Egeria (s. IV-V): La pionera de la peregrinación cristiana femenina

Orígenes, contexto y formación de una mujer excepcional

Galicia en el siglo IV: el “finis terrae” del Imperio romano

Egeria, nacida en la región de Galicia durante la segunda mitad del siglo IV, creció en un contexto único, situado en el extremo occidental del Imperio Romano. Esta zona, que en la época se percibía como el “finis terrae” o fin del mundo conocido, marcó un punto de partida simbólico y geográfico para la figura de Egeria. Aunque no existen registros exactos sobre su fecha de nacimiento, se cree que su infancia y juventud transcurrieron en una Galicia marcada por la convivencia de tradiciones celtas con las nuevas estructuras del Imperio Romano, en pleno proceso de cristianización.

La región gallega en esa época era un territorio relativamente periférico en comparación con las grandes urbes del Imperio, pero gozó de una notable autonomía cultural y social. La influencia de la romanización, aunque presente, fue más suave que en otras áreas del Imperio, lo que permitió que algunas costumbres locales perduraran. Sin embargo, este contexto de frontera cultural también fue fértil para la emergencia de nuevas formas de religiosidad, como las comunidades cristianas femeninas, que se empezarían a consolidar con fuerza en el siglo IV.

Egeria, nacida en este marco, probablemente provenía de una familia acomodada que le permitió acceder a una educación excepcional. El hecho de que pueda escribir y reflexionar sobre las cuestiones religiosas de su tiempo en griego, una lengua culta de gran complejidad, sugiere que tuvo acceso a una formación intelectual avanzada, poco común para las mujeres de la época. Algunos estudios sugieren incluso que podría haber pertenecido a una familia relacionada con el emperador Teodosio I, lo que explicaría tanto su posición social como la considerable influencia que tendría más adelante.

Hipótesis sobre el linaje de Egeria: vínculos con la aristocracia imperial

La idea de que Egeria podría haber sido parte de una familia noble y vinculada a las esferas más altas del poder romano es una teoría que cobra fuerza en base a varios elementos de su vida y obra. La nobleza romana, en especial la vinculada a la corte imperial, gozaba de una gran educación y recursos que les permitían tener una vida dedicada al estudio, la religión y las artes. En este contexto, no es descabellado pensar que Egeria, dada su gran formación y su capacidad de realizar un viaje tan largo y costoso, perteneciera a una familia de la aristocracia hispánica, muy posiblemente emparentada con la familia imperial de Teodosio I.

El emperador Teodosio I, nacido en Hispania, gobernaba una vasta extensión de territorio que incluía las actuales Galicia y la meseta del Duero. Esta cercanía geográfica entre Egeria y el emperador ha llevado a algunos estudiosos a plantear que la escritora pudo haber tenido algún tipo de parentesco con él, lo cual le habría permitido no solo acceder a un entorno cultural elevado, sino también a los recursos necesarios para llevar a cabo su peregrinación.

Formación cultural y religiosa de Egeria

El viaje que Egeria emprendió entre los años 381 y 384 a Tierra Santa no fue un acto impulsivo, sino el resultado de una profunda preparación intelectual y espiritual. Si bien la autora del Itinerarium Egeriae nunca proporciona detalles completos sobre su formación, sus escritos muestran que dominaba el griego con una soltura impresionante para la época, además de haber estudiado profundamente las escrituras cristianas y los textos bíblicos. Este conocimiento no solo le permitió emprender su peregrinación con una clara conciencia religiosa, sino que también le otorgó un alto nivel de reflexión sobre los lugares sagrados que visitó.

La capacidad para observar y transmitir con detalle las prácticas litúrgicas y religiosas de los diversos lugares que recorrió demuestra una formación erudita que, como se mencionó, es poco frecuente en las mujeres de la época. Egeria no solo comprendió los rituales litúrgicos, sino que también se interesó por las costumbres sociales, las estructuras religiosas y las prácticas de las comunidades cristianas que encontraba en su camino. Su estilo de vida contemplativo, combinado con su aguda curiosidad intelectual, refleja una mujer de gran singularidad en su tiempo.

