Philibert-Guillaume Duhesme (1766–1815): El General Francés que Gobernó Barcelona en Fuego Cruzado
La vida de Philibert-Guillaume Duhesme estuvo profundamente marcada por el cambio radical que transformó a Europa a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Nacido en 1766 en Borgoña, su juventud transcurrió en los años crepusculares del Antiguo Régimen francés, cuando aún dominaban las jerarquías feudales, el absolutismo monárquico y una sociedad dividida en estamentos. Sin embargo, ese orden pronto sería barrido por los vientos huracanados de la Revolución Francesa, que estalló en 1789, justo cuando Duhesme daba sus primeros pasos en la vida militar.
La Revolución transformó la manera de concebir el poder político, la autoridad militar y la ciudadanía. Al calor de estos cambios, Francia se embarcó en una serie de conflictos bélicos, las llamadas Guerras Revolucionarias, enfrentándose a las monarquías europeas que buscaban restaurar el viejo orden. Esta dinámica no solo alteró el mapa político del continente, sino que también ofreció una extraordinaria oportunidad de ascenso para hombres ambiciosos como Duhesme. La renovación del ejército revolucionario, despojado de muchas de sus élites tradicionales, permitió que individuos sin títulos nobiliarios pudieran alcanzar altos mandos por méritos de combate y lealtad al nuevo régimen.
Orígenes y formación de un militar ambicioso
Philibert-Guillaume Duhesme nació el 7 de julio de 1766 en Borgoña, una región entonces marcada por sus estructuras tradicionales, pero también por un fuerte dinamismo agrícola y comercial. Aunque no pertenecía a una familia de la alta nobleza, sí tenía un entorno lo suficientemente acomodado como para proporcionarle una educación elemental sólida y acceso a los círculos administrativos y militares locales. En los años previos a la Revolución, se integró en la Guardia Nacional, un cuerpo clave en la protección del orden público tras el colapso del absolutismo.
La llegada de la Revolución no hizo sino acelerar su carrera. En un contexto donde la lealtad al nuevo régimen era tan valorada como el talento militar, Duhesme no tardó en ascender. En 1789 ya ostentaba el grado de capitán, y su compromiso con los ideales revolucionarios le permitió integrarse en campañas clave. Fue en ese ambiente en el que su carácter se forjó: decidido, ambicioso y convencido de la superioridad del modelo francés sobre los monarcas vecinos.
El ascenso en la jerarquía militar
Entre 1792 y 1794, Duhesme sirvió en el ejército del Norte bajo las órdenes de Charles-François Dumouriez, uno de los generales más destacados del período revolucionario. En ese frente, se enfrentó a las tropas austro-prusianas, en un momento crítico en que la República luchaba por su supervivencia. Fue durante esta etapa que fue ascendido a general de brigada, una promoción que reflejaba tanto sus capacidades tácticas como su fiabilidad política.
Posteriormente, fue transferido al ejército del Rin y Mosela, una zona donde los combates eran especialmente intensos y donde se requerían mandos experimentados. Allí, continuó destacándose por su valentía, su capacidad de maniobra y su actitud ofensiva. La guerra no era para Duhesme una simple cuestión profesional: era un escenario para la construcción de su identidad y de su carrera. Sus logros lo llevaron pronto al ejército de Italia, donde participó en algunas de las campañas más significativas de la época.
Fue precisamente en 1799, durante la toma de Nápoles, cuando su reputación se consolidó. Las tropas francesas, en su ofensiva contra los reinos de la península itálica, necesitaban comandantes decididos, y Duhesme demostró un valor y una intrepidez admirados incluso por sus críticos. Además, participó activamente en la campaña de los Alpes contra los austriacos, otro episodio clave del esfuerzo francés por extender su influencia en Europa.
Durante estos años, Duhesme adquirió un perfil de militar firme, enérgico, con tendencia a la acción directa y sin demasiadas sutilezas diplomáticas. Esa misma actitud sería la que más adelante definiría su actuación en Cataluña, cuando Napoleón lo destinara a una de las regiones más turbulentas de la Península Ibérica.
