Hernando de Acuña (1518–1580): Poeta del Imperio, entre el Amor y la Espada

Contenidos ocultar

Nobleza, armas y letras: orígenes y formación de un poeta soldado

En pleno siglo XVI, época de expansión imperial, fervor religioso y renacimiento literario, nació en Valladolid en 1518 uno de los poetas más representativos del ideal renacentista de “hombre de armas y letras”: Hernando de Acuña. Durante siglos, su lugar de nacimiento fue erróneamente atribuido a Madrid, hasta que los estudios de Narciso Alonso Cortés corrigieron este dato, reivindicando su origen vallisoletano y vinculándolo más directamente al corazón político de Castilla. Este detalle no es menor: la identidad de Acuña como poeta de corte, soldado del Imperio y transmisor de ideales clásicos cobra un nuevo sentido desde su pertenencia a la ciudad que fue sede habitual de las Cortes y residencia esporádica de la monarquía hispánica.

Un linaje menor, pero con peso nobiliario

Acuña fue el quinto hijo de don Pedro de Acuña, “El Cabezudo”, segundo señor de Villaviudas, y de doña Leonor de Zúñiga, ambos de sangre noble, aunque sin gran influencia directa en la corte imperial. Como era común entre los “segundones” de la aristocracia, Hernando no estaba destinado a heredar tierras ni títulos. La salida para estos jóvenes de casas nobiliarias menores era ingresar en el clero o la milicia; Acuña optó por lo segundo, lo cual marcaría toda su vida y obra. Su temprana adscripción al mundo militar no fue, sin embargo, incompatible con una formación intelectual profunda, que, aunque no documentada con exactitud, se evidencia en su dominio del latín, del italiano y del repertorio clásico y petrarquista que caracteriza su obra.

Formación humanista: la simbiosis entre letras y estrategia

Aunque no se conservan testimonios directos de sus maestros o centros de formación, el estilo de Acuña muestra una clara huella humanista, influido por los ideales del Renacimiento italiano que ya se habían implantado en la corte española desde tiempos de los Reyes Católicos. Las lecturas de Homero, Horacio, Ovidio y Virgilio, así como el temprano conocimiento de Petrarca y de poetas italianos contemporáneos como Bembo y Sannazaro, formaron parte de su bagaje cultural antes incluso de su viaje a Italia. Este horizonte intelectual no le alejó de los deberes militares, sino que complementó su perfil de caballero ideal, al estilo de lo propuesto por Castiglione en El cortesano: un hombre educado, refinado, valiente en la guerra y sensible en las letras.

Primer destino: Milán, una escuela de armas y poesía

La primera aparición documentada de Hernando de Acuña lo sitúa en Italia en 1536, a los 18 años, junto a su hermano Pedro, al servicio de don Alfonso de Ávalos, marqués del Vasto, entonces gobernador de Milán. Este enclave italiano no solo era un territorio estratégico para los intereses imperiales de Carlos V, sino también un crisol de influencias culturales. Allí Acuña se empapó de la poesía neoclásica italiana, en particular la de Jacopo Sannazaro, y del influjo cortesano de Pietro Bembo, ambos promotores del lenguaje refinado y del amor idealizado. Posiblemente leyó en esta etapa la obra caballeresca Orlando Innamorato de Matteo Boiardo, que años después traduciría parcialmente al español.

Experiencia en combate y primer cautiverio

En 1543, Acuña participó en la expedición de socorro a Niza, sitiada por las tropas de Francisco I de Francia. Durante esta campaña, cayó prisionero en Narbona, una experiencia que lo marcaría profundamente y que tuvo lugar durante varios meses. Lejos de quebrantar su ánimo, la prisión se convirtió en una etapa de producción lírica inicial, en la que comenzó a elaborar sus primeros poemas con el seudónimo pastoral de Silvano, dirigidos a una enigmática mujer llamada Silvia. Esta invención bucólica –nombre fingido, paisajes idealizados, tensión amorosa– inaugura el tono petrarquista que caracterizaría la mayor parte de su obra. El uso del disfraz pastoril, tan común en la literatura renacentista, le permitía expresar su deseo, su melancolía y su lucha interior con una libertad inalcanzable en el lenguaje directo.