Primeros indicios de liderazgo espiritual femenino

Otro aspecto clave en la vida de Egeria es su probable rol como líder espiritual dentro de las comunidades religiosas femeninas de Galicia. Si bien no existe documentación que lo confirme de manera definitiva, varios indicios presentes en el Itinerarium sugieren que Egeria pudo haber sido la abadesa de una de estas primeras comunidades de mujeres consagradas, un fenómeno religioso que comenzaba a desarrollarse en todo el Imperio Romano durante este periodo. La presencia de comunidades de vírgenes consagradas, muchas de ellas autónomas, marcó el comienzo de un espacio para que las mujeres, por primera vez, pudieran desarrollar una vida religiosa sin la necesidad de estar sometidas a los roles tradicionales de la familia o el matrimonio.

En este contexto, Galicia fue una región crucial en el establecimiento de estas nuevas formas de vida religiosa femenina. Las comunidades de mujeres, que en algunos casos adquirían gran influencia social y religiosa, ofrecieron a las mujeres una vía para una mayor autonomía espiritual, una característica que parecía resonar profundamente con Egeria. La religiosa galaica podría haber sido una de las figuras más destacadas de este movimiento, lo que le permitió no solo ser reconocida como líder dentro de su comunidad, sino también ser respetada por los hombres religiosos que conoció a lo largo de su viaje.

El contexto de las comunidades religiosas de mujeres

A finales del siglo IV, el cristianismo había comenzado a extenderse por todo el Imperio Romano, pero las estructuras sociales aún limitaban el rol de las mujeres en la vida religiosa. Sin embargo, este periodo también vio la consolidación de comunidades femeninas que desempeñaron un papel activo en la vida religiosa. En este contexto, figuras como Egeria, que ostentaban gran conocimiento y poder en estas comunidades, se destacaron como líderes espirituales. Estas comunidades no solo se dedicaban a la oración y la reflexión, sino que también se convirtieron en puntos de referencia cultural y religiosa dentro de la sociedad cristiana en expansión.

Egeria, como viajera y escritora, contribuyó al establecimiento de estas comunidades al documentar y narrar las prácticas religiosas de las distintas iglesias y conventos que encontró en su camino. Esto le permitió, además, consolidar su influencia como una figura clave en el mundo religioso femenino de la época.

El viaje a Tierra Santa: mística, política y geografía

Constantinopla, punto de partida de la gran peregrinación

La peregrinación de Egeria, que comenzó en el año 381, tuvo su origen en Constantinopla, la ciudad que representaba el corazón del Imperio Romano de Oriente, donde Egeria probablemente pasó un tiempo preparándose espiritualmente para su viaje. En este período, la ciudad era un centro de poder político y religioso, donde se celebraban importantes concilios y se debatían cuestiones teológicas cruciales para el futuro del cristianismo. El emperador Teodosio I, bajo cuyo gobierno el cristianismo fue declarado religión oficial, desempeñó un papel fundamental en la cristianización de la región.

Egeria, como mujer sabia y curiosa, entendió la importancia de estar en Constantinopla antes de embarcarse en su viaje hacia Tierra Santa. Fue aquí donde pudo conocer y perfeccionar sus conocimientos sobre las escrituras cristianas, el griego y la teología, lo que la dotó de las herramientas necesarias para comprender en profundidad los lugares que visitaría. La ciudad, además, ofreció un ambiente seguro y académico para las preparaciones de su peregrinación.

Jerusalén y Belén: entre liturgias y emociones

Después de un largo y arduo viaje, Egeria llegó finalmente a Jerusalén en el año 382. La ciudad sagrada, lugar de encuentro de miles de peregrinos, fue el epicentro de su peregrinación y el objetivo primordial de su travesía. Allí se encontró con el obispo Cirilo de Jerusalén, una figura importante en la historia del cristianismo, que había sido perseguido por los seguidores del arrianismo. En ese contexto, Jerusalén representaba mucho más que un destino geográfico; era un símbolo de la unificación religiosa bajo el dogma del cristianismo ortodoxo, el cual, después de la proclamación del emperador Teodosio I, había consolidado su hegemonía.

Egeria, emocionada por estar en los lugares que había leído y estudiado, describe con entusiasmo las liturgias y ceremonias que presenció, prestando atención a los detalles rituales y las prácticas de la iglesia primitiva. La basílica del Santo Sepulcro y el Cenáculo fueron dos de los lugares más significativos para ella, sitios profundamente relacionados con la vida de Cristo y la primera comunidad cristiana. La escritora se sintió profundamente conmovida por la espiritualidad que emanaba de estos lugares, y no tardó en describir la magnificencia de las ceremonias religiosas que se celebraban, destacando la diferencia entre las prácticas de la iglesia oriental y las de otras regiones cristianas.

