Tomás Becket (1118–1170): El Mártir de Canterbury que Desafió al Poder Real y Transformó la Iglesia Inglesa
Tomás Becket nació alrededor del 21 de diciembre de 1118 en Cheapside, Londres, en una familia de origen normando. Su padre, Gilbert Becket, era un comerciante acomodado que también ejerció el cargo de sheriff de Londres, un puesto de gran responsabilidad en la administración local. Su madre, Matilde de Caen, provenía de una familia normanda, aunque durante muchos años se especuló con la posibilidad de que su linaje tuviera conexiones sarracenas, una idea que, con el tiempo, fue descartada como una invención propagandística vinculada a las tensiones políticas entre el rey Enrique II y el futuro arzobispo de Canterbury.
La familia Becket, aunque de origen mercantil, disfrutaba de una posición económica sólida, lo que permitió a Tomás acceder a una educación de calidad. Desde temprana edad, el joven Tomás se vio influenciado por la devoción religiosa de su madre, quien le inculcó una profunda piedad. Aunque en sus primeros años no se sabe mucho sobre su educación formal, es evidente que la formación religiosa fue fundamental para él. De acuerdo con algunas fuentes, su madre lo llevó a la escuela del priorato de Merton, una pequeña abadía situada en el centro de Londres, donde se enseñaba a leer y escribir en latín, y donde Tomás desarrolló un interés temprano por los estudios eclesiásticos y la vida religiosa.
Primeros Pasos en la Corte
A los 20 años, después de la muerte de su madre en 1139, Tomás Becket comenzó a dar forma a su carrera en el ámbito profesional. Siguiendo el consejo de su padre, quien lo orientó hacia la carrera eclesiástica, Becket se unió al servicio de Osbert Huitdeniers, el Justicia Mayor de Londres. En esta nueva posición, Becket comenzó a forjar relaciones con figuras clave de la sociedad londinense y a involucrarse en las labores administrativas. Paralelamente, también trabajó como secretario de un importante noble londinense, Sir Richard de l’Aigle, lo que le permitió ampliar su red de contactos dentro de las estructuras de poder de la época. Sin embargo, a pesar de su éxito en estos oficios seculares, fue en la corte de Teobaldo, arzobispo de Canterbury, donde Becket experimentaría un cambio crucial en su destino.
Teobaldo de Canterbury y la Formación Religiosa
En 1141, Becket, guiado por su afán de superación y la influencia de su padre, aceptó unirse al séquito de Teobaldo de Canterbury, quien por aquel entonces era el arzobispo más influyente de Inglaterra. Esta decisión marcó el principio de una relación que sería determinante para el futuro de Becket. Teobaldo, conocido por su sabiduría y sentido de la justicia, reconoció en el joven Becket una mente aguda y dotada para los estudios. A partir de entonces, Becket no solo desempeñaría tareas administrativas dentro de la corte arzobispal, sino que también se beneficiaría de una formación más profunda tanto en el ámbito teológico como en el derecho canónico.
Durante su tiempo en Canterbury, Becket estableció vínculos con algunas de las figuras más destacadas de la época, entre ellas el teólogo y filósofo Juan de Salisbury, cuya influencia sería clave en su desarrollo intelectual y en su posterior postura reformista. Además, Becket coincidió con figuras como Vacario, un prestigioso abogado, y Roger de Pont l’Évêque, quien más tarde sería nombrado arzobispo de York. Fue en este ambiente intelectual de gran renombre donde Becket, más que en cualquier otro lugar, se sumergió en el estudio de las leyes y los principios eclesiásticos, forjando las bases de su futura carrera como reformista.
Estudios en Europa: París, Auxerre y Bolonia
El interés de Becket por el derecho canónico lo llevó a una etapa de estudios en las universidades más prestigiosas de Europa. En 1142, Teobaldo lo envió a París, donde se encontraba una de las escuelas catedralicias más importantes de la cristiandad medieval. A continuación, Becket se trasladó a Auxerre y, finalmente, a Bolonia, cuna del derecho romano y canónico. Estas experiencias europeas tuvieron un profundo impacto en la formación de Becket, especialmente en su concepción de una cristiandad unificada bajo la autoridad del Papa. Durante sus años de estudio, Becket desarrolló una visión universal del cristianismo y la iglesia, lo que le llevaría más tarde a abogar por la autonomía eclesiástica frente al poder monárquico.
En Bolonia, Becket no solo se empapó de las enseñanzas de los grandes maestros del derecho, sino que también pudo establecer contactos con otros clérigos y teólogos que, como él, defendían la independencia de la iglesia frente al poder secular. Estos estudios contribuyeron a darle una visión de la iglesia como una institución autónoma, al margen de las injerencias de los reyes y príncipes, un principio que marcaría profundamente sus decisiones y su enfrentamiento posterior con Enrique II.
