Molière (1622–1673): El Genio del Teatro Francés que Revolucionó la Comedia y Desafió la Hipocresía Social
Jean-Baptiste Poquelin, quien más tarde sería conocido por su seudónimo literario de Molière, nació en París el 15 de enero de 1622 en el seno de una familia de la burguesía parisina. Su padre, Jean Poquelin, era tapicero del rey Luis XIII (1601-1643) y ocupaba el honorífico cargo de ayuda de cámara de la monarquía, un puesto que le otorgaba una situación económica estable y un reconocimiento respetable en la corte francesa. Esta posición privilegiada en la corte del rey Sol indicaba que el joven Jean-Baptiste había heredado una vida que le aseguraba un futuro cómodo y bien situado dentro de la sociedad francesa. Sin embargo, desde temprana edad, se vio atraído por una pasión que desafiaba las expectativas familiares: el teatro.
Desde sus primeros años, Jean-Baptiste Poquelin fue testigo de una vida rodeada de opulencia y distinción. Como hijo único, se encontraba en una posición privilegiada, y a los 14 años, después de la muerte de su madre, heredó todos los derechos que su padre poseía en la corte. No obstante, esta herencia no bastó para mantenerlo alejado del teatro, un campo que, en aquellos días, no era necesariamente bien visto por los sectores más conservadores de la sociedad. La fascinación por el arte dramático vino a él de una forma casi natural, pues fue su abuelo materno, Luis Cressé, quien le introdujo al fascinante mundo del teatro. Cressé le llevó a presenciar actuaciones en el Puente Nuevo, un lugar emblemático de París donde los cómicos de la época se presentaban, y allí, el joven Poquelin tuvo su primer contacto con el teatro popular.
Su fascinación por los actores y comediantes fue inmediata. Uno de los artistas que más le impresionó fue Tabarin, un actor de gran renombre en la París de principios del siglo XVII. Tabarin se destacaba por su capacidad de improvisación y su dominio del humor popular, lo que dejó una huella indeleble en el joven Poquelin. Aunque su padre esperaba que asumiera el negocio familiar de tapicero, el joven Poquelin pronto se dio cuenta de que no estaba dispuesto a seguir ese camino tradicional. La vida de la corte y la opulencia de su familia no lograron apagar su deseo de formar parte del mundo teatral, un mundo en el que, como pronto descubriría, podría expresar sus opiniones sobre la sociedad de manera más libre y directa.
En cuanto a su educación formal, Poquelin recibió una sólida formación académica en el prestigioso Colegio de Clermont, donde fue instruido por los padres jesuitas, quienes le proporcionaron una educación humanística de primer nivel. En este contexto, la curiosidad intelectual de Poquelin floreció, y comenzó a concebir proyectos de gran ambición. Un ejemplo de ello fue su deseo de traducir al francés el célebre poema filosófico De rerum natura de Lucrecio (99-55 a.C.), influido tanto por el pensamiento epicúreo de Pierre Gassendi (1592-1655) como por las enseñanzas de Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655), quien también fue una figura relevante en los círculos intelectuales del momento. La formación académica que Poquelin recibió le permitió desarrollar una visión crítica y analítica del mundo, una cualidad que más tarde se reflejaría en sus obras teatrales, en las cuales no escatimó esfuerzos para atacar la hipocresía social y los vicios de su tiempo.
A lo largo de su juventud, Poquelin mantuvo su relación con la familia Béjart, un clan de comediantes con el que se vinculó profundamente. En 1643, Poquelin se decidió a adoptar el seudónimo de Molière y emprender su camino como dramaturgo y actor profesional. Este cambio de identidad marcó un punto de inflexión en su vida, ya que, con la carta que envió a su padre en ese mismo año, renunció a su herencia y a los privilegios que le correspondían como hijo primogénito, solicitando a cambio su parte de la herencia materna para financiar su incursión en el mundo teatral. Molière dejó atrás la comodidad de su familia para dedicarse por completo al teatro, un arte en el que encontraría su verdadera vocación.