Gobernador de frontera y poeta romántico

Una vez liberado, y gracias a la intercesión del Marqués del Vasto, fue nombrado gobernador de Quiraco, una fortaleza en la frontera del Piamonte. Este cargo no era menor: la región era zona de tensión constante entre las fuerzas imperiales y las tropas francesas, lo que exigía dotes tanto militares como diplomáticas. A pesar de su compromiso político y bélico, Acuña mantuvo viva su vocación poética, produciendo sonetos y canciones dirigidas tanto a Silvia como a otra figura femenina, Galatea, a través del nuevo alias de Damón. Así, el joven poeta no solo se dedicaba al arte de la guerra, sino que construía, simultáneamente, un universo literario de amores imposibles y deseo frustrado, claramente inspirado en la lírica italiana pero con un fondo de melancolía más marcado.

Muerte del protector y nueva etapa imperial

La muerte del Marqués del Vasto en 1546 cambió el rumbo de la carrera de Acuña. Cesó como gobernador y, sin un patrono directo, se integró en la campaña de Alemania, que culminó con la victoria imperial en Mühlberg en 1547. Allí se ganó la confianza del emperador Carlos V, quien lo llevó a Bruselas y le encomendó una de sus tareas más significativas: la puesta en verso de la traducción de Le chevalier délibéré de Olivier de la Marche, una obra caballeresca que Acuña convirtió en un tributo al emperador y a la casa de Austria. Este encargo fue, para Acuña, una consagración: no solo validaba su talento como poeta, sino que lo situaba como propagandista cultural del proyecto imperial.

Con este trasfondo de guerra, cautiverio, amor idealizado y propaganda cortesana, Hernando de Acuña encarnó como pocos el ideal renacentista del caballero-poeta, fusionando su experiencia vital con una producción lírica rica, variada y conceptualmente compleja. La siguiente etapa de su vida lo consolidaría como figura central del arte al servicio del poder, al tiempo que su poesía seguiría ahondando en los matices del deseo, la introspección y la espiritualidad.

El poeta del emperador: carrera militar y primeras obras

Tras su destacada participación en la victoria de Mühlberg (1547), Hernando de Acuña fue acogido por el emperador Carlos V como uno de sus hombres de confianza. Su doble condición de soldado leal y poeta cultivado encajaba perfectamente en el ideal imperial del Renacimiento tardío, donde la guerra no era sólo una empresa militar, sino también una causa moral, política y cultural. Así, su traslado a Bruselas, capital política del Imperio en esa etapa, marcó una nueva fase en su vida: la del poeta al servicio de la monarquía universal.

Un poeta al servicio del poder

Fue en Bruselas donde Carlos V le encargó a Acuña versificar la traducción española de Le chevalier délibéré de Olivier de la Marche, un poema caballeresco francés que ensalzaba el ideal del héroe cristiano. La obra, publicada en Amberes en 1553 con el título El caballero determinado, fue un éxito editorial en su tiempo, con hasta siete ediciones publicadas antes de 1600, lo que demuestra tanto su eficacia retórica como su sintonía con el imaginario político de la época. Acuña utilizó la quintilla doble como forma métrica, decisión técnica que respetaba la sonoridad del original y favorecía su recepción entre los lectores castellanos.

Lejos de limitarse a una traducción literal, Acuña intervino activamente sobre el texto, eliminando estrofas irrelevantes para el lector hispano y añadiendo ochenta y seis nuevas coplas en las que elogia a Carlos V, a los Reyes Católicos y a la dinastía Habsburgo. Además, redactó una “Adición” al poema, con la intención de completar el relato original con un enfoque más acorde con los ideales heroicos y religiosos del imperio español. Este gesto revela a un autor consciente de su papel como mediador cultural entre la tradición literaria europea y el proyecto político español.

Enfrentando crisis: Túnez y los soldados amotinados

En 1553, poco después de la publicación de su obra más difundida, Acuña fue enviado a una fortaleza cercana a Túnez, donde una guarnición española se había sublevado. La misión consistía en apaciguar la revuelta, tarea que le ocupó durante dos años. Esta experiencia, aunque poco documentada en fuentes poéticas, demuestra que Acuña seguía siendo ante todo un hombre de acción, con funciones de responsabilidad militar incluso en los confines africanos del Imperio.