En su relato, Egeria también cuenta con asombro su visita a Belén, el lugar de nacimiento de Cristo. En esa época, la festividad del Nacimiento de Cristo se celebraba el 6 de enero, lo que coincidía con las festividades de los Reyes Magos. La presencia de Egeria en las celebraciones de la basílica de la Natividad fue un evento significativo, y su relato ofrece detalles sobre las costumbres litúrgicas y los sentimientos de devoción que invadían la ciudad durante esos días. A través de sus ojos, los lectores del futuro pudieron descubrir las prácticas cristianas de un Oriente cristiano que, aunque muy lejano, comenzaba a forjar la identidad de la cristiandad moderna.

Egipto y el Nilo: misticismo, monasterios y anacoretas

La siguiente etapa de la peregrinación de Egeria la llevó hacia el sur, hasta Egipto, donde se encontró con una de las culturas cristianas más místicas y ascéticas de la época. Egeria, siempre interesada en las diferentes prácticas religiosas, tuvo la oportunidad de conocer las comunidades monásticas y los anacoretas que vivían en los desiertos egipcios. Egipto, en ese momento, era un foco de vida espiritual cristiana, y los monjes del desierto egipcio, conocidos como los Padres del Desierto, representaban lo más puro y austero de la vida cristiana.

Su viaje por Egipto la llevó a la famosa Nitria, en el desierto occidental, un lugar donde florecían los monasterios y donde los monjes cristianos practicaban una vida de extrema austeridad y oración. Egeria quedó fascinada por la devoción y la dedicación de estos monjes, y sus escritos reflejan un profundo respeto y admiración por el modo de vida de los anacoretas. A lo largo de su recorrido por Alejandría, la ciudad que representaba el auge cultural del cristianismo oriental, Egeria se empapó de la rica tradición intelectual que allí se encontraba.

La ciudad, por su parte, le ofreció una perspectiva más académica de la religión, y Egeria tuvo la oportunidad de interactuar con los pensadores más destacados del momento. En Alejandría, Egeria se sintió impresionada por la profundidad intelectual y espiritual de la ciudad, que, además de ser un centro de poder, era también un hervidero de debates teológicos, filosóficos y literarios. La ciudad no solo le permitió experimentar la religiosidad monástica, sino que también le abrió puertas a un mundo de conocimiento profundo y variado sobre las primeras comunidades cristianas.

Alejandría y la fascinación cultural

La ciudad de Alejandría no solo era un centro religioso, sino también una de las metrópolis culturales más importantes del mundo antiguo. Aquí, Egeria se encontró con una ciudad llena de historia, de debates intelectuales y de un fervor religioso profundo. Su fascinación por Alejandría quedó reflejada en sus escritos, donde describe cómo la ciudad se encontraba en un momento de ebullición cultural, gracias a su enorme influencia en la política y la vida religiosa del Imperio Romano de Oriente.

A lo largo de su viaje, Egeria no solo disfrutó de la paz espiritual que buscaba, sino también de un contacto directo con las raíces del cristianismo, lo que enriqueció su experiencia tanto religiosa como intelectual. Su capacidad para moverse por estos entornos y aprender de cada lugar, mientras mantenía una profunda fe, convierte a su relato en una fuente invaluable de información sobre la vida cristiana en la antigüedad.

La ruta bíblica: Sinaí, Moisés y las huellas de la fe

La travesía del Sinaí: simbolismo y peligros

Uno de los momentos más impresionantes y simbólicos de la peregrinación de Egeria fue su travesía hacia el monte Sinaí, un destino cargado de significado espiritual por ser, según la tradición bíblica, el lugar donde Moisés recibió las Tablas de la Ley. A finales del año 383, Egeria emprendió esta peligrosa expedición por el desierto árido del Sinaí, enfrentando dificultades naturales como las altas temperaturas, la falta de agua y el riesgo constante de ataques por parte de bandidos o enemigos religiosos. Sin embargo, nada de esto fue suficiente para disuadirla.

