María de Castilla, Reina de Aragón (1401–1458): La Reina que Gobernó en Solitario

María de Castilla, Reina de Aragón (1401–1458): La Reina que Gobernó en Solitario

Introducción a María de Castilla

María de Castilla fue una figura política única en la historia de la Península Ibérica. Nacida en 1401 en Segovia, fue una de las reinas consortes más influyentes de la Edad Media, no solo por su vinculación con la Corona de Aragón, sino también por su capacidad para ejercer el poder en ausencia de su esposo, el rey Alfonso V el Magnánimo. Su historia está marcada por el ejercicio del poder en tiempos de tensiones políticas y sociales, enfrentando desafíos tanto internos como externos con una determinación que le permitió gobernar con autoridad en unos tiempos muy difíciles para la monarquía aragonesa.

Orígenes y familia

Nacimiento y ascendencia familiar

María de Castilla nació en 1401 en la ciudad de Segovia, como hija del rey Enrique III de Castilla y Catalina de Lancaster. Su ascendencia reflejaba el entramado dinástico de la época, pues era nieta del rey Juan II de Castilla y de la inglesa Catalina de Lancaster, miembro de la nobleza inglesa. Su padre, Enrique III, tuvo un reinado marcado por las dificultades internas de Castilla, y su madre, Catalina, era hija de John of Gaunt, duque de Lancaster, lo que le confería una conexión directa con la nobleza inglesa. Como primera hija de Enrique III, María estaba destinada a un papel de gran relevancia dentro del entramado político europeo.

Educación y formación temprana

Al ser hija de un monarca castellano, María recibió la educación habitual de las princesas medievales, centrada en los aspectos políticos, sociales y religiosos que le permitirían un día ejercer su papel en la corte y en el gobierno. Aunque el sistema educativo de la época no estaba formalizado como hoy lo conocemos, las princesas de la realeza recibían una educación privada que abarcaba el aprendizaje de la diplomacia, las lenguas y las normas de etiqueta, además de formación religiosa, básica para el cumplimiento de su rol en la corte. Su formación fue completada con un fuerte sentido de la política dinástica, tan relevante para las alianzas que configuraron la historia de la época.

El matrimonio con Alfonso V

Matrimonio concertado desde la infancia

En 1406, cuando María tenía apenas cinco años, se concertó su matrimonio con Alfonso, hijo del rey Fernando I de Aragón y heredero de la Corona de Aragón. Este matrimonio no fue solo una unión personal, sino también una estrategia política clave, ya que permitía consolidar la alianza entre las coronas de Castilla y Aragón. El compromiso fue parte de la política matrimonial de la época, que tenía como objetivo reforzar las alianzas dinásticas mediante los enlaces entre las casas reales. Aunque el matrimonio fue concertado cuando María era todavía una niña, la boda se celebró oficialmente en 1415, cuando la joven princesa alcanzó la edad de 14 años.

La boda y el inicio del matrimonio

En 1415, cuando María tenía 14 años, se celebró el matrimonio con Alfonso, quien, tras la muerte de su padre, Fernando I de Aragón, fue proclamado rey en 1416. A pesar de las expectativas de la corte, la relación entre María y Alfonso fue, desde sus primeros días, algo tensa. Las desavenencias maritales que surgieron entre ellos fueron constantes a lo largo de su vida. Alfonso, conocido por su carácter independiente, pasó gran parte de su tiempo fuera de la Península Ibérica, especialmente en Italia, lo que dejó a María con una creciente responsabilidad política en la corte aragonesa.

Primeros años de gobierno

Desavenencias maritales y las ausencias de Alfonso

Las tensiones matrimoniales entre María y Alfonso fueron un tema recurrente en la corte aragonesa. Si bien no hay evidencia de un conflicto abierto, la falta de afecto mutuo y la distancia física de su esposo durante largos periodos afectaron el bienestar emocional y físico de la reina. Estos desencuentros marcaron una parte significativa de su reinado. Sin embargo, a pesar de estas dificultades personales, la reina María demostró ser una mujer de gran carácter, capaz de asumir las responsabilidades que su esposo le delegaba durante sus ausencias.

