Antonio Ruiz Soler (1921-1996): El legado inmortal de «Antonio el Bailarín»
Antonio Ruiz Soler, conocido en el mundo artístico como Antonio el Bailarín, fue una figura icónica de la danza española, cuya habilidad y carisma lo posicionaron como uno de los grandes maestros de la danza clásica y flamenca del siglo XX. Nacido en Sevilla en 1921, Antonio dejó un legado imborrable que sigue siendo referencia tanto en España como en el ámbito internacional. A lo largo de su vida, su contribución al mundo de la danza fue esencial para la transformación y modernización del flamenco, y su influencia se extendió a través de su labor como bailarín, coreógrafo y director artístico.
Orígenes y contexto histórico
Antonio nació en el corazón de Sevilla, una ciudad rica en tradiciones flamencas, que serían la base de su formación artística. Desde temprana edad, mostró un profundo interés por el baile, bailando al ritmo de un organillero por las calles de su ciudad natal. Estas primeras experiencias fueron la semilla de lo que sería una carrera legendaria. En su juventud, recibió formación en danza clásica con el maestro Ángel Pericet y baile flamenco con Realito. Estas influencias combinadas le permitieron fusionar la técnica clásica con la pasión y energía del flamenco, creando un estilo único que más tarde le haría famoso.
En 1928, con apenas 7 años, hizo su primera actuación en público. Más tarde formó una exitosa pareja de baile con Rosario, y juntos se hicieron conocidos como los «Chavalillos sevillanos», realizando una exitosa gira por varias ciudades europeas. Este primer gran paso hacia la fama los llevó a ser contratados para participar en la Exposición Internacional de Lieja (Bélgica) en 1928 y en la Exposición Mundial de Sevilla (1929), eventos que marcaron su debut internacional.
Logros y contribuciones
La carrera de Antonio despegó con gran rapidez gracias a su extraordinaria capacidad técnica y su expresividad emocional. Su primer gran reconocimiento le llegó cuando tuvo la oportunidad de actuar ante figuras de la realeza española como Alfonso XIII y Victoria Eugenia, quienes quedaron impresionados por su destreza. En 1936, en el contexto del inicio de la Guerra Civil Española, Antonio y Rosario decidieron no regresar a España y se trasladaron a Argentina. En el exilio, realizaron una extensa gira por Sudamérica junto a la famosa bailaora Carmen Amaya, lo que permitió que la danza flamenca se diera a conocer en nuevos horizontes. En 1939, después del fin de la contienda, el grupo llegó a Nueva York, donde Antonio se reunió con su familia y continuó su carrera, participando en varios filmes como Ziegfield Girls, Sing Another Song, Hollywood Canteen y Panamerican.
A lo largo de su carrera cinematográfica, Antonio debutó como coreógrafo con el espectáculo Corpus Christi en Sevilla (1943), donde presentó una mezcla entre el flamenco y el ballet clásico, cimentando su lugar como pionero en la fusión de ambos géneros. También fue el primero en incorporar el martinete, un palo flamenco que hasta entonces solo se había asociado al cante y no a la danza, mostrando su capacidad para innovar dentro de la tradición.
Durante su etapa en Estados Unidos y Centroamérica, Antonio continuó con su carrera cinematográfica, estrenando varias películas que destacaron por su enfoque único sobre el flamenco. En 1953, presentó el documental Duende y Misterio del Flamenco, dirigido por Edgar Neville, donde por primera vez se interpretaba un martinete en el contexto de una danza, revolucionando la forma de entender el flamenco en el cine.
Momentos clave
A lo largo de su carrera, Antonio vivió varios momentos clave que marcaron su crecimiento artístico y su influencia en la danza:
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1936-1937: Su marcha hacia el exilio con Rosario debido a la Guerra Civil Española, lo que dio inicio a su carrera internacional.
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1943: Su debut como coreógrafo con el ballet Corpus Christi en Sevilla, que marcó un antes y un después en la danza española.
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1953: El estreno de Duende y Misterio del Flamenco, un hito en la historia del flamenco y la danza española.
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1973: Fue nombrado director del Ballet Nacional de España, tomando el relevo de Antonio Gades y llevando la compañía a nuevas alturas de prestigio.
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1978: Estrenó la pieza La Casada Infiel, una de sus últimas creaciones antes de retirarse de los escenarios.
Estos momentos, entre otros, consolidaron su posición como un innovador y referente de la danza española.
Relevancia actual
Antonio el Bailarín dejó un legado que perdura hasta nuestros días. Su capacidad para fusionar el flamenco con el ballet clásico fue esencial para la modernización del flamenco y para darle una nueva dimensión internacional. En la actualidad, su nombre sigue siendo sinónimo de excelencia en el mundo de la danza, y su influencia sigue presente en las nuevas generaciones de bailarines.
A lo largo de su carrera, Antonio realizó una serie de coreografías que marcaron un antes y un después en la danza española, como Llanto a Manuel de Falla (1953), Fantasía Galaica (1956), Paso a Cuatro (1956), y Eterna Castilla (1965), entre otras. Su estilo único y su capacidad para reinterpretar los géneros flamencos continúan siendo estudiados por bailarines y coreógrafos de todo el mundo.
El nombramiento como director del Ballet Nacional de España en 1980 fue otro de los grandes hitos de su carrera, contribuyendo al renacimiento del ballet flamenco en un contexto contemporáneo. Durante su tiempo en el cargo, coreografió piezas esenciales que siguen siendo parte del repertorio tradicional del ballet español.
Algunas de sus obras más representativas:
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Corpus Christi en Sevilla (1943)
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Zapateado de Sarasate (1946)
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Llanto a Manuel de Falla (1953)
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El Segoviano Esquivo (1953)
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Paso a Cuatro (1956)
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Fantasía Galaica (1956)
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Eterna Castilla (1965)
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La Casada Infiel (1978)
Un cierre brillante
Tras más de cincuenta años de carrera, Antonio decidió retirarse en 1979, a los 58 años, dejando una huella indeleble en la historia de la danza española. Su despedida de los escenarios tuvo lugar en Sapporo, Japón, en una ciudad donde su arte alcanzó el reconocimiento de la crítica internacional. En 1980 fue nombrado director del Ballet Nacional de España, un cargo que ocupó hasta 1983. Durante esos años, Antonio consolidó su figura como uno de los grandes de la danza española.
Entre las muchas distinciones que recibió a lo largo de su carrera, destacan la Cruz de Caballero de Isabel la Católica (1950), la Medalla de Oro de la Danza de Estocolmo (1963) y la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1992), entre otras, que reflejan la importancia de su figura en el mundo de la cultura española.
Hoy, Antonio el Bailarín sigue siendo una referencia en el mundo de la danza, y su legado continúa inspirando a bailarines de flamenco y ballet clásico. Su capacidad para innovar dentro de la tradición le garantiza un lugar privilegiado en la historia de la danza, un arte que, gracias a él, se extendió por todo el mundo.
MCN Biografías, 2025. "Antonio Ruiz Soler (1921-1996): El legado inmortal de «Antonio el Bailarín»". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/antonio-danza [consulta: 12 de febrero de 2026].
