Eduardo López de Romaña (1847–1912): El Ingeniero Presidente que Modernizó el Perú desde las Provincias

Raíces arequipeñas y formación de un ingeniero ilustrado

Contexto histórico y social del Perú del siglo XIX

A mediados del siglo XIX, el Perú vivía una época marcada por profundos contrastes entre la aristocracia limeña y las élites regionales, como las de Arequipa, ciudad que mantenía una identidad conservadora, profundamente religiosa, y con fuerte apego a las tradiciones coloniales. Era un escenario donde las familias de grandes hacendados ejercían un poder local considerable, resistiéndose tanto al centralismo limeño como a los cambios impulsados desde la capital. En este entorno surgió Eduardo López de Romaña, hijo de una de las familias más notables del sur andino, cuyo destino se entrelazaría con los procesos de modernización técnica y el desarrollo de una burguesía rural emergente.

Durante la infancia de López de Romaña, el país experimentaba transformaciones significativas. El guano y el salitre comenzaban a posicionar al Perú como un exportador importante, pero también como un Estado dependiente de recursos naturales y vulnerable a intereses extranjeros. En este contexto, la tecnocracia era incipiente y las profesiones modernas apenas comenzaban a valorarse. Fue precisamente en ese intersticio entre tradición y modernidad donde se forjó la figura del ingeniero López de Romaña.

Orígenes familiares y tradiciones conservadoras

Eduardo López de Romaña nació en Arequipa en 1847, en el seno de una familia que sintetizaba la aristocracia regional tradicional con un incipiente espíritu emprendedor. Su padre, Juan Manuel López de Romaña, fue un importante terrateniente que se dedicaba a la agricultura en la costa y sierra, poseedor de vastas haciendas que habían pasado de generación en generación desde la época colonial. Su madre, Josefa Alvizuri de Bustamante, también pertenecía a una estirpe de alta alcurnia, consolidando así un linaje ligado tanto al poder económico como al prestigio social.

Aunque su padre tuvo algunas breves incursiones en la política edilicia local, su vida estuvo más vinculada a la producción agraria. Esta actitud fue heredada por su hijo, quien, si bien terminaría ocupando la presidencia del país, no era inicialmente un hombre político, sino un técnico y empresario rural.

Educación clerical y formación europea

Los primeros años de educación de López de Romaña se desarrollaron en el Seminario de Arequipa, bajo la dirección del presbítero Sors, en un ambiente marcadamente religioso y tradicional. Sin embargo, el destino del joven cambió drásticamente cuando fue enviado, junto con sus hermanos, a Inglaterra, una decisión influenciada por la tendencia de las élites hispanoamericanas de educar a sus hijos en el extranjero, especialmente en instituciones católicas europeas.

Así, fue admitido en el colegio Stonyhurst, centro de formación de la nobleza católica británica. Posteriormente, cursó estudios de ingeniería civil en el Royal College of London, donde obtuvo su título en 1868, a los 21 años. Desde entonces, su vida se orientó decididamente hacia la ciencia y la técnica, convirtiéndose en uno de los pocos peruanos de la época con una formación de alto nivel en ingeniería estructural.

Durante su estancia en Europa y Asia, López de Romaña trabajó en diversos proyectos de gran envergadura. Participó en la fabricación de puentes metálicos para ferrocarriles en la India, colaborando con el ingeniero M. Lee Smith, y supervisó personalmente la construcción del puente sobre el río Ravee en Silvertown, proyecto solicitado por la Oficina del Ferrocarril del Norte del Punjab. Estas experiencias no solo consolidaron su competencia técnica, sino que también le valieron un reconocimiento importante al ser admitido, en 1872, como miembro del Instituto de Ingenieros Civiles de Londres, con apenas 25 años.