La resolución de este conflicto militar fue seguida por un regreso a Bruselas, donde presentó un informe personal al Emperador, reafirmando así su fidelidad y su papel como servidor de confianza. Aunque no parece que recibiera una recompensa sustancial, su presencia en la corte y el continuo encargo de tareas de importancia política muestran que gozaba de una posición reconocida, aunque no privilegiada, en la jerarquía imperial.

Entre Carlos V y Felipe II: continuidad y cambio

Los últimos años del emperador Carlos V coincidieron con la transferencia del poder a su hijo Felipe II, más reservado, más burocrático y menos propenso a rodearse de poetas soldados. Aun así, Acuña participó en la batalla de San Quintín (1557) bajo el nuevo monarca, reafirmando su compromiso con la causa imperial. Esta batalla, una de las grandes victorias del reinado de Felipe II, fue un punto culminante del dominio español en Europa y ofreció nuevos motivos para la poesía heroica y religiosa, aunque Acuña no escribió una obra épica específica sobre el hecho.

En 1559, posiblemente en el séquito de Felipe II, Acuña regresó a España después de más de dos décadas de servicio militar y político en Europa. La vuelta a Valladolid no significó su retiro de la vida activa, pero sí el inicio de un periodo más introspectivo y de mayor estabilidad. En 1560 contrajo matrimonio con doña Juana de Zúñiga, su prima hermana, un enlace que le dio cierta seguridad social pero que no parece haberlo vinculado a cargos oficiales ni mecenas influyentes. A partir de este momento, su figura se vuelve más discreta en las fuentes documentales, aunque su actividad poética continuó con fuerza.

La poesía como arte de corte

Durante las décadas de 1560 y 1570, Acuña desarrolló el núcleo principal de su obra lírica, marcada por la influencia petrarquista y por una sensibilidad cada vez más introspectiva. Como otros miembros de su generación (Garcilaso, Cetina, Hurtado de Mendoza), fusionó el ideal amoroso con el lenguaje bucólico y con referencias clásicas, creando un cancionero amoroso de estructura dispersa pero de unidad temática evidente. Bajo los seudónimos de Silvano y Damón, Acuña exploró el deseo no correspondido, la exaltación platónica de la amada, la melancolía del amante y, finalmente, una visión más moral y espiritual del amor.

Estos poemas no fueron ordenados ni publicados en vida, aunque el propio autor estaba trabajando en una recopilación, interrumpida por su muerte. La edición póstuma bajo el título Varias poesías, organizada por su esposa, recoge 111 composiciones, entre ellas 85 sonetos, así como églogas, madrigales, epístolas y poemas mitológicos. Esta antología, criticada por su falta de orden temático, ha sido sin embargo objeto de reevaluaciones modernas que destacan la coherencia profunda del universo lírico de Acuña.

Traductor de mundos y lenguajes

Además de El caballero determinado, Acuña tradujo algunos cantos del Orlando Innamorato de Matteo Boiardo, una empresa más ambiciosa desde el punto de vista estilístico y narrativo. Esta traducción, que aparece al final de Varias poesías, fue objeto de elogio por parte de Menéndez Pelayo, quien destacó su “facilidad, lozanía y rica vena”. Acuña introdujo importantes modificaciones al original: sustituyó el estilo directo por el indirecto, eliminó digresiones innecesarias, y elevó el tono para adaptarlo a un ideal aristocrático y cortesano. También dio mayor protagonismo a los sentimientos amorosos, fiel a su visión petrarquista de la experiencia afectiva como conflicto entre deseo y virtud.

Se ha discutido incluso la posible influencia de esta traducción en el arranque de La Araucana de Alonso de Ercilla, publicada en 1569. Aunque no hay pruebas concluyentes, la comparación entre ambos textos sugiere que Acuña estaba en sintonía con las formas de la épica moderna que estaban emergiendo en la España del Siglo de Oro.

