Sarah Bernhardt (1844–1923): La Reina del Teatro que Rompió Barreras
Orígenes, formación y primeros pasos en el teatro
Nacimiento y orígenes familiares
Sarah Henriette Rosine Bernard nació el 22 de octubre de 1844 en París, en el seno de una familia judía de origen holandés. Sin embargo, su vida estuvo marcada desde el principio por una serie de contradicciones y transformaciones que definirían su identidad. A pesar de sus raíces judías, fue bautizada y educada en la religión católica, siguiendo la voluntad de su padre, quien así lo estipuló en su testamento. Esta dualidad religiosa no fue el único aspecto peculiar de su infancia. La familia de Bernhardt vivía una vida modesta, y ella misma sería testigo de la precariedad económica que marcaría parte de su desarrollo.
El contexto histórico de su niñez fue también relevante. Nació en una París que vivía un proceso de cambios políticos y culturales significativos. Durante su infancia, la ciudad experimentaba el auge del Segundo Imperio bajo Napoleón III, un periodo de intensos cambios sociales, políticos y artísticos, que influirían en sus primeras decisiones y en su enfoque hacia la vida y la actuación.
Formación en el teatro y primeras experiencias
Desde temprana edad, Bernhardt mostró una inclinación por el arte y el teatro. Fue enviada a un convento en Versalles, en el monasterio de Grands Champs, donde, en lugar de centrarse únicamente en su educación religiosa, empezó a involucrarse en las representaciones teatrales que se organizaban en la institución. Allí comenzó a adquirir su primer contacto con la escena, participando en funciones colegiales. Estas experiencias, aunque en su mayoría no muy destacadas, fueron fundamentales para el despertar de su vocación.
Su formación profesional en la interpretación se dio a partir de 1858, cuando ingresó al Conservatorio de París, gracias al apoyo de figuras influyentes como el duque de Morny. En este prestigioso centro de estudios teatrales, fue discípula de destacados maestros como Samson y Prevost. En los primeros años de su formación, se especializó tanto en comedia como en tragedia, obteniendo en 1862 el segundo premio en ambas disciplinas, lo que la situaba como una de las actrices más prometedoras de su generación. No obstante, su debut en la comedia no fue exitoso, y fue en el género trágico donde comenzó a destacarse.
En 1861, debutó en el Théâtre de la Tour d’Auvergne con una interpretación de Les Enfants d’Edouard, de Casimir Delavigne, en el papel de Eduardo V, aunque su participación no generó gran expectación. Fue sin embargo en 1862, con su interpretación de Iphigénie en la obra Iphigénie de Racine, cuando hizo su primera aparición en la Comédie Française. Aunque su performance inicial no fue recibida con entusiasmo, su perseverancia en el escenario y su potencial fueron reconocidos a largo plazo.
Primeros trabajos y lucha en la escena parisina
A pesar de sus inicios en el Conservatorio y su talento indiscutible, Sarah Bernhardt no logró encontrar inmediatamente su lugar en el mundo del teatro parisino. En 1863, participó en una función en el Gymnase, pero nuevamente sus esfuerzos fueron recibidos con frialdad, lo que la sumió en una profunda frustración. Tal fue la intensidad de su desesperación que, en 1864, tras la mala crítica de Un mari qui lance sa femme de Deslandes, dejó una nota en la que se disculpaba con los responsables del teatro: «Perdonad a esta pobre loca…» y abandonó la ciudad, sin saber que ese gesto marcaría uno de los puntos más dramáticos de su vida profesional.
Durante su ausencia, Bernhardt se aventuró a viajar por España y otros países europeos, buscando nuevas oportunidades. Regresó a París un tiempo después, pero las puertas de los teatros aún le eran cerradas. Fue entonces cuando encontró un resquicio para su talento en la interpretación del papel de la Princesa Désirée en La biche aux bois, de Coignard, una obra que finalmente le permitió regresar al escenario con un mayor reconocimiento.