Experiencia internacional y primer fracaso colonizador

Una vez consolidada su carrera en el extranjero, López de Romaña fue contratado por la Public Works Construction Company para participar en uno de los proyectos ferroviarios más ambiciosos del continente: la construcción del ferrocarril del Madeira al Mamoré, en plena selva amazónica brasileña. Este plan, impulsado por el coronel norteamericano George Church y respaldado por el emperador Pedro II de Brasil, tenía como objetivo conectar zonas aisladas por cataratas y rápidos del río Madeira, promoviendo el comercio del caucho y la colonización de zonas bolivianas.

La expedición, sin embargo, se convirtió en un desastre. Enfermedades tropicales, ataques indígenas y dificultades logísticas convirtieron el sueño colonizador en una pesadilla. Tras dieciocho meses de arduo trabajo en condiciones extremas, el proyecto fue abandonado. López de Romaña regresó a Europa, desilusionado pero enriquecido en experiencia, y aprovechó el tiempo para seguir formándose y visitando distintas capitales del continente, profundizando en el conocimiento técnico y las innovaciones que luego intentaría aplicar en su país.

Regreso al Perú: vocación empresarial y obstáculos estructurales

En 1874, tras quince años de ausencia, Eduardo López de Romaña regresó al Perú. Tres años después contrajo matrimonio con Josefa de Castresana, consolidando aún más su integración en los círculos de poder regional. Fue entonces cuando inició su etapa como empresario y promotor de obras públicas, con un enfoque modernizador claro.

Uno de sus primeros proyectos fue el alumbrado público a gas en Arequipa, del que fue ingeniero y gerente. La empresa fue financiada parcialmente por el gobierno, gracias a negociaciones con el entonces presidente Manuel Pardo, quien autorizó la entrega de 33.000 soles como parte del pago de una deuda con el municipio local. Sin embargo, la falta de infraestructura, las complicaciones técnicas y el bloqueo del puerto de Mollendo durante la Guerra del Pacífico impidieron el ingreso de carbón necesario para el sistema. El proyecto fracasó, pero parte de sus instalaciones fueron recicladas posteriormente para el sistema de agua potable de la ciudad.

No desalentado, López de Romaña se volcó hacia la agricultura moderna, enfocándose en la producción de caña de azúcar en los valles del Tambo, donde sus propiedades familiares eran parte del incipiente desarrollo exportador. Importó maquinaria a vapor y trató de aplicar métodos industriales a la producción agrícola. No obstante, los problemas estructurales de la región —servilismo, débil presencia estatal, robo de maquinaria— frustraron sus esfuerzos. El puerto de Mollendo volvió a jugarle una mala pasada: la moderna tecnología que había adquirido fue desmantelada y robada antes de llegar a sus haciendas.

Este fracaso empresarial no lo alejó de su ideal modernizador. Construyó un dique en Cachuyo para proteger las tierras del valle de las crecidas del río, evidenciando una visión de largo plazo y una voluntad técnica en favor del desarrollo regional, a pesar de las adversidades.

De empresario patriota a presidente independiente

Participación patriótica durante la Guerra del Pacífico

Cuando estalló la Guerra del Pacífico en 1879, el ingeniero Eduardo López de Romaña ya era un personaje consolidado en Arequipa, aunque más conocido por sus fracasos técnicos que por logros públicos. A pesar de no ser un militar de carrera, asumió un rol protagónico en la defensa de su región, demostrando tanto su compromiso cívico como su capacidad de organización.

Nombrado coronel y comandante general de las Milicias Cívicas del valle de Tambo, López de Romaña reunió a tres batallones con cerca de 1.500 hombres, aunque sólo 200 estaban adecuadamente armados. En un contexto de precariedad militar y desorganización estatal, estas fuerzas eran más un esfuerzo colectivo que una fuerza profesional. Sin embargo, logró resistir el avance chileno y evitar la ocupación de importantes enclaves como Mollendo.