En este mismo periodo, Molière fundó su primera compañía teatral itinerante, L’Illustre Théâtre (El Ilustre Teatro), con el apoyo de los Béjart. Sin embargo, esta iniciativa inicial no estuvo exenta de dificultades. Al ser un colectivo recién formado, L’Illustre Théâtre tuvo que competir con las compañías más establecidas del teatro parisino, como las del Teatro del Marais y el Hôtel de Bourgogne, lo que les dificultaba mucho encontrar un público fiel y obtener recursos suficientes para subsistir. Los primeros años de la compañía estuvieron marcados por el fracaso y las deudas, lo que obligó a Molière y su grupo a trasladarse por diversas ciudades de Francia, buscando nuevas oportunidades para sus representaciones. Fue en este contexto que Molière vivió una serie de dificultades que lo obligaron a aprender las complejidades del teatro no solo como escritor y actor, sino también como empresario.
En 1645, después de que la compañía de Molière se uniera a la de Charles Dufresne, el colectivo mejoró su situación financiera al obtener el patrocinio de Luis XIII, gracias a la influencia de Duquesa de Épernon, lo que les permitió seguir recorriendo Francia. Aunque la compañía experimentó altibajos, estos años fueron fundamentales para el desarrollo de Molière como actor y dramaturgo. En este periodo, Molière se formó no solo como escritor, sino como observador atento de los tipos humanos y las costumbres de la sociedad que rodeaba a su compañía. El contacto directo con diversas comunidades de provincias le permitió incorporar una visión más rica y variada en sus obras, especialmente cuando comenzó a escribir sobre los defectos sociales, como la hipocresía, la codicia y la arrogancia.
A lo largo de este periodo de formación y aprendizaje, Molière escribió algunas de sus primeras obras cómicas, que no solo reflejaban su creciente maestría como dramaturgo, sino también su afinidad por los géneros cómicos más antiguos, como la Commedia dell’Arte y las farsas medievales. Estas primeras obras, como L’étourdi (El atolondrado) y Le dépit amoureux (El despecho amoroso), fueron muy apreciadas por el público en su tiempo, a pesar de que algunas de ellas se han perdido en la historia.
El proceso de aprendizaje de Molière fue largo, pero fundamental para la creación de su estilo único. Durante sus años como actor ambulante, fue perfeccionando su capacidad para observar los comportamientos humanos con una mirada crítica, lo que le permitió crear personajes profundamente humanos y llenos de humor, pero también de crítica social. Así, Molière fue consolidándose como un genio del teatro que sería capaz de satirizar la sociedad de su tiempo con un agudo sentido del humor y una destreza sin igual en la creación de personajes memorables.
La Compañía y el Desarrollo del Estilo de Molière
El comienzo de la carrera profesional de Molière en el teatro no estuvo exento de obstáculos. Su compañía, L’Illustre Théâtre, fundada en 1643, experimentó dificultades económicas desde su inicio. En sus primeros años de vida, la compañía de Molière tuvo que competir con las compañías teatrales más establecidas de París, como el Teatro del Marais y el Hôtel de Bourgogne, lo que dificultó enormemente su éxito en la capital. El teatro en Francia durante el siglo XVII era una industria altamente competitiva, y Molière no solo tuvo que enfrentarse a una dura competencia en términos de talento y reconocimiento, sino también a las dificultades financieras propias de los grupos teatrales itinerantes. En este contexto, su compañía no logró mantenerse mucho tiempo bajo la forma de L’Illustre Théâtre, siendo este un intento fallido que le enseñó a Molière lecciones cruciales sobre la gestión teatral y las demandas del público.
Sin embargo, las penurias de L’Illustre Théâtre no fueron en vano. Durante esos años de aprendizaje, Molière pudo ir moldeando sus habilidades no solo como escritor y actor, sino también como empresario y organizador. La vida de la compañía itinerante le permitió a Molière explorar diferentes facetas del teatro, y sobre todo, enriquecer su estilo personal con una rica variedad de influencias. Mientras recorría las provincias del sur de Francia, se relacionó con otros actores y compañías, y pudo experimentar una serie de estilos teatrales muy diferentes entre sí, desde los improvisados de la Commedia dell’Arte italiana hasta las tradiciones cómicas y satíricas más clásicas. Además, fue un testigo privilegiado de la cultura y las costumbres de la gente de provincias, lo que le permitió crear una galería de personajes más auténticos y profundamente observados, lo que más tarde se reflejaría en sus obras más relevantes.
