Manolo Cortés (1949–2006): El Torero Gitano que Danzó con el Miedo en la Arena
Raíces gitanas y primeros pasos en el toreo
Infancia en Ginés y entorno familiar humilde
Manolo Cortés, nacido el 11 de junio de 1949 en el municipio sevillano de Ginés, emergió de un contexto marcado por la pobreza y la marginación. Su infancia transcurrió en una familia gitana que, como tantas otras en la Andalucía rural de mediados del siglo XX, enfrentaba serias limitaciones económicas. En un ambiente de carencias materiales, pero impregnado de una intensa vida comunitaria y cultural, el joven Manuel encontró en el toreo una posibilidad de redención social, una vía de escape de las estrechas circunstancias que lo rodeaban.
El flamenco, la oralidad, y la presencia simbólica del toro en las festividades locales formaban parte de su universo cotidiano. La elección del toreo no fue un acto aislado ni inesperado: era, para muchos jóvenes gitanos, una de las pocas profesiones donde aún era posible alcanzar el reconocimiento a través del valor, el arte y el sacrificio personal.
Primeras influencias y vocación taurina temprana
La precoz afición de Cortés lo llevó a relacionarse con figuras influyentes del mundo taurino andaluz, entre ellas el legendario ganadero Eduardo Miura, quien supo reconocer la pasión y entrega del joven. Miura no sólo le permitió entrenarse en su finca, sino que lo convirtió en uno de sus tentadores de confianza, dándole una formación práctica en un entorno de máxima exigencia.
Así se forjó el carácter y el estilo de Manolo Cortés: en contacto directo con reses de bravura extrema, aprendiendo a dominar no sólo la técnica, sino también el miedo. Pronto dejó de ser un simple muchacho con aspiraciones para convertirse en un nombre recurrente en los ambientes taurinos del sur de España.
Ascenso en el escalafón novilleril
Debut en Santisteban del Puerto y primeras novilladas
La carrera profesional de Cortés comenzó de manera modesta, como tantos otros novilleros anónimos que actúan en espectáculos mixtos o cómico-taurinos. Sin embargo, su entrega y la natural elegancia de sus movimientos no tardaron en captar la atención de empresarios y aficionados.
El 8 de septiembre de 1965, con apenas 16 años, se presentó como novillero en la plaza de toros de Santisteban del Puerto (Jaén), donde compartió cartel con Antonio Millán «Carnicerito de Úbeda». Vestido ya con el traje de luces, se enfrentó a reses de Fuentelespino, dejando una grata impresión que pronto se tradujo en nuevas oportunidades.
Consolidación en 1967 y el debut con picadores en Cortegana
Un año más tarde, el 10 de septiembre de 1966, hizo su presentación en una novillada con picadores en Cortegana (Huelva), con novillos de Ana Peña. A partir de entonces, su trayectoria dio un salto cualitativo. Durante la temporada de 1967, Manolo Cortés participó en 25 novilladas picadas, consolidándose como uno de los nombres emergentes del escalafón, a pesar de no haber actuado todavía en Madrid, la plaza que suele consagrar a los novilleros.
Su estilo, ya reconocible, combinaba plasticidad en la figura, temple en los muletazos y un duende flamenco que conectaba con las emociones del público. Sin embargo, su formación técnica y su experiencia como tentador le daban un plus de solidez que no siempre acompañaba a los llamados «toreros artistas».
La alternativa: inicio de la etapa como matador
Doctorado en Valencia de la mano de Antonio Ordóñez
La alternativa llegó pronto, como reconocimiento a su proyección y madurez profesional. El 14 de marzo de 1968, en la plaza de toros de Valencia, recibió el grado de matador de toros de manos del maestro Antonio Ordóñez Araujo, figura mítica del toreo rondeño. Como testigo actuó otro grande, el sevillano Diego Puerta, lo que da idea de la categoría del cartel.
El toro de la ceremonia, de nombre Reventador, pertenecía a la ganadería de Carlos Urquijo. Manolo Cortés no logró cortar orejas en ese primer toro por fallos con la espada, pero se mostró firme, elegante y seguro. En su segundo oponente, ya sin la presión del debut, cortó una oreja, y dejó claro que no había llegado para ocupar un lugar pasajero en los carteles.
Confirmación en Las Ventas durante la Feria de San Isidro
Ese mismo año, el 14 de mayo de 1968, se presentó en Las Ventas de Madrid para confirmar su alternativa, también con Antonio Ordóñez como padrino y Miguel Mateo «Miguelín» como testigo. El toro de la confirmación se llamaba Andador, de Murube, un ejemplar de 548 kilos que no permitió el lucimiento deseado.