En 1880, tras un enfrentamiento con el ejército invasor, Romaña ordenó incendiar el puerto de Mollendo para impedir su captura, mostrando una determinación inflexible. Dos años después, en 1882, rechazó nuevamente un intento de ingreso por Mejía, junto a los Húsares de Junín. Estas acciones, aunque heroicas, tuvieron un alto costo: no sólo consumieron recursos personales, sino también los de otras haciendas vecinas. La familia López de Romaña se exilió temporalmente en Tacna, donde falleció su esposa. El conflicto, lejos de engrandecerlo económicamente, lo sumió en la ruina financiera y el duelo íntimo, marcando una etapa de sacrificio y pérdida.

Reconstrucción local e impacto en la infraestructura regional

Después de la guerra, López de Romaña volvió a Arequipa con un nuevo propósito: reconstruir y modernizar su ciudad natal. Entre 1885 y 1899, lideró importantes obras públicas que transformaron el paisaje urbano. El Puente Grau, una obra clave para la conexión urbana, fue dotado de un arco invertido de su invención para aumentar la seguridad estructural. También culminó el sistema de agua potable y alcantarillado, inició el tendido de luz eléctrica y construyó el Puente de Tingo, consolidando su perfil como ingeniero público antes que político profesional.

Más allá de las obras, se convirtió en líder de la sociedad civil. Presidió la Beneficencia Pública, fundó colegios, clubes sociales y fue un impulsor clave de la Sociedad de Artesanos. Su protagonismo en la Junta Patriótica de Arequipa reforzó su imagen como representante de la aristocracia ilustrada, preocupado por el bienestar colectivo y no sólo por el interés personal. Esta etapa consolidó su figura como el rostro de la modernización descentralizada, forjada desde las provincias.

Ascenso político en la “República Aristocrática”

El triunfo de la revolución de Nicolás de Piérola en 1895 reorganizó el mapa político del Perú. Piérola fundó el Partido Demócrata y, como parte de su estrategia nacional, conformó comités en provincias. En Arequipa, los hermanos López de Romaña fueron convocados: Eduardo como presidente departamental del partido y Alejandro como prefecto.

La influencia de Eduardo, sin embargo, no se limitó al ámbito partidario. Fue elegido congresista y, en reconocimiento a su capacidad técnica, se le asignó la creación y conducción del nuevo Ministerio de Fomento, encargado del desarrollo económico e infraestructura. Esta institución representaba la aspiración de institucionalizar la modernización técnica dentro del Estado, una de las banderas principales del régimen de la llamada “República Aristocrática”, que aspiraba a gobernar el país con una élite profesional, culta y liberal.

El prestigio de López de Romaña como profesional, su neutralidad partidaria y su reputación de integridad lo convirtieron en una figura ideal para la presidencia. En 1899, fue nominado a la presidencia con el apoyo conjunto de demócratas y civilistas, alianza que neutralizó otras candidaturas. Grupos opositores como la Unión Nacional de Manuel González Prada se retiraron del proceso, facilitando su elección. Aunque inicialmente vinculado a Piérola, López de Romaña pronto evidenció una autonomía ideológica y política que lo distanciaría del caudillo.

Presidencia de la República: tensiones, autonomía y reformas

El período presidencial de Eduardo López de Romaña (1899-1903) fue atípico para los estándares peruanos de la época. No era militar, no venía de una dinastía política limeña ni tenía aspiraciones continuistas. Desde el inicio enfrentó una cierta hostilidad limeña, que lo veía como un provinciano tecnócrata carente de legitimidad central. Además, fue acusado de ser una “máscara de Piérola”, una percepción que intentó desmontar con acciones independientes y decisiones firmes.

Una de las características más notables de su mandato fue su austeridad personal y administrativa. A diferencia de presidentes anteriores como Piérola, Pardo o Leguía, que promovieron el nepotismo al ubicar a familiares en cargos clave, Romaña se mantuvo alejado del favoritismo, marcando un estilo sobrio y técnico. Esta actitud, aunque moralmente respetada, no fue políticamente rentable: le valió enemistades, falta de apoyos sólidos y constantes crisis ministeriales.