Matrimonio y vida personal temprana
En 1882, Sarah Bernhardt contrajo matrimonio con Jacques Damala, un actor de origen griego. Esta relación no duró mucho, ya que en 1883 se separaron, pero en ese corto periodo Bernhardt tuvo a su hijo, Maurice, quien se convertiría en su principal apoyo a lo largo de su carrera. Aunque su vida sentimental estuvo marcada por varios altibajos, las decisiones que tomó, tanto en lo profesional como en lo personal, reflejaron siempre su carácter indomable y su profundo deseo de independencia.
A lo largo de estos años, Bernhardt experimentó con diferentes estilos de actuación y se consolidó como una de las actrices más prometedoras del panorama teatral francés, aunque todavía con muchas dificultades en su carrera. Sin embargo, las bases para su gran ascenso estaban comenzando a cimentarse, y su tenacidad y pasión por la interpretación la llevarían pronto a superar los obstáculos iniciales.
El ascenso al estrellato y los conflictos en su carrera
El regreso a París y su ascenso en la Comédie Française
En 1872, después de su etapa de frustración y desafíos, Sarah Bernhardt regresó a París y volvió a la Comédie Française, uno de los teatros más prestigiosos de la ciudad. Fue contratada bajo condiciones muy favorables por el director Perrin, quien la acogió de forma estratégica para renovar la compañía con nuevos talentos. Su incorporación a la Comédie fue un punto de inflexión en su carrera, pues a partir de ese momento, su nombre comenzó a resonar en los círculos teatrales parisinos como uno de los más prometedores de la escena.
Su primera obra en la Comédie fue Mademoiselle de Belle-Isle, de Dumas, en noviembre de 1872, aunque la obra no alcanzó el éxito esperado. Sin embargo, su interpretación de Britannicus, de Racine, la catapultó a la fama, con una acogida excepcional tanto por parte del público como de la crítica. Este papel marcó el inicio de una etapa de grandes logros en su carrera, consolidándose rápidamente como una actriz de talento excepcional. Fue en esta época cuando su voz se hizo célebre por su perfección y sutileza, y sus representaciones adquirieron una profundidad emocional que conmovía al público.
En 1874, Bernhardt interpretó el papel de Phèdre, de Racine, una de las tragedias más complejas del repertorio clásico. Aunque la obra había sido interpretada previamente por la famosa actriz Rachel, Sarah Bernhardt no solo alcanzó el éxito, sino que su interpretación fue considerada una de las más memorables de la historia del teatro francés. Su habilidad para capturar la psicología de los personajes y expresar pasiones intensas y dramáticas fue aplaudida en todos los escenarios. Desde ese momento, se ganó el título de la voix d’or, por la cual su voz se convirtió en un símbolo de la escena teatral.
La ruptura con la Comédie y el establecimiento de su propia compañía
Sin embargo, la relación con la Comédie Française no sería eterna. En 1880, después de un largo periodo de éxito, Sarah Bernhardt decidió renunciar a su puesto de sociétaire en la Comédie, una decisión que alteró el equilibrio en el teatro parisino. Esta ruptura se produjo en un contexto de creciente frustración con el rígido sistema de trabajo de la Comédie, que imponía a sus miembros un estilo de actuación más tradicional y metódico, el cual no coincidía con la visión innovadora y audaz de Bernhardt. Tras el estreno de L’aventurière de Augier, que no fue bien recibido por la crítica, Bernhardt presentó su renuncia de forma abrupta, alegando una mala crítica de la obra.
Esta salida no estuvo exenta de controversia, ya que el director de la Comédie, Perrin, demandó a Bernhardt por incumplir su contrato, exigiendo una indemnización de 300.000 francos. Finalmente, los tribunales la obligaron a pagar 100.000 francos, un fallo que no mermó su determinación. Bernhardt, lejos de rendirse, decidió tomar el control de su propio destino y fundó su propia compañía teatral, lo que le permitió experimentar con obras y papeles fuera del ámbito de la Comédie.