Regreso a Inglaterra: El Arcedianato de Canterbury
En 1153, Becket regresó a Inglaterra tras completar sus estudios, y fue recompensado por Teobaldo de Canterbury con el cargo de arcediano de Canterbury, un puesto de gran importancia dentro de la jerarquía eclesiástica. Como arcediano, Becket disfrutaba de una considerable riqueza y poder, lo que le permitió dedicarse a una vida de austeridad y devoción religiosa. Sin embargo, a pesar de su éxito en el ámbito eclesiástico, Becket aún no era conocido por su fama o influencia más allá de los círculos clericales. En cuanto a su vida personal, Becket continuó siendo un hombre de principios, centrado en su trabajo y en su vida espiritual, y su reputación comenzó a crecer tanto dentro de la iglesia como en los círculos cortesanos.
En este mismo año, el rey Esteban II de Inglaterra falleció, y su sucesor, Enrique II, un joven de apenas 20 años, asumió el trono. Enrique II, en busca de consejo para gobernar su nuevo reino, escuchó la recomendación de Teobaldo de Canterbury, quien sugirió que Becket fuera nombrado canciller de Inglaterra en 1155, un cargo clave en la administración de la corona. Este fue el primer paso en la ascendente carrera de Becket en la corte real, una carrera que lo llevaría a la cúspide del poder, pero que también sembraría las semillas de su posterior caída.
La carrera temprana y su ascenso (1140–1155)
El Ascenso al Arcedianato y el Cargo de Canciller
Tras su regreso a Inglaterra en 1153, Tomás Becket fue designado arcediano de Canterbury por Teobaldo de Canterbury, un reconocimiento a sus méritos y habilidades en el ámbito eclesiástico y académico. Este puesto no solo le otorgaba una considerable riqueza, sino también un gran poder dentro de la jerarquía de la iglesia inglesa. Si bien Becket era un hombre devoto y piadoso, también era un hombre pragmático. Aunque la posición de arcediano estaba estrechamente vinculada con la administración eclesiástica, Becket supo utilizar su influencia para avanzar en la sociedad, sin perder de vista su compromiso con la vida religiosa.
Este éxito en la iglesia no pasó desapercibido para la corte real, y en 1154, cuando Enrique II ascendió al trono tras la muerte de Esteban II, Becket comenzó a ser considerado como una pieza clave en la administración del nuevo monarca. En ese mismo año, el joven rey, con apenas 20 años, nombró a Becket como canciller de Inglaterra, un cargo de gran importancia que le otorgaba responsabilidades no solo administrativas, sino también diplomáticas y militares. En este rol, Becket actuaba como el principal consejero del rey, gestionando los asuntos de la corte y desempeñando una función esencial en la gestión de la burocracia del reino.
Becket, el Hombre de la Corte
Durante los primeros años de su mandato como canciller, Becket se convirtió en uno de los hombres más cercanos al monarca. La relación entre Enrique II y Becket fue excepcionalmente estrecha, casi fraternal. A pesar de la diferencia de edad, los dos compartían muchas horas de trabajo y discusiones sobre la gestión del reino. Becket, con su educación y conocimiento en leyes, pronto se ganó la confianza del joven rey. Además, su actitud astuta y pragmática lo convertía en un interlocutor valioso en un reino marcado por las tensiones entre la nobleza feudal y el monarca.
El carisma personal de Becket también le ayudó a ganar respeto entre los cortesanos y la nobleza. Se decía que su presencia en la corte era impresionante, tanto por su inteligencia como por su habilidad en las conversaciones. Además, su dedicación a una vida austera y su fervor religioso contrastaban con las costumbres más mundanas y cortesanas que caracterizaban a muchos de los otros miembros de la corte. Su ascenso no solo fue un testimonio de su habilidad administrativa, sino también de su talento para navegar en las complejas dinámicas políticas de la corte de Enrique II.
El Renacimiento de la Monarquía en Inglaterra
Durante estos primeros años en la corte, Becket desempeñó un papel fundamental en la consolidación del poder de Enrique II. El joven monarca se encontró con un reino fragmentado y lleno de tensiones internas. Muchos barones feudales y nobles locales desafiaban la autoridad de la corona, lo que obligaba al rey a luchar constantemente para reafirmar su poder. Becket, como canciller, tuvo que enfrentarse a una variedad de desafíos administrativos y políticos, pero su capacidad para resolver problemas lo convirtió en un aliado indispensable para Enrique II.