El poeta olvidado en su propia corte

A pesar de su extensa obra, de sus servicios imperiales y de su notable formación, Hernando de Acuña nunca recibió las recompensas que buscó en los últimos años de su vida. En 1570 fue enviado por Felipe II a Perpiñán, donde debía reunirse con el duque de Francavilla, entonces virrey y capitán general de Cataluña. No está claro si su papel fue diplomático, militar o simbólico, pero esta misión demuestra que aún se le consideraba un servidor activo. Sin embargo, tras esta etapa, Acuña se estableció probablemente en Granada, ciudad en la que murió en 1580, según afirma Nicolás Antonio. No existen documentos que confirmen su fallecimiento, lo que ha contribuido al aura enigmática de su figura.

En sus últimos años, solicitó mercedes y recompensas al rey, sin éxito. Esta falta de reconocimiento final contrasta con la nobleza de sus ideales y con el tono esperanzado que mantuvo en muchos de sus poemas, en especial los dedicados a la grandeza del Imperio y a la fe cristiana. Su historia, por tanto, es también la de un poeta de talento mimético y sensibilidad profunda, cuya obra refleja el tránsito del Renacimiento al Barroco y la tensión entre el poder y la poesía.

Las dos historias de amor: Silvia y Galatea como ejes líricos

En el corazón de la obra poética de Hernando de Acuña laten dos historias de amor idealizado que configuran el núcleo emocional de su producción lírica. Se trata de las relaciones poéticas —más imaginadas que biográficas— con dos figuras femeninas: Silvia y Galatea, encarnaciones de la musa inalcanzable, construidas mediante un refinado lenguaje pastoril y petrarquista. Bajo los seudónimos de Silvano y Damón, Acuña se inserta en la tradición renacentista de la poesía amorosa como espacio de introspección, dolor y espiritualización del deseo.

Silvano y Silvia: el lirismo de la juventud italiana

La primera de estas historias amorosas corresponde a la etapa italiana de Acuña, entre su cautiverio en Narbona y su residencia en Milán. Es entonces cuando comienza a aparecer en sus versos la figura de Silvia, una mujer cuya identidad permanece desconocida, y a la que se dirige bajo la voz lírica de Silvano, pastor amante, melancólico y reflexivo. La relación entre ambos no se plantea en términos narrativos, sino líricos: cada poema constituye una instantánea emocional, una escena de súplica, rechazo o contemplación dolorosa.

El juego de tensión entre amante y amada, central en la tradición petrarquista, aparece claramente en sonetos como el LXVIII, donde Silvano implora correspondencia amorosa, o el XXXI, en el que la belleza de Silvia se muestra tan elevada que el amante queda sometido a su indiferencia. Este motivo de la “crueldad” de la dama es recurrente: Silvia no rechaza con ira, sino con fría distancia, lo que provoca en el amante una oscilación entre la esperanza y el desengaño.

Uno de los poemas más representativos de esta etapa es el “Canto de Silvano”, que pone fin a esta historia con una nota de lamento y resignación: “¡Quién me dijera, Silvia, que encubrías, / so color de dolerte, la crudeza / que al fin acabará mis tristes días!”. Esta declaración marca el punto culminante del desengaño amoroso y el cierre lírico de una relación idealizada, frustrada desde su origen por la disparidad entre el deseo del amante y la inaccesibilidad de la amada.

Galatea y Damón: el ideal platónico y el amor imposible

La segunda figura amorosa es Galatea, y aparece asociada a un nuevo seudónimo de Acuña: Damón. A diferencia de Silvia, Galatea se presenta con un aura más divina, más abstracta, casi como una encarnación de la belleza celestial. Si Silvano aspiraba al amor terrenal, Damón se dirige hacia una figura espiritualizada, imposible de alcanzar no por la frialdad, sino por la distancia ontológica entre ambos.

Un texto clave en esta transición es la “Égloga y contienda entre dos pastores enamorados”, donde Silvano y Damón dialogan sobre el sentido de revelar su amor. Esta estructura dual permite a Acuña desdoblarse y confrontar dos visiones del deseo: la pasional y la idealizada, el lamento del amor perdido frente a la esperanza del amor sublime. Este tipo de diálogo pastoril remite a modelos clásicos y renacentistas, pero también a una reflexión personal sobre el recorrido amoroso del poeta.