María como regente en ausencia de Alfonso

Desde 1420, Alfonso V se embarcó en su primera expedición a Nápoles, lo que marcó el inicio de las prolongadas ausencias del rey. Durante este tiempo, la reina María asumió el gobierno de los reinos de la Corona de Aragón como lugarteniente general. Este rol implicaba no solo la gestión administrativa, sino también la supervisión de la política exterior y la defensa del reino. Durante la ausencia de su esposo, que se extendió durante tres años, María tuvo que hacer frente a numerosos desafíos. Uno de los más urgentes fue la grave crisis económica que afectaba a Cataluña, que comenzaba a dar señales de un declive financiero alarmante.

A pesar de la falta de apoyo directo de Alfonso y de los escasos recursos a su disposición, la reina María supo mantenerse firme en el liderazgo, enfrentando con destreza tanto las luchas internas como las relaciones internacionales que definían el destino de la Corona de Aragón. Enfrentó las tensiones territoriales con la Corona de Castilla, negociando la paz en varias ocasiones, y gestionó las rebeliones internas que agitaron las regiones de Aragón y Cataluña.

En resumen, los primeros años de gobierno de María estuvieron marcados por la soledad en el poder y las tensiones con su esposo, pero su capacidad para ejercer la regencia en medio de un entorno complejo demuestra su talento y determinación como monarca. La reina María no solo fue una consorte en el sentido tradicional, sino una gobernante activa, capaz de mantener el rumbo en tiempos de crisis.

La regencia y las dificultades políticas

La crisis económica y los conflictos territoriales

Durante las ausencias prolongadas de Alfonso V en Italia, María de Castilla tuvo que enfrentar una serie de desafíos económicos y territoriales que amenazaban la estabilidad de los reinos de la Corona de Aragón. Uno de los principales problemas fue la crisis económica que afectaba a Cataluña, que experimentaba una creciente recesión debido a la caída de los ingresos del comercio y la presión fiscal sobre la población. El panorama económico no solo era negativo, sino que también se veía agravado por las tensiones con Castilla, que se intensificaron a medida que el reinado de Alfonso V continuaba.

A esto se sumaron los disturbios sociales en diversas partes del reino, como en Mallorca, donde los conflictos entre los «forans» (forasteros) y los «ciutadans» (ciudadanos) reflejaban la profunda división social. En Aragón y Cataluña, las facciones nobiliarias se enfrentaban en luchas internas por el control político, lo que obligó a María a actuar como mediadora en varios momentos, buscando mantener la estabilidad del reino y evitar que las tensiones sociales estallaran en rebeliones abiertas.

Mediaciones y negociaciones con Castilla

Uno de los momentos clave en el gobierno de María de Castilla fue su intervención en los conflictos con Castilla. En 1429, después de una serie de enfrentamientos y tensiones territoriales con la Corona castellana, María jugó un papel crucial como mediadora entre su esposo Alfonso V y el rey Juan II de Castilla. La reina logró que se firmara una paz que, aunque temporal, permitió a los dos reinos evitar una guerra abierta, lo cual habría sido desastroso para ambos en ese momento.

Sin embargo, la situación seguía siendo inestable. A pesar de los esfuerzos diplomáticos de María, la relación con Castilla nunca fue completamente resuelta, y las tensiones continuaron siendo una preocupación constante durante los años de su regencia. La diplomacia y las negociaciones de la reina no solo involucraban relaciones con los monarcas, sino también con la nobleza de los diferentes reinos, lo que le permitió mantener la unidad interna en medio de las luchas por el poder.

La ruptura definitiva de Alfonso V con Aragón

La marcha de Alfonso a Italia y el vacío de poder

En 1432, Alfonso V abandonó definitivamente la Península Ibérica para establecerse en Italia, donde continuó sus campañas expansionistas, particularmente en el Reino de Nápoles. Este acto de abandono significó una ruptura definitiva con la Corona de Aragón, y dejó a María con la responsabilidad total de los reinos. La decisión de Alfonso de vivir permanentemente en Italia fue una de las más significativas de su reinado, pues no solo implicaba un desdén por las preocupaciones de su esposa, sino también una renuncia a sus deberes como monarca en su propio reino.