Giras exitosas por Europa y Estados Unidos
La independencia de Bernhardt la llevó a realizar numerosas giras, tanto por Europa como por América. En 1881, realizó su primera gira por Estados Unidos, un viaje que resultó ser un éxito rotundo y que le permitió ganar una fortuna. Su presencia en los escenarios americanos fue recibida con gran entusiasmo, y sus interpretaciones de obras como La dama de las camelias y Adrienne Lecouvreur dejaron una huella profunda en el público. Durante esta gira también se casó con Jacques Damala, actor de origen griego, lo que añadiría un nuevo capítulo a su tumultuosa vida personal.
En su regreso a París, Bernhardt continuó con una serie de exitosas producciones. En 1882, estrenó Fédora de Sardou, que fue una de las obras más emblemáticas de su carrera. Este drama romántico, en el que interpretaba a una joven princesa atrapada en un conflicto amoroso, consolidó aún más su estatus como una de las grandes divas del teatro europeo. Su capacidad para interpretar roles de gran carga emocional y su imponente presencia en escena cautivaron a la audiencia, asegurando su lugar en el panteón de las grandes actrices de la época.
La influencia del Romanticismo y el estilo de interpretación
Bernhardt fue, sin lugar a dudas, una figura central en la transición hacia el teatro moderno. A lo largo de su carrera, se mantuvo profundamente influenciada por los ideales del Romanticismo, un movimiento que promovía la expresión apasionada y la exploración de las emociones humanas más intensas. A través de sus actuaciones, Bernhardt reconfiguró la forma en que los actores abordaban los roles dramáticos. Su estilo de interpretación, caracterizado por el énfasis en la emoción y la sutileza vocal, contrastaba con la declamación exagerada y los gestos rígidos que eran comunes en su época.
Su talento para conectar emocionalmente con el público y su capacidad para transmitir una profundidad psicológica en sus personajes fueron parte de lo que la convirtió en una figura legendaria. Como actriz, Bernhardt no solo interpretaba papeles; los transformaba, dotándolos de una intensidad emocional que trascendía el guion. Esta habilidad para reinventar papeles clásicos, desde la Phèdre de Racine hasta la Lady Macbeth de Shakespeare, se convirtió en uno de sus mayores logros, y su estilo influyó en generaciones de actores posteriores.
Consolidación como ícono mundial y última etapa profesional
La consolidación como la «Reina del Teatro»
En la década de 1890, Sarah Bernhardt alcanzó la cima de su carrera y se consolidó como la actriz más famosa del mundo. Su nombre se asoció con la grandeza del teatro europeo y, a medida que la fama se extendía, también lo hacía su influencia. Fue durante este periodo que Bernhardt emprendió una gira mundial que la llevó a Estados Unidos, Canadá, Australia, Egipto y Europa. Su llegada a Nueva York en 1891 fue recibida con una expectación sin precedentes, y el contrato que firmó con los productores de Broadway le permitió obtener una parte significativa de los ingresos de taquilla, lo que la convirtió en una de las artistas mejor remuneradas de su tiempo.
En Londres, su fama continuó creciendo, y en 1880, con su interpretación de Adrienne Lecouvreur en el papel principal, logró un éxito rotundo que la consolidó como un fenómeno teatral internacional. Sin embargo, fue en París, en su propio teatro, el Théâtre Sarah Bernhardt, donde logró cimentar su dominio absoluto en el escenario. A lo largo de su carrera, Bernhardt no solo actuó en el teatro clásico, sino que también se atrevió a reinterpretar papeles icónicos, como el de Hamlet, el cual interpretó en 1899 con una intensidad nunca antes vista. Esta innovadora versión del príncipe danés, en la que reemplazaba la declamación tradicional por una interpretación más susurrada y profunda, fue una de las más sorprendentes de su carrera.
