Pedro Manuel Jiménez de Urrea (1485-1524): El Último Caballero de Aragón y Su Obra Literaria
Pedro Manuel Jiménez de Urrea (1485-1524): El Último Caballero de Aragón y Su Obra Literaria
Orígenes, Linaje y Educación Temprana
Pedro Manuel Jiménez de Urrea nació en 1485 en la villa de Épila, Zaragoza, en el seno de una de las familias más prominentes de la aristocracia aragonesa. Los Urrea, un linaje de origen pirenaico, habían estado presentes en las Cortes de Aragón durante siglos, ocupando un lugar destacado en la nobleza del reino. En el momento del nacimiento de Pedro Manuel, la familia era dueña de vastos territorios en Aragón y Valencia, incluyendo localidades como Alcatén, Mislata, Beniloba, Morés, y Almonacid de la Sierra, entre otros. Estos dominios no solo les proporcionaban riqueza y poder, sino que también les permitían tener una influencia directa en las decisiones políticas y administrativas del reino.
El padre de Pedro Manuel, Lope IV Ximénez de Urrea, fue una figura de gran relevancia. Se destacó no solo por su prominencia en la Corte de Aragón, sino también por su alianza con los Reyes Católicos, lo que le permitió acceder a importantes cargos. Lope IV luchó al lado de los Trastámara en las disputas internas de Aragón y, por su fidelidad, recibió el título de conde de Aranda, una de las distinciones más prestigiosas de la Península. La madre de Pedro Manuel, Catalina de Híjar, pertenecía a la nobleza de gran poder e influencia, ya que era hija del duque de Híjar, otro linaje destacado de la nobleza aragonesa.
Cuando Pedro Manuel nació, su familia ya había sufrido una serie de luchas internas y tensiones con la monarquía, pero, a pesar de estas disputas, los Urrea se mantenían firmemente arraigados en las estructuras de poder del reino. El hecho de que la familia se hubiera alineado con la nueva dinastía de los Trastámara les permitió continuar expandiendo sus dominios y consolidar su estatus en la corte. Sin embargo, los choques familiares y las tensiones inherentes a la nobleza aragonesa serían un tema recurrente en la vida de Pedro Manuel, incluso después de su ascenso al señorío de Trasmoz.
La vida de Pedro Manuel estuvo marcada por la prematura muerte de su padre en 1490, cuando él tenía apenas cinco años. Este trágico evento significó un punto de inflexión en su vida, ya que, a tan temprana edad, se vio obligado a asumir una serie de responsabilidades que normalmente recaían en el primogénito, Miguel Ximénez de Urrea. La muerte de su padre dejó un vacío emocional en Pedro Manuel, y este dolor acompañaría su vida durante muchos años. A pesar de su juventud, el hecho de que fuera heredero de Trasmoz, un señorío de gran importancia, aseguraba la continuidad del linaje, y en caso de que su hermano mayor, Miguel, no tuviera descendencia, Pedro Manuel sería quien heredaría el Condado de Aranda.
La crianza de Pedro Manuel quedó a cargo de su madre, Catalina de Híjar, quien desempeñó un papel crucial en su vida. Catalina, conocida por su determinación y férrea voluntad, fue una figura clave en la educación de su hijo, sobre todo porque ella creía firmemente en su potencial para desempeñar un papel importante dentro de la nobleza. Se encargó de su formación en todos los aspectos que una noble debería dominar: la fe católica, los estudios de los clásicos latinos y la práctica de las armas. Estas tres disciplinas serían las bases sobre las que Pedro Manuel construiría su identidad, tanto como aristócrata como caballero cristiano.
Durante su infancia y juventud, Pedro Manuel pasó mucho tiempo en los castillos familiares de Épila y Almonacid de la Sierra, lo que le permitió una formación que no solo abarcaba la cultura académica, sino también las enseñanzas sobre honor, lealtad y las virtudes caballerescas. Catalina de Híjar también utilizó su influencia para proteger a Pedro Manuel de las intrincadas luchas políticas y familiares que marcaron la vida de la nobleza aragonesa de la época, asegurándose de que él recibiera una educación que lo preparara para asumir las responsabilidades de su señorío.
El estudio de los autores clásicos fue una parte fundamental de la formación de Pedro Manuel. Desde joven, se familiarizó con las obras de autores latinos como Marco Tulio Cicerón, Lucio Anneo Séneca, Virgilio, y Terencio, cuyas enseñanzas sobre moralidad, sabiduría y virtudes cristianas le dejaron una impresión duradera. De hecho, Pedro Manuel era un ferviente admirador de Séneca, cuyas sentencias sobre el autocontrol y la ética le sirvieron de guía para el desarrollo de su carácter. Además, la influencia de los poetas italianos como Dante, Petrarca y Boccaccio fue significativa en su educación literaria. En su obra, se pueden rastrear las huellas de su admiración por estos autores, especialmente en la forma en que trataba temas de amor y virtud.