Primeros contactos con la Guerra de Independencia española
La década de 1800 trajo consigo nuevas oportunidades, pero también mayores desafíos. A comienzos de 1808, Duhesme fue enviado a España, un territorio que pronto se convertiría en el epicentro de una larga y sangrienta guerra de resistencia contra la ocupación francesa. El conflicto, conocido como la Guerra de la Independencia Española, pondría a prueba tanto su habilidad militar como su capacidad de gobernanza en contextos hostiles.
En sus primeras acciones en tierras catalanas, fracasó en dos intentos de tomar la ciudad de Gerona, lo que supuso un revés importante para las fuerzas francesas. No obstante, supo rehacerse rápidamente mediante una operación sorpresiva: se apoderó de Barcelona mediante una acción traicionera, ocupando la ciudad sin librar batalla abierta, en un gesto que despertó tanto el rechazo de los locales como el elogio de sus superiores.
Fue entonces cuando Napoleón Bonaparte lo nombró gobernador de Barcelona, confiándole el control de una de las plazas más estratégicas del noreste peninsular. Desde allí, iniciaría una política de control férreo, represión severa y explotación sistemática de los recursos locales, estrategias que le permitirían mantener momentáneamente la estabilidad militar, pero al precio de un creciente odio entre la población.
Las proclamas y decretos que Duhesme dictó desde Barcelona evidencian su intento por consolidar su dominio: por un lado, intentaba mostrarse como protector del orden y de la vida civil, pero al mismo tiempo aplicaba medidas duras y muchas veces arbitrarias. En múltiples ocasiones culpó de los levantamientos al «populacho» y a los «perturbadores», deslegitimando cualquier tipo de resistencia como simple delincuencia. En sus comunicaciones, incluso llegó a comparar la situación de Barcelona con la de Nápoles, sugiriendo que el ejemplo napolitano de sumisión debía servir de modelo a los catalanes.
A lo largo de 1808, sus intervenciones se volvieron más frecuentes y severas. Desde bandos represivos hasta confiscaciones económicas, Duhesme fue construyendo una administración militar que combinaba la propaganda, la fuerza bruta y la necesidad de supervivencia logística de su ejército. Esa compleja y ambivalente figura comenzaría a mostrar fisuras internas, tanto entre sus subordinados como en su relación con los civiles, presagiando las tensiones que caracterizarían el resto de su mandato.
Campañas en la Península Ibérica: de Gerona a Barcelona
La llegada de Philibert-Guillaume Duhesme a la Península Ibérica a comienzos de 1808 se produjo en un momento de máxima tensión. España, en un principio aliada de Francia, se convirtió súbitamente en campo de batalla cuando Napoleón decidió colocar a su hermano José Bonaparte en el trono español. La reacción popular fue inmediata, iniciando la Guerra de la Independencia Española, una de las contiendas más sangrientas del periodo napoleónico. En este contexto, Duhesme fue asignado al mando del Cuerpo de Observación de los Pirineos Orientales, con el objetivo de controlar Cataluña, una región clave tanto por su posición geográfica como por su espíritu resistente.
Su primer desafío fue Gerona, ciudad estratégica por su localización y su capacidad defensiva. Intentó tomarla por la fuerza, pero fue rechazado en dos ocasiones, lo que dañó su prestigio en los círculos militares franceses. No obstante, su siguiente movimiento cambiaría el rumbo de su misión: en una maniobra sorpresiva y sin declarar abiertamente sus intenciones, se apoderó de Barcelona por medio de una estratagema, entrando en la ciudad y ocupándola sin resistencia significativa. Esta acción, que muchos calificaron como traición, le valió el nombramiento como gobernador de la plaza, iniciando una etapa marcada por la represión, la censura y el expolio sistemático.
Gobierno militar en Cataluña
Una vez consolidado en el poder, Duhesme comenzó a aplicar una política de control absoluto, utilizando todos los recursos a su alcance para mantener el orden, abastecer a sus tropas y neutralizar la resistencia local. La prensa oficial, especialmente el Diario de Barcelona, se convirtió en una herramienta clave para difundir sus proclamas y bandos. En sus comunicaciones, solía culpabilizar a «perturbadores», «vagos», «desertores» y «enemigos de las dos naciones», en un intento de deslegitimar la insurgencia y consolidar la idea de que los franceses actuaban como garantes del orden.
