Alfonso I de Portugal (1110–1185): El Conquistador que Fundó la Monarquía Portuguesa

Alfonso I de Portugal (1110–1185): El Conquistador que Fundó la Monarquía Portuguesa

Alfonso I de Portugal, conocido también como Alfonso Henríquez, fue una de las figuras más determinantes en la historia de la península ibérica durante la Edad Media. Nacido el 25 de julio de 1110 en Guimaraes, Portugal, y fallecido el 6 de diciembre de 1185 en el monasterio de Decelas, Alfonso I es reconocido como el fundador del Reino de Portugal y el primer monarca de la dinastía de Borgoña. Su reinado, que se extendió de 1139 hasta su muerte, marcó el inicio de la independencia de Portugal del Reino de León y su consolidación como un reino cristiano autónomo en la Europa medieval. Alfonso I es particularmente célebre por sus conquistas militares, que incluyeron la toma de Lisboa, un evento que cambió el curso de la historia del país, así como su constante lucha contra los musulmanes en el sur y las tensas relaciones con la vecina Castilla.

Orígenes y Formación

El linaje de Alfonso Henríquez

Alfonso Henríquez nació en una época convulsa para la península ibérica, una región caracterizada por la lucha constante entre los reinos cristianos y musulmanes. Era hijo de Enrique de Borgoña y de doña Teresa, hija de Alfonso VI de León, lo que lo situaba en el corazón de las disputas dinásticas y territoriales de la época. Su linaje lo vinculaba con los poderosos reinos de León y Borgoña, pero también lo convertía en un personaje clave en las disputas por la supremacía sobre los territorios ibéricos.

A la temprana muerte de su padre en 1112, el joven Alfonso heredó el condado de Portugal, una pequeña porción de tierra que estaba bajo la sujeción del Reino de León. Sin embargo, dado que Alfonso era aún un niño, su madre, doña Teresa, asumió la regencia, con la misión de administrar el territorio hasta que su hijo alcanzara la mayoría de edad. Durante esta regencia, Alfonso creció en un contexto de tensiones internas, ya que la nobleza del sur del Miño, los nobles más poderosos de la región, apoyaban a su madre, pero no todos los nobles estaban de acuerdo con las decisiones que ella tomaba, especialmente en cuanto a sus alianzas políticas.

La regencia de su madre y la influencia de Egas Moniz

Durante su infancia, Alfonso fue tutelado por Egas Moniz, un influyente hidalgo que desempeñó el papel de ayo del joven príncipe. Moniz, un hombre de gran sabiduría y prestigio, fue fundamental en la formación política y militar de Alfonso. A través de su mentoría, el futuro rey desarrolló las habilidades que necesitaría para enfrentar los conflictos que se avecinaban.

Doña Teresa, por su parte, intentó consolidar su poder en un contexto difícil, pues su objetivo era lograr una mayor autonomía para el condado de Portugal dentro del reino de León. Con el tiempo, sus políticas y decisiones, especialmente la elección de Fernando Pérez, conde de Trava, como su valido, generaron tensiones con ciertos sectores de la nobleza portuguesa. Estos nobles se sintieron excluidos de la administración de los asuntos del condado y comenzaron a ver en Alfonso Henríquez un líder capaz de darles voz.

Ascenso al poder y primeros conflictos

El desafío a la regencia de su madre

La primera gran confrontación de Alfonso I con su madre ocurrió en 1127, cuando el joven príncipe decidió reclamar el gobierno del condado. Doña Teresa, que aún consideraba tener la autoridad legítima, se negó a ceder el poder. Así comenzó una lucha entre los partidarios de la regente y los de Alfonso Henríquez, que pronto se convirtió en una batalla abierta por el control del territorio.

En este contexto, el joven Alfonso se vio obligado a enfrentarse a un enemigo mucho más grande: la Corona de León, encabezada por Alfonso VII, quien consideraba a Portugal parte de su dominio. En 1128, mientras las fuerzas leonesas sitiaban Guimaraes, los nobles portugueses, que estaban del lado de Alfonso Henríquez, proclamaron en nombre de este que Portugal sería vasallo de la Corona leonesa, con Egas Moniz como fiador de esta promesa. Esta acción provocó que Alfonso VII levantara el cerco, pero el conflicto no estaba resuelto.

La intervención de Alfonso VII y la victoria en San Mamede

Poco después, la batalla de San Mamede, librada en 1128 cerca de Guimaraes, resultó ser el punto de inflexión para el futuro de Portugal. En esta decisiva confrontación, las fuerzas de Alfonso Henríquez derrotaron a las tropas de su madre y el conde de Trava. Con la victoria, Alfonso Henríquez consolidó su poder y expulsó a doña Teresa y a sus aliados, marcando el fin de su regencia. Esta victoria también significó el inicio de la independencia de Portugal frente a León, ya que Alfonso VII, ocupado con otros asuntos, no pudo seguir interviniendo en los asuntos del condado.