Una de las influencias más significativas en la formación de su estilo fue la Commedia dell’Arte, una tradición italiana que tuvo gran impacto en el teatro francés durante esa época. Los actores de la Commedia dell’Arte, con sus máscaras, su improvisación y sus personajes arquetípicos, dejaron una huella en Molière, quien pronto adoptó elementos de esta tradición en sus propias piezas. Los personajes de la Commedia dell’Arte, como el astuto Arlequín, el fatuo Pantalone, y el crédulo Colombina, sirvieron como modelos para algunos de los personajes que Molière iría a crear, personajes llenos de vicios humanos y situaciones absurdas que, a través de la comedia, revelaban las contradicciones de la sociedad.
Otro componente importante de este periodo de aprendizaje fue la influencia de los dramaturgos españoles, especialmente las comedias de enredo y de capa y espada que se representaban en los teatros de París. Estos autores españoles, entre los que se encontraba Antonio Hurtado de Mendoza (1586-1644), influyeron profundamente en las obras de Molière. El dramaturgo francés, que había sido espectador habitual de estas representaciones, adoptó elementos de la estructura dramática española, como la trama enrevesada, los personajes enmascarados y los diálogos ingeniosos. Sin embargo, Molière supo dar un giro único a esta influencia, transformándola en una comedia aguda y cargada de crítica social, que no solo se basaba en el juego de los enredos, sino también en una profunda reflexión sobre las costumbres y las convenciones de la sociedad de su tiempo.
A medida que avanzaba en su carrera, Molière fue construyendo su repertorio de obras, y con ello, perfeccionó su estilo único, lleno de sátira social y humor mordaz. Su experiencia como comediante ambulante y su observación directa de los comportamientos humanos le permitieron crear personajes que eran a la vez cómicos y profundamente humanos. Esta habilidad para combinar la sátira con la representación de la psicología humana sería una de las características definitorias de su obra. Los personajes creados por Molière no solo eran tipos cómicos que representaban defectos humanos, sino que a menudo eran también víctimas de sus propias pasiones y vicios.
Entre las primeras obras que Molière escribió en estos años, destacan L’étourdi (El atolondrado, estrenada en 1655) y Le dépit amoureux (El despecho amoroso, puesta en escena en 1656). Ambas piezas fueron representadas por su compañía en las diversas ciudades por las que pasaban, y comenzaron a cimentar la reputación de Molière como un dramaturgo y actor con gran sentido del humor y una mirada crítica sobre la sociedad. Aunque estas obras no alcanzaron la grandeza de sus posteriores éxitos, mostraban ya las semillas del talento que Molière desplegaría en los años siguientes. En estas piezas se pueden observar los primeros indicios de los elementos cómicos que se convertirían en recurrentes en su obra, como las disputas amorosas, los malentendidos y los personajes ridículos que a menudo quedaban atrapados en situaciones absurdas debido a sus propios defectos.
Al mismo tiempo, Molière no solo se limitó a escribir y actuar, sino que también asumió un rol fundamental como organizador de la compañía. Durante los viajes por el sur de Francia, Molière se convirtió en el responsable de gestionar los aspectos logísticos y financieros de su troupe. Organizó los viajes, buscó el apoyo de mecenas nobles y se encargó de la contratación de nuevos actores, lo que le permitió obtener una mayor estabilidad para su compañía. En este sentido, Molière desarrolló habilidades empresariales que le serían muy útiles cuando, más adelante, lograra el patrocinio de la corte del rey Luis XIV (1638-1715), lo que marcaría un punto de inflexión en su carrera.
En 1647, el príncipe de Conti, un noble de la corte, asumió la protección de la compañía de Molière, lo que permitió al grupo itinerante ampliar su radio de acción y aumentar su repertorio. Gracias al apoyo del príncipe, la compañía se presentó en ciudades del sudeste de Francia, como Pézenas, Narbonne y Montpellier, lo que permitió a Molière seguir perfeccionando su estilo y acercarse a su sueño de llevar su teatro a París. Este fue un periodo decisivo, ya que, aunque la compañía seguía siendo itinerante, comenzó a consolidarse como un grupo de comediantes de alto nivel, y Molière empezó a recibir la atención de figuras más influyentes en la escena cultural francesa.
A lo largo de estos años, Molière no solo se formó como dramaturgo, sino que también se fue convirtiendo en un maestro del arte de la comedia. Su observación detallada de los personajes que encontraba en sus viajes por las ciudades de provincias, así como su conocimiento profundo de las tradiciones cómicas italianas y españolas, le permitió crear una serie de personajes y situaciones que marcarían un antes y un después en la historia del teatro. Además, su trabajo como actor le permitió desarrollar una capacidad excepcional para el manejo del escenario, lo que, combinado con su talento como escritor, lo convirtió en uno de los artistas más completos de su época.