Su mensaje al Congreso en 1900 reflejó una perspectiva paternalista pero progresista, al alertar sobre el alcoholismo como un mal social que devastaba particularmente a la población indígena. Dicha preocupación revelaba tanto su carácter conservador y religioso como una visión de país sustentada en el orden moral y el deber colectivo. Estas posiciones, si bien criticadas por algunos sectores liberales, consolidaban su figura como un líder comprometido con la regeneración nacional.

Reformismo técnico y gestión económica

Durante su mandato, López de Romaña fortaleció el Ministerio de Fomento, al que ya había dado forma. Apoyó con firmeza proyectos de infraestructura, expediciones técnicas y planes de desarrollo económico, asumiendo un estilo de gobierno más ejecutivo que discursivo. La tecnocracia que encarnaba contrastaba con el populismo caudillista tradicional, marcando una transición hacia el Estado moderno basado en planificación.

Uno de sus mayores logros fue la consolidación del patrón oro, lo cual permitió estabilizar la moneda nacional y establecer confianza en las finanzas públicas. No obstante, también tuvo que lidiar con graves problemas monetarios, herencia de una economía en reconstrucción tras la guerra con Chile.

En el plano militar, su gobierno fue también una etapa de reconciliación nacional. Reincorporó al escalafón militar a dos figuras históricas del conflicto del Pacífico: Miguel Iglesias, quien firmó la paz con Chile, y Andrés A. Cáceres, exiliado tras ser derrotado en la guerra civil por Piérola. El retorno de Cáceres, símbolo de la resistencia, fue significativo y reflejó la voluntad de cerrar heridas.

A pesar de los obstáculos, López de Romaña concluyó su mandato en 1903, uno de los pocos presidentes de su época en lograrlo sin interrupciones violentas. Su presidencia, aunque olvidada en los relatos más épicos, dejó un legado de eficiencia, ética pública y visión técnica del poder.

Legado de un presidente ingeniero y su impronta regional

Retiro voluntario y vida en la patria chica

Tras concluir su mandato en 1903, Eduardo López de Romaña decidió retirarse completamente de la política nacional. A diferencia de otros expresidentes de su tiempo, no intentó ejercer influencia desde las sombras ni participó en nuevas contiendas partidarias. Para él, la política había sido un servicio circunstancial, no una vocación. Volvió a su Arequipa natal, la ciudad que había marcado su vida desde la infancia, y se dedicó a la administración de sus propiedades, a colaborar en obras locales y a llevar una vida alejada del protagonismo.

Durante estos años finales, vivió con sencillez, alejado del boato y las aspiraciones de poder. Fue en este retiro donde encontró la paz que la vida pública le había negado. Su existencia se tornó discreta, centrada en su familia, sus amigos cercanos y en el legado de sus obras. Falleció en Yura el 26 de mayo de 1912, a los 65 años, en una muerte serena, coherente con el perfil de un hombre que nunca buscó la gloria personal sino el cumplimiento del deber.

Percepciones contemporáneas y construcción de su imagen

Durante su vida y poco después de su fallecimiento, López de Romaña fue objeto de diversas interpretaciones. El más importante de sus biógrafos fue Edilberto Zegarra Ballón, quien publicó en 1900, aún durante su presidencia, la Biografía del Excelentísimo Señor D. Eduardo L. de Romaña. Este texto, publicado por la imprenta «La Bolsa» de Arequipa, tenía un evidente tono apologético y buscaba legitimar su figura como candidato presidencial. Aun así, constituye un testimonio valioso por recoger detalles de su vida temprana y su visión del mundo.

Posteriormente, el historiador Jorge Basadre, en su monumental obra sobre la historia republicana del Perú, también se detuvo en su figura. Aunque centró más su análisis en el contexto político de su presidencia, Basadre reconoció la singularidad de López de Romaña como el primer profesional no militar en asumir la jefatura del Estado, lo que lo diferenciaba claramente de los presidentes caudillistas o civiles con formación jurídica.

