Ettore Scola (1931–2016): El Maestro de la Comedia Italiana y el Cronista de las Pasiones Humanas
Ettore Scola (1931–2016): El Maestro de la Comedia Italiana y el Cronista de las Pasiones Humanas
Contexto cultural e intelectual de la Italia de posguerra
La vida de Ettore Scola se entrelaza con una de las etapas más convulsas y fértiles de la historia cultural italiana. Nacido en Trevico en 1931, fue testigo desde su infancia de los últimos estertores del fascismo, la Segunda Guerra Mundial y, poco después, la reconstrucción de una nación quebrada moral, política y económicamente. Esta Italia de posguerra, marcada por el hambre, la esperanza y la movilidad social incipiente, fue también el caldo de cultivo de una efervescente renovación artística que afectó al cine, la literatura y el pensamiento político.
El cine italiano se convirtió en una herramienta de exploración moral y política: el neorrealismo surgió como expresión de esa urgencia testimonial, con directores como Vittorio De Sica y Roberto Rossellini que usaban el celuloide para contar las penurias del pueblo. Sin embargo, a medida que el país ingresaba en la modernidad, otra corriente emergía: la commedia all’italiana, una sátira cáustica que combinaba humor y crítica social, abriendo un nuevo espacio narrativo donde las debilidades humanas, las contradicciones morales y la vida cotidiana eran protagonistas. En este ambiente, Scola halló el terreno fértil para desarrollar su mirada aguda y su voz como autor.
Influencia del ambiente romano en su vocación narrativa
Criado en Roma, Scola absorbió desde joven la energía de una ciudad donde la política, el arte y el cine se cruzaban en cada esquina. La capital italiana no solo era un centro cultural, sino también el corazón de la industria cinematográfica nacional: los estudios de Cinecittà producían cientos de películas, y los cafés del centro eran punto de encuentro de intelectuales, cineastas y humoristas. Esa Roma híbrida, entre lo popular y lo culto, entre lo sagrado y lo grotesco, se convertiría en uno de los grandes escenarios de su cine y en una fuente inagotable de personajes.
Juventud, estudios y primeros pasos en la escritura humorística
Estudios de Derecho y el giro hacia el humor
Aunque estudió Derecho en la Universidad de Roma, Ettore Scola nunca ejerció como abogado. Lo suyo era la observación minuciosa de la realidad, el gusto por la palabra afilada y la capacidad para identificar la ironía en lo cotidiano. En los años cuarenta y cincuenta, comenzó a colaborar con revistas satíricas como «Marc’Aurelio», célebre semillero de guionistas y humoristas italianos. Allí compartió páginas con nombres como Fellini, Age ; Scarpelli y Steno, lo que lo introdujo en los círculos creativos del cine y la televisión.
Inicios como guionista en revistas y medios satíricos
La escritura satírica fue su primera escuela. Su capacidad para construir situaciones absurdas, personajes grotescos y diálogos punzantes se afinó en esas primeras colaboraciones. Pero pronto Scola trasladó ese talento al cine. En 1953, con apenas 22 años, comenzó a escribir guiones para otros directores. Uno de los más importantes fue Dino Risi, maestro de la comedia italiana, con quien trabajó en películas como Il sorpasso (1962). Esa década de aprendizaje detrás de cámaras le permitió entender los mecanismos de la narrativa fílmica, el ritmo cómico y la dirección de actores.
De guionista a cineasta: el surgimiento de un nuevo autor
Primeros guiones junto a Dino Risi y otros grandes del cine italiano
Durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta, Scola se convirtió en un guionista prolífico, escribiendo para comedias, dramas ligeros y sátiras. Su estilo ya mostraba un equilibrio entre la observación social y el humor ácido, elementos que más tarde se consolidarían en su cine. Colaboró con algunos de los directores más importantes de su tiempo, y trabajó frecuentemente con los guionistas Age ; Scarpelli, pioneros del guion cómico en Italia.
Aunque disfrutaba su rol tras bambalinas, la pulsión por dirigir comenzó a crecer. No era solo una cuestión de control creativo: para Scola, dirigir significaba poder orquestar todos los elementos que componen el lenguaje del cine —desde la puesta en escena hasta el montaje— y dar forma a una visión personal del mundo.
«Se permettete parliamo di donne» y el debut como director
En 1964, Scola debutó como director con Se permettete parliamo di donne, una comedia de episodios que tenía como protagonista a Vittorio Gassman, otro nombre central en su carrera. El filme satiriza diversos estereotipos masculinos y la mirada tradicional sobre las mujeres. Aunque no supuso una revolución formal, sí permitió vislumbrar su talento para el ritmo narrativo, la dirección de actores y la creación de situaciones cargadas de doble sentido.