A finales de la década de 1650, Molière comenzó a consolidarse como una figura prominente en el mundo teatral, pero aún faltaba el gran impulso que lo catapultaría a la fama definitiva. A pesar de los primeros fracasos y las dificultades económicas, Molière había sembrado las bases de lo que sería su éxito futuro, y su compañía, aunque itinerante, había dejado una huella profunda en el panorama teatral de Francia. La experiencia adquirida durante estos años de lucha y aprendizaje sería crucial para su posterior éxito en la corte de Luis XIV.
El Triunfo en la Corte y la Evolución de su Repertorio
La verdadera consolidación de Molière como dramaturgo y actor llegó a partir de 1658, cuando logró obtener el patrocinio de Luis XIV, el monarca absoluto que regía Francia en ese entonces. Esta etapa marcó un antes y un después en su carrera, ya que, después de años de lucha por sobrevivir en el mundo teatral, Molière finalmente se vio respaldado por el poder real, lo que le permitió alcanzar nuevas cotas de éxito y prestigio. A partir de este momento, las obras de Molière comenzarían a ser representadas en el Palacio del Louvre, y su nombre se consolidaría como uno de los más grandes del teatro europeo.
El primer gran éxito de Molière en la corte se produjo el 24 de octubre de 1658, cuando presentó ante el rey y la corte una de sus obras menores, El doctor enamorado (Le Docteur amoureux), un divertissement (una pieza cómica breve) que se presentó junto a la tragedia Nicomedes de Pierre Corneille (1606-1684). A pesar de que la obra de Corneille fracasó estrepitosamente, la representación de los comediantes de Molière sorprendió a la corte, y el propio Luis XIV, quien era un gran amante de las artes y la cultura, quedó profundamente impresionado. El éxito de esta representación resultó en un cambio radical en la fortuna de Molière, quien vio cómo su compañía fue reconocida oficialmente como la Troupe de Monsieur, lo que le garantizó una serie de privilegios y le otorgó una mayor visibilidad en los círculos de poder.
Este fue solo el comienzo de un ciclo de éxitos continuos para Molière. Desde noviembre de 1658, su compañía comenzó a representar sus obras en el Petit Bourbon, un pequeño teatro anexo al Palacio del Louvre. Con este nuevo escenario, Molière se aseguró un lugar en la escena teatral parisina, compitiendo de igual a igual con las compañías más antiguas y establecidas. A partir de este momento, la obra de Molière pasó a ser considerada como un referente dentro del repertorio teatral de la corte, y el dramaturgo parisino se ganó la admiración de los más altos círculos sociales de la época.
Luis XIV, conocido por su amor por el arte y la cultura, se convirtió en un mecenas indispensable para Molière. Bajo la protección del rey, la compañía de Molière comenzó a tener un acceso sin precedentes a los escenarios más importantes de la ciudad y se benefició de la posibilidad de presentar sus obras ante una audiencia selecta que incluía a nobles y cortesanos. El respaldo real no solo proporcionó seguridad económica, sino que también le dio a Molière un estatus de respetabilidad que le permitió experimentar con nuevos géneros y temáticas, siempre con la comedia como eje central de su obra.
En 1659, Molière llevó a las tablas una de sus obras más trascendentales: Les précieuses ridicules (Las preciosas ridículas), una sátira mordaz sobre la pedantería y los convencionalismos de la alta sociedad parisina, que se burlaba de las mujeres que aspiraban a emular las modas y el lenguaje de la corte. La obra fue un éxito rotundo, y consolidó aún más la posición de Molière en la corte. El público de la corte de Luis XIV, que en muchos casos representaba a la élite social de la época, se vio reflejado en la crítica feroz que Molière hizo de sus propios vicios y prejuicios. La obra, que combinaba el humor con una crítica social aguda, dejó claro que Molière no solo era un hábil cómico, sino también un observador perspicaz de las contradicciones humanas.