En una carta fechada el 7 de mayo de 1808, Duhesme describía los sucesos del 2 de mayo en Madrid como el resultado de una conjura de elementos antisociales, mientras que elogiaba la moderación de los «buenos vecinos» de Barcelona. Su retórica mezclaba amenazas y paternalismo, buscando mantener la obediencia a través del miedo y la manipulación emocional. En sucesivos bandos, como los del 1 al 12 de junio de 1808, repetía este patrón: reconocía incidentes violentos, los atribuía a elementos marginales y terminaba prometiendo la restauración de la tranquilidad.
A pesar de su dureza inicial, cambió de táctica en algunos casos, perdonando a cinco insurgentes capturados con las armas en la mano. Sin embargo, ese gesto no fue suficiente para calmar los ánimos. Su propio ejército mostraba señales de indisciplina, al punto que el 5 de julio de 1808 se vio obligado a amenazar a sus soldados por saqueos y robos, lo cual reflejaba la creciente descomposición de su mando.
Su estrategia combinaba medidas militares con intentos de crear estructuras administrativas civiles que colaboraran con el ocupante. Un ejemplo de ello fue la creación, bajo impulso del intendente Ezpeleta, de una junta de comercio y fábricas compuesta por representantes de diversos gremios, comerciantes y autoridades eclesiásticas. Esta junta debía colaborar en la subsistencia del ejército y la administración de la ciudad, aunque operaba bajo estricta vigilancia francesa.
Relación con la población y tensiones internas
El gobierno de Duhesme en Barcelona fue percibido por muchos como un régimen de ocupación basado en la coacción económica y militar. Impuso empréstitos forzosos, como el anunciado en septiembre de 1808, y medidas fiscales severas. Sus decretos se centraron en asegurar el suministro de víveres para las tropas, muchas veces a costa de la economía local. En una carta del 23 de agosto de 1808, advertía que, si los barceloneses no resolvían los problemas de manutención mediante sus propios medios, él tomaría medidas drásticas, reflejando un estilo autoritario y utilitarista.
Sus decretos también afectaron a la vida cotidiana. Prohibió portar bastones, cuchillos o armas blancas bajo pena de ser considerados conspiradores. Estableció sistemas de espionaje en parroquias, conventos y catedrales, lo que aumentó la percepción de represión. Incluso ordenó la demolición de casas donde se celebraran reuniones clandestinas o donde se encontraran cadáveres de franceses, haciendo evidente su voluntad de aplicar el terror como herramienta de control.
Una de las áreas más conflictivas fue la fiscalidad. Duhesme creó una junta especial para evitar que los ciudadanos evadieran impuestos huyendo de la ciudad. Permitió el pago en especie, incluyendo ropa, alimentos y medicinas, para compensar la falta de moneda. Aun así, estableció una contribución mensual para los pudientes, y amenazó con encarcelar en Montjuïc a quienes incumplieran sus obligaciones. Esta política económica asfixiante deterioró aún más su imagen entre la población local.
Además, su relación con el clero, los abogados y los notarios fue tensa. Emitió decretos que prohibían la retirada de archivos judiciales fuera de Barcelona y que sancionaban el uso de papel común para los documentos legales, todo ello con el fin de preservar la autoridad del Estado imperial y evitar la fuga de capital simbólico y documental.
Decadencia y destitución
A medida que pasaban los meses, el control de Duhesme sobre la ciudad se volvía cada vez más precario. La resistencia guerrillera aumentaba, las fuentes de financiación se agotaban, y el descontento popular crecía. Intentó mantener la disciplina mediante una combinación de bandos intimidatorios y medidas propagandísticas, como ordenar misas solemnes y Te Deum para celebrar tratados de paz entre Francia y otras potencias europeas, en un intento de mostrar fortaleza y estabilidad.
En su desesperación por obtener recursos, publicó decretos desamortizadores, ordenó inventarios de los bienes de conventos y ausentes, y autorizó la venta o arrendamiento forzoso de dichos bienes. Incluso recompensaba a los denunciantes que delataran propiedades escondidas, fomentando la desconfianza entre vecinos. Todo esto, lejos de pacificar, alimentó la percepción de que el gobierno de Duhesme era un régimen de saqueo institucionalizado.
