Pedro D’Onofrio (1859–?): Del campesinado italiano a pionero de la industria heladera en Perú

De Caserta al Nuevo Mundo: migración, trabajo y primeras empresas (1859–1900)

Contexto migratorio y orígenes familiares

A mediados del siglo XIX, Italia atravesaba un periodo de profundos cambios políticos y económicos. La unificación del país trajo consigo nuevas estructuras administrativas, pero también dejó al sur en una situación de rezago económico. En este contexto nació Pedro D’Onofrio en 1859, en Caserta, una pequeña ciudad agrícola cercana a Nápoles. Hijo menor de una familia campesina, creció en una realidad de escasas oportunidades, marcada por el trabajo rural y la dependencia de un sistema agrario atrasado.

Como muchos jóvenes del sur de Italia en aquella época, Pedro fue influenciado por los relatos que circulaban sobre las Américas, especialmente el auge económico en países como Argentina, Brasil y Perú, donde se abrían posibilidades laborales para quienes buscaban prosperar. Las noticias sobre el boom guanero en el Perú resonaban en toda Italia, atrayendo a miles de inmigrantes deseosos de una vida mejor. Para Pedro, ese imaginario fue decisivo: desde joven soñó con emigrar, trabajar duro, ahorrar, y eventualmente regresar a su tierra natal con recursos y dignidad.

Los primeros pasos en América

A los 21 años, impulsado por este anhelo, Pedro D’Onofrio partió hacia Argentina, donde se asentó en Buenos Aires, una ciudad que vivía una fuerte expansión y recibía decenas de miles de inmigrantes europeos. Allí desempeñó diversos oficios humildes: fue obrero de construcción, jardinero, portero, entre otros. Cada jornada significaba un paso más en su aprendizaje del mundo urbano y laboral. Según la investigadora Janet Worrall, permaneció en Argentina hasta 1888, año en que decidió regresar temporalmente a Italia para pasar la Navidad con su familia.

Durante esta visita a Caserta, Pedro contrajo matrimonio con Raffaella Di Paolo, dando un nuevo giro a su vida. La pareja decidió regresar a Buenos Aires, donde Pedro esperaba continuar su búsqueda de progreso. Sin embargo, una confusión en el puerto cambió sus planes para siempre: embarcaron por error rumbo a Nueva York en lugar de Argentina.

Desprovistos de recursos para rectificar el rumbo o regresar a Italia, decidieron permanecer en Estados Unidos, adaptándose una vez más a las circunstancias. El país norteamericano ofrecía oportunidades, pero también demandaba resistencia. Tras evaluar posibles destinos, se establecieron en Patterson, Nueva Jersey, donde vivieron entre 1890 y 1895. Allí nacieron sus primeros hijos: Elvira y Antonio. Aunque Pedro trabajaba con constancia, los empleos eran duros y no le ofrecían la independencia que ansiaba. Su sueño seguía siendo el de tener un negocio propio, ser dueño de su destino.

En ese proceso de búsqueda, volvió a surgir la idea de Italia. Durante una breve estancia en su país natal, Pedro recibió una carta crucial: su amigo Cimorelli, radicado entonces en Richmond, Virginia, lo invitaba a unirse a un negocio de venta de helados. Seducido por la posibilidad de emprender algo propio, Pedro aceptó. Pero al llegar a Richmond, descubrió que su amigo había partido… rumbo al Perú. A pesar del revés, Pedro no se rindió. Se estableció en la ciudad y comenzó a vender helados en un carrito, recorriendo las calles. La experiencia le permitió conocer de cerca al cliente y pulir sus habilidades comerciales. Durante este periodo, nació su hija Virginia, en honor al estado que les acogía.

Fundación del negocio en Lima

Poco tiempo después, Cimorelli volvió a aparecer en la vida de Pedro, esta vez desde Lima, capital del Perú. Le ofreció nuevamente la posibilidad de unirse a él en una empresa de helados, y Pedro, persistente y esperanzado, aceptó. Por entonces, Lima albergaba la mayoría de inmigrantes italianos del Perú, una comunidad numerosa y activa. Según Giovanni Bonfiglio, en 1876 había unos 5.000 italianos en la ciudad, aunque esta cifra disminuiría durante las décadas siguientes, para estabilizarse hacia 1920.

En este contexto, Pedro D’Onofrio y su familia llegaron a Lima, trayendo consigo una máquina para fabricar helados y una carretilla para venderlos. Instalado en una vivienda modesta ubicada en la calle Tipuani, Pedro organizó su primer taller artesanal de helados. Desde el inicio, su modelo fue simple pero eficaz: producir lo necesario para vender el mismo día, sin requerir grandes inversiones iniciales. El negocio era enteramente familiar, como era común entre los inmigrantes italianos, quienes solían integrar a parientes y conocidos a sus emprendimientos.