El éxito de esta ópera prima le permitió continuar en la dirección con rapidez. Ese mismo año rodó El millón de dólares, también con Gassman, consolidando así una relación creativa duradera y fundamental en su obra.
Primeras comedias y estilo emergente
Colaboraciones con Vittorio Gassman y la consolidación del humor crítico
Durante la segunda mitad de los años sesenta, Scola firmó una serie de comedias que lo confirmaron como una nueva voz dentro de la commedia all’italiana. Películas como Thrilling (1965) y El diablo enamorado (1966) alternaban el humor grotesco con elementos de fábula, ambientaciones históricas o sátiras de las costumbres burguesas. En ellas, Scola exploraba la hipocresía, la represión sexual, la corrupción y el absurdo del poder.
Su sociedad con Gassman, actor versátil y carismático, fue clave para consolidar un estilo propio. Gassman aportaba energía, ironía y presencia escénica a los personajes diseñados por Scola, que los situaba en entornos cotidianos pero simbólicamente cargados.
En películas como El comisario y la dolce vita (1969), Scola comenzó a abandonar el tono liviano para adentrarse en temas más densos. Inspirado por una novela de Ugo Facco de Logarda, el filme denuncia la corrupción y la doble moral de las clases medias italianas, un tema recurrente en el cine comprometido de la época.
Ya en El demonio de los celos (1970), una coproducción italo-española con una Roma urbana como telón de fondo, introduce tensiones sentimentales complejas en un triángulo amoroso que escapa del cliché para convertirse en una reflexión sobre el deseo, la frustración y los límites del amor.
El inicio de los años setenta marcó así una etapa de madurez incipiente. Aunque sus películas seguían insertas en el género cómico, Scola comenzaba a incorporar una dimensión más profunda, melancólica e incluso crítica, que acabaría por definir su cine.
La consolidación de una voz propia
Comedias corales y sátiras políticas en los años setenta
La década de 1970 fue el periodo en que Ettore Scola consolidó su estilo distintivo, alejado de la mera comedia costumbrista para adentrarse en el terreno del análisis social y psicológico. Filmes como Señoras y señores (1976) y Feos, sucios y malos (1976) representan esa transformación: la primera es una sátira de gran frescura protagonizada por su elenco habitual —Nino Manfredi, Gassman, Marcelo Mastroianni—, mientras que la segunda es un giro radical hacia el realismo social más crudo, sin perder el humor como herramienta de descomposición.
Feos, sucios y malos, en particular, sorprendió por su retrato de una familia romana marginal, hacinada en un tugurio urbano y enredada en una red de miserias materiales y morales. El tono corrosivo, su realismo desbordado y su estética cercana al documental la convirtieron en una obra de culto. Scola fue galardonado con el Premio al Mejor Director en Cannes, confirmando su prestigio internacional.
El giro dramático: «Una jornada particular» y el elogio de la intimidad
En 1977, Scola sorprendió nuevamente con Una jornada particular, un drama íntimo ambientado en el día de la visita de Hitler a Mussolini, en 1938. Lejos de lo épico, el filme se centra en el encuentro entre dos personas marginales: Sofía Loren, una ama de casa reprimida, y Marcelo Mastroianni, un locutor homosexual perseguido por el régimen. En una jornada aparentemente banal, ambos comparten un espacio de humanidad en medio del fascismo.
Esta película marcó un punto de inflexión. Scola demostró que podía moverse con la misma maestría en el registro dramático, y que su sensibilidad política podía adquirir formas poéticas y contenidas. La película fue nominada al Oscar, al Globo de Oro y obtuvo el César a la mejor película extranjera, consolidando a Scola como un autor europeo de primera línea.
El cine como crónica de una generación
«Feos, sucios y malos» y el lado oscuro del milagro italiano
Volviendo sobre el retrato social, Feos, sucios y malos refleja con crudeza las secuelas del llamado “milagro económico italiano”. Lejos de celebrar la modernización del país, Scola evidencia su precio: marginación, pérdida de valores comunitarios, y una nueva pobreza menos épica y más insidiosa. El tono grotesco, casi felliniano, se convierte en su herramienta para desentrañar esa realidad sin caer en el sermón ni en el sentimentalismo.
La posguerra como espejo de las ilusiones rotas
En Una mujer y tres hombres (1974), Scola había anticipado ya la tendencia a revisar críticamente el pasado reciente. Allí, con la II Guerra Mundial como telón de fondo, varios personajes rememoran sus sueños idealistas juveniles, solo para constatar que el mundo los ha transformado más de lo que ellos pudieron transformarlo. Esta mirada nostálgica, desencantada y lúcida atraviesa muchas de sus obras posteriores: no se trata solo de contar historias, sino de comprender cómo la Historia transforma a las personas.