Becket también participó en importantes negociaciones diplomáticas, especialmente con el reino de Francia. En 1158, fue enviado como embajador de la corte inglesa a París, donde participó en tratados matrimoniales que sellaron una paz temporal entre los reinos inglés y francés. Durante este evento, la ostentación con la que Becket se presentó ante la corte francesa causó una fuerte impresión. Se decía que la pompa y la opulencia con la que se vistió y viajó Becket eran suficientes para hacerle sombra al propio Enrique II. Sin embargo, esta ostentación no solo fue un acto de deslumbramiento, sino también un medio para afirmar el poder de la monarquía inglesa frente a sus rivales continentales.
Becket y las Reformas Administrativas
Además de sus habilidades diplomáticas, Becket también fue un defensor de varias reformas administrativas y fiscales que consolidaron el poder real. Una de las reformas más significativas de esta época fue la imposición del scutage, un impuesto que reemplazaba el servicio militar que los vasallos debían al rey. En 1159, Becket desempeñó un papel crucial en la implementación de esta reforma, que permitía al rey recaudar dinero de los vasallos a cambio de liberarlos de la obligación de servir en el ejército. La medida fue vista como una forma de fortalecer el control del rey sobre los nobles, pero también generó tensiones con la iglesia, que no estaba exenta de este impuesto. Esta medida causó malestar entre los sectores eclesiásticos, que empezaron a ver a Becket como un defensor de los intereses de la monarquía frente a los de la iglesia.
El Límite de la Lealtad: El Caso de María de Romsey
A pesar de la excelente relación entre Enrique II y Becket, comenzaron a surgir desacuerdos que reflejaban la creciente tensión entre los intereses del rey y las estrictas normas morales de Becket. Un ejemplo de esta discordia ocurrió en 1158, cuando el rey solicitó al Papa la dispensación para que María de Romsey, una abadesa, pudiera casarse con Mateo de Bolonia. Esta unión no solo tenía implicaciones políticas, sino que también estaba destinada a fortalecer los lazos entre los reinos. Sin embargo, para Becket, un hombre profundamente comprometido con los principios religiosos, el permitir que una abadesa rompiera su voto de castidad representaba una grave violación de las normas eclesiásticas.
El desacuerdo entre Becket y Enrique II sobre este asunto fue un primer indicio de las tensiones que se desarrollarían entre ambos en los años siguientes. A pesar de sus diferencias, Becket nunca dejó de lado su lealtad al monarca, y en 1158 incluso encabezó las tropas inglesas en un conflicto militar en el continente. La campaña fue un éxito, y Becket volvió a ganar el favor del rey, demostrando que su fidelidad al monarca seguía siendo fuerte, a pesar de los desacuerdos que surgían en torno a cuestiones eclesiásticas.
Becket y la Reforma Gregoriana
Uno de los aspectos más importantes de la vida de Tomás Becket durante este período fue su apoyo a la Reforma Gregoriana, un movimiento eclesiástico que promovía la independencia de la iglesia respecto al poder secular. Aunque en sus primeros años en la corte de Enrique II, Becket fue un fiel defensor de las políticas regias, sus convicciones personales en favor de la reforma eclesiástica lo llevarían a enfrentarse a la monarquía.
La Reforma Gregoriana, impulsada por el Papa Gregorio VII, buscaba garantizar la autonomía de la iglesia en cuestiones como el nombramiento de obispos y el control de los bienes eclesiásticos. Este movimiento chocaba frontalmente con las pretensiones de Enrique II de ejercer un control absoluto sobre la iglesia inglesa, incluida la potestad de nombrar obispos y obtener los beneficios económicos de las tierras eclesiásticas. Becket, con su profunda formación en derecho canónico y su devoción religiosa, comenzó a alinear sus acciones con los postulados de la reforma, lo que inevitablemente lo llevaría a un conflicto directo con el rey.
La Décisión de Ser Arzobispo de Canterbury
A pesar de los desacuerdos con el rey, la relación entre Enrique II y Becket continuó siendo estrecha hasta 1161, cuando el arzobispo de Canterbury, Teobaldo, falleció. En este momento, Enrique II veía en Becket una opción natural para suceder a Teobaldo. Sin embargo, Becket, quien ya comenzaba a adoptar una postura más independiente en cuestiones eclesiásticas, trató de evitar el cargo, alegando que no era la persona adecuada. Esta resistencia inicial a ser arzobispo de Canterbury marcó el inicio de un proceso de distanciamiento entre Becket y el rey.