En 1900, Pedro escribió una carta a su primo Domingo, invitándolo a sumarse al negocio en Lima. Este tipo de cadenas migratorias era característico de la migración italiana al Perú: quienes llegaban lo hacían motivados por la posibilidad de integrarse a una red ya establecida de apoyo económico y laboral. No era una migración masiva, como en Argentina o Brasil, sino selectiva: al Perú sólo llegaban aquellos que podían iniciar o sumarse a un negocio. De hecho, mientras Estados Unidos recibió más de 3,5 millones de italianos, y Argentina más de 2 millones, en el Perú la colonia italiana no superó los 13.000 miembros al comenzar el siglo XX.

Pedro no era un caso común. Proveniente del sur de Italia, contrastaba con la mayoría de inmigrantes italianos del Perú, que venían de Liguria y otras regiones del norte. Sin embargo, supo insertarse en ese mundo con esfuerzo, intuición comercial y constancia. En 1908, apenas una década después de llegar a Lima, fundó una fábrica de hielo, ampliando así su capacidad productiva. Al año siguiente, abrió una heladería en la misma calle Tipuani. Su éxito fue tal que, en 1914, se trasladó a un local más amplio en la intersección de avenida Grau y Cotabambas. Paralelamente, incrementó su flota de carretillas de helado, que en 1919 ya sumaban once, circulando por diferentes calles limeñas.

Pedro llegó al Perú en una época de ascenso social para la comunidad italiana, que pasaba del pequeño comercio a sectores más diversificados. Antes de la década de 1880, los italianos eran conocidos como pulperos, pequeños comerciantes que atendían tiendas de barrio. Pero con el tiempo, muchos de ellos migraron hacia actividades industriales y servicios especializados. En este escenario, Pedro D’Onofrio no solo se insertó, sino que lideró un cambio: el helado, que antes era un lujo eventual, se volvió un producto cotidiano y accesible.

Consolidación empresarial y auge de la marca D’Onofrio (1900–1930)

Expansión del negocio heladero

Durante las primeras décadas del siglo XX, el negocio iniciado por Pedro D’Onofrio comenzó a consolidarse como una referencia dentro de la industria alimenticia de Lima. El crecimiento fue paulatino pero sostenido. Desde el pequeño taller en Tipuani, Pedro logró establecer una estructura productiva y comercial capaz de abastecer la creciente demanda de la capital peruana. El carácter familiar de la empresa facilitó su expansión. No sólo su primo Domingo se unió a las labores, sino también otros allegados italianos, reforzando así el entramado migratorio y empresarial que sostenía a la comunidad itálica en el país.

La fundación de la fábrica de hielo en 1908 representó un paso clave para Pedro. Gracias a esta inversión, pudo controlar el proceso de refrigeración, uno de los cuellos de botella más importantes en la producción y distribución de helados. El siguiente gran hito fue la apertura de una heladería formal en 1909, también en la calle Tipuani. Esta tienda recibió gran afluencia del público limeño, lo que pronto evidenció la necesidad de ampliación.

En 1914, Pedro tomó una decisión estratégica: trasladó el negocio a la intersección de avenida Grau y Cotabambas, en el mismo distrito limeño. El nuevo local no sólo ofrecía mayor espacio, sino también mejor visibilidad y acceso. La expansión también se manifestó en el número de carretillas que vendían helados por las calles: en 1919, estas sumaban ya once unidades, lo cual daba cuenta del posicionamiento de la marca D’Onofrio en el mercado urbano.

Este periodo coincidía con una transformación más amplia dentro de la colonia italiana. Antes del siglo XX, la imagen del inmigrante italiano era la del pulpero de barrio. Sin embargo, gracias a la capacidad de ahorro, el sentido empresarial y el apoyo mutuo entre paisanos, muchos comenzaron a ascender social y económicamente. Pedro fue uno de los primeros ejemplos exitosos de este ascenso. Su historia personificaba un cambio de paradigma: del vendedor ambulante al empresario con visión industrial.

Antonio D’Onofrio y la segunda generación

El año 1919 marcó un nuevo capítulo: Pedro, ya con sesenta años, decidió regresar a Caserta para pasar sus últimos años en su ciudad natal. Antes de partir, dejó el negocio en manos de su hijo Antonio, el mayor de sus hijos, quien había sido formado desde temprana edad para continuar el legado familiar.