A medida que su fama crecía, Molière fue perfeccionando su repertorio, abandonando en gran parte las farsas menores que había representado en sus primeros años en las provincias y adoptando temas más complejos y profundos. Su transición hacia la sátira social y la crítica a las normas sociales lo llevó a enfrentar temáticas más arriesgadas. Durante estos años, Molière no solo se dedicó a escribir, sino también a reinventar su propio estilo, buscando siempre la perfección en la comedia como herramienta de reflexión sobre los vicios humanos. Las obras que estrenó a partir de este momento fueron más que simples divertimentos; se convirtieron en agudas reflexiones sobre la hipocresía social, la moralidad, la religión, y las costumbres de su tiempo.
Entre sus creaciones más destacadas de esta etapa se encuentran Tartufo (1664), El misántropo (1666), y El avaro (1668). Cada una de estas obras representaba una crítica mordaz y sin concesiones a las instituciones y valores de la sociedad de la época. Tartufo, quizás su obra más polémica, fue una sátira directa contra la hipocresía religiosa. La historia gira en torno a un impostor que se presenta como un hombre devoto, pero que en realidad es un charlatán que busca explotar a una familia crédula. La obra fue recibida con gran oposición por parte de la iglesia y fue incluso prohibida por un tiempo, debido a las críticas directas que hacía Molière a la falsa piedad y la corrupción dentro de las instituciones religiosas. A pesar de la oposición, el éxito de Tartufo fue arrollador, y la obra se consolidó como uno de los grandes logros de Molière en su carrera.
Otro de sus grandes éxitos fue El misántropo (1666), una obra que refleja la profunda desilusión de su autor con la sociedad de su tiempo. En ella, el personaje principal, Alceste, es un hombre que se ve incapaz de tolerar la falsedad y la hipocresía que reina a su alrededor, pero que, a su vez, es un hombre marcado por sus propias contradicciones. La obra aborda temas como la sinceridad, la moralidad y el comportamiento humano, y es considerada por muchos como una de las obras más profundas de Molière, debido a su enfoque menos cómico y más filosófico.
En 1668, Molière estrenó otra de sus grandes obras, El avaro (L’avare), en la que satirizó la avaricia y el egoísmo, temas que siguen siendo profundamente universales. En esta obra, el personaje principal, Harpagon, es un hombre que se obsesiona con el dinero y la riqueza, lo que lo lleva a despreciar a su propia familia. La obra es una crítica a los valores materialistas y a la codicia humana, y se caracteriza por un humor negro y ácido, con un profundo trasfondo moral.
El éxito de estas obras consolidó a Molière como uno de los dramaturgos más importantes de la literatura francesa. Su habilidad para combinar la comedia con la crítica social y su aguda percepción de la naturaleza humana lo llevaron a ser reconocido no solo por el público de la corte, sino también por sus contemporáneos. Su influencia creció exponencialmente, y pronto se convirtió en una figura central en el panorama cultural de la época, siendo admirado por escritores como Boileau (1636-1711) y La Fontaine (1621-1695), quienes lo consideraban un modelo a seguir.
En este período de éxito y consolidación, Molière también se distinguió por su capacidad para innovar en el ámbito de la comedia-ballet, un género que combinaba la danza y la música con el teatro cómico. En 1661, estrenó Les fâcheux (Los importunos), una obra que representó un hito en la evolución de la comedia-ballet, y que fue recibida con entusiasmo por el rey Luis XIV, quien se convirtió en uno de sus más grandes admiradores. A partir de ese momento, Molière continuó explorando este nuevo género, siempre buscando innovar y adaptarse a los gustos y las demandas de la corte.
Molière, por tanto, no solo fue un dramaturgo que logró el éxito en la corte, sino también un innovador que supo adaptarse a los nuevos tiempos y transformar su obra para responder a los cambios sociales, culturales y políticos que experimentaba la Francia del siglo XVII. Su habilidad para combinar la sátira, la crítica social, la comedia y la reflexión sobre la condición humana le permitió construir una obra que ha perdurado a lo largo de los siglos y que sigue siendo relevante en la actualidad.
La Controversia y los Desafíos Personales
A pesar de los éxitos continuos y la creciente fama de Molière como dramaturgo y actor en la corte de Luis XIV, su vida no estuvo exenta de dificultades personales y profesionales. Durante los años de mayor éxito, Molière experimentó una serie de enfrentamientos tanto dentro como fuera del escenario, que pusieron a prueba su carácter y su dedicación al arte teatral. Estas dificultades vinieron en forma de conflictos familiares, luchas con sus rivales teatrales y la presión constante de los poderes eclesiásticos y sociales.
