Don Enrique, Rey-Cardenal de Portugal (1512-1580): La última esperanza de la dinastía de Avís

Don Enrique, conocido como el Rey-Cardenal de Portugal, nació en Lisboa el 31 de enero de 1512 y falleció el 31 de enero de 1580 en Almeirim. Fue el último representante de la dinastía de Avís y gobernó Portugal en un período crucial de la historia portuguesa. Su reinado estuvo marcado por el vacío sucesorio, que facilitó la unión de la corona portuguesa con la de España, bajo el dominio de Felipe II. Este artículo explora su vida, logros, momentos clave y el impacto que tuvo en la historia de Portugal y de Europa.

Orígenes y contexto histórico

Don Enrique era el sexto hijo de Manuel I de Portugal y su segunda esposa, María, hija de los Reyes Católicos. Nació en una época en la que la monarquía portuguesa se encontraba en una etapa de estabilidad relativa, aunque la dinastía de los Avís ya enfrentaba los primeros signos de agotamiento. A lo largo de su vida, don Enrique fue diseñado para seguir una carrera eclesiástica, y desde su infancia, se le proporcionó una educación de alta calidad. Entre sus profesores se encontraba Clenardo, quien le enseñó griego, latín y hebreo, y Pedro Nunes, quien le instruyó en matemáticas.

En 1526, a la edad de 14 años, don Enrique recibió las órdenes menores, lo que le permitió obtener beneficios canónicos y comenzar su carrera dentro de la Iglesia. Su formación religiosa lo llevó a ser nombrado prior comendatario de Santa Cruz de Coimbra. A los 22 años, el papa Clemente VII lo nombró arzobispo de Braga, cargo que ocuparía con gran diligencia. En 1539, Paulo III lo designó inquisidor general de Portugal y sus conquistas, lo que consolidó su poder dentro de la estructura eclesiástica del país.

Logros y contribuciones

Don Enrique no solo destacó por su posición dentro de la Iglesia, sino también por sus contribuciones al ámbito cultural y educativo de Portugal. Durante su tiempo como arzobispo de Braga, introdujo reformas significativas en las instituciones eclesiásticas y educativas, como la reforma administrativa del Colegio de São Paulo de Braga, al que intentó convertir en un Estudio General. En 1551, invitó a los jesuitas a establecerse en la ciudad de Évora, y en 1553, fundó una escuela pública que se transformó en universidad en 1559.

En 1545, don Enrique alcanzó el cardenalato y fue un candidato prominente al papado, participando en los cónclaves de 1549, 1555 y 1559. En el cónclave de 1555, logró recibir 15 votos, pero finalmente fue elegido Pío IV. En 1561, el papa lo nombró legado ad latere para el reino de Portugal, y tres años después, sucedió a Fernando de Vasconcellos como arzobispo de Lisboa. Durante estos años, don Enrique demostró una notable capacidad administrativa, lo que lo consolidó como un líder religioso influyente.

Además de su labor en la Iglesia, don Enrique desempeñó un papel importante en la política portuguesa. A la muerte de su hermano, Juan III, en 1557, el joven príncipe Sebastián, de solo tres años, ascendió al trono. La regencia fue inicialmente asumida por la reina Catalina, abuela de Sebastián, pero debido a las tensiones políticas y la presión de la corte, esta abdicó en favor del infante don Enrique, quien se encargó de la regencia entre 1562 y 1568. Durante este período, don Enrique trabajó para proporcionar a su sobrino la mejor formación posible, a la vez que fortalecía la administración pública, especialmente en lo relacionado con los territorios ultramarinos.

En 1570, fue nombrado abad-general de toda la congregación cisterciense de Portugal, lo que le permitió continuar con sus esfuerzos por mejorar las instituciones religiosas del país. En 1574, tras años de vida en la corte, don Enrique renunció a la sede de Lisboa y volvió a ocupar la mitra de Évora.

Momentos clave

Uno de los momentos más decisivos de la vida de don Enrique fue su ascenso al trono de Portugal en 1578, tras la muerte del rey Sebastián en la batalla de Alcazarquivir. Tras el desastre en Marruecos, don Enrique asumió el gobierno del reino, primero como regente y luego como rey, coronado el 28 de agosto de ese año. La primera medida que tomó fue enviar a Francisco da Costa como embajador a Marruecos para negociar el rescate de los rehenes portugueses.

A pesar de sus esfuerzos por gobernar de manera eficaz, su reinado estuvo marcado por varios errores políticos. Don Enrique despidió a los funcionarios de la corte que no eran de su confianza y los sustituyó por hombres leales a él, lo que causó un desorden administrativo que afectó negativamente el gobierno. Esta inestabilidad fue aprovechada por Felipe II, quien empezó a mostrar su interés por la corona portuguesa.

La cuestión sucesoria fue otro de los grandes problemas que enfrentó don Enrique. Con la muerte de Sebastián sin descendencia y su propia incapacidad para engendrar un heredero debido a su condición de clérigo, la falta de un sucesor claro creó una situación de incertidumbre. Don Enrique solicitó al papa Gregorio XIII una dispensa del celibato para poder casarse y generar un heredero, y aunque consideró a Isabel de Austria y a María, hija del duque de Braganza, como posibles esposas, las presiones de Felipe II sobre la Santa Sede impidieron que la dispensa fuera concedida.

La cuestión de la sucesión fue abordada en las cortes de Lisboa de 1579, pero los nobles portugueses no lograron llegar a un acuerdo sobre el futuro del reino. La duquesa Catalina de Braganza, la cual tenía derechos dinásticos, fue considerada como una posible heredera, pero don Enrique nunca llegó a tomar una decisión definitiva. A su muerte en 1580, Portugal se sumió en la discordia, y la falta de un sucesor directo abrió la puerta a la intervención de Felipe II.

En junio de 1580, el prior de Crato, Antonio de Portugal, se proclamó rey, pero tras ser derrotado por las tropas del duque de Alba en la batalla de Alcántara, Felipe II fue reconocido como rey de Portugal, consolidándose la unión de las coronas española y portuguesa.

Relevancia actual

El reinado de don Enrique marcó el fin de la dinastía de los Avís y la entrada de Portugal en una nueva era bajo la corona española. Su incapacidad para nombrar un sucesor y su falta de una política clara sobre la sucesión facilitaron la intervención de Felipe II, lo que resultó en la incorporación de Portugal al imperio español durante sesenta años.

Aunque don Enrique es recordado principalmente por su fracaso político en la cuestión sucesoria, su legado como impulsor de reformas e instituciones culturales en Portugal perdura. Fue una figura clave en la historia de su país, cuyo reinado trágico contribuyó de manera decisiva a la historia de la monarquía ibérica.

Bibliografía

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Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Don Enrique, Rey-Cardenal de Portugal (1512-1580): La última esperanza de la dinastía de Avís". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/enrique-el-cardenal-rey-de-portugal [consulta: 7 de febrero de 2026].