En cuanto a su vida religiosa, la enseñanza de la fe católica fue igualmente relevante. La madre de Pedro Manuel, devota y fiel a la tradición cristiana, le inculcó una profunda espiritualidad que, a lo largo de su vida, se reflejaría en gran parte de su obra literaria. Sin embargo, esta devoción también se mezclaba con una mirada crítica hacia otras religiones, como lo demuestra su enérgica condena del Islam y su actitud despectiva hacia los musulmanes, una postura que se refleja en algunos de sus poemas satíricos, como el titulado Contra la seta mahomética.
A los quince años, Pedro Manuel comenzó a pasar más tiempo en Zaragoza, el centro neurálgico de la nobleza aragonesa, y a interactuar con otros miembros de su clase. Fue en esta ciudad donde, en 1502, participó de manera indirecta en las Cortes de Aragón, ya que su minoría de edad le impedía asistir en persona. A través de un procurador, Pedro Manuel comenzó a familiarizarse con las intrincadas relaciones políticas de la corte, así como con las costumbres de la nobleza, que aún competía en el lujo, la ostentación y la pompa. Esta exposición a las Cortes y a los cortesanos le permitió desarrollar un fuerte apego por las viejas tradiciones caballerescas y su fascinación por el lujo y la etiqueta de la nobleza.
Fue también en este período cuando su madre comenzó a gestionar su futuro matrimonio, el cual era visto como un importante paso para consolidar la posición de los Urrea en la nobleza. En 1504, Catalina de Híjar logró organizar un matrimonio ventajoso entre su hijo y María de Sessé, hermana de un importante ministro del reino. Esta alianza no solo fortaleció la posición de los Urrea, sino que también proporcionó una generosa dote, lo que permitió a Pedro Manuel disponer de mayores recursos para sus actividades y proyectos personales.
En sus primeros años de madurez, Pedro Manuel también se distanció de los conflictos familiares internos, particularmente aquellos relacionados con la disputa por el señorío de Trasmoz con su hermano Miguel. Esta disputa fue resuelta a favor de Pedro Manuel gracias a la intervención del rey Fernando el Católico, quien, en una sentencia emitida en 1502, confirmó la posesión del señorío de Trasmoz a favor de Pedro Manuel. Esta resolución, aunque satisfactoria desde un punto de vista legal, no evitó que Pedro Manuel sintiera una creciente frustración por la falta de comprensión y apoyo de su hermano mayor.
A pesar de estos desafíos, la vida de Pedro Manuel en sus años jóvenes fue relativamente tranquila, centrada en su formación intelectual y la consolidación de su identidad como caballero y aristócrata. Su obra literaria, nacida en gran medida de este contexto, reflejaría las tensiones inherentes a la nobleza aragonesa del final de la Edad Media y el comienzo del Renacimiento, un periodo de transformaciones sociales y culturales que Pedro Manuel se resistió a aceptar plenamente.
Madurez y Compromiso Literario
La vida de Pedro Manuel Jiménez de Urrea, aún inmerso en las viejas tradiciones caballerescas de la nobleza aragonesa, avanzó hacia una madurez que combinó las tensiones políticas, las disputas familiares y una creciente dedicación a la creación literaria. A medida que alcanzaba la mayoría de edad, Pedro Manuel se vio envuelto en la complejidad de la vida cortesana y en las costumbres de la nobleza de su tiempo, un entorno que se encontraba en plena transformación debido a los cambios sociales y políticos propios del Renacimiento. Mientras que muchos de sus contemporáneos comenzaban a aceptar los nuevos tiempos y su adaptación a las tendencias culturales de la época, Pedro Manuel se mantuvo firmemente anclado en los ideales caballerescos, aquellos valores medievales que se basaban en el honor, la lealtad, la valentía y la devoción religiosa.
La transición de su adolescencia a la madurez estuvo marcada por un cierto aislamiento dentro de los círculos más amplios de la nobleza. Pedro Manuel se encontraba en una posición algo marginal dentro de la jerarquía familiar, ya que, como segundo hijo, su destino estaba ligado a una vida menos prominente que la de su hermano mayor, Miguel. Sin embargo, la influencia de su madre, Catalina de Híjar, fue crucial en su desarrollo tanto en lo personal como en lo literario. Catalina, una mujer ambiciosa y visionaria, nunca dejó de luchar por los intereses de su hijo, gestionando su destino con astucia política y económica. Fue ella quien logró asegurar el señorío de Trasmoz para Pedro Manuel, lo que le permitió tener un papel destacado dentro de la aristocracia local. A pesar de las tensiones familiares, especialmente con su hermano mayor, Catalina y Pedro Manuel lograron establecer una base sólida para su futuro.
