Manuel Abad y Queypo: Reformista eclesiástico en tiempos de revolución
Manuel Abad y Queypo, obispo español del siglo XVIII y XIX, es una figura clave para entender los complejos vínculos entre la Iglesia, la política y los movimientos sociales en el contexto de las revoluciones hispanoamericanas y la restauración monárquica en España. Nacido en Villapedre (Asturias) en 1751 y fallecido en Toledo en 1825, su trayectoria estuvo marcada por el compromiso con la justicia social, la moderación política y una postura crítica tanto frente a los excesos del absolutismo como del revolucionarismo.
Orígenes y contexto histórico
El contexto en el que nació y vivió Abad y Queypo fue uno de transformaciones políticas, sociales y religiosas sin precedentes. En la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, la monarquía hispánica atravesaba una profunda crisis estructural agravada por las ideas ilustradas, los cambios económicos y las influencias externas, como la Revolución Francesa.
Abad y Queypo se formó en el seno de la Iglesia católica, eligiendo una carrera eclesiástica que pronto lo llevó fuera de la península, primero a Guatemala y luego, en 1784, al virreinato de Nueva España, específicamente a Michoacán (México). Allí comenzó a destacar por su pensamiento reformista, en un momento en el que las posesiones españolas en América ya comenzaban a mostrar signos de descontento con el dominio colonial.
En ese mismo contexto surgieron medidas polémicas como la desamortización promovida por Godoy en 1804, contra las cuales Abad y Queypo se manifestó enérgicamente, defendiendo los derechos de la Iglesia sin abandonar su perspectiva crítica. A pesar de su oposición a la expropiación eclesiástica, fue uno de los pocos clérigos que, desde posiciones institucionales, se atrevieron a proponer reformas sociales que evitaran el estallido revolucionario.
Logros y contribuciones
Uno de los logros más significativos de Abad y Queypo fue su participación activa en los debates sobre la relación entre el poder civil y el religioso. En sus escritos dirigidos al monarca entre 1799 y 1805, planteó reformas estructurales destinadas a corregir las desigualdades sociales en América, promoviendo soluciones que consideraba imprescindibles para impedir que la revolución se extendiera como lo había hecho en Francia.
Su regreso a España en 1808, con el objetivo de anular el decreto que transfería las rentas de las capellanías al tesoro público, fue exitoso. No obstante, su retorno a América poco después coincidió con el estallido de la insurrección en Nueva España en 1810, liderada por figuras como Miguel Hidalgo. Como obispo de Valladolid en Michoacán, Abad se alineó inicialmente con el bando realista, aunque su comportamiento posterior fue interpretado como conciliador, lo que le valió duras críticas por parte de sus correligionarios más conservadores.
La excomunión de Hidalgo, publicada el 28 de septiembre de 1810 en la Gaceta extraordinaria del Gobierno de México, marcó un momento clave en su carrera, pues ilustró su difícil equilibrio entre obediencia eclesiástica y comprensión del conflicto social. A pesar de su condena a los insurgentes, en 1813 insistía en que los daños económicos derivados de la guerra debían ser compartidos de forma equitativa entre acreedores y deudores, una posición adelantada para su tiempo.
Momentos clave
Encarcelamiento y propuesta de reconciliación
El retorno de Fernando VII al trono en 1814 tras la caída de Napoleón supuso una regresión autoritaria. Abad y Queypo, que había manifestado su oposición abierta a la Inquisición, fue separado de su cargo, deportado a España y encarcelado en Madrid. Durante su detención, redactó en 1815 el influyente informe «Sobre los enemigos que promueven la independencia de América», en el que advertía sobre las consecuencias de una política represiva hacia las colonias.
Este informe motivó dos reuniones secretas con el rey en enero de 1816, donde Abad propuso una amnistía general para liberales e insurgentes, extendida a las provincias de ultramar. Su visión era pragmática: para mantener el imperio y evitar el colapso del orden social, era necesario perdonar y reintegrar a los rebeldes que depusieran las armas.
Su propuesta fue aceptada, y como recompensa fue nombrado ministro de Justicia. Sin embargo, esta rehabilitación fue efímera: esa misma noche fue arrestado nuevamente por orden del inquisidor general y confinado en un convento.
Liberalismo moderado y tercer encarcelamiento
Los sucesos de 1820, cuando triunfó el levantamiento liberal encabezado por Riego, le devolvieron la libertad. Abad y Queypo fue elegido diputado a Cortes por Asturias (1820-1822) y nombrado consejero honorario de Estado. Además, fue designado obispo de Tortosa en 1822, aunque nunca llegó a tomar posesión efectiva del cargo.
En 1823, con la restauración absolutista tras la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis, fue detenido por tercera vez, acusado nuevamente por la Inquisición. Esta vez fue condenado a seis años de reclusión en el convento de Santa María de la Sisla (Toledo), donde falleció en 1825.
Relevancia actual
La figura de Manuel Abad y Queypo sigue siendo de gran relevancia para historiadores y estudiosos de las relaciones Iglesia-Estado en Hispanoamérica. Representa un tipo de liderazgo eclesiástico comprometido con la reforma, la justicia y la moderación, características poco comunes en un periodo dominado por polarizaciones extremas entre absolutismo e independentismo.
Su legado destaca por:
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Ser uno de los primeros clérigos en denunciar los abusos del poder político sobre la Iglesia, sin caer en una defensa acrítica de los privilegios eclesiásticos.
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Proponer reformas sociales estructurales con sentido de equidad, cuando la mayoría de los líderes preferían mantener el statu quo.
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Plantear una visión conciliadora y realista frente a los movimientos de independencia, alejada tanto del conservadurismo represivo como del radicalismo revolucionario.
Además, su pensamiento se alinea con las tendencias más modernas dentro del pensamiento político-religioso, anticipando debates sobre laicidad, equidad social y reconciliación nacional que siguen vigentes en muchos países de América Latina.
Un legado de justicia y reforma
Manuel Abad y Queypo encarna la figura del reformista sensato en tiempos de transformación. Su vida estuvo atravesada por la defensa de valores que hoy siguen siendo esenciales: equidad, libertad religiosa, moderación política y reconciliación social. Desde su actividad pastoral en Michoacán hasta sus propuestas ante la Corona, demostró que es posible ejercer el poder desde una perspectiva ética, sin renunciar a la crítica ni a la compasión.
Aunque su paso por los cargos de poder fue breve y accidentado, sus escritos, acciones y decisiones lo convierten en un símbolo de resistencia moral frente a las injusticias del absolutismo y la violencia revolucionaria. Su muerte en reclusión es testimonio de los riesgos que implica defender la verdad y la justicia en tiempos convulsos.
Hoy, el nombre de Abad y Queypo debe ser recordado no solo por su rol en la historia eclesiástica o política, sino como ejemplo de cómo la razón, la fe y la ética pueden y deben coexistir en la vida pública. Su legado, aunque silenciado durante mucho tiempo, sigue iluminando los caminos del pensamiento reformista y del diálogo entre culturas, credos y sistemas de gobierno.
MCN Biografías, 2025. "Manuel Abad y Queypo: Reformista eclesiástico en tiempos de revolución". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/abad-y-queypo-manuel [consulta: 4 de febrero de 2026].
