Francisco Arjona Herrera (1818–1868): «Curro Cúchares», el Torero que marcó una era en la Tauromaquia Española

Los Primeros Pasos de Francisco Arjona: El Origen de «Curro Cúchares»

Los Primeros Años de Francisco Arjona

Francisco Arjona Herrera nació el 20 de mayo de 1818 en Madrid, pero su historia taurina comenzó realmente en Sevilla, ciudad a la que su familia se trasladó cuando él aún era un niño. Su padre, un carnicero del matadero de Sevilla, lo acercó desde pequeño al mundo de las reses y el trato con los animales. Este ambiente de trabajo, en el que se respiraba el constante ir y venir de los toros, permitió que el joven Francisco se familiarizara con el universo del toreo desde una edad temprana. Así, los primeros pasos de su carrera estuvieron marcados por un aprendizaje directo, pues a través de su propio entorno pudo observar las técnicas y actitudes de los toreros que se formaban en Sevilla.

El joven Arjona mostró desde niño una inclinación natural hacia el arte del toreo, y su destino en el ruedo parecía ya trazado. Esta fascinación no solo era el reflejo de un entorno familiar ligado a la ganadería y la tauromaquia, sino también una respuesta a la tradición de la ciudad de Sevilla, que siempre había sido un hervidero de figuras destacadas en el mundo de los toros.

La Influencia del Entorno Taurino y el Matadero de Sevilla

El matadero de Sevilla, en pleno siglo XIX, era más que un simple lugar de trabajo; era el epicentro de la cultura taurina en la ciudad. Muchos de los futuros toreros de la región se formaban en este ambiente, rodeados de animales y de una dinámica que fomentaba tanto el respeto como la admiración hacia las reses. Francisco Arjona se crió en este microcosmos de la tauromaquia, lo que sin duda le dio una ventaja a la hora de entender el comportamiento de los toros y de adquirir las primeras nociones sobre el toreo. Desde su infancia, estuvo en contacto con los animales, algo que, en su caso, no solo fue un aprendizaje práctico, sino también una inmersión en la esencia de lo que significaba ser torero.

Esta cercanía al mundo del toreo se vio reflejada en su inscripción formal en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. La escuela, fundada en 1830 por el rey Fernando VII, aunque en su origen tuvo fines más políticos que pedagógicos, desempeñó un papel crucial en la formación de figuras como Francisco Arjona. A pesar de ser una institución criticada por su relación con el absolutismo, la escuela fue el lugar donde Francisco Arjona, todavía muy joven, empezó a perfeccionar su técnica y a ganar notoriedad como torero.

Formación y Primeros Logros

En la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, Francisco Arjona se formó bajo la tutela de figuras eminentes del toreo de la época, como Pedro Romero y Jerónimo José Cándido. Según relatos de la época, el joven Arjona impresionó a sus maestros y compañeros con su destreza, a pesar de su corta edad. De hecho, Pedro Romero, uno de los más grandes toreros de su tiempo, elogió a Arjona en términos muy favorables, destacando su habilidad para banderillear y torear con la capa. Romero vio en él un futuro prometedor, subrayando su destreza y la facilidad con la que ejecutaba sus faenas.

Con solo 12 años, Arjona era ya capaz de realizar faenas complejas, algo que llamó la atención de los toreros más experimentados. En sus primeros pasos dentro de la escuela, su apodo inicial fue «Costuras», un nombre que usó en honor a su padre, quien había sido banderillero durante una etapa breve de su vida. Sin embargo, este nombre pronto sería reemplazado por el que lo haría inmortal: «Curro Cúchares».