Este triunfo no solo significó una victoria militar, sino también un hito político. Aunque Alfonso Henríquez aún no fue reconocido formalmente como rey, su ascenso al poder fue indiscutible. Los siguientes años estuvieron marcados por un arduo proceso de consolidación interna y de fortalecimiento de la autoridad real.

El reinado y la consolidación del poder

El reconocimiento como rey

A pesar de su victoria en San Mamede, Alfonso Henríquez no obtuvo inmediatamente el reconocimiento como monarca independiente. No fue hasta 1139, después de haber logrado importantes victorias militares contra los musulmanes en el sur, que se autoproclamó rey de Portugal. Esta proclamación fue un acto de desafío hacia Alfonso VII, quien aún consideraba a Portugal parte de su dominio. Aunque Alfonso VII no reconoció de inmediato el nuevo título, la proclamación de Alfonso Henríquez como rey fue un paso crucial para la independencia del futuro Reino de Portugal.

Alfonso I necesitaba el respaldo de la Iglesia para consolidar su poder, y en 1143, logró obtener la protección papal a cambio de un censo anual de oro. Este apoyo papal fue fundamental para fortalecer su posición frente a los reinos vecinos y para lograr una mayor estabilidad interna.

Los primeros años de su reinado y la relación con Castilla

Durante los primeros años de su reinado, Alfonso I buscó afianzar el control de su territorio y expandir sus dominios. Aunque la relación con Castilla se había vuelto tensa, con la coronación de Alfonso Henríquez como rey, las relaciones entre los dos reinos pasaron por varios altibajos. En 1143, Alfonso VII de León aceptó, tras una conferencia en Zamora, reconocer a Alfonso Henríquez como rey, pero solo a condición de que se mantuviera como vasallo de la Corona leonesa.

Pese a esta relación tensa, los esfuerzos de Alfonso I por consolidar su reino y expandir su territorio fueron incansables, y su reinado estuvo marcado por una serie de éxitos militares y conquistas, especialmente en el sur, donde luchó contra los musulmanes.

Expansión territorial y conquistas

La conquista de Lisboa

Una de las victorias más destacadas de Alfonso I de Portugal fue la conquista de Lisboa, en 1147. Esta ciudad, que estaba bajo control musulmán, era clave tanto estratégica como simbólicamente. La toma de Lisboa se convirtió en un hito para el joven reino de Portugal, pues no solo marcó una importante victoria sobre los musulmanes, sino que también tuvo un impacto psicológico profundo en toda la región.

Alfonso I no actuó solo en este asedio. En lugar de enfrentar a los musulmanes con sus propias fuerzas, logró reclutar una armada de cruzados que se encontraba en la península ibérica. Estos cruzados, procedentes de diversos lugares como Alemania, Inglaterra y Flandes, se unieron a las fuerzas portuguesas en el asedio de la ciudad. Tras un largo y arduo asedio, Lisboa finalmente se rindió el 23 de octubre de 1147. Este logro no solo consolidó la independencia de Portugal frente a León y Castilla, sino que también permitió a Alfonso I expandir su influencia en la región del Alentejo y en el Valle del Tajo.

Con la caída de Lisboa, las fuerzas musulmanas en la región perdieron un importante bastión y, en consecuencia, muchas otras ciudades y fortalezas, como Sintra y Palmela, también se rindieron rápidamente. La toma de Lisboa fue una muestra del creciente poder militar de Alfonso I, y la ciudad pasó a convertirse en un símbolo de la resistencia y expansión cristiana en la península.

La continua expansión hacia el sur

Tras la toma de Lisboa, Alfonso I no se detuvo en su avance. Durante las décadas siguientes, emprendió una serie de conquistas que ampliaron aún más el territorio del reino. En 1158, conquistó Alcácer do Sal tras un largo asedio de dos meses, lo que le permitió consolidar su dominio sobre el Alentejo. En 1162, otro golpe de mano fue llevado a cabo por Fernando Gonçalves, quien, acompañado de un grupo de burgueses y villanos, conquistó la ciudad de Beja. Este tipo de acciones reflejó la determinación de Alfonso I por expandir los límites de su reino y, a la vez, eliminar las fortalezas musulmanas del sur.

Además de estas victorias, en 1166, el monarca portugués lideró una invasión del Alentejo, conquistando ciudades clave como Serpa, Moura y Alconchel, y reconstruyendo castillos como el de Courache, que se encontraba entre Évora y el Tajo. La consolidación de estos territorios fue vital para el futuro de Portugal, pues aseguraba no solo la expansión territorial, sino también el control de rutas comerciales y estratégicas.