Su relato sobre esta parte del viaje revela una fe inquebrantable y una voluntad férrea. Cada nuevo paraje que pisaba era motivo para una lectura pública de las escrituras, especialmente los pasajes del Éxodo que hacían referencia a esos mismos lugares. De esta manera, Egeria no solo reproducía el camino de los hebreos hacia la Tierra Prometida, sino que también reafirmaba su propia misión espiritual. El monte de Moisés (Gebel Musa) fue una de las cumbres más emotivas del viaje, desde la cual pudo divisar un paisaje que abarcaba Egipto, Palestina, el mar Rojo y el Mediterráneo. Su emoción ante esta visión la plasma con entusiasmo en su Itinerarium, convirtiendo el momento en uno de los más poéticos y místicos de toda la obra.

El monte Nebó, la Tierra Prometida y las visiones bíblicas

Poco después de su regreso del Sinaí, Egeria emprendió otra travesía simbólicamente poderosa: la visita al monte Nebó, desde el cual, según el libro del Deuteronomio, Moisés contempló la Tierra Prometida antes de morir. Este episodio, profundamente cargado de espiritualidad, muestra una vez más la intención de Egeria de revivir los momentos fundacionales del relato bíblico, no solo como espectadora sino como partícipe activa en su memoria y comprensión.

Desde la cumbre del Nebó, la escritora hispanorromana observó con fervor paisajes como el mar Muerto, Jericó, la llanura del Jordán y las ruinas de la mítica ciudad de Sodoma, lo cual intensificó su sensación de comunión con los textos sagrados. En sus escritos, destaca la dimensión emocional de la experiencia: no se limita a una descripción geográfica, sino que convierte la visión en una revelación espiritual, una forma de reafirmar su papel como testigo del cumplimiento divino. Este momento representa también un punto de madurez en su peregrinación: una comprensión más profunda de la historia sagrada y una confirmación de su vocación como escritora devocional.

Edesa, Mesopotamia y los santos lugares de Asia Menor

Con las fuerzas aún intactas y una sed inagotable de conocimiento espiritual, Egeria decidió extender su viaje hacia el este del Imperio, adentrándose en regiones como la Mesopotamia siria y visitando lugares emblemáticos como Edesa, Harán, Antioquía y Seleucia. Esta parte del viaje no solo amplió el mapa geográfico de su relato, sino que lo convirtió en un testimonio excepcional del cristianismo oriental y su diversidad.

En Edesa, ciudad que albergaba la legendaria imagen de Cristo “no hecha por mano humana”, Egeria fue recibida por el obispo Eulogio, quien la guió por los lugares santos y le permitió acceder a espacios de oración, archivos religiosos y reliquias. En Harán, otro punto de alto valor bíblico, visitó la casa de Abraham y el pozo de Jacob, reforzando su conexión con los patriarcas del Antiguo Testamento. Su interés por estos espacios no era meramente simbólico: Egeria investigaba activamente los vínculos entre geografía, teología y tradición, convirtiéndose en una cronista minuciosa y reflexiva de la memoria religiosa.

El viaje a través de la región mesopotámica se completó con una parada en Antioquía, una de las ciudades más importantes del cristianismo primitivo, y desde allí organizó su regreso a Constantinopla. Sin embargo, antes de terminar su itinerario, hizo visitas a lugares de gran valor simbólico, como la tumba de santo Tomás en Edesa, la ciudad de Hierápolis y finalmente Calcedonia, donde veneró el sepulcro de santa Eufemia, mártir cristiana del siglo III.

Encuentros con obispos, monjes y mujeres piadosas

A lo largo de su peregrinación, Egeria fue recibida con hospitalidad y deferencia por líderes religiosos, obispos y comunidades monásticas, lo que revela no solo su carisma y autoridad personal, sino también el prestigio que poseía dentro de la Iglesia. Este trato especial podría explicarse, como ya se ha señalado, por su pertenencia a una familia aristocrática y por su posible condición de abadesa. No obstante, también es indicativo de su estatus como mujer erudita, una figura poco común pero profundamente respetada dentro de ciertos círculos cristianos de la época.

Uno de los encuentros más significativos fue con Marthana, una diaconisa y superiora de comunidades de apotactitas, es decir, mujeres que llevaban una vida consagrada en comunidad, renunciando a los bienes materiales y los lazos familiares. Este modelo de vida radicalmente autónomo y femenino inspiró a Egeria, y su interacción con Marthana refuerza la hipótesis de que ella misma practicaba o promovía una espiritualidad similar. Esta red de mujeres piadosas y autosuficientes, muchas de ellas dotadas de autoridad dentro de sus respectivas comunidades, constituye un fenómeno extraordinario dentro del cristianismo tardoantiguo.