Finalmente, en 1162, después de un largo período de presiones, Becket aceptó la posición de arzobispo de Canterbury, pero lo hizo con una actitud que sorprendió a Enrique II. En el mismo momento en que aceptó el cargo eclesiástico, Becket renunció a su puesto de canciller de Inglaterra, una decisión que el rey no esperaba. El famoso dicho de Becket, «Un hombre no puede servir a dos señores», reflejaba el cambio profundo que experimentaba, alejándose de la pompa y los lujos que había disfrutado como canciller para dedicarse completamente a la vida espiritual y a la reforma de la iglesia.
El conflicto con Enrique II y su ascensión como arzobispo (1162–1164)
Nombramiento como Arzobispo de Canterbury
El 3 de junio de 1162, después de un año de intensas disputas entre Tomás Becket y el rey Enrique II, Becket fue finalmente consagrado arzobispo de Canterbury. El proceso de su elección estuvo marcado por una serie de presiones, tanto políticas como religiosas. Aunque Becket resistió en un principio, sugiriendo que no era la persona adecuada para tal cargo, su resistencia fue superada por la determinación del rey de imponer a alguien de su confianza en la sede primada de Inglaterra. Teobaldo de Canterbury, su antiguo mentor, había muerto en 1161, y Enrique II quería asegurar el control de la iglesia inglesa, particularmente en lo referente a la designación de obispos y la gestión de las rentas eclesiásticas.
Sin embargo, la elección de Becket, que inicialmente parecía una victoria para la monarquía, resultó ser un error estratégico para Enrique II. Tan pronto como Becket asumió el cargo de arzobispo, comenzó a adoptar una postura radicalmente diferente a la que había mostrado como canciller de Inglaterra. Abandonó la vida de lujo y ostentación que había llevado en la corte para adoptar una vida austera, dedicándose por completo a la reforma eclesiástica y a la Reforma Gregoriana que había promovido el Papa Gregorio VII. Esta reforma, que abogaba por la independencia de la iglesia de la interferencia secular, rápidamente se convirtió en un punto de fricción entre Becket y Enrique II.
Renuncia al Cargo de Canciller
Una de las primeras decisiones simbólicas que Becket tomó tras su consagración fue renunciar al cargo de canciller de Inglaterra, a pesar de que legalmente podía mantener ambos puestos. El famoso dicho de Becket, «Un hombre no puede servir a dos señores», reflejaba su nuevo compromiso con la iglesia y la independencia eclesiástica. Para Enrique II, esta decisión fue un golpe directo a su autoridad. El rey había confiado en Becket para que fuera su aliado en la iglesia, utilizando su posición de arzobispo para controlar a la jerarquía eclesiástica de Inglaterra, pero Becket optó por la obediencia al Papa y a los principios de la iglesia en lugar de a la autoridad real.
El cambio de actitud de Becket sorprendió a muchos. El hombre que había sido su leal canciller, dispuesto a defender los intereses de la monarquía, se convirtió ahora en un firme defensor de la autonomía de la iglesia frente a los intereses de Enrique II. Becket, con su educación en derecho canónico y su formación en las universidades de Bolonia y París, se convirtió en un formidable defensor de la reforma eclesiástica. Esta reforma había sido impulsada por el Papa Gregorio VII a lo largo de Europa, y Becket adoptó plenamente sus principios, particularmente la independencia del clero y la protección de la iglesia frente a las presiones de la monarquía secular.
El Enfrentamiento Inicial: La Política Eclesiástica de Enrique II
El primer gran enfrentamiento entre Becket y Enrique II surgió en torno a las Constituciones de Clarendon, un conjunto de dieciséis artículos que Enrique II presentó en 1164. Estas constituciones tenían como objetivo consolidar el control del rey sobre la iglesia en Inglaterra, permitiéndole, entre otras cosas, influir en la designación de obispos y supervisar la administración de las rentas eclesiásticas. El rey también buscaba que los clérigos fueran juzgados por tribunales laicos por sus delitos, en lugar de estar sujetos únicamente al derecho canónico.
Becket, como arzobispo de Canterbury, se opuso rotundamente a estas constituciones, ya que representaban una amenaza directa a la autonomía de la iglesia. En un concilio celebrado en Westminster en octubre de 1163, Becket defendió la tradición eclesiástica que establecía que los clérigos debían ser juzgados solo por tribunales eclesiásticos, argumentando que la iglesia debía ser libre de la injerencia de los tribunales seculares. Este fue un primer indicio de la creciente distancia entre Becket y el rey Enrique II, quien no estaba dispuesto a ceder ante lo que percibía como una inaceptable interferencia del Papa y la iglesia en los asuntos del reino.