La mirada coral: «La terraza», «La familia» y «La sala de baile»
Retratar lo colectivo sin perder la intimidad de los personajes
La terraza (1980) marca un regreso a la comedia de salón, pero con una carga introspectiva notable. A través de cinco episodios que giran en torno a una misma tertulia de amigos burgueses e intelectuales, Scola disecciona las contradicciones, frustraciones y autoengaños de una generación marcada por la militancia política, el desencanto y el vacío existencial. Ganó el Premio al Mejor Guion en Cannes, consolidando su maestría narrativa.
En La familia (1987), Scola volvió a explorar la idea de saga generacional. Esta vez, el foco está en una familia burguesa romana cuya historia se extiende por ochenta años, vista desde el comedor de la casa. A través de pequeñas escenas, se articula una compleja cartografía emocional donde los grandes acontecimientos históricos —guerras, crisis, transformaciones políticas— se filtran sutilmente en la vida privada. La película fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera.
El juego de lo escénico: espacios como protagonistas
Una innovación narrativa de Scola es su tratamiento del espacio como elemento activo en la dramaturgia. En La sala de baile (1983), por ejemplo, toda la película transcurre en un salón francés donde, a lo largo de cinco décadas, desfilan generaciones de personajes. No hay diálogos: el lenguaje del cuerpo, la música y la coreografía revelan los cambios sociales. Esta obra lírica y experimental ganó el Oso de Oro en Berlín y el César al mejor director, reafirmando el respeto internacional por su cine.
Reconocimientos y galardones internacionales
Premios César, Cannes, Berlín y las múltiples nominaciones al Oscar
El periodo que va desde mediados de los setenta hasta finales de los ochenta representa el apogeo internacional de Ettore Scola. Su cine fue ampliamente premiado por su capacidad para conjugar lo personal y lo político, lo íntimo y lo colectivo. Recibió múltiples César (Francia), premios en Cannes (Francia), el Oso de Oro (Alemania), y varias nominaciones al Oscar y al Globo de Oro. Fue también un referente para generaciones de cineastas europeos que encontraron en su obra un modelo de equilibrio entre compromiso social y narración artística.
La consagración definitiva como autor europeo
La carrera de Scola lo situó junto a nombres como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci, como uno de los grandes renovadores del cine italiano del siglo XX. Pero su estilo siempre fue singular: menos onírico que Fellini, menos intelectual que Antonioni, más directo en su crítica que Bertolucci. Su cine no pretendía iluminar desde la abstracción, sino desde la cercanía, desde la humanidad de personajes reconocibles, vulnerables, contradictorios.
Ese compromiso con lo real —ya sea en clave cómica o dramática— es lo que convirtió a Ettore Scola en un autor respetado no solo por el público, sino por la crítica, los festivales y los estudiosos del cine. Sus películas son, hasta hoy, lecciones de guion, de dirección de actores y de ética cinematográfica.
Legado, últimos años y la ética del cine comprometido
Homenajes, cine político y evocación del pasado
«Splendor» y «Gente di Roma»: amor por el cine y la ciudad
Hacia el final de los años ochenta, Ettore Scola se volcó en una línea más nostálgica, marcada por la evocación del pasado y el homenaje tanto a las pasiones individuales como al arte cinematográfico. En Splendor (1988), con Marcelo Mastroianni encarnando a un viejo propietario de una sala de cine en decadencia, Scola realizó un homenaje entrañable al cine como ritual colectivo y memoria cultural. La película no solo fue un tributo a la historia del cine, sino también una reflexión sobre su ocaso como experiencia compartida.
En Gente di Roma (2003), su última película como director, Scola regresó a su ciudad con una mirada múltiple y coral. El filme es un recorrido cotidiano, casi documental, por las calles de Roma y por la diversidad de sus habitantes. Personas anónimas, situaciones triviales y microdramas componen una radiografía afectiva de la capital italiana. No hay un protagonista claro: la ciudad misma lo es, junto con su gente, su caos y su vitalidad. Con esta obra, Scola cerró su carrera fílmica con una carta de amor a la Roma que lo inspiró durante décadas.
Scola nunca ocultó su militancia intelectual y su compromiso político. En los años noventa y dos mil, participó en proyectos claramente ideológicos como Concorrenza sleale (2001), sobre la persecución a los judíos durante el fascismo, o el documental Un altro mondo è possibile, en el que denunciaba las injusticias del modelo económico global. En estas obras, el cine se transformó en una herramienta de denuncia, pero sin caer en el panfleto. Su estilo seguía siendo sobrio, irónico y profundamente humano.
En Romanzo di un giovane povero (1995), Scola se adentra en una historia de exclusión social. Un joven atrapado en la miseria enfrenta una sociedad que lo condena antes de ofrecerle una oportunidad. La crítica fue unánime al reconocer en esta obra una vuelta a la vena más crítica y combativa del autor. Fue nominado al León de Oro en el Festival de Venecia, reafirmando su vigencia en el panorama europeo.