En 1503, con dieciocho años, Pedro Manuel se vio presionado a seguir la tradición de su familia y comprometerse en un matrimonio arreglado. Su madre, como su principal defensora, ya había comenzado a negociar un matrimonio ventajoso para él con María de Sessé, hermana de un ministro importante del reino. Esta unión no solo reforzaba la posición política de los Urrea, sino que también aseguraba una dote generosa que se añadiría a la fortuna familiar. A pesar de las expectativas sociales y familiares, Pedro Manuel no compartía la misma pasión por el matrimonio que su madre. En su obra literaria, Pedro Manuel se mostró crítico con el sacramento del matrimonio, que veía como una trampa emocional y espiritual, un lazo que ponía en peligro la libertad y la pureza del caballero. A pesar de sus reservas, la relación con María de Sessé fue en general feliz y permitió que Pedro Manuel encontrara consuelo en su vida personal, desarrollando una profunda admiración por su esposa.
Aunque la vida personal de Pedro Manuel se encontraba relativamente estable, los conflictos familiares continuaron marcando su vida. La disputa con su hermano Miguel sobre el señorío de Trasmoz fue una de las más significativas y representó una muestra de la rivalidad interna que existía en muchas familias nobles. Los enfrentamientos por el control de los bienes familiares, en particular el rico señorío de Trasmoz, llegaron a tal punto que Catalina tuvo que recurrir a los tribunales y, en última instancia, al propio rey Fernando el Católico, para que mediara en el conflicto. En 1502, una sentencia definitiva aseguró que Pedro Manuel mantuviera la posesión del señorío, un hecho que consolidó su poder territorial, pero que también generó un profundo malestar en su relación con Miguel.
A pesar de las tensiones familiares, estos años fueron cruciales para la consolidación de la carrera literaria de Pedro Manuel. A lo largo de su vida, Pedro Manuel siempre consideró la creación literaria como una forma de escapar de los conflictos y frustraciones de la nobleza. De hecho, tras el conflicto sobre Trasmoz, Pedro Manuel optó por volcarse en la poesía y la prosa como una válvula de escape, una forma de lidiar con las angustias que lo aquejaban. En sus escritos, buscaba recuperar los ideales caballerescos, aquellos que habían sido los pilares de la nobleza medieval, y reflejar la nostalgia por un tiempo en el que el honor y la lealtad eran los valores más apreciados.
Su dedicación a la literatura, además, se vio respaldada por su entorno familiar. En el castillo de Jarque de Moncayo, donde pasó varios períodos de su vida, Pedro Manuel tuvo la oportunidad de refugiarse en la tranquilidad del campo, lejos de las disputas y conflictos de la corte. Esta estancia en Jarque de Moncayo fue crucial para el desarrollo de su obra literaria. Durante su tiempo allí, escribió muchas de sus églogas dramáticas y pastoriles, un tipo de poesía que reflejaba su visión idealizada de la vida rural y su amor por los paisajes de la región. A través de sus églogas, Pedro Manuel logró captar la esencia del amor caballeresco, representando el sufrimiento y la lucha emocional que sentía un caballero por su dama, todo ello envuelto en un marco bucólico y natural.
El entorno rural de Jarque también proporcionó a Pedro Manuel un espacio de introspección, donde comenzó a explorar con mayor profundidad las contradicciones de su propia vida. A pesar de que siempre se consideró un caballero cristiano, su obra refleja una profunda tensión entre el amor por la mujer y el compromiso con la pureza del caballero. En este contexto, su poesía amorosa se caracteriza por la exaltación de la mujer idealizada, una figura distante y pura que encarna la perfección moral y espiritual que él mismo aspiraba a alcanzar. Este tipo de poesía es un claro reflejo de los valores caballerescos medievales, pero también muestra la lucha interna de Pedro Manuel por reconciliar sus ideales con la realidad de la vida cotidiana.
Durante su estancia en Jarque de Moncayo, también escribió algunos de los poemas más notables de su Cancionero, que fue publicado en 1513 en Logroño. El Cancionero fue una de las obras más importantes de Pedro Manuel, ya que reunía una variedad de poemas que abarcaban diferentes temas: religiosos, amorosos, satíricos y caballerescos. A través de sus versos, Pedro Manuel no solo trataba temas tradicionales de la lírica medieval, sino que también introducía una visión más personal y reflexiva sobre la vida y la nobleza. Su obra fue un intento por preservar los valores de la caballería en un momento en que estos valores estaban siendo cuestionados por los cambios sociales y culturales del Renacimiento.