La figura de Galatea ha sido identificada por algunos críticos, como J. P. W. Crawford, con doña María de Aragón, esposa del Marqués del Vasto. Esta hipótesis se basa en el uso del calificativo “señora” para Galatea, un término ausente en los poemas dirigidos a Silvia, y en la elevación casi religiosa de su figura. En los versos puestos en boca de Tirsi, se dice: “No son cosa mortal sus movimientos, / y de otra suerte que la voz humana / resuena el dulce son de sus acentos”. La amada se convierte aquí en una divinidad inaccesible, situada más allá del deseo carnal y de la esperanza romántica.

Un cancionero oculto y disperso

Aunque Varias poesías carece de una estructura explícita, la crítica ha reconstruido un posible cancionero interno, una especie de Canzoniere castellano, en el que Acuña desarrolla un trayecto lírico que va de la exaltación amorosa a la introspección y la resignación. Antonio Prieto propuso que este conjunto avanza poética y argumentalmente desde una escenografía pastoril hacia una interiorización creciente, un viaje desde el mundo exterior del deseo hacia el yo lírico despojado de esperanza.

Este proceso se puede rastrear en los sonetos numerados entre el XXXVI y el LXXII, en los que el poeta abandona la referencia directa a la amada y comienza a dialogar consigo mismo. La introspección reemplaza a la escena amorosa, y el sentimiento se transforma en pensamiento. El amante ya no busca ser escuchado por la mujer, sino que se interroga a sí mismo sobre el sentido del deseo, la fugacidad del tiempo y la vanidad del mundo.

El fracaso del amor y el nacimiento de la poesía espiritual

Tras estas dos grandes series amorosas, la obra de Acuña entra en una nueva etapa de espiritualización y reflexión moral. La experiencia del amor frustrado no lo lleva al cinismo ni al hedonismo, sino a una suerte de conversión ética. El poema que abre Varias poesías es significativo en este sentido: “Así, leyendo o siéndoles contadas / mis pasiones, podrán luego apartarse / de seguir el error de mis pisadas”. Este verso, que remite directamente al soneto introductorio del Canzoniere de Petrarca, presenta al poeta como ejemplo negativo, como alguien que ha recorrido un camino de ilusiones y errores que conviene evitar.

Otro ejemplo de esta nueva actitud es el soneto XLVII, en el que Acuña recrea un diálogo entre los filósofos Demócrito y Heráclito, símbolos del optimismo racional y del pesimismo existencial. El poeta se identifica con Heráclito, doliente y envejecido, que contempla el mundo con desilusión: “y eso me llevará a la sepultura”. La idea de la muerte empieza a ocupar el centro del discurso poético, desplazando al amor como eje temático.

El Viernes Santo al alma: muerte, vida y redención

Quizá el texto más representativo de esta fase final sea el soneto XCIII, titulado “El Viernes Santo al alma”. En él, Acuña propone una reflexión sobre el camino moral del alma, exhortándola a abandonar las vanidades terrenas y a buscar la salvación: “Endereza el camino a mejor vida, / deja el siniestro que te lleva a muerte, / que el derecho es más llano y va a la vida”. Esta exhortación, tan cercana al lenguaje de los predicadores y de los moralistas castellanos del siglo XV, marca el final del recorrido lírico: del deseo humano al juicio divino, del amor terreno a la eternidad.

En este tránsito, se puede percibir también la influencia de Ausiàs March, poeta del siglo XV cuyas reflexiones sobre la muerte y la futilidad del placer fueron recogidas por Garcilaso y transmitidas a Acuña. No se trata de una renuncia brusca, sino de una evolución natural dentro del marco petrarquista, que permite al poeta convertir el fracaso amoroso en iluminación espiritual.

La poesía como espejo del alma

Este proceso de transformación no anula la validez de los poemas amorosos anteriores, sino que los reinterpreta como parte de un viaje vital. La historia de Silvano y Silvia, la de Damón y Galatea, y los soliloquios del yo lírico sin amada son estaciones de una misma ruta que culmina en el abandono del mundo y en el hallazgo de una voz más sobria, más crítica y más universal.