Pese a la falta de colaboración del ganado, Cortés dejó una impresión positiva en el público madrileño, que valoró su disposición y elegancia. Durante su primera temporada como matador de toros, recibió 44 contratos, una cifra notable para un debutante, lo que indicaba que su estilo gustaba y generaba expectación en las plazas de todo el país.
En una segunda aparición durante la misma Feria de San Isidro, brilló con una gran faena al toro Inglés, de la ganadería de Antonio Pérez de San Fernando, consolidando su reputación entre los públicos más exigentes.
Primeros triunfos y consolidación profesional
Éxito en la Real Maestranza de Sevilla en 1969
El punto de inflexión en su carrera llegó en la temporada de 1969, cuando protagonizó dos faenas memorables los días 15 y 16 de abril en la Real Maestranza de Sevilla. En esas dos tardes, Manolo Cortés cortó cinco orejas, un éxito rotundo que lo convirtió en el triunfador indiscutible de la Feria de Abril.
Este logro le abrió las puertas a los grandes circuitos y le aseguró una temporada prolífica, en la que realizó 50 paseíllos, colocándose entre los matadores más solicitados del escalafón. El torero gitano, cuya raza se decía más cercana al arte que al valor, había demostrado que podía unir ambos mundos en la arena, enfrentando sin titubeos a los toros más serios del campo bravo español.
Impacto en el número de contratos y temporada de 1970
La campaña de 1970 confirmó su consolidación, aunque no estuvo exenta de sobresaltos. Cortés actuó en 41 corridas, una cifra destacada, pero el 7 de julio fue gravemente corneado en Pamplona, una herida que marcó su trayectoria inmediata.
Aun así, su prestigio se mantenía intacto. Ya no era simplemente un torero elegante; era también un ejemplo de tenacidad, profesionalismo y capacidad para competir en las llamadas «corridas duras», aquellas que los toreros evitaban por la peligrosidad de los encierros anunciados.
Los altibajos de una carrera artística
Irregularidad y reaparecimiento en Sevilla en 1972
A comienzos de la década de 1970, la carrera de Manolo Cortés comenzó a reflejar las oscilaciones típicas de los toreros de corte artístico. Tras su intensa campaña de 1970, con más de 40 paseíllos, la temporada de 1971 fue mucho más discreta: sólo 15 corridas. Esta caída en el número de contratos alarmó a los seguidores del diestro, que temían que la irregularidad se apoderara de su trayectoria.
Sin embargo, Cortés supo revertir la tendencia. Su espíritu combativo y su fidelidad al toreo puro le impulsaron a buscar una actuación consagratoria, y la encontró en la plaza que tantas veces había sido testigo de sus triunfos: la Real Maestranza de Sevilla. El 17 de abril de 1972, desorejó a un toro de la prestigiosa ganadería de Samuel Flores, en una faena que fue declarada por muchos como la mejor de la Feria de Abril. El reconocimiento se tradujo en 51 contratos, y el gitano de Ginés volvió a ocupar un sitio destacado en el escalafón.
Temporadas oscilantes entre 1973 y 1975
A partir de 1973, su trayectoria volvió a entrar en un ciclo de altibajos. Ese año toreó en 33 corridas, número que bajó a 25 en 1974 y se mantuvo similar en 1975. Aunque la calidad de su toreo seguía siendo incuestionable, la competencia de nuevas figuras, la exigencia física del oficio y los gustos cambiantes del público afectaron su presencia en los grandes carteles.
No obstante, Cortés conservó una afición fiel y una imagen respetada por críticos y profesionales. Su estilo seguía siendo un referente de torería clásica y naturalidad expresiva, cualidades que le permitían mantenerse vigente a pesar de las intermitencias en su agenda.
Maestría y épicas faenas frente a toros de Miura
Valencia 1978 y la resurrección profesional
En 1978, cuando muchos lo consideraban ya en el tramo final de su carrera, Manolo Cortés protagonizó una de las faenas más memorables de su vida taurina. Fue en la plaza de toros de Valencia, frente a un imponente ejemplar de la legendaria ganadería de Miura, temida por su bravura y fiereza.
La elección del hierro no fue casual. Cortés conocía a fondo los entresijos de la casta miureña gracias a su experiencia como tentador en la finca de Eduardo Miura. En esta ocasión, se impuso con sabiduría, temple y valor sereno, logrando una faena de altos quilates que lo restituyó al primer plano del toreo español.