Antonio había nacido en Nueva Jersey, pero se crio principalmente en Lima. Asistió a la Escuela Italiana, institución educativa dirigida por miembros de la comunidad italo-peruana, donde tuvo como maestro al influyente Augusto Catanzaro. En 1907, fue enviado por su padre a estudiar en Caserta, donde permaneció hasta los 16 años. Esta experiencia reforzó su conexión con sus raíces italianas y le dio una educación más amplia antes de regresar a Lima a incorporarse de lleno en el negocio familiar.

Una vez al mando de la empresa, Antonio enfrentó varios retos. El primero de ellos era la estacionalidad del producto: las ventas de helado se disparaban en el verano pero caían drásticamente en invierno. Además, la distribución fuera de Lima era limitada debido a la falta de medios adecuados de refrigeración. Frente a estos desafíos, Antonio optó por diversificar la producción.

En 1924, tomó una decisión estratégica que marcaría el futuro de la compañía: fundó la Fábrica de Chocolates D’Onofrio S.A. Esta iniciativa le permitió mantener el flujo comercial durante todo el año, ya que el chocolate, a diferencia del helado, podía venderse sin grandes limitaciones climáticas o logísticas. Además, el chocolate abría un mercado más amplio, que incluía no sólo a Lima sino también a otras regiones del país.

Innovación y modernización

Antonio no se limitó a seguir los pasos de su padre: los mejoró, adaptó y expandió. Uno de los problemas recurrentes era la forma en que se distribuían los helados. Durante la década de 1920, los carritos tradicionales comenzaron a ser sustituidos por vehículos tirados por animales, que aunque más rápidos, seguían siendo poco prácticos. El giro inesperado se produjo gracias a un hecho anecdótico pero decisivo: un hombre se presentó en la fábrica con un viejo cochecito de bebé que deseaba utilizar para vender helados.

Antonio, curioso, permitió hacer la prueba. Para su sorpresa, las ventas de aquel vendedor superaron las de los carritos convencionales. Rápidamente, Antonio entendió el potencial de este nuevo medio: liviano, maniobrable y visualmente atractivo. De inmediato, implementó una flota de carritos similares, que podían empujarse a pie o ser pedaleados, facilitando la movilidad en una Lima que se modernizaba rápidamente.

Así nació una de las imágenes más icónicas del Perú del siglo XX: los carritos amarillos de helado D’Onofrio acompañados de la inconfundible cornetita, un sonido que anunciaba la llegada del vendedor y que formó parte de la vida cotidiana limeña. Esta estrategia no sólo mejoró las ventas, sino que también reforzó la identidad de marca.

La compañía siguió creciendo. En 1930, se mudó nuevamente dentro del distrito, esta vez a la avenida Venezuela, para adecuarse a la creciente demanda. En 1933, se reorganizó jurídicamente como P.; A. D’Onofrio S.A., lo cual no sólo formalizaba la estructura empresarial, sino que abría el camino a nuevas inversiones y tecnologías.

La transformación más significativa ocurrió en 1934, cuando Antonio adoptó una nueva tecnología de congelación directa, recientemente inventada en Estados Unidos. Hasta entonces, los helados se fabricaban con hielo natural y refrigerantes rudimentarios. Esta innovación permitió aumentar la producción, garantizar una mejor conservación y abrir la posibilidad de enviar productos a otras provincias del Perú, gracias al uso de hielo seco.

Antonio D’Onofrio no solo consolidó una empresa rentable, sino que convirtió un pequeño negocio familiar en una industria moderna, con visión expansiva y capacidad tecnológica. En esta etapa, se forjó el mito de D’Onofrio como símbolo nacional, una marca asociada con calidad, tradición y modernidad.

Diversificación empresarial y liderazgo

Bajo la dirección de Antonio D’Onofrio, la empresa D’Onofrio no solo creció en términos de producción de helados y chocolates, sino que también se diversificó hacia otros sectores industriales. Si bien el helado y el chocolate seguían siendo su actividad principal, Antonio expandió su portafolio empresarial al involucrarse en varias otras industrias.

Uno de los campos más destacados fue el de la publicidad, donde Antonio se convirtió en un líder al fundar Iberia S.A. Industria del Offset, una empresa dedicada a la impresión de materiales publicitarios. Esta inversión le permitió fortalecer la presencia de su marca no solo a través de los productos, sino también mediante campañas de marketing que ayudaban a consolidar la imagen de D’Onofrio en todo el país.

De manera paralela, también participó en la creación de Envolturas Industriales S.A., una empresa encargada de producir envolturas de celofán y polietileno para envolver helados, chocolates y caramelos. Esta innovación en los envases no solo representó una mejora en la presentación de los productos, sino también en su conservación y transporte. Antonio D’Onofrio fue un pionero en la introducción de estas envolturas en el mercado peruano, lo que permitió modernizar aún más los productos de su compañía.