La Firma y la Revocación: El Concilio de Clarendon
En 1164, Becket asistió al Concilio de Clarendon, donde las tensiones alcanzaron su punto máximo. Aunque Becket inicialmente firmó las Constituciones de Clarendon, sus objeciones a los puntos más controvertidos eran bien conocidas. De hecho, Becket firmó las constituciones solo bajo presión, sin aceptar realmente las medidas que imponían. A su regreso a Canterbury, Becket comenzó a revocar su firma, lo que desató la furia de Enrique II. En este punto, la enemistad entre ambos hombres se profundizó de manera irreversible.
Becket apeló a la Santa Sede, solicitando que el Papa interviniera en el conflicto y protegiera la autonomía de la iglesia. Esta intervención del Papa Alejandro III fue vista como una afrenta directa por parte del monarca, quien no estaba dispuesto a permitir que la iglesia tuviera más poder que el propio rey en su reino. La situación se volvió aún más tensa cuando Becket se negó a aceptar las decisiones del rey en lo que respectaba a los nombramientos eclesiásticos, incluyendo la excomunión de los obispos que apoyaban la posición de Enrique II.
El Exilio de Becket: Un Último Intento de Acercamiento
Con las tensiones aumentando, Enrique II comenzó a tomar medidas más drásticas contra Becket. En 1164, después de que Becket revocara su firma en el Concilio de Clarendon, el rey comenzó a presionar al arzobispo para que se sometiera. El enfrentamiento alcanzó un punto culminante en octubre de 1164, cuando, en el Concilio de Northampton, Enrique II exigió que Becket se sometiera a su autoridad o enfrentara las consecuencias. Ante esta amenaza, Becket decidió exiliarse en Francia, buscando refugio en el reino de Luis VII, quien ofreció su protección, junto con el apoyo del Papa Alejandro III.
Durante su exilio, Becket continuó siendo una figura clave en la lucha por la independencia de la iglesia. A pesar de los esfuerzos de Enrique II por socavar su autoridad, Becket mantuvo su postura firme, desafiando abiertamente las políticas regias. El Papa Alejandro III lo apoyó, reconociendo su papel en la defensa de la Reforma Gregoriana y su defensa de la autonomía de la iglesia. Becket, en este período, adoptó una postura cada vez más dura en su lucha contra la interferencia del rey en los asuntos eclesiásticos, y su figura comenzó a ser vista como la de un mártir por muchos miembros de la iglesia.
Las Consecuencias del Conflicto
El conflicto entre Becket y Enrique II no solo afectó las relaciones entre el monarca y la iglesia, sino que también tuvo repercusiones en el reino de Inglaterra. La división entre la autoridad real y la eclesiástica se profundizó, y la crisis de autoridad resultante sembró las semillas para un cambio significativo en las relaciones entre el papado y las monarquías europeas. La excomunión de varios de los seguidores del rey y la amenaza de interdictos sobre Inglaterra hicieron que Enrique II se sintiera presionado a buscar una solución. Sin embargo, el regreso de Becket a Inglaterra en 1170 sería el preludio de una tragedia que culminaría con su muerte en la catedral de Canterbury.
El exilio y el regreso a Inglaterra (1164–1170)
El Exilio en Francia
El 2 de noviembre de 1164, Tomás Becket se vio obligado a abandonar Inglaterra tras el creciente conflicto con Enrique II y su rechazo a las Constituciones de Clarendon, que subrayaban la intención del rey de controlar la iglesia inglesa. Ante la amenaza de encarcelamiento o incluso de muerte, Becket abandonó su sede arzobispal y se embarcó rumbo a Francia, buscando refugio bajo la protección del rey Luis VII. Este exilio no solo marcó un giro drástico en la vida del arzobispo, sino también en la historia de la iglesia inglesa, ya que el papado también se involucró en su defensa.
Durante los primeros años de su exilio, Becket vivió en la abadía de Pontigny, un monasterio cisterciense que, sin embargo, no pudo proporcionarle una paz duradera. A pesar del apoyo de Luis VII y del Papa Alejandro III, las tensiones continuaban. En 1165, Becket se trasladó a otro cenobio cercano a Sens, debido a las amenazas de Enrique II de confiscar las tierras de la orden cisterciense si continuaban brindándole apoyo. Este cambio a un lugar más alejado reflejaba la creciente presión tanto de la monarquía inglesa como de la iglesia, que buscaban acorralarlo.