Conflictos con Castilla y León

El matrimonio de doña Urraca y la guerra con León

Aunque las conquistas territoriales de Alfonso I le otorgaron prestigio, su reinado no estuvo exento de conflictos con el Reino de León. En 1165, la situación política en la península ibérica cambió cuando doña Urraca, hija de Alfonso I, se casó con el rey Fernando II de León, quien sucedió a Alfonso VII. A pesar de este matrimonio dinástico, las tensiones entre Portugal y León no se resolvieron, y una guerra abierta entre ambos reinos estalló poco después.

Alfonso I, decidido a expandir su influencia en Galicia, envió a su hijo Sancho a la conquista de la ciudad de Ciudad Rodrigo. Sin embargo, la incursión fue interceptada y derrotada por las fuerzas leonesas en un lugar llamado Arganal, lo que obligó a Sancho a huir. En respuesta a esta derrota, Alfonso I emprendió una serie de expediciones para ocupar el territorio gallego, extendiendo su dominio desde Tuy hasta las márgenes del río Lerez. En este proceso, construyó fortificaciones estratégicas como la fortaleza de Cedofeita, lo que aumentó aún más su control sobre la región.

La derrota en Arganal y la ocupación de Galicia

En la primavera de 1169, Alfonso I se dirigió nuevamente hacia el sur, con la intención de sitiar la ciudad de Badajoz, controlada por los musulmanes. Sin embargo, durante el asedio, las fuerzas leonesas, lideradas por Fernando II, intervinieron para liberar la ciudad. En este punto, las tropas portuguesas quedaron atrapadas entre dos frentes: los musulmanes en la ciudad y las fuerzas leonesas fuera de ella. Durante un intento de retirada, Alfonso I sufrió una grave lesión, rompiéndose una pierna, lo que lo dejó vulnerable y permitió que las tropas de Fernando II capturaran al monarca portugués. Alfonso I fue prisionero durante dos meses, y solo fue liberado cuando Fernando II, conocido por su generosidad, aceptó liberarlo sin condiciones, a cambio de las plazas que había conquistado en territorio musulmán.

Últimos años y legado

La resistencia a los almohades

Los últimos años de Alfonso I estuvieron marcados por el declive de sus capacidades físicas y la creciente amenaza de los almohades, un nuevo imperio musulmán que estaba tomando fuerzas en el norte de África. En 1171, los generales almohades sitiaron la ciudad de Santarém, y aunque la situación parecía desesperada, la intervención de Fernando II de León permitió a Alfonso I resistir el asedio. Sin embargo, el monarca portugués ya no estaba en condiciones de liderar más campañas militares.

En 1179, la Santa Sede reconoció formalmente a Alfonso I como rey de Portugal, lo que consolidó su estatus y su soberanía frente a los demás reinos de la península. Este reconocimiento papal, reflejado en la bula Relatum est, fue un paso importante para la estabilidad interna de Portugal, ya que consolidó la legitimidad de la nueva monarquía. A partir de este momento, el tributo anual que el rey de Portugal enviaba a Roma fue incrementado a dos marcos de oro, como símbolo de la sumisión religiosa del reino.

Reconocimiento papal y el fin de su reinado

A lo largo de su reinado, Alfonso I demostró ser un monarca astuto, capaz de manejar las complejidades políticas y militares de la época. Tras sus últimos años marcados por la incapacidad para seguir luchando, Alfonso I murió el 6 de diciembre de 1185 en el monasterio de Decelas, donde fue enterrado en una tumba que más tarde sería adornada con un mausoleo construido por su hijo Sancho I.

El legado de Alfonso I

El legado de Alfonso I de Portugal perduró mucho más allá de su muerte. Fue el creador de dos órdenes militares portuguesas: la de Ala y la de San Bento de Aviz. También apoyó la llegada de los Caballeros de Rodas a Portugal, lo que fortaleció la defensa del reino. Alfonso I fundó importantes monasterios, como los de Santa Cruz de Coimbra, Santa María de Alcobaça, San Vicente de Fora de Lisboa y San Juan Bautista de Tarouca, que fueron cruciales para el desarrollo religioso y cultural del país. Su figura, a lo largo de los siglos, fue venerada como el fundador del Estado portugués, y su reinado marcó el inicio de una nueva era para el reino de Portugal.

Con la consolidación de la monarquía portuguesa bajo Alfonso I, el reino pasó a ser una potencia independiente que seguiría creciendo y prosperando bajo la dinastía de Borgoña, convirtiéndose en un actor relevante en los asuntos europeos durante siglos.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Alfonso I de Portugal (1110–1185): El Conquistador que Fundó la Monarquía Portuguesa". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/alfonso-i-rey-de-portugal [consulta: 4 de febrero de 2026].