Además de estas iniciativas, Antonio se aventuró en la industria pesquera, estableciendo empresas dedicadas a la producción de harina de pescado, un rubro que se expandiría en Perú en las décadas siguientes. Esta diversificación, que también incluyó productos farmacéuticos, no solo fue una estrategia de crecimiento, sino una muestra de su capacidad para identificar oportunidades en mercados emergentes y adaptarse a las necesidades cambiantes del país.

Vínculos con la comunidad italiana

El compromiso de Antonio D’Onofrio con su identidad italiana fue siempre un aspecto clave de su vida. Aunque su éxito empresarial lo había consolidado como una figura destacada en el Perú, no olvidó nunca sus raíces. A lo largo de su vida, mantuvo una estrecha relación con la comunidad italiana en Lima y fue un activo defensor de sus intereses culturales y sociales.

En 1917, Antonio D’Onofrio fundó el “Circolo Sportivo Italiano”, una organización dedicada a promover el deporte y el bienestar físico entre los italianos en el Perú. En ese contexto, Antonio impulsó el ciclismo, que estaba de moda en Europa, importando 100 bicicletas y organizando excursiones. En 1926, el Circolo cambió de nombre a “Circolo Sportivo Italiano” para abarcar todas las disciplinas deportivas. La fundación de esta institución reflejó su convicción de que los italianos debían involucrarse más en actividades físicas y no solo en el comercio o la cultura.

Su involucramiento con el Club Italiano, la institución social más prestigiosa de la colonia, también fue importante. Fundado en 1880, el club era un espacio de encuentro para la elite italiana en Perú, y a través de su membresía, Antonio se mantuvo vinculado con la cultura italiana. Este club no solo organizaba eventos sociales, sino que también se suscribía a revistas italianas, lo que mantenía a sus miembros conectados con las últimas tendencias culturales y políticas de Italia. En este contexto, Antonio conoció a María Teresa Borda, una joven de Turín con la que se casó en 1926, uniendo más aún los lazos familiares y culturales de la comunidad italiana en Perú.

Además de su participación en el Circolo y el Club Italiano, Antonio también estuvo involucrado en la Sociedad Italiana de Beneficencia de Lima, donde ocupó un puesto en el consejo administrativo en 1919. Esta institución fue la primera en Perú dedicada a proporcionar ayuda social y médica a los inmigrantes italianos, y con el tiempo se extendió a la población en general. A través de su trabajo en esta organización, Antonio mostró su compromiso con el bienestar colectivo, un rasgo distintivo de la comunidad italiana en el Perú.

Identidad, legado y nacionalización

Tras décadas de contribución al Perú, Antonio D’Onofrio decidió naturalizarse peruano en 1945, un acto simbólico que consolidó su pertenencia a la nación que lo acogió y a la cual contribuyó de manera significativa. Su legado empresarial perduró más allá de su vida, al igual que la presencia de D’Onofrio como una de las principales marcas de helados y chocolates en el país.

A lo largo de su vida, Antonio se mantuvo fiel a los principios de su padre, Pedro, y al mismo tiempo modernizó y expandió la empresa familiar. De hecho, bajo su liderazgo, D’Onofrio se convirtió en sinónimo de calidad y tradición, y un referente de la industria alimentaria peruana. El modelo de negocio de D’Onofrio también reflejó las características del emprendimiento migrante: se trataba de un negocio familiar, que creció y prosperó en el contexto de las cadenas migratorias italianas, pero que también supo adaptarse a las características del mercado local.

La transformación de D’Onofrio de una pequeña heladería a un imperio industrial es un ejemplo claro de cómo los inmigrantes italianos contribuyeron al desarrollo económico y social del Perú. Además, Antonio D’Onofrio fue un modelo de integración exitosa para la comunidad italiana, cuya participación en el país fue fundamental para la industrialización y modernización de diversas áreas, especialmente en la industria alimentaria.

A través de su involucramiento en las instituciones sociales italianas, su trabajo empresarial y su compromiso con la comunidad, Antonio D’Onofrio dejó un legado que perdura hasta nuestros días. Su visión de crecimiento, innovación y responsabilidad social sigue siendo una referencia para las generaciones posteriores, tanto dentro de la comunidad italiana como para el empresariado peruano en general.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Pedro D’Onofrio (1859–?): Del campesinado italiano a pionero de la industria heladera en Perú". Disponible en: https://mcnbiografias.com/onofrio-pedro-d [consulta: 25 de abril de 2026].