En conjunto, la poesía de Hernando de Acuña no debe ser entendida como un simple ejercicio de estilo petrarquista, sino como una narración lírica en clave simbólica. El poeta transforma sus vivencias —o, al menos, sus emociones literaturizadas— en materia poética, creando un universo en el que el amor, la melancolía y la muerte dialogan entre sí. Su lírica amorosa, aparentemente fragmentaria, se revela como una estructura coherente y progresiva, cuyo valor reside tanto en su intensidad emocional como en su profundidad conceptual.

Espiritualización, visión del mundo y legado literario

La obra de Hernando de Acuña, que comenzó bajo el signo del amor petrarquista y la épica imperial, evolucionó con el tiempo hacia una poesía de tono moral, filosófico y religioso, caracterizada por una mirada cada vez más crítica hacia el mundo y más introspectiva. Esta transformación no solo refleja el proceso vital del autor, sino también los cambios culturales de la segunda mitad del siglo XVI, cuando el Renacimiento idealista comenzó a dar paso a una conciencia más barroca de la fragilidad humana, del desengaño y de la necesidad de redención espiritual.

De la introspección amorosa a la meditación existencial

La última etapa lírica de Acuña está marcada por un giro claro: los poemas dejan de centrarse en figuras femeninas concretas o en conflictos sentimentales, y se vuelven hacia una visión del yo y del mundo mucho más severa. Esta transformación es patente en composiciones como el soneto CI, glosa del soneto VII de Petrarca, en el que Acuña lamenta el estado de la sociedad: “la bondad, el saber, la valentía / del mejor, o más sabio, o más valiente” ya no se valoran. Es un lamento que conecta directamente con la poesía moral del siglo XV castellano, especialmente con autores como Jorge Manrique o el Marqués de Santillana.

Este pesimismo social no es gratuito: para Acuña, el desprecio de las virtudes y el triunfo del vicio son síntomas de una corrupción generalizada, que reclama una regeneración espiritual. Este tono es coherente con el clima contrarreformista que marcó el reinado de Felipe II, y que influyó profundamente en muchos autores de la segunda mitad del siglo. En Acuña, sin embargo, esta crítica no es únicamente religiosa o política, sino también personal, casi confesional.

El Viernes Santo y la voz de la conciencia

Uno de los poemas más representativos de esta fase es el ya citado soneto XCIII, El Viernes Santo al alma, en el que el poeta se dirige a su propia alma como si fuera un predicador: “Endereza el camino a mejor vida, / deja el siniestro que te lleva a muerte, / que el derecho es más llano y va a la vida”. Aquí, la dualidad vida/muerte se convierte en símbolo de dos caminos morales, en una disyuntiva entre perdición y salvación que anticipa muchas de las preocupaciones éticas del Barroco.

Este soneto tiene ecos no solo de la poesía espiritual del Siglo de Oro, sino también de la predicación popular y de los autos sacramentales que comenzaban a desarrollarse en esos años. La rima vida/muerte, reiterada en el poema, se transforma en un mantra ético, en una advertencia urgente sobre la necesidad de cambiar de rumbo. La poesía deja de ser un vehículo de lamento amoroso o de propaganda imperial para convertirse en un instrumento de edificación moral.

Una visión universal: Carlos V, Felipe II y la misión cristiana de España

Incluso en sus poemas más públicos, Acuña no abandona esta dimensión espiritual. Tres de sus sonetos más célebres están dedicados a los monarcas Carlos V y Felipe II, y en ellos se exalta la misión histórica de España como defensora de la fe cristiana y como promotora de una monarquía universal. El más famoso de estos textos es el soneto titulado Al Rey Nuestro Señor, que comienza: “Ya se acerca, señor, o ya es llegada”. Tradicionalmente atribuido a Carlos V, John H. Elliott, Elias Rivers y Christopher Maurer han argumentado que en realidad está dedicado a Felipe II.