La espiritualidad apotactita

El término “apotactita”, proveniente del griego apotassesthai (renunciar), designaba a los cristianos y cristianas que abandonaban el mundo secular para consagrarse a Dios en vida comunitaria o eremítica. A diferencia de las vírgenes consagradas tradicionales, las apotactitas vivían bajo una regla de estricta separación del mundo, cultivando la pobreza, la castidad y la oración constante. Egeria, a través de sus visitas a estas comunidades, parece sentirse profundamente identificada con este modelo de vida, lo que ha llevado a múltiples estudiosos a situarla como una de sus defensoras o incluso fundadoras en Galicia.

Este tipo de vida religiosa femenina, ajena al matrimonio y al mandato masculino, representa una de las primeras formas documentadas de autonomía espiritual femenina, y la presencia de Egeria en estos contextos sugiere un compromiso activo con esta causa. Al describir estas comunidades y sus prácticas, Egeria no solo da testimonio de una geografía espiritual en expansión, sino que también se convierte en portavoz de una disidencia femenina dentro del cristianismo primitivo, una voz singular y poderosa en un tiempo de profundas tensiones doctrinales, sociales y culturales.

Relevancia, recuperación y legado de Egeria

El valor documental del Itinerarium Egeriae

El texto dejado por Egeria, conocido como Itinerarium Egeriae, constituye una de las fuentes más excepcionales del cristianismo tardoantiguo, tanto por su riqueza descriptiva como por su enfoque subjetivo y profundamente espiritual. Aunque el manuscrito no se conserva completo —han desaparecido sus primeras y últimas páginas—, lo que ha llegado hasta nosotros permite reconstruir buena parte del recorrido y comprender el modo en que esta mujer observó, analizó y vivió los lugares santos y las costumbres religiosas de su tiempo.

Desde su redescubrimiento en el siglo XIX, el Itinerarium ha sido objeto de múltiples ediciones, traducciones y estudios especializados. Su tono epistolar, destinado originalmente a sus “hermanas” religiosas en Galicia, le confiere un carácter íntimo y al mismo tiempo universal. Egeria no escribió para la posteridad, sino para compartir con su comunidad las vivencias espirituales que deseaba que se transformaran en modelos de fe. Sin embargo, el resultado fue un documento de inestimable valor histórico y literario.

La obra de Egeria permite conocer con detalle aspectos poco documentados en otras fuentes: las liturgias locales celebradas en Jerusalén, las formas de devoción en Oriente, la estructura de las comunidades cristianas, las redes de peregrinación y, muy especialmente, el papel de las mujeres en la religión del siglo IV. Su estilo directo, ameno y a veces incluso coloquial, le otorga al relato una dimensión humana que lo distingue de otras crónicas eclesiásticas más solemnes y dogmáticas.

Redescubrimiento moderno y su impacto historiográfico

El Itinerarium fue redescubierto hacia fines del siglo XIX en una biblioteca italiana, en un manuscrito incompleto que fue rápidamente identificado como un testimonio inusual. Hasta entonces, la figura de Egeria había sido apenas mencionada en la carta del abad Valerio del siglo VII, lo que dejaba su existencia envuelta en el misterio. La identificación del texto con la autora gallega permitió vincular por primera vez la narración con una mujer hispana del siglo IV, lo cual representó un hallazgo sin precedentes en la historiografía cristiana.

Desde entonces, estudiosos como Agustín Arce, María Dolores Mirón Pérez o Carlos Pascual han contribuido a analizar no solo el contenido histórico del texto, sino también su dimensión literaria y simbólica. Se ha llegado a afirmar que Egeria representa una bisagra entre la tradición clásica del viaje como aprendizaje (inspirada en modelos grecorromanos) y la nueva espiritualidad cristiana que valoraba la peregrinación como forma de ascetismo y conexión con lo divino.

El impacto historiográfico del Itinerarium no se limita a la historia de la Iglesia. También ha sido valorado por la historia del turismo, los estudios de género, la antropología religiosa y la literatura de viajes. En este sentido, Egeria es considerada como la primera escritora hispánica conocida, y su obra es probablemente la más antigua narrativa de viajes escrita por una mujer que se conserva en la tradición occidental.