La percepción contemporánea fue ambivalente. Mientras los sectores conservadores lo valoraban por su moral y sobriedad, los círculos políticos limeños lo veían como un forastero tecnócrata, un extraño en los salones del poder capitalino. Esta distancia, lejos de opacarlo, reforzó su perfil de gobernante independiente, ajeno a las intrigas partidarias que marcaban la política peruana de la época.

Reinterpretaciones históricas: profesionalismo y civilismo

Con el paso del tiempo, la figura de López de Romaña ha sido reinterpretada desde nuevas perspectivas. En una historia republicana dominada por militares, abogados y caudillos, su perfil como ingeniero presidente representa una excepción notable. Su administración marcó un cambio de paradigma: la transición de un gobierno fundado en el carisma personal hacia una conducción estatal basada en la técnica, la planificación y la ética profesional.

Desde esta óptica, puede considerarse uno de los precursores del civilismo técnico, una corriente que vería su apogeo décadas después con figuras como Fernando Belaunde Terry, también ingeniero y convencido del poder transformador de la infraestructura. La presidencia de López de Romaña demostró que la capacidad técnica podía ser tan valiosa como la oratoria o el poder militar para conducir el país.

Su experiencia en el Ministerio de Fomento, su impulso a proyectos de desarrollo y su enfoque anticorrupción anticiparon algunos de los debates más vigentes en la administración pública contemporánea. En un país marcado por la inestabilidad, su capacidad de terminar el mandato constitucional y mantener el orden interno ya constituye un logro significativo.

Influencia duradera y simbolismo en la identidad arequipeña

Más allá de su proyección nacional, López de Romaña dejó una huella profunda en Arequipa. Sus obras de infraestructura transformaron la ciudad, sentando las bases para su crecimiento urbano durante el siglo XX. El puente Grau, el sistema de agua potable, el dique de Cachuyo y la introducción de la electricidad no fueron simples proyectos técnicos, sino gestos de modernización simbólica, que conectaban la tradición regional con las exigencias de la modernidad.

Su vida es también un símbolo de la resistencia de las élites provincianas frente al centralismo limeño. En su figura se condensan los valores de la aristocracia arequipeña: sobriedad, religiosidad, honor familiar y responsabilidad cívica. Pero al mismo tiempo representa el quiebre con el viejo orden, al haber incorporado ideas liberales, técnicas modernas y una perspectiva de gestión empresarial a la vida pública.

Hoy, aunque su nombre no resuene con la fuerza de otros personajes históricos, su legado está presente en la memoria cívica regional y en los debates sobre el rol de las provincias en la conducción del país. Su trayectoria ofrece una visión alternativa de la historia republicana: una donde la modernización no siempre vino de la capital, y donde el progreso se construyó también desde los márgenes.

Un cierre reflexivo: la ética del deber y la ingeniería como política

La vida de Eduardo López de Romaña puede leerse como una biografía del deber. Nunca buscó la gloria, ni el aplauso popular, ni el poder por el poder mismo. Su vocación era técnica, su ética era personal, y su acción política fue siempre consecuencia de una responsabilidad asumida más que de una ambición calculada.

Como ingeniero, supo mirar el país con una lógica estructural: identificar problemas, diseñar soluciones, ejecutar con precisión. Como presidente, trasladó esa misma racionalidad al gobierno, sin estridencias ni discursos altisonantes, pero con resultados tangibles. Su estilo, distante del populismo y del caudillismo, puede parecer hoy modesto. Pero quizás esa modestia fue precisamente su virtud más grande.

En un Perú donde muchas veces la política ha sido sinónimo de improvisación, clientelismo o confrontación, la figura de López de Romaña ofrece un ejemplo distinto: el de la política como ingeniería social, el de la técnica al servicio del bien común, y el de una vida que, sin grandes gestos, dejó huella profunda y duradera.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Eduardo López de Romaña (1847–1912): El Ingeniero Presidente que Modernizó el Perú desde las Provincias". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/lopez-de-romanna-eduardo [consulta: 16 de febrero de 2026].