Uno de los aspectos más controvertidos de la vida de Molière fue su matrimonio con Armande Béjart, una actriz que formaba parte de su compañía teatral. La relación fue vista con suspicacia por muchos de sus contemporáneos, quienes cuestionaron la moralidad del matrimonio. Armande, que era veintiún años más joven que Molière, era la hermana menor de Madeleine Béjart, una mujer con la que Molière había tenido una relación sentimental antes de casarse. Este hecho generó rumores y controversias, ya que se llegó a afirmar que Armande no era, en realidad, la hermana de Madeleine, sino su hija ilegítima, fruto de la relación entre Molière y la madre de ambas. Esta situación, ya de por sí escandalosa para la época, generó una gran cantidad de chismes y acusaciones de inmoralidad, tanto hacia Molière como hacia su esposa.
El escándalo social provocado por su matrimonio fue solo uno de los muchos problemas que Molière tuvo que enfrentar. A pesar de que su relación con Armande pasó por altibajos, el dramaturgo continuó trabajando incansablemente, creando nuevas obras y llevando su compañía por toda Francia. Sin embargo, su vida personal no dejó de estar marcada por la intriga, la calumnia y los ataques. La misma iglesia, que ya se había opuesto a algunas de sus obras más polémicas, como Tartufo, también se volvió en su contra, considerando sus relaciones familiares y su estilo de vida como inmorales y poco apropiados para un hombre de su estatus.
Además de los problemas familiares y las controversias sociales, Molière tuvo que enfrentarse a la creciente enemistad de sus rivales teatrales, especialmente con los actores y dramaturgos más establecidos. Su éxito en la corte de Luis XIV no fue bien recibido por todos los actores del mundo teatral. La compañía del Hôtel de Bourgogne, rival de Molière, veía con recelo el éxito de su teatro, ya que muchos de sus miembros se sentían amenazados por el ascenso de Molière en la escena parisina. Estos actores no dudaron en criticar sus obras, su estilo y, especialmente, su incursión en la sátira social. Entre sus enemigos se encontraba Montfleury, un actor célebre del Hôtel de Bourgogne, quien fue uno de los primeros en atacar abiertamente a Molière. La enemistad entre Molière y Montfleury se intensificó cuando el primero, en una de sus obras, ridiculizó a los actores del Hôtel de Bourgogne, algo que fue interpretado como una afrenta directa.
Los ataques hacia Molière se intensificaron en 1662, cuando su obra L’école des femmes (La escuela de las mujeres), que trataba de la sumisión de la mujer al hombre, suscitó una gran controversia. El argumento central de la obra se basa en la relación de un hombre que, preocupado por la pureza de su futura esposa, decide educarla de manera estricta, lo que pone en evidencia las tensiones entre la moralidad, el control y la libertad de las mujeres. Esta obra, además de su contenido feminista, fue vista por muchos como una crítica abierta a la sociedad y a las costumbres del momento. Los opositores de Molière utilizaron la obra como un pretexto para atacarlo, no solo por el contenido de la pieza, sino también por lo que consideraban su actitud irreverente hacia las normas sociales.
La reacción a L’école des femmes fue tan violenta que Molière se vio obligado a escribir una defensa de la obra, titulada La critique de «L’école des femmes» (1663), donde refutaba las acusaciones en su contra. En este texto, Molière respondía a las críticas y defendía la función moral y educativa de sus obras, argumentando que no solo buscaban hacer reír, sino también enseñar a la audiencia a reflexionar sobre los defectos humanos. De forma similar, en 1663, estrenó L’improviste de Versailles (La improvisación de Versalles), una obra en la que respondía a las críticas que le habían sido dirigidas, defendiendo la legitimidad de su estilo y su enfoque de la comedia.
Este tipo de enfrentamientos con los críticos y los actores rivales fue una constante en la vida de Molière. Sin embargo, no solo los ataques a su persona y a su arte provenían del mundo del teatro. La iglesia también se erigió como un obstáculo formidable en su carrera, especialmente a raíz del estreno de Tartufo en 1664. La obra, una sátira que ridiculizaba la hipocresía religiosa, fue rechazada por los sectores más conservadores de la sociedad francesa. El escándalo fue tal que Luis XIV, presionado por la Iglesia, se vio obligado a prohibir la representación de la obra durante un tiempo. El arzobispo de París llegó a calificar a Molière de «diablo vestido de carne» y pidió que la obra fuera retirada del escenario. No obstante, Molière, fiel a su estilo irreverente, no cedió ante las presiones y, después de un largo proceso de lucha, consiguió que Tartufo fuera finalmente autorizado para su representación pública en 1669, después de ser ligeramente modificada. La prohibición de la obra y la posterior lucha de Molière con la Iglesia reflejan la postura desafiante del dramaturgo frente a los poderes establecidos, un rasgo que marcaría gran parte de su carrera.