Uno de los aspectos más interesantes de su obra es la forma en que combinaba la religiosidad con los ideales de la caballería. En muchos de sus poemas, Pedro Manuel expresa su devoción hacia Dios, pero también hace un paralelismo entre los valores cristianos y los de la nobleza medieval. Esto se refleja en sus poemas de temática religiosa, en los cuales exalta la virtud cristiana, pero también en sus églogas, donde los caballeros son representados como luchadores no solo en el campo de batalla, sino también en la lucha espiritual.
Además de su obra poética, Pedro Manuel también se dedicó a la prosa. En 1514, publicó su novela sentimental Penitencia de Amor, una obra que ha sido considerada una de las más representativas de su estilo literario. En esta novela, el protagonista, el caballero Darino, se enfrenta a una serie de dilemas morales y espirituales relacionados con su amor por la dama Siroya. El tema central de la obra es la penitencia, un concepto que Pedro Manuel abordó de manera rigurosa, ya que en su visión del amor caballeresco, las pasiones carnales eran siempre vistas como un obstáculo que debía ser purgado a través del sufrimiento y el arrepentimiento.
La obra de Pedro Manuel, por tanto, no solo refleja los ideales de la caballería, sino también las contradicciones y dilemas morales de su tiempo. Mientras que algunos de sus contemporáneos comenzaban a adoptar los valores del Renacimiento, Pedro Manuel se mantuvo fiel a una visión de la nobleza que estaba perdiendo terreno en la sociedad. A través de sus escritos, Pedro Manuel buscó preservar una visión idealizada del pasado, pero también mostró los sufrimientos y desafíos de vivir en un mundo que cambiaba rápidamente.
La Vida Pública, las Disputas Familiares y el Compromiso Militar
A medida que Pedro Manuel Jiménez de Urrea se adentraba en la adultez, su vida no solo estuvo marcada por los proyectos literarios y su dedicación a la preservación de los ideales caballerescos, sino también por la intervención en disputas familiares que, a menudo, ponían a prueba su integridad y su lealtad hacia los suyos. Las tensiones familiares continuaron siendo una constante en su vida, y la figura de su madre, Catalina de Híjar, seguía siendo crucial para la toma de decisiones estratégicas dentro del linaje de los Urrea. Además, los conflictos territoriales que Pedro Manuel tuvo que enfrentar, tanto dentro de su propia familia como con otras casas nobiliarias, revelan la complejidad de su vida pública y las dificultades inherentes a la posición aristocrática que ocupaba.
En la primera década del siglo XVI, los problemas familiares en torno al señorío de Trasmoz se intensificaron. A pesar de los esfuerzos de Catalina para asegurar el dominio de Trasmoz para Pedro Manuel, no todo el linaje estaba de acuerdo con la disposición de los bienes. Su hermano mayor, Miguel Ximénez de Urrea, cuestionaba la cesión del señorío, pues consideraba que esta propiedad no debía haberse dividido. Miguel argumentaba que, según las normas de la nobleza, los señoríos debían ser mantenidos intactos y no repartidos entre los hijos, para evitar la fragmentación de los dominios. Esta disputa fue uno de los primeros indicios de la competencia interna en el seno de la familia Urrea, lo que hizo que las tensiones entre los hermanos se intensificaran.
Catalina, siempre protectora de su hijo Pedro Manuel, intervino en el conflicto y se dirigió al rey Fernando el Católico para que mediara en la disputa. El monarca, dada la importancia de la familia Urrea dentro del reino, accedió a intervenir y emitió una sentencia en 1502 que resolvía la disputa, estableciendo que Pedro Manuel debía mantener la posesión del señorío de Trasmoz. Este fallo consolidó el poder de Pedro Manuel sobre su señorío, pero también agudizó la rivalidad con su hermano mayor, quien nunca aceptó plenamente la decisión. Aunque la intervención del rey resolvió el conflicto legal, las secuelas emocionales y las tensiones familiares persiguieron a Pedro Manuel a lo largo de su vida.
Sin embargo, las tensiones familiares no fueron el único obstáculo en la vida pública de Pedro Manuel. A lo largo de este periodo, también se vio envuelto en las luchas políticas y sociales que caracterizaban el panorama de la nobleza aragonesa. En particular, uno de los conflictos más significativos fue la disputa por el agua de riego en Trasmoz, una cuestión que afectaba directamente a la producción de las ferrerías que formaban una fuente importante de ingresos para Pedro Manuel y su familia. La disputa con los vecinos sobre los derechos de uso del agua alcanzó su punto máximo hacia 1509, cuando Pedro Manuel tuvo que intervenir personalmente para resolver el conflicto. Esta intervención, que también implicaba un componente militar, evidenció el carácter belicoso y combativo de Pedro Manuel, quien no dudaba en luchar por los intereses de su señorío.
