil tregua entre las partes.
Fluctuación de alianzas y crisis eclesiásticas
La calma duró poco. En 1120, Urraca ordenó el encarcelamiento de Gelmírez y confiscó sus bienes eclesiásticos, provocando una reacción inmediata. Froilaz, junto con el infante Alfonso, marchó sobre Compostela. La población, indignada por el ataque a su arzobispo, se alzó contra la reina y apoyó a los rebeldes. Urraca, viéndose sin apoyos, se vio forzada a liberar al obispo y restaurar sus privilegios.
No obstante, en lugar de reconciliarse con los Traba, la reina cometió un nuevo agravio: nombró a Gelmírez gobernador de Galicia, marginando de nuevo al conde. Esta provocación empujó a Froilaz a reforzar su alianza con Teresa de Portugal, cuya casa estaba cada vez más consolidada en el oeste peninsular. Los matrimonios concertados entre los hijos del conde y los hijos de Teresa no solo eran simbólicos, sino parte de una estrategia de construcción de un bloque nobiliario alternativo que desafiaba abiertamente el centralismo de Urraca.
La irritación de los sectores cercanos a Gelmírez ante esta alianza luso-gallega fue evidente. Temían una separación efectiva de Galicia del resto del reino, bajo liderazgo de los Traba y en colaboración con el condado de Portugal. La tensión entre ambas facciones llegó a un punto crítico en 1123, cuando Urraca ordenó arrestar a Froilaz, lo que desató una nueva oleada de violencia en Galicia.
Últimos enfrentamientos con Urraca y declive político
Las fuerzas del infante Alfonso, ahora ya adolescente y cada vez más consciente de su futuro papel como monarca, intervinieron en 1124 para detener la guerra civil que se había desatado tras el arresto del conde. Gracias a esta intervención, Pedro Froilaz recuperó su libertad, pero su influencia ya no era la de antaño. Las nuevas generaciones de nobles comenzaban a tomar el relevo, y el equilibrio político giraba hacia la figura emergente de Alfonso VII.
Fue entonces cuando Froilaz decidió retirarse de la vida política activa, trasladándose a Mondoñedo, donde mantuvo estrecha amistad con el obispo Munio Alfonso. Desde allí, observó cómo sus antiguos aliados y rivales seguían disputando el control del reino. La muerte de Urraca en 1126 y la proclamación de Alfonso VII marcaron el cierre de un ciclo político. En un gesto final de fidelidad, Froilaz juró lealtad al nuevo rey en Zamora, junto con los principales señores gallegos. Poco después, fallecería.
Retiro de la vida política y vínculos eclesiásticos finales
Tras décadas de intensa actividad política y militar, Pedro Froilaz de Traba decidió en 1123 apartarse del foco del poder. La acumulación de conflictos, traiciones y reveses estratégicos había debilitado su influencia, aunque no su relevancia simbólica. Se retiró a Mondoñedo, un enclave episcopal en el norte gallego donde encontró tranquilidad y refugio espiritual. Allí forjó una estrecha amistad con el obispo Munio Alfonso, figura clave del clero gallego que ofreció al conde no solo protección, sino también el reconocimiento como uno de los grandes artífices del equilibrio político de su tiempo.
Desde Mondoñedo, Froilaz mantuvo cierto grado de vigilancia sobre los acontecimientos del reino, aunque sin intervenir directamente. Su figura continuó inspirando respeto entre los nobles gallegos y portugueses, así como entre los altos prelados. La muerte de doña Urraca en 1126 y la ascensión al trono de su antiguo pupilo, Alfonso VII, representó la culminación de años de esfuerzos, batallas y sacrificios personales. Pedro Froilaz acudió a Zamora para prestar juramento de fidelidad al nuevo monarca, en un acto cargado de simbolismo político y afectivo. Este fue su último gesto público. Poco después, fallecía, dejando tras de sí una estela de influencia difícil de igualar.
El legado político de Pedro Froilaz
Pedro Froilaz de Traba fue mucho más que un conde poderoso o un tutor real. Su legado se fundamenta en haber sido el principal arquitecto de la autonomía política gallega en una época de fragmentación monárquica. Como ayo de Alfonso Raimúndez, no solo protegió al heredero legítimo, sino que lo educó, lo defendió con las armas y lo proclamó rey cuando muchos lo daban por perdido. Esta fidelidad sin fisuras hizo de Froilaz un símbolo de resistencia nobiliaria, capaz de enfrentarse tanto a la reina como al rey aragonés cuando creyó que los derechos de su pupilo estaban en peligro.