A lo largo de su exilio, Becket no solo tuvo que lidiar con las dificultades de vivir lejos de su patria, sino que también afrontó el hecho de ver cómo los bienes y rentas de su archidiócesis eran usurpados por los clérigos que permanecían leales a Enrique II. A pesar de la dureza de la situación, Becket nunca cedió en sus principios. Su vida en el exilio estuvo marcada por una dedicación constante a las cuestiones espirituales, convirtiéndose en un hombre más austero y pío que nunca, distanciándose aún más de la figura del canciller fastuoso que había sido en su juventud.
El Apoyo Papal y la Intervención en el Conflicto
En el exilio, Becket continuó siendo una figura clave para la lucha por la independencia de la iglesia en Inglaterra. A pesar de la aparente indiferencia de algunos sectores del papado hacia el conflicto, Becket recibió un gran apoyo de Alejandro III, quien lo elogió como defensor de la iglesia. El Papa, quien también se encontraba en una delicada situación política debido a las tensiones con el emperador germano Federico I Barbarroja, no escatimó esfuerzos en apoyar a Becket. El arzobispo de Canterbury fue visto como un símbolo de la lucha por la independencia eclesiástica en toda Europa, un faro de resistencia ante los intentos de Enrique II por controlar la iglesia.
Sin embargo, este apoyo no fue suficiente para resolver el conflicto. Enrique II, irritado por la obstinación de Becket, continuó presionando a través de una serie de medidas contra la iglesia inglesa. Los obispos leales al rey comenzaron a cuestionar la autoridad de Becket, y se hicieron cada vez más evidentes las divisiones dentro del clero inglés. Al mismo tiempo, Enrique II trataba de recuperar el control de los bienes eclesiásticos, y como parte de su estrategia, presionó al Papa para que redujera el poder de Becket. A pesar de todo, Becket nunca dejó de sostener su derecho y su deber de luchar por la autonomía de la iglesia frente a la intervención secular.
El Regreso a Inglaterra: Un Encuentro con Enrique II
Después de varios años de exilio, la situación comenzó a cambiar. La creciente presión de la iglesia y las demandas populares llevaron a una nueva ronda de negociaciones entre Becket y Enrique II. En 1169, el Papa Alejandro III intervino directamente, organizando una reunión entre Becket y Enrique II. La cita tuvo lugar en la ciudad francesa de Montmirail, y aunque el encuentro fue tenso, permitió que las partes llegaran a un acuerdo preliminar. Enrique II prometió permitir el regreso de Becket a Inglaterra, y aunque el rey no cedió completamente en cuanto a su control sobre la iglesia, la reconciliación pareció posible.
La noticia de este acuerdo fue recibida con entusiasmo en Inglaterra, donde Becket era visto como un mártir que había sufrido injustamente. La presencia de Becket en el país se esperaba como una señal de que la relación entre la iglesia y la monarquía podría normalizarse. Sin embargo, el regreso de Becket no significaba el fin de los conflictos. De hecho, la situación política seguía siendo delicada, y las tensiones entre el arzobispo y Enrique II no desaparecieron con la firma del acuerdo.
La Coronación de Enrique el Joven y el Enfrentamiento Final
El regreso de Becket a Inglaterra, tras años de exilio, no fue solo una victoria personal, sino también una señal de que la iglesia en Inglaterra no estaba dispuesta a ceder ante las demandas del rey. A pesar de los acuerdos alcanzados, las diferencias entre ambos seguían presentes, y el último desencuentro sería el más dramático. La coronación de Enrique el Joven, el hijo de Enrique II, en 1170, fue el detonante del conflicto final.
De acuerdo con la tradición, la coronación de un heredero debía llevarse a cabo en la Catedral de Canterbury, lugar de la sede arzobispal. Sin embargo, Enrique II, en un intento de reafirmar su control sobre la iglesia, decidió que la ceremonia de coronación de Enrique el Joven se llevara a cabo en York, bajo la supervisión de Roger de York, quien era leal a la monarquía. Este acto fue visto por Becket como una grave ofensa, una usurpación de sus derechos y una violación de los principios canónicos. En respuesta, Becket excomulgó a Roger de York y a los obispos que apoyaron la coronación en York, además de emitir una nueva excomunión sobre Enrique II.
El rey, furioso por este acto de desafío público, no pudo soportar la humillación. En una famosa explosión de cólera, se dice que Enrique II exclamó: «¿Quién me librará de este monje insoportable?», en referencia a Becket. Cuatro de sus caballeros, Richard de Brit, Reginald Fitz-Urse, William Tracy y Hugh de Morville, interpretaron esta frase como una orden directa para eliminar a Becket de una vez por todas.