A lo largo de este periodo, las constantes luchas por el poder y el control de los territorios familiares llevaron a Pedro Manuel a involucrarse activamente en las tensiones militares y sociales de su tiempo. En 1510, un nuevo conflicto se desató en Aragón, que involucraba a las familias nobles locales en luchas por el control de los territorios. En particular, los Urrea se enfrentaron a los Gurrea, los condes de Ribagorza, con quienes tenían disputas sobre las fronteras territoriales. En un incidente que recordaba las viejas rivalidades feudales, Pedro Manuel, con el apoyo de su hermano Miguel, se vio obligado a liderar un contingente armado en defensa de sus propiedades. En este enfrentamiento, Pedro Manuel demostró su habilidad en la organización de tropas, ya que lideró un ejército compuesto por dos mil infantes y doscientos cincuenta jinetes, con los cuales desafió a los Gurrea en su propio territorio.
Este conflicto no solo tuvo implicaciones militares, sino que también fue una clara manifestación de las tensiones políticas que existían en la nobleza aragonesa de la época. La disputa por las aguas de Trasmoz y los enfrentamientos con los Gurrea se enmarcaban dentro de un contexto más amplio de luchas internas dentro del reino, en las que las familias nobles competían por el control de los recursos y la tierra. Sin embargo, lo que hizo que este conflicto fuera aún más significativo fue la intervención del rey Fernando el Católico, quien tuvo que tomar cartas en el asunto y fallar a favor de los Urrea. En un proceso que incluyó un juicio en las Cortes de Aragón, el rey ordenó el destierro del conde de Ribagorza y ordenó que este pagara una indemnización por los daños causados en las propiedades de los Urrea.
A pesar de los logros militares y el respaldo real, la vida de Pedro Manuel no estuvo exenta de dificultades personales. La continua guerra de facciones entre los nobles, las luchas territoriales y la tensión con su hermano Miguel, afectaron profundamente su salud emocional. En sus escritos, Pedro Manuel refleja estas tensiones, especialmente en las églogas y poemas dedicados a temas como el honor, la lealtad y la justicia. Aunque su participación en los conflictos familiares y militares le permitió consolidar su poder, estos eventos también lo sumieron en una serie de dilemas internos sobre el papel de la nobleza en la sociedad y la moralidad inherente a sus acciones.
A lo largo de la primera década del siglo XVI, Pedro Manuel pasó largas temporadas entre Zaragoza, Épila y Trasmoz, lo que le permitió estar cerca de los territorios de su señorío, al mismo tiempo que participaba en las intrincadas relaciones sociales y políticas de la corte aragonesa. Esta alternancia entre los campos de batalla y los espacios de creación literaria refleja la dualidad de su carácter: por un lado, era un caballero comprometido con la tradición medieval y, por otro, un escritor que buscaba transmitir a través de su poesía los valores que tanto apreciaba.
La interacción entre su vida pública y su vocación literaria se volvió aún más pronunciada cuando, en 1517, Pedro Manuel decidió emprender un viaje a Roma. La peregrinación a la Ciudad Eterna, un acto que muchos de sus contemporáneos realizaban para reforzar su estatus social y religioso, también fue una manifestación de su deseo de explorar el mundo más allá de los confines de Aragón. En previsión de los peligros del viaje, Pedro Manuel otorgó un testamento en Zaragoza, en el que legaba sus bienes a sus hijos y declaraba su intención de viajar a Roma. Durante su estancia en la ciudad, entre 1517 y 1519, Pedro Manuel fue testigo de los primeros movimientos humanistas que estaban reformando la vida intelectual de Europa.
Su paso por Roma, en particular, lo expuso a nuevas ideas que enriquecerían su pensamiento y su obra. Aunque siguió siendo un firme defensor de la tradición caballeresca y cristiana, el contacto con la cultura renacentista despertó en él una conciencia renovada sobre la necesidad de adaptación de la nobleza a los nuevos tiempos. Sin embargo, este viaje no solo fue un punto de inflexión en su vida intelectual, sino también en su vida personal. Durante su estancia en Roma, Pedro Manuel se dedicó a reflexionar sobre su legado y el destino de su linaje, lo que llevó a una revisión de sus prioridades y de los valores que había defendido a lo largo de su vida.