El Ascenso en la Tauromaquia

Cuando, en 1834, la Escuela de Tauromaquia cerró sus puertas debido a la desastrosa política de Fernando VII, Francisco Arjona se unió a la cuadrilla del matador de toros Juan León, conocido como «Leoncillo». En este nuevo escenario, Arjona pudo perfeccionar su arte en los ruedos de diversas plazas del sur de España, principalmente en Sevilla y sus alrededores. Fue durante estas temporadas, entre 1835 y 1837, cuando se consolidó como un banderillero de renombre. Arjona, quien no solo destacaba por su destreza técnica, sino también por su vivacidad y estilo alegre, comenzó a ganarse una reputación como torero completo. Su habilidad para adornar sus faenas con filigranas lo hizo popular entre los aficionados, quienes disfrutaban no solo de su técnica, sino también de su carisma y el toque personal que imprimía a cada uno de sus lances.

A finales de la década de 1830, Arjona comenzó a alternar en algunas de las plazas más importantes del país, destacándose especialmente en Madrid. Durante 1840 y 1841, se presentó en la capital española en calidad de «media espada», un puesto intermedio en la jerarquía taurina. Sin embargo, su éxito fue tan rotundo que pronto se hizo notar en Madrid, al punto de que los cronistas de la época afirmaron que, en esos años, su caché era comparable al de Francisco Montes, uno de los más grandes toreros de la historia.

El Despegue en la Capital: Madrid

El verdadero gran salto de Francisco Arjona a la fama se produjo en 1842, cuando se presentó por primera vez en Madrid como «primer espada». En esa época, la afición madrileña era conocida por su severidad y exigencia, lo que implicaba que los toreros debían demostrar su destreza en todos los aspectos del toreo para ganarse su respeto. Aunque los primeros momentos de Arjona en Madrid fueron prometedores, pronto comenzaron a surgir algunas críticas. La afición madrileña, que inicialmente admiraba la gracia y agilidad del sevillano, comenzó a exigirle más, particularmente en lo que respecta a la entrega y la decisión con la que mataba a los toros. Para algunos, su estilo era demasiado ligero y no reflejaba la seriedad esperada de un torero en la plaza más importante del mundo.

Al percatarse de este recelo, Francisco Arjona decidió alejarse temporalmente de Madrid, para regresar en 1845 con renovado ímpetu y una mayor madurez en su toreo. Esta vez, su reaparición fue menos turbulenta, y pudo compartir cartel con algunos de los grandes nombres del momento, como Juan León «Leoncillo» y José Redondo «Chiclanero», quien se convertiría en uno de sus principales rivales.

El Duelo con «Chiclanero», el Culminante Triunfo y la Decadencia de «Curro Cúchares»

La Gran Rivalidad con «Chiclanero»

Uno de los momentos más vibrantes de la carrera de «Curro Cúchares» fue su rivalidad con José Redondo, conocido como «Chiclanero». Ambos toreros compartían una fama consolidada, pero sus estilos eran marcadamente diferentes. Mientras «Cúchares» era un torero hábil y ágil, con un estilo ornamental que a menudo dejaba a la afición boquiabierta, «Chiclanero» se caracterizaba por su valentía, su técnica depurada y su gran conocimiento de las reses. Esta competencia artística comenzó a tomar forma cuando, en 1846, ambos se enfrentaron en un mano a mano que quedaría grabado en los anales de la historia taurina.

La disputa comenzó por una cuestión de jerarquía. «Cúchares», con mayor antigüedad en las plazas, reclamaba el derecho de matar el primer toro de la tarde en Madrid. Sin embargo, «Chiclanero», que había firmado un contrato con la empresa para torear como primer espada, argumentaba que tenía el derecho legal y profesional para asumir esa responsabilidad. Tras una breve discusión, se llegó a un acuerdo, pero las tensiones se mantenían en el aire. En el momento de la faena, cuando «Cúchares» falló al intentar matar a su toro, «Chiclanero» no dudó en tomar la espada y asumir el reto, lo que desató la ira de la afición. Ante el inesperado giro de los acontecimientos, «Cúchares» reaccionó, citó al toro nuevamente y, de forma un tanto desordenada, le propinó un golpe que fue percibido como un acto de desesperación y falta de técnica.