Innovaciones y contribuciones artísticas
A lo largo de su vida, Sarah Bernhardt se distinguió no solo por sus habilidades interpretativas, sino también por su constante innovación. Su adaptación del papel de Hamlet, junto con su afán por explorar y reinterpretar los clásicos, marcó una nueva era en el teatro. En una época en la que las representaciones teatrales seguían modelos rígidos y tradicionales, ella rompió con esas convenciones al aplicar un enfoque más personal y experimental. Por ejemplo, su interpretación de Hamlet no respetó la declamación en tono solemne de la tradición teatral, sino que aportó una aproximación más introspectiva y sutil al personaje.
El impacto de sus innovaciones fue tal que se convirtió en un referente no solo para actrices, sino también para los dramaturgos y directores de la época. Su capacidad para dar vida a personajes complejos, como Phèdre, Tosca y Lady Macbeth, con una emotividad cruda y desgarradora, cambió la manera en que los públicos de todo el mundo percibían la tragedia y la comedia.
En el escenario, la actriz también asumió riesgos creativos, interpretando personajes masculinos como Hamlet y Roxane en Cyrano de Bergerac de Rostand, mostrando su capacidad para traspasar los límites del género y ofrecer representaciones teatrales que desafiaban las expectativas de la época.
El Teatro Sarah Bernhardt y su dominio en la escena parisina
En 1899, Sarah Bernhardt fundó su propio teatro en París, el Théâtre Sarah Bernhardt, que se convirtió en el centro de su actividad artística. Aquí no solo continuó con su repertorio de éxitos, sino que también presentó una serie de obras nuevas que fueron recibidas con entusiasmo. Su papel de L’Aiglon, el hijo de Napoleón, en la obra de Rostand, fue especialmente celebrado y se convirtió en uno de los puntos más altos de su carrera en esta etapa.
El Théâtre Sarah Bernhardt se convirtió en un lugar emblemático de la cultura parisina, y a partir de este momento, la actriz fue capaz de representar obras propias y personalizadas, brindándole la libertad creativa que siempre había buscado. En este contexto, interpretó una de sus creaciones más aclamadas: L’Aiglon, que le permitió demostrar su enorme capacidad de adaptación a papeles históricos y dramáticos, siempre con un toque de teatralidad única que cautivaba al público.
Últimos años y legado
A pesar de las dificultades que atravesó durante la Primera Guerra Mundial, cuando perdió la pierna derecha debido a una grave infección, Sarah Bernhardt siguió siendo un símbolo de resistencia y poder artístico. Su capacidad para sobreponerse a las adversidades físicas no solo añadió una capa de admiración hacia su figura, sino que también resaltó su determinación inquebrantable por seguir sobre el escenario.
Incluso con la pérdida de su pierna, Bernhardt no se retiró, sino que siguió actuando hasta sus últimos años. En 1916-1918 realizó su última gira por los Estados Unidos, donde continuó recibiendo una ovación en cada ciudad que visitaba. Su última temporada en Londres, en 1921, y su último espectáculo en París en 1922 demostraron que, a pesar de la edad y las dificultades físicas, su impacto en el escenario seguía siendo poderoso.
Sarah Bernhardt fue mucho más que una actriz; fue un fenómeno cultural cuya huella perduró durante generaciones. Su contribución al arte teatral y su influencia en el desarrollo de la interpretación en el siglo XIX y principios del XX son incuestionables. Las críticas y las admiraciones que recibió durante su carrera siguen siendo una constante referencia para actores y teóricos del teatro hasta el día de hoy.
Legado y percepción histórica
Muerte y últimas representaciones
El 26 de marzo de 1923, Sarah Bernhardt falleció en París a los 78 años, mientras estaba rodando La Voyante, una de las últimas películas en las que participó. La actriz, que había tenido una vida marcada por la energía y la audacia, había adaptado su habitación de hotel en un improvisado estudio para evitar los traslados y las molestias, lo que subraya su deseo inquebrantable de continuar trabajando hasta el final. Su muerte no solo dejó un vacío enorme en el teatro mundial, sino que también marcó el cierre de una era dorada para el arte dramático.