La Reflexión sobre la Vida, la Familia y el Legado Literario
Los años que siguieron al regreso de Pedro Manuel Jiménez de Urrea a Aragón en 1519 estuvieron marcados por un cambio progresivo en su enfoque hacia la vida, su familia y su obra literaria. A lo largo de este período, su salud comenzó a declinar, lo que hizo que se retirara en gran medida de la vida pública y política que había sido tan central en sus primeros años de adultez. Sin embargo, aunque sus intervenciones en la política y los conflictos de la nobleza se fueron reduciendo, su vida literaria y sus reflexiones sobre el legado familiar y su propia existencia se intensificaron, alcanzando una dimensión más introspectiva y profunda.
La importancia de la familia seguía siendo un tema central en la vida de Pedro Manuel. A pesar de las tensiones con su hermano Miguel y las disputas que habían surgido a lo largo de los años, Pedro Manuel nunca dejó de considerar el bienestar de su linaje. La muerte de su madre, Catalina de Híjar, en 1521, fue un golpe devastador para él. La figura de Catalina había sido esencial en su vida, no solo como madre protectora, sino también como una mujer de carácter fuerte y determinante en las decisiones estratégicas dentro del clan Urrea. Tras su fallecimiento, Pedro Manuel se encontró más aislado y comenzó a reflexionar profundamente sobre la naturaleza de su herencia, tanto espiritual como material. En su testamento, firmado en 1517, había dejado claro su deseo de que el mayor de sus hijos, Lope, heredara el señorío de Trasmoz, y la muerte de su madre solo acrecentó su preocupación por el futuro de su familia.
En los años siguientes, Pedro Manuel se sintió cada vez más distante de las luchas de poder que marcaron su juventud. En lugar de participar activamente en disputas territoriales o en las intrincadas políticas de la nobleza, dedicó su tiempo a su obra literaria y a la reflexión sobre el significado de su vida y de la aristocracia a la que pertenecía. Este periodo de aislamiento y reflexión lo llevó a cuestionarse la relevancia de los ideales caballerescos en un mundo que ya no parecía valorarlos de la misma manera que antes. La ascensión del Renacimiento, con su énfasis en la razón, el conocimiento humano y el individualismo, había transformado las estructuras sociales y políticas, desplazando lentamente los valores medievales que Pedro Manuel había defendido a lo largo de su vida.
A lo largo de este proceso de introspección, Pedro Manuel se dedicó a la escritura de más obras literarias que reflejaban su visión del mundo, pero también su sentimiento de desconcierto y angustia ante la desaparición de un modo de vida que había sido su ideal. En particular, la obra Penitencia de Amor, publicada en 1514, puede verse como una manifestación de este desencanto. En ella, el conflicto central gira en torno a un caballero que se ve atrapado entre su amor carnal y la necesidad de expiar sus pecados, una situación que refleja la tensión entre los valores medievales de la caballería y las nuevas corrientes de pensamiento que estaban surgiendo.
La novela, profundamente moralista, no solo subraya la pureza y el sacrificio como virtudes caballerescas, sino que también ofrece una crítica implícita a los excesos y las pasiones humanas que amenazan con corromper el alma. Esta obra, aunque enmarcada dentro de la tradición de la literatura medieval, refleja también las tensiones internas de Pedro Manuel, quien veía con melancolía cómo su mundo de honor, lealtad y pureza se desmoronaba ante las nuevas realidades de su tiempo.
En paralelo, Pedro Manuel continuó su dedicación a la poesía lírica, una faceta de su obra que le permitió expresar su visión del amor, el honor y la espiritualidad de manera más directa y emocional. En su Cancionero, publicado por primera vez en 1513, se destacan varios poemas dedicados a la figura de su madre, en los que muestra un profundo respeto y gratitud hacia ella. Estos poemas, llenos de fervor y veneración, se presentan como una especie de homenaje póstumo, que resalta la influencia duradera de Catalina sobre su vida y su obra. En uno de estos versos, Pedro Manuel se refiere a su madre como la «ilustre y magnífica señora» cuya dedicación por su bienestar era tan grande que no tenía palabras suficientes para agradecerle todo lo que había hecho por él. A través de estos versos, Pedro Manuel expresa tanto su amor filial como su reconocimiento por el sacrificio y las luchas que su madre enfrentó para mantener intacta la posición de los Urrea.
Pero además de los poemas dedicados a su madre, en su Cancionero también encontramos composiciones que reflejan su visión del mundo y su lugar en él. Los poemas amorosos de Pedro Manuel continúan explorando la tensión entre la pureza del caballero y los deseos carnales. La figura femenina en su obra sigue siendo idealizada, como un ser casi divino que representa la virtud y la bondad. En sus versos, Pedro Manuel exalta la mujer amada como un símbolo de lo inalcanzable, siempre distante y perfecta, un modelo que no solo representa el amor humano, sino también un ideal de trascendencia espiritual.