Este incidente provocó que «Curro Cúchares» fuera arrestado al final de la corrida, pero la reconciliación no tardó en llegar. Apenas unos días después, en el mismo escenario donde había tenido lugar el enfrentamiento, ambos toreros se dieron un apretón de manos que fue ampliamente ovacionado por el público. Este gesto simbolizó la superación de sus diferencias y la continuación de su competencia dentro de los ruedos, ahora marcada por una rivalidad que se había vuelto más artística que personal.

El Torero en la Cúspide

La muerte temprana de «Chiclanero» en 1853 dejó a «Curro Cúchares» como el líder indiscutido del escalafón taurino. Este hecho no solo le permitió ascender aún más en su carrera, sino también consolidarse como uno de los toreros más respetados y famosos de su tiempo. En 1853, tuvo la oportunidad de realizar una histórica corrida en Bayona, Francia, la cual fue la primera en celebrarse en este país «a la española», es decir, siguiendo el estilo taurino tradicional, con banderillas, picadores y muerte del toro. En este evento, «Cúchares» llevó consigo a Antonio Sánchez, «El Tato», quien, más tarde, sería otro de sus rivales más reconocidos, aunque nunca alcanzó el nivel de confrontación que había tenido con «Chiclanero».

La carrera de «Curro Cúchares» se benefició del vacío dejado por los toreros que, debido a diversas tragedias personales, no pudieron competir al mismo nivel. La muerte de Juan Yust, su amigo y gran rival, la repentina desaparición de «Chiclanero» y la grave lesión sufrida por «El Tato» fueron factores que contribuyeron a que «Cúchares» se mantuviera en la cima durante varios años. Sin embargo, la crítica no fue unánime en cuanto a su ascenso. Algunos señalaron que su fama se debía más a la desgracia de sus rivales que a su propio mérito, una discusión que persiguió a «Cúchares» durante el resto de su carrera.

El Declive de la Carrera

A medida que los años pasaban, «Curro Cúchares» comenzó a experimentar una progresiva decadencia. El torero sevillano, que había ganado fama por su estilo elegante y su capacidad para ejecutar faenas complicadas, empezó a optar por lances menos ortodoxos, lo que generó críticas entre los aficionados más puristas. A pesar de su destreza, su gusto por el toreo con la mano derecha, una técnica menos apreciada en aquella época, fue uno de los factores que más le jugó en contra. Para muchos, este recurso era visto como una muestra de debilidad, un intento de aligerar el esfuerzo en una época en que el romanticismo taurino exigía mayor garra y entrega en el ruedo.

Además, «Cúchares» se vio envuelto en varias controversias debido a sus comportamientos poco convencionales en la plaza. Uno de los lances más criticados fue el famoso golpe con la zapatilla en el testuz de un toro, un gesto que muchos consideraron grotesco y completamente innecesario. Estos actos, sumados a su preferencia por lances inusuales, fueron aumentando su decadencia y alejándolo de los aficionados más serios y tradicionales.

La Muerte en Cuba

El final de la vida de «Curro Cúchares» fue trágico y repentino. En 1868, se encontraba en Cuba cumpliendo con los compromisos de un lucrativo contrato que lo había llevado a la isla. Durante su estancia en La Habana, sufrió un ataque de lo que se conocía como «vómito negro», una enfermedad altamente contagiosa y a menudo mortal en aquella época. El 4 de diciembre de 1868, Francisco Arjona falleció a la edad de 50 años, dejando tras de sí un legado de grandeza y controversia.

A pesar de sus altibajos en la carrera, «Curro Cúchares» fue una figura fundamental en la historia de la tauromaquia española. Su habilidad para captar la atención del público, su estilo elegante y su impacto en las plazas españolas lo convirtieron en una leyenda. Aunque su figura fue objeto de debate entre los puristas y los más liberales dentro del mundo taurino, su nombre perdura como uno de los grandes toreros del siglo XIX. «Curro Cúchares» marcó una época, una era en la que la tauromaquia se vivió con pasión, controversia y, sobre todo, arte.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Francisco Arjona Herrera (1818–1868): «Curro Cúchares», el Torero que marcó una era en la Tauromaquia Española". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/arjona-herrera-francisco [consulta: 8 de marzo de 2026].