El punto de quiebre llegó cuando sus propios superiores comenzaron a dudar de su gestión. El general Pierre Augereau, al constatar el nivel de corrupción y deterioro administrativo en Cataluña, decidió destituirlo, marcando así el fin de su mandato en la región. Duhesme fue retirado a Francia, dejando atrás una ciudad exhausta y profundamente resentida con su figura.
Durante casi cuatro años, permaneció alejado del frente activo, aunque no caído en desgracia. Su conocimiento del terreno ibérico y su fidelidad a la causa imperial seguían siendo valoradas por el alto mando. Así, el devenir de los acontecimientos en Europa le ofrecería una última oportunidad de volver al escenario militar, esta vez en un contexto aún más dramático: el Imperio de los Cien Días.
Rehabilitación bajo el Imperio y los Cien Días
Después de su destitución y retorno forzoso a Francia, Philibert-Guillaume Duhesme quedó temporalmente apartado de la vida pública. No obstante, su carrera no estaba del todo acabada. A pesar del descrédito que pesaba sobre su nombre tras los abusos cometidos en Cataluña, el colapso progresivo del Imperio Napoleónico hizo que oficiales experimentados y con capacidad de mando fueran nuevamente valorados. En 1813, fue nombrado gobernador de Kehl, una fortaleza estratégica a orillas del Rin, lo que evidenciaba que Napoleón no había perdido completamente la confianza en él.
En 1814, tras la abdicación del emperador y la restauración de los Borbones, Duhesme fue reconocido con el título de conde del Imperio y general de división, lo cual reflejaba tanto su rango como su experiencia acumulada en múltiples frentes. No obstante, la situación política de Francia era inestable, y su fidelidad al antiguo régimen napoleónico marcaría su destino.
Cuando Napoleón regresó de su exilio en Elba en marzo de 1815, iniciando el breve pero intenso periodo conocido como el Imperio de los Cien Días, Duhesme no dudó en unirse a él. Fue uno de los militares que respondió con lealtad al llamado del emperador, sumándose a la última campaña con un espíritu combativo, aunque consciente de que el destino del Imperio estaba prácticamente sellado.
Napoleón le asignó un puesto de gran responsabilidad: el mando de la Guardia Joven, una fuerza de élite integrada por jóvenes reclutas que, pese a su falta de experiencia, representaban la esperanza de renovación del ejército imperial. Con ella, Duhesme participó en la decisiva Batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815, uno de los enfrentamientos más trascendentales de la historia europea moderna.
Waterloo: la batalla final
La Batalla de Waterloo fue un desastre total para las fuerzas napoleónicas. Enfrentándose a una coalición internacional encabezada por el duque de Wellington y el mariscal prusiano Blücher, el ejército francés fue derrotado tras un combate feroz. Duhesme, al mando de sus tropas, mostró nuevamente su valentía, pero también la desesperación de un militar que entendía que no habría más oportunidades tras ese día.
Durante la batalla, fue herido gravemente, pero logró sobrevivir al combate inmediato. Sin embargo, fue capturado por los húsares de Brunswick, tropas enemigas que no mostraron clemencia. Ya malherido, fue asesinado en una casa cercana a Genappe, marcando así el final violento de una vida marcada por el conflicto y la ambición militar.
Su muerte en circunstancias cruentas fue representativa del ocaso del sistema militar napoleónico. Duhesme murió como había vivido: en campaña, al servicio de su emperador, en medio del fragor de una guerra sin cuartel.
Percepción contemporánea y legado
Durante su vida, Duhesme fue una figura profundamente polémica. Para sus colegas del ejército francés, fue un oficial valeroso, capaz de actuar en momentos difíciles y de asumir tareas ingratas. Pero para la población civil bajo su mando —especialmente en Cataluña— fue, ante todo, un opresor y un saqueador. Su comportamiento en Barcelona fue objeto de severas críticas, incluso por parte de otros generales franceses como Augereau, quien lo consideró responsable del desorden y el expolio.