La ruptura de Alfonso con su reino y con su esposa tuvo profundas consecuencias. María, aunque era oficialmente la reina consorte, se encontró gobernando de facto, y se convirtió en la autoridad principal en Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña. La nobleza, sin embargo, no le otorgó un apoyo unánime. Muchos nobles se rebelaron contra su creciente poder, lo que la colocó en una posición difícil, donde tenía que maniobrar entre las demandas de los nobles y las necesidades de su esposo, que seguía exigiendo subsidios para sus campañas italianas.

La oposición nobiliaria y las Cortes

En las Cortes de Barcelona de 1436, María tuvo que lidiar con la oposición de la nobleza catalana, que no veía con buenos ojos su creciente poder. Este enfrentamiento entre la reina y la nobleza fue un tema recurrente a lo largo de su regencia. María, que tenía una profunda comprensión de los conflictos sociales, trató de resolver la situación con mano firme, haciendo detener a los líderes más destacados de la oposición. No obstante, las tensiones seguían latentes, y la reina nunca logró consolidar completamente su autoridad sobre los nobles, quienes siempre se mostraron reacios a ceder demasiado poder a la monarquía.

Además, en este periodo, María tuvo que aceptar compromisos con la nobleza para obtener los recursos que necesitaba, lo que significaba que a veces se veía obligada a firmar acuerdos que iban en contra de sus propios intereses o de los de su marido. Un ejemplo de esto fue su aceptación de las demandas de la nobleza en las Cortes de Barcelona de 1448, donde se vio forzada a aceptar un donativo de 64.000 libras de los remensas a cambio de la promesa de que Alfonso redimiría los «malos usos», aunque en la práctica no se implementaron reformas efectivas.

Últimos años y legado

El apoyo a la facción de la Busca y la lucha por el poder

Uno de los aspectos más destacados de los últimos años de la regencia de María fue su apoyo a la facción de la Busca, que se oponía a la Biga en la lucha por el control del gobierno municipal en Barcelona. María, en este contexto, se alineó con Galcerán de Requesens, un líder de la Busca, quien se convirtió en un aliado cercano. Con el apoyo de Requesens, la reina pudo mantenerse en el poder en Cataluña, a pesar de los esfuerzos de la nobleza catalana para despojarla de sus prerrogativas. En 1442, cuando Alfonso V nombró a Requesens como gobernador de Cataluña debido a sus ausencias, María fue nuevamente despojada de sus facultades, aunque siguió siendo una figura central en la política del Principado.

La mediación en la guerra civil navarra

En 1453, cuando estalló la guerra civil en Navarra entre los partidarios de Juan de Navarra y su hijo Carlos, príncipe de Viana, por el control del trono, María de Castilla intervino como mediadora. A pesar de la complejidad del conflicto y las diversas facciones involucradas, la reina intentó, con cierto éxito, reducir la violencia y establecer un acuerdo entre los contendientes, aunque sin llegar a una solución definitiva. Este papel mediador fue otro de los aspectos clave de su legado político.

El legado de María de Castilla

María de Castilla fue una de las pocas reinas consortes de los reinos medievales de la Península Ibérica que ejerció el poder de forma efectiva y continua. Aunque su reinado estuvo marcado por una serie de dificultades, como las tensiones matrimoniales, las crisis económicas y los conflictos sociales, la reina supo mantenerse como una figura central en la política de la Corona de Aragón. Su legado es el de una gobernante que, a pesar de las adversidades, mantuvo los hilos del poder en sus manos durante las ausencias de su esposo, Alfonso V, y logró desempeñar un papel crucial en la historia de los reinos ibéricos.

María de Castilla murió en 1458, a los 57 años, sin haber tenido hijos, aunque su esposo, Alfonso V, sí dejó descendencia en Italia. Su muerte marcó el fin de una era en la que, a pesar de los desafíos, María se mantuvo como una figura de autoridad en un mundo dominado por hombres, dejando un legado de gobernanza efectiva en tiempos de crisis.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "María de Castilla, Reina de Aragón (1401–1458): La Reina que Gobernó en Solitario". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/maria-de-castilla-reina-de-aragon [consulta: 22 de febrero de 2026].