Mujeres viriles y disidencia femenina en la Antigüedad

Una de las dimensiones más relevantes del legado de Egeria es su inscripción dentro del fenómeno histórico que algunos autores cristianos de su época denominaron “mulieres viriles” o “mujeres viriles”. Este concepto, lejos de implicar una masculinidad literal, aludía a mujeres de clases altas que, desafiando los roles tradicionales de género —matrimonio, maternidad, reclusión doméstica—, se entregaban a una vida pública activa, ya fuera en la política, la religión o la filosofía. En el caso de Egeria, la expresión toma sentido al observar su independencia de movimiento, su liderazgo espiritual y su capacidad de reflexión teológica.

La investigadora María Dolores Mirón Pérez ha sintetizado este fenómeno en los siguientes términos: “Este fenómeno, propio del siglo IV, fue la culminación de un proceso iniciado en Roma en tiempos de la República, de progresiva emancipación femenina, en particular en las clases altas. Proceso, no obstante, que no fue ni generalizado ni completado. El derrumbamiento del Imperio y las invasiones bárbaras, con la subsiguiente inseguridad que conllevaba para los viajes, así como la oposición mayoritaria de los padres de la Iglesia, que no acababan de ver con buenos ojos tanta independencia en una mujer, pusieron freno a estos atisbos de libertad femenina”.

En este contexto, Egeria se convierte en un símbolo de autonomía femenina y de resistencia espiritual. A través de su viaje y su escritura, encarnó una forma de autoridad alternativa, fundada no en el poder militar ni en el linaje político, sino en el conocimiento, la fe y la palabra. Su figura fue progresivamente olvidada por una tradición que relegó a las mujeres a posiciones marginales, pero hoy resurge como una pionera en múltiples campos.

Lecturas feministas y resignificaciones contemporáneas

La recuperación moderna de Egeria no ha sido solo académica. En las últimas décadas, su figura ha sido reinterpretada desde una perspectiva feminista, que la considera una de las precursoras de la lucha por el reconocimiento de la voz femenina en la historia. Su escritura, su experiencia de peregrinación y su rol dentro de las comunidades religiosas femeninas se han convertido en objeto de estudios que buscan resignificar la espiritualidad desde el prisma del género.

Egeria es vista, en este marco, como una mujer que supo conjugar la fe y el saber, la experiencia y la narración, la acción y la contemplación. Su testimonio rompe con la imagen pasiva que tradicionalmente se ha asociado a las mujeres en la Iglesia antigua, y demuestra que la escritura y el viaje también fueron prácticas femeninas desde tiempos remotos. En un momento histórico en que muchas mujeres religiosas comienzan a reclamar una mayor participación dentro de las estructuras eclesiales, la figura de Egeria cobra una actualidad inesperada.

Además, el hecho de que se dirija a otras mujeres, a sus “hermanas” de Galicia, refuerza la idea de una comunidad femenina de saber y de fe, un espacio alternativo en el que las mujeres se transmitían experiencias, conocimientos y esperanzas. En este sentido, su obra es también una acción pedagógica y un gesto de empoderamiento colectivo.

Egeria como referente de libertad espiritual y cultural

Hoy en día, Egeria es reconocida no solo como una viajera o como una escritora, sino como un referente integral de libertad espiritual y cultural. Su obra, aunque escrita en un estilo sencillo y sin pretensiones literarias, es una manifestación de profundidad humana y riqueza intelectual que ha resistido el paso de los siglos. Desde Galicia hasta Jerusalén, desde el Nilo hasta el Éufrates, su mirada fue siempre respetuosa, curiosa y compasiva, cualidades que la convierten en una figura universal.

La ausencia de certezas sobre su final —no sabemos si regresó a Galicia, ni dónde murió exactamente— ha envuelto su figura en un halo de misterio, que potencia aún más su dimensión legendaria. Pero más allá del mito, queda su palabra, su testimonio escrito, que ha llegado hasta nuestros días como una joya del patrimonio espiritual, literario y femenino de la humanidad.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Egeria (s. IV-V): La pionera de la peregrinación cristiana femenina". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/egeria2 [consulta: 4 de abril de 2026].