Este énfasis en la espiritualidad y la pureza, tanto en la figura de la mujer como en la propia vida del caballero, es un reflejo de la lucha interna de Pedro Manuel, quien a lo largo de su vida intentó equilibrar los ideales medievales de la caballería con las nuevas corrientes de pensamiento humanista que comenzaban a expandirse en Europa. A pesar de su creciente preocupación por el futuro de su familia y su linaje, Pedro Manuel nunca dejó de ver en la poesía una forma de redención y de acercamiento a Dios. Los poemas religiosos que escribió durante este tiempo siguen siendo un testimonio de su profunda devoción, pero también de la nostalgia por un mundo que ya no existía. En ellos, se puede observar cómo sus inquietudes espirituales se entrelazaban con la nostalgia por el pasado medieval, una época que, a los ojos de Pedro Manuel, representaba la grandeza y la virtud.
La creciente reflexión sobre su vida, su familia y su obra se profundizó aún más con la decisión de realizar una peregrinación a Roma, que emprendió en 1517. Este viaje, aunque representaba una parte importante de la vida religiosa de cualquier noble de la época, también tenía un sentido personal y simbólico para Pedro Manuel. Roma, como centro del catolicismo y símbolo de la fe cristiana, representaba tanto un final como un principio. Para él, la peregrinación a la ciudad santa fue una oportunidad para enfrentarse con su mortalidad, reflexionar sobre su legado y examinar su vida desde una perspectiva más amplia.
La peregrinación a Roma, sin embargo, también marcó el inicio de un período de mayor alejamiento de las luchas políticas y las tensiones familiares. Pedro Manuel regresó a Aragón en 1519, pero su regreso estuvo acompañado por una creciente sensación de soledad y desapego del mundo que lo rodeaba. En este sentido, su retiro a la vida privada y su creciente dedicación a la literatura y la reflexión sobre su legado familiar fueron reflejo de un hombre que intentaba encontrar la paz en un mundo que se le escapaba.
A pesar de sus esfuerzos por encontrar consuelo en la poesía y la reflexión filosófica, Pedro Manuel no pudo escapar del destino que se avecinaba. En 1524, después de años de enfermedad, Pedro Manuel falleció en su residencia de Zaragoza, a la edad de 39 años. Su muerte, prematura pero llena de sentido para quienes conocieron su vida y su obra, marcó el fin de una era para los Urrea y, en cierto modo, para la nobleza aragonesa. El legado de Pedro Manuel, aunque aparentemente limitado por su vinculación a las viejas tradiciones, sigue siendo un testimonio de la complejidad de su época y de los dilemas existenciales que enfrentó al tratar de reconciliar el pasado medieval con los nuevos tiempos del Renacimiento.
Muerte y Testamento
La vida de Pedro Manuel Jiménez de Urrea, uno de los más destacados representantes de la nobleza aragonesa del siglo XVI, culminó en 1524, dejando tras de sí un legado literario y familiar que refleja tanto la grandeza como las tensiones de su tiempo. La culminación de su obra no solo está marcada por sus textos literarios, sino también por sus reflexiones personales sobre el significado de la nobleza, la familia, el honor y la fe. Su muerte, a una edad relativamente temprana, fue un punto de inflexión en la historia de su linaje y en la cultura literaria de Aragón, aunque su influencia perduró mucho después de su desaparición.
Los Últimos Años de Pedro Manuel
El regreso de Pedro Manuel a Aragón en 1519 tras su peregrinación a Roma marcó el inicio de un periodo de reflexión profunda sobre su vida y su futuro. En la ciudad de Zaragoza, donde residió en sus últimos años, la salud de Pedro Manuel comenzó a deteriorarse, lo que le obligó a distanciarse aún más de las luchas políticas y militares que en su juventud habían sido tan centrales en su vida. A pesar de su declive físico, Pedro Manuel continuó con su labor literaria, escribiendo y revisando obras que reflejaban su creciente preocupación por el legado familiar y la transformación de la nobleza medieval en un mundo cada vez más influenciado por las ideas del Renacimiento.
A lo largo de este periodo, Pedro Manuel parece haber experimentado una serie de conflictos internos sobre la relevancia de su rol como aristócrata en un mundo que empezaba a dejar atrás los valores tradicionales de la caballería. Este sentimiento de desconcierto ante el cambio social y cultural que atravesaba Europa es especialmente visible en su obra poética, en la que, a pesar de su fidelidad a los ideales caballerescos, también se puede percibir una cierta desesperanza y melancolía ante la desaparición de un mundo que ya no parecía tener cabida en el nuevo orden de la época. En sus últimos escritos, Pedro Manuel parecía cuestionarse si su esfuerzo por preservar los ideales de la nobleza medieval había sido en vano.