Su fallecimiento no fue simplemente la de una gran actriz, sino la desaparición de una figura legendaria, cuya presencia había trascendido los límites del escenario y se había instalado en el imaginario colectivo como símbolo de lucha, arte y dedicación. El mundo del teatro perdió a una de sus grandes estrellas, pero su legado perduró.
Percepciones contemporáneas y su impacto en el teatro
La figura de Sarah Bernhardt fue objeto de muchas interpretaciones y reflexiones tanto en vida como después de su muerte. Su éxito internacional, su capacidad para cruzar fronteras culturales y lingüísticas, y su enfoque innovador hacia la interpretación, la convirtieron en un referente clave en el mundo del teatro. Además, su estilo único de actuación y su forma de percibir a los personajes trágicos, con una intensidad emocional profunda, dejaron una huella que influenció a generaciones de actores y directores teatrales.
Marcel Proust, por ejemplo, la inmortalizó como la gran actriz trágica La Berma en su famosa novela En busca del tiempo perdido. En este contexto, la figura de Bernhardt no solo fue admirada por su talento en el escenario, sino también por su capacidad para comunicar sentimientos universales y profundos que llegaban a todos los públicos. Proust reconoció en ella la habilidad para transmitir no solo los matices de los personajes, sino también las emociones humanas más universales y complejas.
Además de su influencia literaria, la repercusión de su estilo y su impacto en la interpretación teatral también se reflejaron en su presencia en la cultura popular. Bernhardt fue una de las primeras estrellas del teatro en ser reconocida más allá de los círculos de la elite teatral, logrando una popularidad que la convirtió en un verdadero ícono cultural.
Legado duradero y cultural
A lo largo de su vida, Sarah Bernhardt demostró una dedicación total a su arte, y aunque su estilo no se ajustaba a los cánones tradicionales de la Comédie Française, fue una de las figuras que marcó el cambio de paradigma en el teatro de su época. Su carrera no solo traspasó los límites del teatro clásico, sino que también desafió las convenciones de género y edad, ya que interpretó papeles de hombres jóvenes, de ancianos y de personajes de toda índole.
Uno de sus mayores legados fue el hecho de que, a través de su trabajo, demostró que el teatro podía ser un espacio para la innovación. Su interpretación de Hamlet, por ejemplo, revolucionó la forma en que se percibía este personaje, alejándose de las tradiciones de declamación solemne y acercándose a una interpretación más íntima y reflexiva. A su manera, contribuyó a la evolución de la interpretación teatral hacia un estilo más personal y emocional.
En cuanto a la influencia que dejó sobre los dramaturgos y las generaciones futuras de actores, Sarah Bernhardt sigue siendo una figura fundamental para el estudio del teatro y la evolución de la interpretación. Los grandes directores y actores de la época moderna continúan reconociendo su contribución al arte escénico, y su capacidad para transformar cada papel que interpretaba en algo único y profundamente humano.
El teatro, en muchos sentidos, nunca volvería a ser el mismo después de Bernhardt. Ella rompió barreras, redefinió lo que significaba ser una estrella teatral, y, a través de su propio teatro, ofreció a futuras generaciones de artistas una plataforma para soñar y experimentar. Su influencia no solo se extendió sobre el teatro, sino también sobre el cine, donde sus trabajos más tardíos, como Tosca (1908) y La Dame aux Camélias (1911), dejaron una marca profunda.
El hecho de que Sarah Bernhardt haya llegado a ser conocida y admirada mucho más allá de Francia demuestra cuán universal fue su arte. Su carrera globalizó el teatro de una manera que pocos artistas antes de ella habían logrado. Su figura es recordada, incluso hoy, como un símbolo de la grandeza artística y la determinación personal, alguien que, a pesar de las adversidades físicas y emocionales, nunca dejó de luchar por su pasión.
MCN Biografías, 2025. "Sarah Bernhardt (1844–1923): La Reina del Teatro que Rompió Barreras". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/bernhardt-sarah [consulta: 5 de febrero de 2026].