La Muerte de Tomás Becket: El Martirio
El 29 de diciembre de 1170, mientras Tomás Becket celebraba la misa en la Catedral de Canterbury, los cuatro caballeros irrumpieron en el templo y, con gran brutalidad, le asestaron varios golpes de espada. Becket murió en el acto, convirtiéndose en un mártir de la iglesia. Su muerte provocó una inmediata condena tanto en Inglaterra como en el resto de Europa. La noticia de su asesinato se difundió rápidamente, y pronto miles de peregrinos comenzaron a llegar a Canterbury para venerar su tumba.
La rapidez con la que Alejandro III procedió a canonizar a Becket en 1173 (solo tres años después de su muerte) muestra la importancia que la iglesia le concedió a su sacrificio. Su martirio no solo fortaleció la causa de la independencia de la iglesia inglesa, sino que también marcó el inicio de una era de reformas que cambiarían la relación entre el papado y la monarquía inglesa para siempre.
Las Consecuencias de su Muerte
En respuesta al asesinato de Becket, Enrique II fue obligado a hacer una penitencia pública, que incluyó un acto de humillación ante la tumba del mártir. Se dice que el rey se sometió a una flagelación pública en la catedral, como una forma de expiar el crimen que, aunque cometido por sus vasallos, fue ampliamente visto como un acto impulsado por su propia ira.
El asesinato de Becket dejó una marca indeleble en la historia de Inglaterra. Su muerte consolidó su estatus como santo y mártir, y la peregrinación a su tumba se convirtió en una tradición que perduró durante siglos. Además, el impacto de su sacrificio dejó una profunda huella en las relaciones entre la iglesia y el estado, reafirmando la lucha por la autonomía eclesiástica frente a los intentos de control secular.
Muerte, canonización y legado (1170–1179)
La Muerte de Tomás Becket y su Canonización Rápida
La muerte de Tomás Becket en la catedral de Canterbury, el 29 de diciembre de 1170, fue un evento que no solo conmocionó a Inglaterra, sino a toda Europa cristiana. El asesinato de un alto prelado en la casa de Dios sacudió los cimientos de la cristiandad medieval, y la noticia de su muerte se difundió rápidamente por todo el continente. Becket había sido una figura central en el conflicto entre la autoridad real y la iglesia, y su trágico final lo convirtió en un mártir de la fe cristiana.
La reacción a su muerte fue inmediata. En Inglaterra, la indignación fue generalizada, no solo entre el clero, sino también entre el pueblo llano. La noticia de su asesinato provocó una oleada de repudio hacia Enrique II, que se vio obligado a tomar medidas para apaciguar la furia popular. Los cuatro caballeros que asesinaron a Becket, aunque en principio actuaron por cuenta propia, fueron vinculados directamente a la ira del rey, cuya exclamación, «¿Quién me librará de este monje insoportable?», fue interpretada como una autorización para cometer el crimen.
En 1173, solo tres años después de su muerte, el Papa Alejandro III procedió a canonizar a Tomás Becket, reconociéndolo como santo mártir de la iglesia. La rapidez con la que se llevó a cabo la canonización refleja el impacto que tuvo su muerte no solo en el ámbito religioso, sino también en el político, especialmente en el contexto del conflicto entre el poder secular y la autoridad papal. Becket, quien había luchado hasta el final por la independencia de la iglesia frente al control de la monarquía, se convirtió en un símbolo de la resistencia eclesiástica contra la intervención estatal en los asuntos religiosos.
Las Repercusiones Inmediatas para Enrique II
La muerte de Becket y su rápida canonización tuvieron profundas repercusiones para Enrique II. Aunque el rey intentó deshacerse de Becket en vida, la iglesia le recordó que el asesinato de un santo no quedaría impune. En un acto de penitencia pública, Enrique II se sometió a la humillación de peregrinar hasta la tumba de Becket en Canterbury, donde se flageló ante el altar como una forma de expiar su responsabilidad moral en la muerte del arzobispo. Esta penitencia pública fue ordenada por el Papa Alejandro III, quien también le impuso una serie de condiciones para garantizar que no se produjeran más abusos contra la iglesia en el futuro.
El castigo impuesto a Enrique II fue simbólico, pero significativo. La imagen del rey siendo flagelado frente a la tumba de Becket se convirtió en un símbolo poderoso de la superioridad de la iglesia sobre el poder secular. Enrique II fue perdonado por el Papa, pero la humillación pública fue un recordatorio de que, a pesar de su poder real, los monarcas medievales no podían desafiar impunemente la autoridad papal.
La reconciliación entre Enrique II y la iglesia no se limitó solo a la penitencia pública. A partir de ese momento, el monarca tuvo que aceptar que la iglesia gozarían de una independencia relativa, especialmente en lo que respecta a la justicia y la administración eclesiástica. Aunque las tensiones no desaparecieron por completo, la muerte de Becket y su canonización marcaron el fin de una era de intervención directa de los monarcas en los asuntos religiosos de Inglaterra.