En este soneto, Acuña expresa su deseo de que se instaure un nuevo orden mundial: “y anuncia al mundo, para más consuelo, / un Monarca, un Imperio y una Espada”. La esperanza no está solo en la victoria militar, sino en la instauración de un nuevo ciclo de la historia cristiana, en el que el poder temporal se subordine al designio espiritual. La espada no es un arma de conquista, sino un símbolo de justicia divina.

La dimensión política de su poesía

Esta visión de la monarquía como vehículo del orden cristiano no era excepcional en la época, pero en Acuña se presenta con una profundidad filosófica y una seriedad moral que la distingue de la simple propaganda. No se trata de un elogio adulador, sino de una exhortación ética al gobernante, una llamada a ejercer el poder con responsabilidad y bajo la guía de Dios. Esta perspectiva convierte a Acuña en precursor de una línea poética de compromiso político-religioso, que luego desarrollarán autores como Félix Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca.

Además, el uso de estructuras métricas tradicionales, como la quintilla doble en El caballero determinado, y de formas líricas como el soneto petrarquista, demuestra que Acuña fue un hombre de su tiempo y para su tiempo, capaz de dialogar con las formas clásicas e italianas sin renunciar a un contenido profundamente español, católico e imperial.

Un legado difuso y parcialmente olvidado

A pesar de su calidad literaria y de su cercanía al poder, Acuña no fue incluido en el canon principal del Siglo de Oro español. Su obra fue editada póstumamente en condiciones precarias y con un orden confuso, lo que dificultó su recepción crítica durante siglos. El juicio de Antonio Prieto, quien calificó Varias poesías como un conjunto “aberrante y sin concierto”, expresa la frustración de los estudiosos ante la falta de organización, pero también reconoce la riqueza lírica dispersa que contiene la obra.

Fue a partir del siglo XX, con la labor de editores como Luis F. Díaz Larios y estudiosos como Francisco Márquez Villanueva, José Romera Castillo y Antonio Gallego Morell, cuando la figura de Acuña comenzó a recuperarse como eslabón esencial entre Garcilaso y los poetas de la segunda mitad del siglo XVI. Su habilidad para mezclar registros —épico, amoroso, moral, religioso— lo convierte en un autor representativo de la transición entre el Renacimiento y el Barroco.

El desengaño como destino del poeta

Los últimos años de Acuña, transcurridos en Granada según la mayoría de los testimonios, fueron años de aislamiento, frustración y peticiones desoídas al monarca. Esta situación, lejos de contradecir su obra, refuerza su autenticidad. El poeta que cantó el ideal cristiano-imperial y que soñó con un amor sublime terminó sus días sin recompensas ni honores, como muchos hombres de letras del siglo XVI. Esta disonancia entre vida y obra forma parte de la condición trágica del escritor cortesano en un mundo dominado por la burocracia, la sospecha religiosa y la creciente profesionalización del poder.

Una obra de síntesis: imitación, creación y profundidad

La crítica moderna ha subrayado el talento mimético de Acuña, su capacidad para asimilar las influencias de Petrarca, Bembo, Garcilaso, Sannazaro o Trissino, y reelaborarlas en un estilo propio, dotado de intensidad emocional y dignidad conceptual. Su obra no se caracteriza por la innovación formal, sino por la coherencia temática, la riqueza metafórica y la capacidad de integrar lo personal y lo político. Acuña no fue un poeta de rupturas, sino de síntesis, de depuración estilística, de profundidad ideológica.

Conclusión abierta: un poeta entre dos mundos

Acuña fue un poeta bisagra, situado entre dos mundos: el humanismo optimista del Renacimiento y la visión crítica del Barroco. Su poesía, lejos de ser un mero ejercicio de estilo, constituye un testimonio complejo de un siglo marcado por la guerra, el amor idealizado, el deber moral y la fe cristiana. Su figura, aún parcialmente relegada, merece ser rescatada como uno de los exponentes más completos del caballero-poeta español, cuya vida y obra condensan el espíritu contradictorio y fascinante del siglo XVI.


Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Hernando de Acuña (1518–1580): Poeta del Imperio, entre el Amor y la Espada". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/acunna-hernando-de [consulta: 6 de febrero de 2026].