Las memorias de quienes vivieron bajo su gobierno, así como los textos oficiales del Diario de Barcelona, ofrecen un retrato de un gobernador autoritario, obsesionado con el control social, la eficiencia económica y la propaganda. Sus proclamas revelan un discurso paternalista que oscilaba entre la amenaza y la súplica, intentando justificar sus actos como necesarios para preservar la paz y el orden. Sin embargo, su tendencia al saqueo y la represión lo desacreditaron a los ojos de muchos, tanto franceses como españoles.
Uno de los elementos más significativos para la interpretación de su figura fueron las publicaciones posteriores a su muerte. El escritor Beauchamp recopiló los textos y testimonios de su actuación en Cataluña en la obra Mémoires ou Précis historique des opérations politiques et militaires pendant qu’il a commandé en chef dans la Catalogne (publicada en 1808 y 1824), que constituye un testimonio ambiguo: a la vez justificativo y revelador de la brutalidad del mando napoleónico en tierras ocupadas.
Impacto y reinterpretaciones históricas
A lo largo del siglo XIX, la figura de Duhesme fue absorbida por la memoria colectiva de las guerras napoleónicas, especialmente en Francia, donde su nombre fue registrado como uno de tantos generales de la Revolución y el Imperio. Sin embargo, su notoriedad nunca alcanzó la de figuras como Ney, Murat o Davout, probablemente porque su legado estaba vinculado a acciones menos gloriosas y más represivas.
En España, su imagen fue más persistente, especialmente en Cataluña, donde el recuerdo de su gobierno militar dejó una marca profunda. Durante décadas, Duhesme fue mencionado en crónicas, leyendas y estudios como uno de los rostros más representativos de la ocupación francesa, junto a otros como Louis-Gabriel Suchet o Jean-Baptiste Drouet d’Erlon. Su figura aparece en las narrativas nacionalistas como un símbolo del abuso imperial y del coste humano que supuso la guerra.
A partir del siglo XX, los estudios académicos comenzaron a ofrecer interpretaciones más matizadas. Obras como el Dictionnaire Napoléon, editado por Jean Tulard, y los trabajos del historiador A. Gil Novales han explorado su papel con mayor objetividad, reconociendo tanto sus habilidades militares como sus excesos administrativos. Estas investigaciones han permitido reconstruir su biografía a partir de fuentes documentales, proclamaciones oficiales y testimonios contemporáneos, en un intento por comprender su accionar en el marco de una guerra de ocupación brutal y asimétrica.
Influencia duradera en la memoria histórica
Aunque no alcanzó la fama de los grandes mariscales napoleónicos, Philibert-Guillaume Duhesme representa un tipo particular de figura histórica: el general intermedio, ejecutor del poder imperial en territorios hostiles, cuyo legado está indisolublemente ligado a la violencia de la guerra y al ejercicio autoritario del mando. Su vida refleja tanto las posibilidades que la Revolución Francesa ofreció a hombres sin linaje aristocrático como los dilemas morales y políticos que enfrentaron al servicio de un poder en expansión.
Su influencia es perceptible en los debates sobre la memoria de la ocupación napoleónica en España, donde sigue siendo recordado como parte de una experiencia traumática que moldeó el nacionalismo moderno. La crítica a sus métodos, pero también el estudio de su papel como actor clave en la represión y administración del territorio catalán, lo mantienen como un sujeto de análisis histórico significativo para quienes estudian las guerras de independencia, la administración colonial y la lógica de los regímenes militares.
En última instancia, Duhesme fue un hombre de su tiempo: ambicioso, despiadado, leal a su causa, pero también símbolo de las contradicciones de un imperio que, en nombre de la modernidad y la libertad, recurrió al autoritarismo y la violencia estructural. Su vida y muerte encarnan las paradojas de una época en que los ideales revolucionarios convivieron con la más implacable represión. Y en ese cruce de caminos —entre la gloria militar y la brutalidad administrativa— se forjó su destino y su recuerdo.
MCN Biografías, 2025. "Philibert-Guillaume Duhesme (1766–1815): El General Francés que Gobernó Barcelona en Fuego Cruzado". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/duhesme-philibert-guillaume-conde-de [consulta: 11 de febrero de 2026].