Durante este tiempo, la figura de su madre, Catalina de Híjar, continuó siendo central para su vida, incluso tras su muerte en 1521. La relación con su madre había sido siempre estrecha, y su fallecimiento dejó un vacío emocional en Pedro Manuel, que, además de la pérdida afectiva, debió enfrentar el peso de la responsabilidad que conllevaba ser el último representante de la línea masculina de los Urrea. Catalina había sido una mujer de gran carácter, astuta en los negocios y en la política, y su influencia había sido fundamental para que Pedro Manuel alcanzara una posición destacada dentro de la aristocracia. Su muerte significó el fin de una era de estabilidad para Pedro Manuel, quien vio cómo la presión sobre él para mantener la fortuna y el poder de los Urrea aumentaba.
El Testamento de Pedro Manuel
A medida que Pedro Manuel se enfrentaba a la cercanía de su muerte, decidió organizar su legado, no solo en términos materiales, sino también espirituales y literarios. En 1517, a los 32 años, Pedro Manuel otorgó su testamento en Zaragoza antes de emprender su viaje a Roma. En este testamento, dejó claro su deseo de que su mayor hijo, Lope, heredara el señorío de Trasmoz, lo que aseguraba la continuidad del linaje. Aunque Pedro Manuel no fue el primogénito, su madre había logrado que fuera él quien recibiera los bienes más significativos, a pesar de las tensiones previas con su hermano mayor, Miguel. Este acto testamentario también reflejaba el deseo de Pedro Manuel de mantener un control sobre su legado en una época en la que la nobleza aragonesa se encontraba dividida por luchas internas y disputas territoriales.
Además de los bienes materiales, Pedro Manuel incluyó en su testamento donaciones para obras pías y legados a la Iglesia, lo que refleja su profunda devoción religiosa. En su testamento, Pedro Manuel menciona de manera explícita su deseo de ser enterrado en la iglesia de Épila, junto a su madre, y de que se celebraran misas por su alma. Esta disposición, que denota su preocupación por la salvación de su alma, también pone de manifiesto la religiosidad que siempre había acompañado su vida y su obra. Los aspectos espirituales de su testamento no son sorprendentes, dado que, a lo largo de su vida, Pedro Manuel había dedicado una parte importante de su trabajo literario a temas religiosos, como los poemas y canciones que exaltaban la figura de Cristo, la Virgen María y los santos.
Lo más relevante de su testamento, sin embargo, es la claridad con la que Pedro Manuel expresa su preocupación por el futuro de su familia. A pesar de las tensiones y conflictos internos, su principal deseo era garantizar que sus hijos continuaran con el legado familiar. Su testamento no solo refleja su amor por su linaje, sino también su comprensión de la importancia de la estabilidad territorial y política en la nobleza medieval, en la que la conservación de los bienes familiares era esencial para mantener el estatus de una familia noble. De este modo, el testamento de Pedro Manuel se convirtió en un acto de consolidación del poder de los Urrea, asegurando que su familia no se dispersara ni se desintegrara con su muerte.
La Muerte de Pedro Manuel
Pedro Manuel Jiménez de Urrea falleció en 1524 en su residencia de Zaragoza, a los 39 años de edad. La causa de su muerte fue probablemente una enfermedad prolongada, que lo había debilitado en los últimos años de su vida. Su fallecimiento fue una pérdida significativa para su familia, que, como se había previsto en su testamento, continuó con la gestión de los dominios de Trasmoz y otras propiedades. Su muerte marcó también el fin de una generación de aristócratas aragoneses que, como él, habían luchado por mantener la antigua nobleza feudal ante los profundos cambios sociales que caracterizaban el siglo XVI.
La noticia de su muerte causó gran consternación, no solo en su familia, sino también en los círculos intelectuales y literarios de Aragón. Aunque Pedro Manuel no alcanzó la fama de otros escritores de su época, su obra fue un reflejo de las tensiones entre el pasado medieval y el Renacimiento que definieron su vida. La complejidad de su producción literaria, que abarcó tanto la poesía como la prosa, y su lucha por preservar los valores tradicionales de la caballería, lo convierten en una figura única en la historia de la literatura aragonesa.
MCN Biografías, 2025. "Pedro Manuel Jiménez de Urrea (1485-1524): El Último Caballero de Aragón y Su Obra Literaria". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/jimenez-de-urrea-pedro-manuel [consulta: 29 de enero de 2026].