La Peregrinación a Canterbury y el Culto a Becket
Tras la canonización de Becket en 1173, su tumba en Canterbury se convirtió en un centro de peregrinación. Miles de personas viajaron desde todos los rincones de Europa para rendir homenaje al santo mártir y buscar su intercesión. El culto a Santo Tomás Becket se extendió rápidamente por todo el continente, especialmente en los países cercanos a Inglaterra, como Francia y España. La tumba de Becket en Canterbury se convirtió en uno de los destinos más importantes para los peregrinos medievales, y su popularidad rivalizó con la de otros santos conocidos, como San Santiago en Compostela.
En el mismo año de su canonización, Alejandro III también decretó que Enrique II debería realizar una peregrinación a la tumba de Becket como parte de su penitencia. La adoración de Becket y las peregrinaciones que se realizaban a su tumba fueron vistas como una forma de recordar a los monarcas y a los gobernantes que su poder no debía superar el de la iglesia. A medida que el culto se consolidaba, la figura de Tomás Becket comenzó a ser vista como un símbolo de la lucha por la justicia y la independencia religiosa.
En términos artísticos y literarios, la figura de Becket fue ampliamente celebrada. En la literatura medieval, Becket fue retratado como un héroe cristiano, un hombre de principios que defendió a la iglesia a pesar de las amenazas y la violencia del poder secular. La figura de Becket también inspiró muchas representaciones artísticas, desde vitrales hasta esculturas, que lo mostraban como un mártir piadoso, dispuesto a dar su vida por la fe.
La Popularidad de Becket en España
La veneración de Tomás Becket no se limitó a Inglaterra y Francia. En España, el culto al arzobispo de Canterbury fue especialmente fuerte durante los siglos XIII y XIV, cuando el reino de Castilla y León estaba profundamente influenciado por la tradición católica medieval. La reina Leonor de Plantagenet, hija de Enrique II y esposa de Alfonso VIII de Castilla, fue una de las principales impulsoras de la devoción hacia Becket en la península ibérica. La princesa británica, aunque apenas tenía diez años cuando Becket murió, llevó consigo a su corte el fervor por el santo mártir.
En 1175, un grupo de clérigos ingleses fundó en Salamanca la primera iglesia dedicada a Becket fuera de las Islas Británicas, conocida como la Iglesia de Santo Tomás Canturiense. Además, la reina Leonor, con el apoyo del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, mandó construir una capilla dedicada a Becket en la Catedral de Toledo, la primera en España dedicada a este santo. Esta capilla, aunque ya no se conserva, fue un importante centro de culto para los fieles españoles que querían rendir homenaje al santo inglés.
El culto a Tomás Becket también fue usado por los reyes de Castilla para fomentar la unidad religiosa y política contra los adversarios políticos. Durante las Cortes de Segovia de 1386, el rey Juan I de Castilla invocó el asesinato de Becket como un ejemplo de la maldad de los ingleses, utilizando su imagen como una herramienta para consolidar el apoyo popular en su lucha contra la influencia inglesa en la península.
El Legado de Tomás Becket
El legado de Tomás Becket es complejo y multifacético. A nivel religioso, Becket se consolidó como uno de los mártires más importantes de la Edad Media, un defensor de la iglesia contra las presiones del poder secular. Su vida y muerte ejemplificaron la lucha por la independencia de la iglesia, un tema que continuaría siendo central en las luchas entre papado y monarquía durante siglos.
Políticamente, la muerte de Becket y su canonización tuvieron un impacto duradero en las relaciones entre la monarquía inglesa y la iglesia. Aunque Enrique II no fue completamente derrotado, la figura de Becket fue un recordatorio constante de las tensiones que existían entre los intereses del rey y los de la iglesia. La muerte de Becket marcó el inicio de una nueva era en la que el papado pudo consolidar una mayor influencia sobre las monarquías europeas.
En términos históricos, Tomás Becket se convirtió en una figura central en la historia de la iglesia inglesa, y su martirio dejó una huella indeleble en la memoria colectiva de Europa medieval. La lucha por la independencia de la iglesia y la figura de Becket como mártir perduraron mucho más allá de su muerte, y su legado siguió siendo un faro de inspiración para aquellos que defendían la libertad religiosa frente a los poderes seculares.
MCN Biografías, 2025. "Tomás Becket (1118–1170): El Mártir de Canterbury que Desafió al Poder Real y Transformó la Iglesia Inglesa". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/becket-thomas [consulta: 4 de febrero de 2026].