A pesar de la polémica y de los problemas personales y profesionales, Molière nunca dejó de producir. Su genio teatral seguía brillando en cada obra nueva que escribía, y el público, aunque dividido en cuanto a sus opiniones sobre él, no podía evitar admirar la agudeza de sus observaciones sociales y su dominio del escenario. En 1665 estrenó Don Juan, una de sus obras más célebres y provocadoras, en la que se aborda el tema de la hipocresía social a través del personaje del legendario seductor y mentiroso. Esta obra, basada en la figura de Tirso de Molina (1579-1648) y su famoso El burlador de Sevilla, fue otro de los trabajos en los que Molière se alejó de la comedia ligera para abordar temas más oscuros y complejos, como la inmoralidad y la crítica a las convenciones sociales.
La vida de Molière estaba marcada por el constante conflicto, pero también por la valentía y la determinación para seguir adelante, a pesar de los enemigos y las adversidades. La constante lucha con la Iglesia, los actores rivales y las críticas de la sociedad no logró doblegar su pasión por el teatro. Por el contrario, estos desafíos se convirtieron en una parte fundamental de su identidad artística y personal. A pesar de los reveses, Molière se mantuvo fiel a su visión, buscando siempre cuestionar y satirizar las normas sociales y religiosas de su época.
La Muerte de Molière y su Legado Teatral
Los últimos años de la vida de Molière estuvieron marcados por la enfermedad, la fatiga y los desgastes emocionales que afectaron profundamente tanto su salud física como su bienestar personal. A pesar de los éxitos continuos en el escenario y del inquebrantable apoyo que seguía recibiendo de Luis XIV, su situación personal comenzó a ser cada vez más difícil. La presión constante de crear, dirigir y actuar, junto con las tensiones familiares y las intrigas que lo rodeaban, comenzaron a hacer mella en el genial dramaturgo.
Uno de los momentos más significativos en sus últimos años fue la representación de su última gran obra, El enfermo imaginario (Le Malade imaginaire), que se estrenó el 10 de febrero de 1673 en el Théâtre du Palais-Royal, el teatro que había sido su sede habitual en los últimos años. En esta pieza, Molière, que ya se encontraba muy debilitado debido a una grave afección pulmonar, interpretó el papel principal, el de Argan, un hombre que se obsesiona con su salud y se ve constantemente afectado por enfermedades que, en muchos casos, solo existen en su imaginación. Esta comedia-ballet no solo es una sátira sobre la hipocondría y las falsas creencias en la medicina, sino también una crítica a la sociedad que, según Molière, estaba obsesionada con la apariencia y la salud en lugar de abordar los verdaderos problemas humanos.
El estreno de El enfermo imaginario fue un éxito rotundo, como muchos de los trabajos previos de Molière. El público aclamó la obra, y las críticas destacaron una vez más la agudeza del dramaturgo para capturar los defectos humanos con una mezcla única de humor y profundidad emocional. Sin embargo, lo que el público no sabía es que este éxito sería el último en la carrera de Molière, ya que la obra fue la última vez que el dramaturgo apareció en el escenario. Durante la cuarta representación de El enfermo imaginario, mientras aún estaba en el escenario, Molière sufrió un ataque de tos y vómitos. A pesar de su evidente malestar, continuó interpretando su papel hasta el final de la función, lo que refleja la dedicación y el compromiso que Molière tenía hacia su arte. Fue un gesto final de valentía y profesionalismo, que aún hoy en día es recordado como un símbolo de su pasión por el teatro.
Tras la representación, Molière fue trasladado a su casa, pero su salud siguió deteriorándose rápidamente. A las pocas horas de llegar a su hogar, Molière falleció el 17 de febrero de 1673, a los 51 años. Su muerte fue prematura y ocurrió en un momento en el que aún le quedaban muchas obras por escribir y por presentar al mundo. En sus últimos momentos, estaba rodeado de algunos de los miembros más cercanos a su familia y amigos. Su esposa, Armande Béjart, y sus hijos estuvieron presentes, aunque la relación con su esposa había sido tensa en los últimos años debido a los problemas maritales que atravesaban. El rey Luis XIV, quien siempre había sido un firme protector de Molière, expresó su pesar por la muerte del dramaturgo, pero fue la Iglesia la que volvió a crear una situación delicada en torno a su muerte.