La dimensión ética del cine de Scola
Uno de los ejes más constantes en la obra de Scola fue su rechazo a la hipocresía social y su denuncia de las desigualdades. En películas como Feos, sucios y malos, La cena o Mario, María y Mario, su cámara enfocó los márgenes de la sociedad: los pobres, los desplazados, los que viven bajo la presión de normas opresivas. Su estilo, sin embargo, nunca fue panfletario; su crítica se articulaba a través del humor, la observación aguda y el desarrollo de personajes complejos.
Incluso cuando retrataba a la burguesía o a las clases medias intelectuales —como en La terraza—, lo hacía con una mezcla de afecto y ironía. Para Scola, la condición humana era esencialmente contradictoria, y su cine trataba de comprender más que de juzgar.
La evolución del tono sin perder la esencia crítica
Con el paso de los años, el tono de su cine se volvió más melancólico. La sátira feroz de sus primeras comedias dio paso a una mirada más contemplativa, más centrada en las emociones contenidas y las pequeñas derrotas. Pero incluso en sus obras más íntimas, la dimensión crítica permaneció. ¿Qué hora es? (1989), centrada en la relación entre un padre y un hijo, expone la incomunicación generacional y los valores en crisis, con una sensibilidad emocional que complementa su habitual conciencia social.
Este cambio tonal no significó una renuncia a sus principios, sino una maduración estética. Scola entendía que la crítica más eficaz no siempre requiere estridencia: a veces basta con un silencio, una mirada, o un plano sostenido.
Retiro y legado cultural
La despedida del cine y su visión sobre la industria contemporánea
En agosto de 2011, Scola anunció su retiro definitivo del cine, tras más de cincuenta años de carrera y más de treinta películas dirigidas. Explicó que ya no podía “vivir el cine como en su día, con alegría y despreocupación”, y que dejar de filmar había sido “una decisión natural”. Su retiro fue más que un adiós personal: marcó simbólicamente el cierre de una era del cine italiano, profundamente ligada a una generación de autores comprometidos, narradores de lo real y críticos de la banalización cultural.
En entrevistas posteriores, Scola expresó su preocupación por el estado de la industria cinematográfica, dominada por lógicas comerciales y por una progresiva pérdida de contenido. Para él, el cine debía seguir siendo “una forma de intervención en la vida”, no un mero entretenimiento superficial. Esa convicción lo convirtió en una figura respetada no solo por sus películas, sino por su ética profesional.
Influencia en generaciones posteriores de cineastas
La huella de Ettore Scola es visible en numerosos cineastas italianos y europeos contemporáneos. Su capacidad para combinar crítica social y narrativa emocional ha sido reivindicada por directores como Giuseppe Tornatore, Nanni Moretti, Paolo Sorrentino o incluso autores fuera de Italia, como Pedro Almodóvar, que ha elogiado su equilibrio entre melodrama, humor y observación social.
También su manera de construir relatos corales, con múltiples personajes que interactúan en espacios cerrados o simbólicos, se ha vuelto un recurso narrativo recurrente en el cine europeo. Su legado no es solo estético, sino también ético: mostró que el cine puede ser político sin ser dogmático, profundo sin ser solemne, popular sin ser trivial.
Un humanista del cine
Retratista de lo íntimo, lo político y lo colectivo
La figura de Ettore Scola trasciende la etiqueta de “director de comedias italianas”. Fue, ante todo, un humanista del cine, alguien que utilizó la cámara como un instrumento de observación ética y estética. Su obra captura lo mejor y lo peor de la condición humana: las mezquindades cotidianas, los gestos de ternura, la contradicción entre ideales y acciones, la lucha entre el deseo y la frustración.
En sus películas, los personajes no son héroes ni villanos, sino seres complejos, frágiles, víctimas y verdugos de sus propias circunstancias. Esa mirada empática y crítica es, probablemente, su mayor aportación a la historia del cine.
El cine como herramienta de memoria, crítica y belleza
Ettore Scola falleció en Roma, el 19 de enero de 2016, a los 84 años. Con él desapareció uno de los últimos representantes de una generación que entendía el cine como una forma de pensamiento, de intervención en el mundo. Pero su obra permanece como testimonio lúcido de la Italia del siglo XX, de sus sueños y decepciones, de sus pasiones y contradicciones.
Scola no solo contó historias: ayudó a entender una época, a cuestionarla, y a retratarla con belleza, ironía y profundidad. Su cine, como toda gran obra artística, no envejece: sigue hablando con fuerza a nuevas generaciones que buscan en la pantalla algo más que evasión, algo que les explique quiénes son y cómo llegaron a serlo.
MCN Biografías, 2025. "Ettore Scola (1931–2016): El Maestro de la Comedia Italiana y el Cronista de las Pasiones Humanas". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/scola-ettore [consulta: 26 de enero de 2026].