Ese mismo año, volvió a actuar en Madrid, en la Corrida de la Prensa, evento de especial prestigio, donde no toreaba desde 1968. Aquella reaparición marcó un punto de inflexión: Cortés, lejos de renunciar, demostraba que podía competir aún al máximo nivel.
Regresos memorables a Las Ventas en los años 80
Los primeros años de la década de 1980 vieron a un Manolo Cortés maduro, dueño absoluto de su estilo. En 1981 y 1982 volvió a Las Ventas, la plaza más exigente del mundo, dejando sensaciones positivas. Pero fue en septiembre de 1984 cuando su nombre volvió a resonar con fuerza en la afición madrileña: su lección de torería fue celebrada con entusiasmo, y le valió su inclusión en uno de los carteles más importantes de la temporada siguiente.
El 31 de marzo de 1985, de nuevo en Las Ventas, toreó con brillantez a un toro de Francisco Peña Campos, provocando una fuerte ovación del respetable. Su presencia en la Feria de San Isidro de ese año fue recibida con respeto y admiración, consolidando su estatus de torero veterano venerado por su autenticidad y arte.
Últimos años como torero en activo
Actuaciones esporádicas y progresivo ocaso
La carrera de Cortés, sin embargo, no pudo escapar al desgaste del tiempo. En 1986, su número de corridas cayó abruptamente: sólo tres actuaciones. Este descenso marcó el comienzo del retiro paulatino del toreo activo. Aunque continuó toreando de forma esporádica durante el resto de los años ochenta y en los primeros años de la década de 1990, ya no logró reeditar los grandes triunfos de su juventud.
No obstante, su presencia en los ruedos siempre fue recibida con cariño y respeto. El público sabía que estaba ante un torero de otra época, de una estirpe de valor y estética, y valoraba su dignidad y compromiso con la profesión.
El legado taurino de un torero gitano valiente
Más allá de sus estadísticas, Cortés dejó una huella profunda en la historia del toreo. Su figura representa la conjunción de la raza gitana con la bravura profesional, un símbolo de cómo el arte puede medirse, de tú a tú, con el toro más fiero. La suya fue una carrera sin grandes campañas mediáticas, pero con momentos de intensidad emocional y técnica refinada que lo consagran como un referente del toreo artístico del siglo XX.
Un artista frente a la bravura
La estética en el toreo y la superación del miedo
Uno de los grandes méritos de Manolo Cortés fue demostrar que el toreo estético y el valor no son incompatibles. Mientras que muchos toreros con vocación artística evitan los encierros duros, él se enfrentó repetidamente a ganaderías como Miura, cuyas reses suelen imponer respeto y temor. Para Cortés, no existía disyuntiva: su arte se hacía más puro cuanto más serio era el adversario.
Esta actitud, poco común en su época, le permitió convertirse en un ejemplo aleccionador, especialmente para los jóvenes toreros que buscan equilibrar el arte con la eficacia. Sus faenas no sólo eran bellas, sino también valientes, basadas en un dominio técnico profundo que le permitía interpretar la embestida del toro como una danza ritual en la que la vida y la muerte se entrelazaban.
La doble herencia: arte gitano y técnica frente al toro duro
La herencia de Manolo Cortés reside en esa doble identidad que supo asumir y proyectar con maestría: la sensibilidad gitana, expresada en sus gestos, su compás y su conexión con el público, y la técnica taurina depurada, adquirida en años de práctica, tentaderos y faenas frente a los toros más exigentes.
Fue un torero sin estridencias, alejado de la ostentación, pero lleno de verdad en cada lance, en cada muletazo. Su paso por el toreo dejó un legado silencioso pero duradero, como el eco de un cante profundo que, aunque no se grita, resuena por generaciones.
Manolo Cortés, fallecido en 2006, sigue vivo en la memoria de los aficionados que lo vieron torear, y en las lecciones que su figura sigue transmitiendo a quienes aspiran a ser algo más que simples ejecutantes del arte taurino. Fue, en esencia, un poeta de la arena, capaz de susurrar belleza en medio del miedo, y de encontrar, en la embestida más brava, el espacio exacto para la gracia y el arte.
MCN Biografías, 2025. "Manolo Cortés (1949–2006): El Torero Gitano que Danzó con el Miedo en la Arena". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/cortes-de-los-santos-manuel [consulta: 5 de febrero de 2026].