La Iglesia católica, que ya se había opuesto fuertemente a las representaciones de algunas de sus obras más conocidas, como Tartufo, también mostró su desaprobación hacia Molière tras su fallecimiento. A pesar de su apoyo real, Molière no fue enterrado en un entierro cristiano regular. El cura de la parroquia de Saint-Eustache, la iglesia a la que Molière pertenecía, se negó a administrarle los sacramentos, debido a la controversia sobre su vida y sus obras. Finalmente, tras la intervención del propio Luis XIV, que ordenó que Molière fuera enterrado con dignidad, se permitió que fuera sepultado en el cementerio de Saint-Joseph. Sin embargo, debido a la postura negativa de la Iglesia, el entierro se llevó a cabo en secreto, de noche, sin ceremonias ni procesiones, y solo estuvieron presentes algunos de sus familiares y amigos más cercanos.
La muerte de Molière no solo dejó un vacío en el mundo del teatro, sino que también suscitó una reflexión profunda sobre el legado de su obra y la importancia de su contribución a la cultura francesa. A lo largo de su vida, Molière se había ganado el reconocimiento no solo como un autor de comedias brillantes, sino también como un pionero de la crítica social, cuyas obras abordaban los defectos humanos y las instituciones con una mirada irónica y sagaz. A través de personajes complejos y situaciones llenas de humor y tragedia, Molière logró capturar la esencia de la naturaleza humana, y su teatro se convirtió en un espejo de la sociedad de su tiempo.
Poco después de su muerte, las obras de Molière continuaron siendo representadas con éxito en los teatros de París y en otras partes de Europa. Sus comedias, aunque centradas en temas de su época, siguen siendo universalmente relevantes y han sido adaptadas, interpretadas y estudiadas durante siglos. Tartufo, El misántropo, El avaro, y El enfermo imaginario, por citar solo algunas de sus obras más emblemáticas, han perdurado como ejemplos brillantes de la comedia de carácter y la sátira social, y continúan siendo parte esencial del repertorio teatral contemporáneo.
El impacto de Molière fue tan profundo que se le considera uno de los fundadores del teatro moderno. Su habilidad para integrar la comedia con la crítica social y su capacidad para crear personajes arquetípicos que exploran los vicios y las virtudes humanas lo han situado en la cima del teatro mundial. Molière sentó las bases para el desarrollo de la comedia clásica francesa y dejó una marca indeleble en el teatro europeo.
Además, su influencia se extiende más allá de la literatura y el teatro. Sus obras no solo ofrecieron una visión crítica de la sociedad de su tiempo, sino que también se convirtieron en una referencia para generaciones de escritores, filósofos y pensadores que encontraron en su obra una forma de abordar las complejidades de la condición humana. La sátira política, la crítica a la religión y la moralidad, y el análisis de las relaciones humanas presentes en sus obras continúan siendo un reflejo de las luchas sociales y personales que persisten hasta el día de hoy.
A lo largo de su vida, Molière nunca dejó de luchar por la libertad de expresión en el arte y el teatro, defendiendo su derecho a representar las fallas y contradicciones de la sociedad a través de sus obras. Aunque fue perseguido por la iglesia y ridiculizado por algunos de sus contemporáneos, su legado es el de un hombre que desafió las normas sociales y culturales de su tiempo, y que dejó una huella imborrable en la historia de la literatura y el teatro.
La figura de Molière no solo se ha mantenido viva en sus obras, sino también en los numerosos homenajes que le han sido rendidos. Desde monumentos y estatuas en París hasta representaciones anuales de sus obras en los teatros más prestigiosos, Molière sigue siendo un símbolo de la perennidad del teatro y de la fuerza del humor como herramienta de crítica social. Su nombre continúa siendo sinónimo de excelencia teatral y su legado perdura como una de las figuras más importantes del arte dramático mundial.
MCN Biografías, 2025. "Molière (1622–1673): El Genio del Teatro Francés que Revolucionó la Comedia y Desafió la Hipocresía Social". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/moliere [consulta: 28 de febrero de 2026].