En Galicia, su figura encarnó una visión del poder basada en la fidelidad al linaje y la autonomía regional frente al centralismo castellano. Aunque sus métodos fueron a veces drásticos —como el encierro del infante en Castrelo o la lucha directa contra Urraca—, siempre actuó desde una lógica de responsabilidad dinástica y defensa de sus territorios. Fue, en ese sentido, un verdadero representante del feudalismo peninsular: negociador cuando era posible, guerrero cuando era necesario, y estratega constante.
Interpretaciones históricas de su figura
La figura de Pedro Froilaz ha sido objeto de diversas relecturas historiográficas. Durante siglos, fue recordado en Galicia como uno de los grandes nobles defensores de la tierra frente a las injerencias foráneas. Algunos cronistas medievales, sin embargo, lo retrataron con matices negativos, señalando su arrogancia, su poder casi soberano sobre Galicia y sus constantes enfrentamientos con la autoridad real y eclesiástica.
No obstante, los estudios modernos han reevaluado su papel con mayor equilibrio. Lejos de ser un simple caudillo local, Froilaz aparece como un actor complejo, inmerso en una red de lealtades, desafíos y contradicciones propias de su tiempo. Su enfrentamiento con Diego Gelmírez, por ejemplo, fue tanto un conflicto de intereses como una lucha ideológica entre dos formas de entender el poder: la feudal y la clerical. De igual modo, sus choques con Urraca deben leerse más allá del mero antagonismo personal, como la manifestación de una lucha entre el poder central y la autonomía nobiliaria regional.
Influencia de sus descendientes y lazos con Portugal
Uno de los aspectos más significativos del legado de Pedro Froilaz es la proyección de su influencia a través de sus descendientes, particularmente en la política peninsular del siglo XII. De sus diez hijos, destacaron Fernando y Vermudo, quienes consolidaron alianzas clave con el condado de Portugal, poco antes de su transformación en reino independiente. Estas uniones no fueron meramente matrimoniales, sino auténticas coaliciones políticas y territoriales.
Fernando Pérez de Traba, además de su relación amorosa con Teresa de Portugal, ocupó cargos estratégicos en el norte lusitano, convirtiéndose en tenente de Oporto y Coimbra. Por su parte, Vermudo Pérez se casó con una hija de la condesa Teresa, integrándose de lleno en las estructuras de poder portuguesas. Gracias a estos vínculos, los Traba se convirtieron en intermediarios esenciales entre Galicia y Portugal, facilitando una transferencia de modelos feudales, eclesiásticos y administrativos que tendrían efectos duraderos.
La importancia de estas alianzas trasciende la vida del propio conde. Su linaje continuó desempeñando un papel destacado en la corte de Alfonso VII y en la consolidación del nuevo Reino de Portugal bajo Alfonso Enríquez. La casa de Traba, con sus extensas posesiones, conexiones e influencia eclesiástica, se convirtió en una de las familias más poderosas del noroeste ibérico, y su legado perduró mucho más allá de la generación fundacional.
Una vida tejida en alianzas, lealtades y traiciones
La trayectoria de Pedro Froilaz de Traba se inscribe en uno de los períodos más convulsos y fascinantes de la historia peninsular. Fue testigo y protagonista de la fragmentación del poder real, de las tensiones entre nobles, obispos y monarcas, y de la lenta construcción de una idea de legitimidad monárquica en torno a Alfonso VII. Su vida estuvo marcada por una capacidad única para tejer alianzas, incluso con antiguos adversarios, y por una firme lealtad a un proyecto político que trascendía sus propios intereses: la defensa del heredero legítimo del reino.
Enfrentó traiciones, encarcelamientos, derrotas militares y rupturas personales, pero nunca abandonó la causa que consideraba justa. Su figura refleja las contradicciones del sistema feudal: el noble guerrero que desafía a su reina; el protector del infante que lo encierra; el aliado del obispo que después combate sus tierras; el benefactor que termina siendo marginado. En esas paradojas reside la riqueza de su legado.
Pedro Froilaz no fue un héroe sin tacha ni un caudillo caprichoso. Fue, ante todo, un hombre de su tiempo, comprometido con la defensa de su linaje, de su tierra y de un orden político que intentó mantener la estabilidad en medio del caos. Su nombre perdura en la historia de Galicia como símbolo de poder, inteligencia política y fidelidad inquebrantable a una causa que, a la postre, se convirtió en el germen de un nuevo orden: el reinado de Alfonso VII y la afirmación de Galicia como territorio decisivo en la política medieval ibérica.
MCN Biografías, 2025. "Pedro Froilaz de Traba (ca. 1070–ca. 1129): El Conde Gallego que Forjó el Destino deAlfonso VII". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/froilaz-pedro [consulta: 6 de febrero de 2026].
